el musgo (francis ponge)

 

Las patrullas de la vegetación se detuvieron antaño sobre la estupefacción de las rocas. Mil palitos del terciopelo de seda se sentaron entonces a la manera de sastres.

Desde entonces, desde la aparente crispación del musgo adherido a la roca con sus lictores, en el mundo apresado en un enredo inextricable y atascado ahí abajo, todo se atropella, patalea, se sofoca.

Y no solo eso: los pelos han crecido, con el tiempo todo se ha ensombrecido más.

¡Oh preocupaciones de pelos cada vez más largos! Los profundos tapices, en posición de ruego cuando uno se les sienta encima, se levantan hoy con sus aspiraciones confusas. Así, se producen no sólo sofocaciones, si no ahogamientos.

Ahora bien, escalpar simplemente de la vieja roca austera y sólida esos terrenos de felpa, esos felpudos húmedos, por saturación se hace posible.

Francis Ponge, De parte de las cosas (traducción de Alfredo Silva Estrada, Monte Ávila Editores, Caracas)

 

 

el musgo

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Las patrullas de la vegetación se detuvieron antaño sobre la estupefacción de las rocas. Mil bastoncillos de terciopelo de seda se sentaron entonces a la manera de sastres antiguos.

Desde entonces, desde la aparente crispación del musgo en la misma roca, con sus lictores, en el mundo preso de una confusión inextricable y oprimido allá abajo, todo pierde la cabeza, patalea, se ahoga.

Todavía más: los pelos han crecido, con el tiempo todo se ha ensombrecido más.

¡Oh preocupaciones de pelo cada vez más largo! Las profundas alfombras, en oración cuando alguien se sienta encima, se levantan hoy con sus aspiraciones confusas. Así, se producen no sólo sofocos, si no asfixia.

Pero escalpar simplemente de la vieja roca austera y sólida esos campos de felpa, esos felpudos húmedos, se hace posible por saturación.

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Francis Ponge. Trad. Miguel Casado. En el volumen recopilatorio: La soñadora materia (Galaxia Gutenberg, 2006)

 

 

la mousse
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Les patrouilles de la végétation s'arrêtèrent jadis sur
la stupéfaction des rocs. Mille bâtonnets du velours de
soie s'assirent alors en tailleur.
Dès lors, depuis l'apparente crispation de la mousse à
même le roc avec ses licteurs, tout au monde pris dans
un embarras inextricable et boucle là-dessous, s'affole,
trépigne, étouffe.
  Bien plus, les poils ont poussé; avec le temps tout
s'est encore assombri.
  O préoccupations à poils de plus en plus longs! Les
profonds tapis, en prière lorsqu'on s'assoit dessus, se
révèlent aujourd'hui avec des aspirations confuses.
Ainsi ont lieu non seulement des étouffements mais des
noyades.
  Or, scalper tout simplement du vieux roc austère et
solide ces terrains de tissu-éponge, ces paillassons
humides, à saturation devient possible.
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                Francis Ponge ( Le Parti pris des choses) 
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