pessoa: uno y los otros los otros los otros

 

 

ricardo reis:

la tensión hacia la exactitud

 

 

 

 

artículo de Pilar Martín Gila

El Norte de Castilla

27.02.2016

 

 

Quizá la percepción de un mundo de­masiado diverso y abarrotado solo se nos haga soportable a través de los nombres, nuestra posibilidad de nominar y anu­dar las cosas dándoles así un sentido. Pero también puede que lo que nos resulte insoportable sea la generalización con la que tratamos de pen­sar el mundo, abstraerlo, y como le pasaba a Funes el me­morioso en el cuento de Borges, no podamos concebir que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tenga el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente), porque lo que nos ocurre es que no logramos obviar los detalles, las diferencias, no nos es posible olvidar lo sufi­ciente.

Fernando Pessoa como es sabido, llegó a crear 72 heterónimos con los que firmaba sus escritos. Sólo como apun­te, sin intención de entrar en lecturas clínicas, cabe recor­dar la pregunta, formulada por innumerables autores, sobre el alcance de la temprana pérdida de su padre teniendo en cuenta el papel que la vieja figura paterna tiene en la formación de los nombres y nuestra apertura al mundo. Sea como sea, este juego de identidades hace pensar en la angustia por el propio nombre, el conocimiento de esa parte irreductible que de al­guna forma, tiene el encargo de franquear los umbrales de una realidad excesiva y dis­persa.

 

Ricardo Reis

 

Entre la obras de Fernando Pessoa, recientemente hemos podido disfrutar la cuidada edición bilingüe de Los poe­mas de Ricardo Reís con notas de Juan Barja, prólogo de Miguel Casado y epilogo de Javier Arnaldo. Quizá se pueda decir que Reis es uno de los nombres que más anima a explorar, acaso por su ma­nifiesta oposición al ortónimo, este mundo polifónico y cargado de contradicciones que despliega Pessoa.

 

Tomás Segovia escribía que, más allá de que las du­das sobre la conciencia y el yo cartesiano son inevitables en nuestra época, uno tiene la impresión de que si dijera que los heterónimos de Pessoa son el mismo Pessoa, la crítica moderna le miraría con desprecio [algo que, dicho sea de paso, subraya la importancia del poe­ta en la crítica contemporánea]. Fernando Pessoa cuenta que el nacimiento de Reis tiene que ver con las cavila­ciones que despertó en él una discusión que había escuchado en torno a los excesos del arte contemporáneo: «Cuando me di cuenta de lo que estaba pensando» vi que había concebido una teoría neoclásica y que la estaba de­sarrollando. La encontré her­mosa y pensé que sería interesante si la desarrollaba se­gún principios que no adop­to ni acepto. Se me ocurrió la idea de convertirla en un neoclasicismo científico. En el prólogo a ‘Los poemas de Ricardo Reis’, por su parte Miguel Casado comienza señalando que ante los jue­gos de identidad y fragmen­tación del yo que construyen la poesía pessoiana, no podemos sino hablar de una poé­tica. Y donde dice «una poética», claro está, debemos leer «una verdadera poética», en­tendida no como los rasgos de un estilo sino como la fusión de una lengua y un mundo, un vínculo singular que abarca el pensamiento y la vida, tal como lo dice Casado. Así, se trataría de un mundo, en el caso de Reis, que busca la reparación del paga­nismo, los dioses con cuyos nombres ahora, en sus odas, se invoca la vida, la protec­ción -a cuanto no está exento de fugacidad leemos en Javier Arnaldo-, la preservación ante el cambio de todo lo que cambia. Y una lengua que se dará en la interiorización del verso clásico, la for­ma cerrada, su disciplina, sus artificios. Una de las condiciones que va a suponer esta poética clá­sica es el desplazamiento ha­cia lo conceptual desde lo emotivo, que el prólogo pone en relación con el rumbo que tomarán las propuestas poé­ticas de Paul Valéry. Así, si el escritor francés habló de la poesía como una tensión ha­cia la exactitud, Reis declara su rechazo a ‘la mentira por­que es una inexactitud’. Pero precisamente es el afán de sinceridad en Pessoa (quizá desde esta noción de exacti­tud) lo que va a guiar una es­critura, tal como Arnaldo dice en su epilogo, en cuya autoría vemos nombres falsos y verdades imposibles. Y esto es algo que sólo es posible en­tender si partimos de que úni­camente en poesía se puede mantener esa tensión hacia la verdad sin la tabulación y sin el fingimiento toda vez que no hay un pacto para la ficción en ella, y el yo lírico es aquel al que le pasa la vida.

 

 

Así pues, esa muerte que le queda pendiente a Reis no es precisamente un signo de la vida. No hay nada que acredite el estar vivo excepto el sentimiento de estar vivien­do. Pero esa experiencia lla­ma a la intimidad, a algo enteramente personal que Reis en su opción poética, ante la idea universal de lo clásico, va a negar.

Uno de los mayores conflictos de nuestra épo­ca es la fragilidad del sujeto para identificar lo que él mis­mo es.

La diversidad satura al sujeto, hace imposible iden­tificar una vida que le pertenezca, entrar en la propiedad de los nombres.

Pero esta fragilidad -desde la que Pessoa extrae su yo poético intervalado- es precisamente la que se sostendrá para responder con la voz del desamparo en tanto que, como decía Ortega, no es que al hombre «le acontezca desorientarse, perderse en su vida, sino que, por lo visto, la situación del hombre, la vida, es desorientación, es estar perdido.