Libro del desasosiego

Fernando Pessoa

Traducción de Ángel Crespo

Livro do Desassossego

Segunda edición: julio de 1997

Ática S. A. R. L, Lisboa, 1982

Editorial Seix Barrai, S. A. 1997

Barcelona 

 

 

 

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La sensación de la convalecencia, sobre todo si se ha hecho sentir /malamente/ en los nervios de la enfermedad que la ha precedido, tiene algo de alegría triste. Hay un otoño en las sensaciones y en los pensamientos o, mejor dicho, uno de esos principios de primavera que, salvo que no caen hojas, parecen, en el aire y en el cielo, el otoño.

El cansancio sabe bien, y lo bien que sabe duele un poco. Nos sentimos un poco aparte de la vida, aunque en ella, como en el balcón de la casa de vivir.

Somos contemplativos sin pensar, sentimos sin una emoción definible. La voluntad se tranquiliza, pues no hay necesidad de ella.

Es entonces cuando ciertos recuerdos, ciertas esperanzas, ciertos vagos deseos suben lentamente la rampa de la conciencia, como caminantes vagos vistos desde lo alto del monte. Recuerdos de cosas fútiles, esperanzas de cosas que no dolió que no fuesen, deseos que no tuvieron violencia de naturaleza o de emisión, que nunca pudieron querer ser.

Cuando el día se ajusta a estas sensaciones, como hoy, que, aunque estío, está medio nublado con azules, y un vago viento por no ser caliente es casi frío, entonces se acentúa ese estado de alma en que pensamos, sentimos, vivimos estas impresiones. No es que sean más claros los recuerdos, las esperanzas, los deseos que teníamos. Pero se siente más, y la suma incierta pesa un poco, absurdamente, en el corazón.

Hay algo de lejano en mí en este momento. Estoy de verdad en el balcón de la vida, pero no exactamente de esta vida. Estoy por cima de ella, y viéndola desde donde la veo. Yace delante de mí, bajando en escalones y resbaladeros, como un paisaje diferente, hasta los humos que hay sobre las casas blancas de las aldeas del valle. Si cierro los ojos, continúo viendo, puesto que no veo. Si los abro, nada más veo, puesto que no veía. Soy todo yo una vaga añoranza del presente, anónima, prolija e incomprendida.

        

 

 

A sensação da convalescença, sobretudo se se fez mal sentir nos nervos’ a doença que a precedeu, tem qualquer coisa de alegria triste. Há um outono nas emoções e nos pensamentos, ou, antes, um daqueles princípios de primavera que, salvo que não caem folhas, parecem, no ar e no céu, o outono.

O cansaço sabe bem, e o bem que sabe dói um pouco. Sentimo-nos um pouco à parte da vida, ainda que nela, como que na varanda da casa de viver.

Estamos contemplativos sem pensar, sentimos sem emoção definível. A vontade sossega, pois não há necessidade dela.

É então que certas memórias, certas esperanças, certos vagos desejos sobem lentamente a rampa da consciência, como caminheiros vagos vistos do alto do monte. Memórias de coisas fúteis, esperança de coisas que não fez mal que não fossem, desejos que não tiveram violência de natureza ou de emissão, que nunca puderam querer ser.

Quando o dia se ajusta a estas sensações, como hoje, que, ainda que estio, está meio nublado com azuis, e um vago vento que por não ser quente é quase frio, então aquele estado de alma se acentua em que pensamos, sentimos, vivemos estas impressões. Não que sejam mais claras as memórias, as esperanças, os desejos que tínhamos. Mas sente-se mais, e a sua soma incerta pesa um pouco, absurdamente, sobre o coração.

Há qualquer coisa de longínquo em mim neste momento. Estou de facto à varanda da vida, mas não é bem desta vida. Estou por sobre ela, e vendo-a de onde vejo. Jaz diante de mim, descendo em socalcos e resvalamentos, como uma paisagem diversa, até aos fumos sobre casas brancas das aldeias do vale. Se cerrar os olhos, continuo vendo, pois que não vejo. Se os abrir nada mais vejo, pois que não via. Sou todo eu uma vaga saudade, nem do passado, nem do futuro: sou uma saudade do presente, anónima, prolixa e incompreendida.

 

 

 

 

 

Θ


 

 

 

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