umbral

la escritura perpetua

prólogo

[nota previa: CGR: césar gonzález ruano]

La escritura perpetua no es sino la afirmación perpetua del yo. Todos afirmamos el yo viviendo, sencillamente. Vivir es afirmarse, como el que dijo que «vivir es defenderse». Sólo que el escritor, además, va dejando, como una baba de caracol, brillante, una estela de prosa por la que esa afirmación se hace más visible.

No hay otra escritura que la escritura perpetua, ya que, el escritor que realmente lo es, escribe siempre, incluso cuando no escribe: sobre todo cuando no escribe.

El escritor tiene una visión literaria del mundo, tiene un monóculo que nunca se le cae, ni siquiera cuando duerme, y con ese monóculo ve una realidad más o menos real que la de los otros. Ser escritor es no acceder al mundo. No pasar jamás más allá del monóculo.

Pero ocurre que, además, hay escritores que, efectivamente, escriben a diario, toda su vida, y publican a diario, o por grandes bloques, y éstos son los ejemplos más visibles de la escritura perpetua, de esa perpetua y monstruosa afirmación del yo que es la literatura.

La literatura, como afirmación incesante y creciente del yo, no supone, claro, que el escritor esté hablando siempre de sí mismo. Pero cuando escribe de lo que ve, de lo que le rodea, de lo que viaja, las pirámides de Egipto o las cataratas del Niágara, está hablando de sí, está dándonos sus pirámides y sus cataratas (esto lo sabemos desde Kant).

Y, por otra parte, al margen de la interpretación inevitablemente subjetiva de las cosas, el mero hecho de escribir supone ya una afirmación fáctica del yo, como en el aceitunero lo supone el varear sabiamente un olivo.

No hay otra escritura, pues, que la escritura perpetua. Se es escritor por siempre y para siempre, o no se es. De ahí que no creamos mucho en los escritores de domingo. El caso del escritor que publica a diario o a plazo fijo —el columnista de hoy o el folletinista de ayer—, no hace sino visualizar, ya lo hemos dicho, este extremo de la escritura perpetua, que supone ir transformando la vida en texto a medida que se produce, ya que, aunque se escribe sobre el pasado, se escribe siempre desde el presente, como nos enseñan las últimas investigaciones en torno a la memoria humana.

CGR es un caso perfecto de escritura perpetua, por cuanto fue pasando la vida a texto, obstinadamente, día tras día, durante casi toda su vida (en este libro nos referiremos exclusivamente al CGR cronista), y la escritura, en él, no es que sea paralela de la vida, sino que ambas son una misma cosa. Un fácil análisis economicista nos revelaría que CGR en buena medida, escribió al día para vivir el día, pero cabe preguntarse, posteriormente, por qué eligió eso y no otra cosa. 

Vivir es afirmar el yo, ya está dicho, y cada cual tenemos una manera de hacerlo. CGR encontró la suya en leer cada día su nombre en los periódicos.

Pero la escritura perpetua supone una perpetua renuncia a la vida. Se vive para escribir lo vivido, y si esto le ocurre, en buena medida, a todo escritor, en el escritor diario llega a ser monstruoso. Uno ya no sabe si vive o acumula material para escribir (mediante la necesaria crítica, naturalmente). Así, la perpetua y natural afirmación del yo —vivir es afirmarse—, se convierte en todo lo contrario: uno sólo se afirma si publica. Se trata, pues, de un proceso de drogadicción. «Soy más yo cuando me drogo». Y luego: «Si no me drogo no soy yo». Pensadores como Unamuno y Ortega cayeron en esta droga del periodismo, porque la afirmación diaria del yo, en el periódico, es deslumbrante y presentísima. Con muchos de sus artículos hicieron libros, pero el verdadero éxito del libro ya lo habían gozado, día a día, en el periódico.

Cosa no muy diferente ocurre con el lector. Cuando llega a ser un nicotinado de determinado columnista, extraña, luego, a ese columnista en libro:—Sí, bueno, el libro está bien, pero yo le prefiero en el periódico.

La escritura perpetua, en este sentido, es como un matrimonio que se establece con el lector. Un matrimonio que no soporta infidelidades ni ausencias. El lector se acostumbra a esa controversia diaria con el columnista, y no soporta fácilmente que se la interrumpan, aunque esto suele molestar a los directores en su protagonismo. La escritura perpetua, publicada o no, es, no sólo una afirmación del mundo. El columnista acerca el mundo a sus lectores. La escritura perpetua, como entrega no diaria, sino a plazo fijo o incierto, es la manera más pura de ir traduciendo el mundo a texto: es la manera de que el libro se convierta en la verdadera vida del escritor, y la vida, en mero incidente doméstico (aunque se trate de un divorcio, por ejemplo).

Lo que nadie conoce, salvo el autor, es la capacidad de succión de un libro. Al libro todo le vale, todo lo aprovecha, y lo que no le hace daño, nietzscheanamente, le hace más fuerte. Sólo que nada le hace daño. Aunque se trate de un libro sobre la Baja Edad Media, la conversación de la santa esposa con la cocinera, sobre el menú del día, puede enriquecer las nociones del autor sobre gastronomía medieval. Alberto Moravia, una vez, escucha a su esposa y a la cocinera hablar en la cocina sobre lo que van a hacer de cena. Y esta conversación le da resuelto el delicado problema de lo que comían Ulises y Penélope en la Odisea.

La escritura perpetua, pues, es la que incesantemente transforma la vida en texto, y el escritor que nos hace esto más visible es el cronista, hoy columnista. La escritura es perpetua o no es tal escritura. El escritor de raza está escribiendo siempre.

En realidad, y como parece obvio, todo hombre está siempre traduciendo su vida a pensamiento. Ver las cosas es pensar las cosas. Por eso nuestro proceso mental no es puramente vegetativo. Vivir las cosas también es pensar las cosas, en un proceso de desdoblamiento que nos hace asistir a nuestra propia vida, y que es el origen de casi todas las neurosis. La explicación de que nuestra especie sea una especie neurótica. Por eso precisamente le fascinan a uno los animales, todos los animales, porque viven en otro plano, en el plano puro de lo inmediato, de lo directo —«fornican directamente», dijo el poeta—, y no se ven vivir. 

Verse vivir es ya no vivir, sino asistir a la propia vida. Y la situación límite de este proceso es la escritura. El escritor, el hombre que, además, perpetúa ese espejismo de verse vivir, espejismo al que llamamos literatura, es el neurótico total que ya, jamás, accederá a su vida en directo, sino a través del monóculo literario, por decirlo de una manera elegante que ya hemos utilizado.

CGR se elige escritor, como tantos adolescentes, creyendo que así va a vivir más, pero lo que pasa es que vive menos, porque la literatura está siempre exigiendo unos réditos de la vida. La escritura perpetua es la distancia perpetua entre el escritor y la realidad. 

Un fácil economicismo nos llevaría a pensar que el que escribe todos los días es porque tiene que comer todos los días. Más bien diríamos que el que elige escribir todos los días —habiendo tantas cosas que hacer—, para comer todos los días, es escritor sin remedio. La escritura perpetua como perpetua afirmación del yo. Pero la escritura perpetua no sería posible si el mundo no fuera perpetuamente literario. Escritor es el que polariza, involuntariamente, todos los mensajes literarios del mundo, o alguno. Así la escritura perpetua no hace sino reflejar la perpetua literaturidad del mundo: el mundo como texto, ya lo hemos dicho, incluso antes de que alguien lo ponga por escrito.

Y esta modesta idea no viene a fijar un mundo ordenado o desordenado, sino sólo a afirmar que el mundo, con todo su caos y sus eternos resortes de azar y necesidad, resulta siempre susceptible de ser ordenado en texto, de ser leído como tal. Sin duda, es el hombre, naturalmente, quien da coherencia al discurso de las cosas, discurso simultáneo, caótico y lo que Romain Rolland llamaba «unanimista». Viene a decir Kant que el mundo lo creamos/ordenamos con nuestra mirada, y decían los románticos que el paisaje no es sino un estado de ánimo.

De modo que el hombre que quiere traducir la vida a texto, el hombre que lamenta morirse «sin haber expresado el grito de las gaviotas» no está lamentando otra cosa que no haberse expresado a sí mismo por completo. Es su mundo el que necesita poner en limpio, es él mismo quien ansia transmutarse en texto. Dice Borges, sobre Quevedo, que, «antes que un hombre, es una vasta y poderosa literatura».

Todos quisiéramos ser esa vasta y poderosa literatura, y la manera cotidiana de intentarlo es hacerse cronista de la vida que pasa. Éste es el gran empeño de CGR, fallido y no, y por eso vamos a priviliegiar, en este libro, su labor de cronista por sobre su labor de novelista, poeta, reportero, biógrafo, memorialista, etc. La crónica, por otra parte, es lo que mejor hizo, aunque tenía oficio para hacerlo todo, pero lo urgente, en él (una urgencia de toda una vida) era expresarse expresando el mundo en su grito más inmediato de cada día, como el grito de las gaviotas.

CGR es así, no sé si el más alto ejemplo, pero sí el más visible, el más utilizable como ejemplo de escritura perpetua, de transmutación diaria, eterna, incansable, de la vida en texto. La escritura perpetua no es sino uno de tantos intentos de la criatura humana por fijar el tiempo mismo; la crónica explica su éxito por su fracaso: al tiempo no hay quien lo fije. Cuando un cronista —CGR—, en libro o artículo, llega a esta persuasión, el tiempo ya le glorifica tanto como le destruye.

 

 

 

cgr

 

 césar gonzález ruano

 

 

 


 

 

 

 

 

 

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