las palabras de la tribu

francisco umbral, 1994

 

A los que no se merecen estar en este libro

 

Devolvamos su prestigio a las palabras de la tribu.

MALLARMÉ

 

atrio

Este libro se acoge al género de memorias porque en él hay de todo: teoría, ensayo, anécdota, biografía, bibliografía, semblanzas, retratospersonales y literarios, etc. Pese a todo lo cual yo no creo que sea un libro misceláneo, sino una lectura atenta, subjetiva, parcial, constructiva y de/constructiva, de la literatura española del siglo XX, de Galdós para acá, o de Rubén para acá, más algunos americanos que han trastornado para bien la escritura española: Rubén, Neruda, Vallejo.

Escribo este «Atrio» después de escrito el libro, claro, porque uno no puede prologar el caos, y lo que yo tenía en la cabeza era un caos. Yo he vivido más en la literatura que en la vida, de modo que tenía pendientes estas memorias (aparte de otras ya publicadas), para quedarme en paz espiritual y literaria conmigo mismo. El libro, pese a que reúne una millenta de escritores, adolece de algunos olvidos u omisiones, lagunas, que dicen los maricas. Todo eso es deliberado. Maeztu, por ejemplo, no me entra en el 98 por su pronta reconversión al sentido reverencial del dinero. Maeztu iba de nietzscheano, y Baroja, que fue una mañana a buscarle, curioseó el Zaratustra mientras le esperaba, y vio que sólo estaban abiertas las primeras páginas.

Otro que me sale ahora a ojo es Julio Camba, un humorista a la inglesa/galaica, pronto desbordado por el humor nuevo de La Codorniz. Así como Fernández Flórez, del que a pesar de todo se hace ficha. Pensé no meter a Pérez de Ayala, que es un ensayista incapacitado para la novela, pero al final lo he metido.

Estas memorias son parciales no sólo en los gustos, sino en los nombres. Parciales, pues, en los dos sentidos de la palabra: por incompletas y por subjetivas. Yo jamás querría hacer unas  memorias «objetivas». Horror. Hablo de los libros que me han ido formando en esta vida, o deformando, que es mejor, y de los autores que he amado. También hablo de los aburridos, los falsos valores y los coñazos, pero con cierta piedad, espero.

Uno prefiere un profesional mediocre a un aficionado brillante. Fuera con los aficionados. Por eso en este libro hay pequeños nombres con muchas páginas y grandes nombres reducidos a una ficha. No me he salido de la novela, la prosa, la poesía y el ensayo. El teatro me parece una cosa aparte, una especie de ingeniería que poco tiene que ver con el lector de libros. Los teatreros, sobre todo, tienen que ser espectaculares. Y eso está más cerca de las varietés que de la literatura.

Si sale algún dramaturgo en estas memorias, es por su significación histórica o porque además de dramaturgo es otra cosa. Así, Casona o Mihura. O Jardiel. Impongo mis gustos en este libro sin tratar de razonarlos. Al menos, cuando veo que el razonamiento va muy muermazo, lo corto con una anécdota.

El libro principia en Rubén y acaba en Cela, por razones tan obvias que ni siquiera las voy a explicar. Por algún sitio había que empezar y terminar. Cuando un hombre ha pasado los cincuenta, lleva ya sobre sí todo el siglo cronológico que le corresponde, que en mi caso es el siglo XX. De modo que uno ha vivido mucho más de lo que ha vivido. Escucha con sus ojos a los muertos y vive en conversación con los difuntos.

Quiero decir que para mí es tan familiar Rubén como Cela. Con los dos me he emborrachado y con los dos he aprendido mucho en la borrachera, aparte los libros. De ahí que estas memorias tengan una cosa vital, autobiografía, donde la anécdota siempre se salva por la categoría, y a la inversa. De esto que digo pudiera deducirse que mi libro es perfecto y ecuánime. Todo lo contrario, como creo que ya queda advertido. Es un libro desigual, picudo, con la alegre irregularidad de la vida, pero en el que rindo mi vida a los escritores que con la suya, y con su obra, me han hecho vivir más y mejor, me han dado conciencia de que estaba —¿estoy?— vivo. 

Los amo a todos, a los buenos y a los malos, porque quizá los malos enseñan más que los buenos y le hacen a uno amar la literatura como redención. «Yo tengo que hacerlo mejor que éste y salvarme.» Aparte las valoraciones literarias, yo he disfrutado varias presencias humanas de «profesores de energía» (también se habla de esto en el libro). Ahora se me ocurren González Ruano y Cela. Ellos, más algún otro, me infundieron una fe fanática en la literatura como forma de vida, no sólo como hobby. Vivían en escritores las veinticuatro horas del día. A mí es que nunca me ha interesado el mundo exterior y también quería vivir dentro de la literatura, como un niño/burbuja. A estas alturas creo que lo he conseguido. Lo que no es literatura es marujeo social.

¿De qué hablan quienes no son escritores? Creo que no tengo un solo amigo que no sea escritor. Es la única especie humana que me interesa. Claro que también me interesan mucho los políticos, pero ellos están haciendo literatura todo el rato, sin saberlo. Aparte de que el político es un ser literario, épico —dispone de vidas y haciendas—, que da mucho juego para escribir.

No quiero hacer un prólogo o atrio para enmendar errores o engrandecer lo mediocre. Esto sólo es una reflexión escasa sobre mi libro. Escribo este prólogo bastante después de terminadas las memorias. Las he releído por razones editoriales y por razones personales. Creo que aquí he conseguido, aunque esto no le interese nada al lector (o a lo mejor sí), una prosa suelta, irregular, coloquial, directa. Creo que he roto con mi propensión viciosa al estilismo, pues que los golpes de efecto también pueden conseguirse por otro camino. Que he cambiado un estilo por otro, o sea.

 

Para libro largo y memorial, me ha parecido más adecuada esta prosa batallona que va a decir las cosas como son, con lo cual se consiguen inesperados efectos estéticos, el meter a un personaje en un adjetivo y a una obra en una frase. Quisiera dejar claro, asimismo, que esto no es una película de buenos y malos. Aquí se canta el reaccionarismo del 98, el soborno de Rubén por el alcohol, los prosistas de la Falange, la generación del 36, también falangista, junto a la grandeza de nuestros comunistas, socialistas, liberales, demócratas y progresivos en general.

Me importa más la justicia poética (la única en que creo ya) que la justicia justiciera de los justos de profesión. Madrid de corte a checa, por ejemplo, es una inmensa novela que se reedita por perspicacia de Rafael Borrás, y que ha arrasado en ventas. Ya en mi Leyenda del César Visionario yo salvaba a Foxá por gran escritor y gran cínico, que quiere decir escéptico, que quiere decir lúcido, que quiere decir griego. Y así todo. Después del 98 y el 21, después de la versión subversiva del Modernismo, que pocos vieron, salvo Machado, después de la poesía pura y la generación de Ortega (malograda por el propio Ortega), lo único que viene es la prosa mental y plástica de Azaña, única, y sus críticas lúcidas al beaterío de las arrecogías del 98 y el 27, es la novela verde de Hoyos y de Olmet, hasta la catástrofe del 36, que en 1940 salva José Hierro con su poesía juanramoniana y su música rubeniana, y Camilo José Cela, que reúne en sí una antología que viene desde el Beato Liébana hasta Baroja y Valle, lo cual no quiere decir que Cela sea una suma de retales (eso no serviría para nada), sino la continuidad salvada de manera personal y estética, frente al falso continuismo de los oficialistas.

Mi vida no ha sido más que literatura, leída o vivida, y por eso les debía a ustedes estas memorias literarias. Henry Miller tituló las suyas Los libros en mi vida. No hay que ser tan obvio. Pensé en Ladrón de fuego, como título del libro, pero parecía una novela. Las palabras de la tribu, según Mallarmé, compendia bien mi amor por la tribu hispánica y por la tribu literaria.

Esto son sólo las memorias de un lector apasionado y de un escritor que, en el otoño de la vida, como diría el cursi de Benavente, quiere dejar constancia de sus amores y desamores definitivos. A casi todos los autores antologizados los he tratado en la precaria realidad o en esa realidad más fuerte que es la imaginación. De todos tengo anécdotas y frases personales que sólo me dijeron a mí.

Abrí estas memorias a 11 de mayo, fecha en  que nacimos Dalí, Cela y yo (a veces hay que creer en los calendarios mágicos) y hoy me quedo en paz como lector y escritor, como hombre y delincuente literario. Mi siamesa, la Loewe, acaba de tener tres gatos espurios y monísimos.

Las gatas de raza, como los escritores de raza, follan con cualquiera. Pero eso es bueno para que sigan las especies y siga la literatura. El magnolio estaba como enloquecido y floreciente, como una Ava Gardner de los árboles. Uno de los tres gatos es blanco con rayas grises muy bien hechas. Hay otro blanco y negro, como un gato de Walt Disney. El tercero, el más pequeño y débil, se ha quedado tieso sobre la falsa alfombra persa de Marraquech, esta mañana. Entre Paco, el jardinero, y Magdalena, la chica, me han ayudado a enterrarlo en el jardín.

La Dacha, enero de 1994

 

 

 

 


 

 

 

 

 

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