libro del desasosiego

Fernando Pessoa

Traducción

introducción y notas de Ángel Crespo

livro do Desassossego

Segunda edición: julio de 1997

Ática S. A. R. L, Lisboa, 1982

Editorial Seix Barrai, S. A., 1997

Barcelona 

Edición especial para Ediciones de Bolsillo, S. A.

 

 

 

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Aquella malicia incierta y casi imponderable que alegra a cualquier corazón humano ante el dolor de los demás, y el desconsuelo ajeno, los empleo en el examen de mis propios dolores, los llevo tan lejos que en ocasiones en que me siento ridículo o mezquino gozo como si fuese otro quien lo estuviese siendo.

Mediante una extraña y fantástica transformación de sentimientos, sucede que no siento esa alegría malévola y humanísima ante el dolor y el ridículo ajenos.

Siento ante el envilecimiento de los demás, no un dolor, sino una incomodidad estética y una irritación sinuosa.

No es por bondad por lo que sucede esto, sino porque quien se vuelve ridículo no es sólo para mí para quien se vuelve ridículo, sino también para los demás, y me irrita que alguien esté siendo ridículo para los demás, me duele que cualquier animal de la especie humana se ría a costa de otro, cuando no tiene derecho a hacerlo. De que los demás se rían a mi costa no me irrito, porque de mí hacia fuera hay un desprecio proficuo y blindado.

Más terribles que cualquier muralla, he puesto verjas altísimas para demarcar el jardín de mi ser, de modo que, viendo perfectamente a los demás, perfectísimamente los excluyo y mantengo otros. Escoger maneras de no obrar ha sido siempre la atención y el escrúpulo de mi vida. No me someto al Estado ni a los hombres: resisto inertemente. El Estado sólo puede quererme para una acción cualquiera. No obrando yo, nada consigue de mí.

Hoy ya no se mata, y apenas puede molestarme; si eso sucede, tendré que blindar más mi espíritu y vivir más lejos dentro de mis sueños. Pero eso no ha sucedido nunca. Nunca me ha importunado el Estado. Creo que la suerte ha sabido disponer.

 

 

 

   

Aquela malícia incerta e quase imponderável que alegra qualquer coração humano ante a dor dos outros, e o desconforto alheio, ponho-a eu no exame das minhas próprias dores, levo-a tão longe que nas ocasiões em que me sinto ridículo ou mesquinho, gozo-a como se fosse outro que o estivesse sendo.

Por uma estranha e fantástica transformação de sentimentos, acontece que não sinto essa alegria maldosa e humaníssima perante a dor e o ridículo alheio. Sinto perante o rebaixamento dos outros não uma dor, mas um desconforto estético e uma irritação sinuosa. Não é por bondade que isto acontece, mas sim porque quem se torna ridículo não é só para mim que se torna ridículo, mas para os outros também, e irritame que alguém esteja sendo ridículo para os outros, dói-me que qualquer animal da espécie humana ria à custa de outro, quando não tem direito de o fazer.

De os outros se rirem à minha custa não me importo, porque de mim para fora há um desprezo profícuo e blindado.

Mais terrível de que qualquer muro, pus grades altíssimas a demarcar o jardim do meu ser, de modo que, vendo perfeitamente os outros, perfeitissimamente eu os excluo e mantenho outros. Escolher modos de não agir foi sempre a atenção e o escrúpulo da minha vida. Não me submeto ao estado nem aos homens; resisto inertemente. O estado só me pode querer para uma acção qualquer. Não agindo eu, ele nada de mim consegue.

Hoje já não se mata, e ele apenas me pode incomodar; se isso acontecer, terei que blindar mais o meu espírito e viver mais longe adentro dos meus sonhos. Mas isso não aconteceu nunca. Nunca me apoquentou o estado. Creio que a sorte soube providenciar.

   

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

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