amado siglo XX

francisco umbral

 

 

Siglo veinte, cambalache,

problemático y febril.

Tango

 

 

atrio

 

 

     
 

Todo hombre que ha vivido unos cuantos años importantes de su siglo puede decir que ha vivido el siglo entero. El rigor de los calendarios no sirve para nada a estos efectos. Cada uno es del año que más le ha marcado o incrustado de su siglo. Así, el siglo XIII ha marcado la Historia de la Iglesia y la Historia de Europa. Así, los siglos renacientes han marcado a Leonardo, a Miguel Ángel, a Dante.

Esto, en cuanto a troquel de la Historia aplicado a la ingente y fecunda masa humana. Los siglos se diría que transcurren muy lentamente. Los siglos son el ferrocarril de la Edad Media, y esta lentitud traslaticia es la que nos ha permitido durante muchos años vivir el mundo profundamente, hojear muy despacio las páginas de nuestra larga Historia, de manera que el hombre de hoy sale a la luz vividera del tercer milenio tras un larguísimo bachillerato de nociones, de emociones, de aprendizajes.

Claro que esto ha sido así desde siempre, pero ya en el XVIII empezaron a cambiar las cosas y nuestros viajes se hirieron más fluidos. A esto es a lo que le llamamos información. Pero no es más información, sino más velocidad. La información sólo consiste en velocidad por curiosidad al cuadrado.

Lo cierto es que hoy los siglos envejecen, antes envejecían los años. Nuestra vida es más corta porque es más lenta, y esto nos deja la sensación de que hemos vivido menos o de que cambiamos de siglo con cierta velocidad. Por eso, el paso al siglo XXI ha sido un poco decepcionante después de otro siglo, el XX, caracterizado por la urgencia, la novedad y el cambio. Si, por el contrario, se trata de un hombre atenido a su circunstancia temporal, a su vida personal, lo que le hará hombre de su tiempo será un acaecer personal, un amor, una muerte, una guerra, una aventura.

Uno se considera hombre del siglo XX, al que en este libro rindo el homenaje de la memoria, que es el hombre de recorrido corto, de trayecto entrañable y breve, el hombre que tiene pocas cosas que contar o que siempre cuenta las mismas.

En cualquier caso, se trata de encajar cada hombre o cada generación en su siglo, aunque él haya nacido en la esquina tumultuosa de dos centurias. La vida humana no soporta la deriva. El  rebaño humano tiende en seguida a guarecerse en un siglo, una generación, una década, etc. Se debate mucho de qué tiempo y lugar es cada uno, pero no se considera la circunstancia menor del nacimiento, la era, la ocasión familiar, terruñera o capitalina.

De nuestro amado siglo XX hemos querido curiosear los momentos más vibrátiles de nuestra vida, porque este libro no tiende a edificar un siglo de piedra, sino a deconstruir la propia memoria, que es el espejo de la propia vida, haciendo saltar ese espejo de manera que en su numerosidad se agiten, brillen y reflejen los minutos cruciales que hemos vivido, que hemos pasado o que han pasado por nosotros. Seremos hasta la muerte vástagos de determinado instante en que amamos, odiamos, sufrimos, viajamos o renacemos.

En cualquier caso, uno se considera vibración particular del tiempo en su pequeño gran siglo, en su siglo XX personal, y esa concentración de tiempo y espacio es lo que le define como persona. No vamos a ser historiadores de lo grande, sino cronistas de lo minutísimo, quede el lector advertido de que en este libro impera lo insignificante y se define al hombre por un arranque o un crimen más que por la constante de su vida. Quizá esto se llame existencialismo, pero del existencialismo quizá hablaremos también en su momento, en su día, en su página. Día de nieve intacta, como el de hoy, a principios de marzo, o día de sol frío repartido en colores como se reparte nuestra vida en miradas. Para este libro que despide el siglo XX y sin duda me despide a mí, se me han impuesto unos hombres que, según lo que venimos diciendo, son unos hombres extraños a quienes les correspondió, en su época, cronificar la noticia de una princesa, el nacimiento de una pequeña reina, la convulsión de una España que vuelve a las luchas intestinas de la Guerra Civil.

Ellos, los periodistas, han tenido menos vértigo que nosotros para contarlo todo, pero en cambio han tenido más medios. «Yo nací, respetadme, con el cine», escribió Rafael Alberti. Y esta evidencia era claramente verdad, como verdad era la luna de vanguardia que ha iluminado pálidamente la muerte de millones de hombres pertenecientes a eso que llamamos el Coloso Triste, o sea las vanguardias militares multiplicadas por la mentalidad ingenua de Einstein, el hombre/siglo que jugó durante cien años con las armas y las velocidades.

Por lo que se refiere a España, el libro Retrato de un desconocido de Rivas Cherif ha dejado ahí algo así como la huella esperanzada y frustrante de aquella revolución que inauguraban las milicianas de revólver en la cadera. Si tomo como referencia la vida española para sintetizar el siglo XX, tengo que reseñar cientos o miles de cenas en casa de Cuqui Fierro, cientos o miles de estrenos en los teatros de Mihura, cientos o miles de almuerzos en Madrid, martinis con cadáver y a Federico García Lorca, poeta maldito del siglo que invade de muerte y burla todas las vanguardias y todos los frentes.

Marcel Proust triunfaba ruidosamente en los hoteles mientras García Lorca esperaba su piadoso fusilamiento en las afueras de Granada y Ortega se retiraba de una República revolucionaria y desmandada para salvarse en Europa haciendo un largo viaje a la derecha mientras los intelectuales de Hitler, como Jünger, convalecían en los hospitales madrileños. Después de la Gran Guerra, Proust había vuelto al mundo de Guermantes y Ortega se había reencontrado con el pueblo madrileño, castizo como él, fumador de boquilla y muy distanciado de los intelectuales de Franco.

Los intelectuales eran la inmensa minoría de Juan Ramón Jiménez y Ratzinger estudiaba para papa como se hacen unas oposiciones. Un tal González trajo el nuevo socialismo que duró poco. Así es nuestro siglo XX, que no da para mucho más, pero da para el álbum familiar de las bibliotecarias de sí mismas.