los cuadernos de luis vives

francisco umbral 1996

 

 

A José María Stampa,

cómplice de aquel tiempo

 

Oh tiempo tus pirámides.

BORGES

El ejercicio de la memoria es un placer

y un bien, porque implica conocimiento.

Volver a evocar una superstición no

significa practicarla, sino conocerla.

CESARE PAVESE

 

atrio

 

 

El retrato de Juan Luis Vives está en la colección del duque del Infantado, Sevilla. En este retrato, Vives aparece con boina de gran vuelo, según la época, ojos redondos y tristes, de pájaro sabio, nariz judía, boca judía y melenita de asistenta.

Filósofo, pedagogo y humanista español, nace en Valencia y muere en Brujas, 1492, 1540. Estudió en París, de donde se trasladó a los Países Bajos, y en 1519 fue nombrado profesor de Lovaina, después de Oxford y luego otra vez de Lovaina. Por su vasta erudición y la solidez de su pensamiento fue muy solicitado como preceptor de los jóvenes de las más destacadas familias, y estas circunstancias le facilitaron la amistad y consideración de hombres eminentes. En 1536 explicó en París el Poeticon astronomicon, de Higinio. Preocupado por la decadencia de los estudios filosóficos al final de la Edad Media, penetró sus causas y buscó el remedio, postulando un nuevo método de investigación. Distinguió el mundo natural cognoscible por observación  externa del interior, que lo es por observación interna, y limitó la esfera del saber humano, excluyendo aquella zona que la razón es impotente para explicar ni comprender, rehuyendo así los conflictos entre el saber y la creencia.

La tendencia fundamental de su ideología es, pues, empiricorracionalista, y el secreto del progreso está para él en unir las dos fuentes de conocimiento para obtener el método verdaderamente eficaz. Sólo por eso puede ser considerado como uno de los iniciadores de la psicología moderna, antes que Descartes, como lo han reconocido destacados psicólogos contemporáneos. Como pedagogo es un precursor de Montaigne. Fue respetado y admirado por los hombres más ilustres, y dejó considerable número de obras, entre las que se destaca el tratado Del alma y de la vida, que le coloca entre los más grandes pensadores de su siglo.

Versado en todas las disciplinas, estilista de los más elegantes y de gran profundidad de pensamiento, su fama no ha hecho más que aumentar con el tiempo. En España fueron Menéndez Pelayo y Bonilla San Martín quienes sacaron de la penumbra a este gran humanista. La enciclopedia que estudiábamos los chicos pobres, en las escuelas gratuitas y lóbregas de la posguerra, se llamaba Luis Vives, aunque nunca nadie nos explicó a Luis Vives. Los cuadernos que nos mandaban comprar para nuestros ejercicios también eran Luis Vives, unos cuadernos verticales, rayados, de un color azul gris.

En estos cuadernos, aburrido de las matemáticas y la geometría, empecé yo a escribir unas notas íntimas, diario de infancia/adolescencia o cosa así. Todos los productos eran de la editorial Bruño, que imagino debiera ser de algunos frailes o favorecidos del régimen. Ignoro por qué este Luis Vives, una especie de Erasmo español, fue mejor tolerado por la dictadura que otros talentos españoles de antaño y de hoy.

Ahora he sacado del desván de la infancia mis cuadernos de Luis Vives (los autobiográficos, no los matemáticos, que desaparecieron hace mucho) y he releído aquellas anotaciones ingenuas, adolescentes, minutísimas o alocadas, en las que apunta ya una fina y violenta voluntad de escritor. Sobre aquellas anotaciones tenues, inseguras, se me ha ocurrido desarrollar el yo que yo era entonces. Reescribir, en fin, profundizando en lo que quería decir o mejorándolo, quizá falseándolo.

La cosa tiene antecedentes, claro, desde El cuaderno gris de Josep Pla hasta tantas otras cosas. Pero eso no importa. Mi propósito al empezar era hacer la arqueología de mi adolescencia, el retrato del artista adolescente, una vez más, unas memorias más reflexivas que narrativas (las narrativas ya las he hecho otras veces), una anatomía o forja de un escritor, qué cosas, qué porqués le van haciendo escritor a uno, qué es lo que lleva por dentro y por qué eso se logra o se malogra.

Lo que ha resultado me parece que es, a medias, una crónica estendhaliana de la pequeña ciudad (cosa que no me disgusta nada), que se alterna con la divagación psicológica o filosófica—perdón— sobre mí o los demás, en torno al eje sutil de mi madre, que apenas aparece en el libro. Empecé estos cuadernos a raíz del hallazgo de los auténticos, con voluntad de libro póstumo(entonces me sentía muy enfermo), y sí me gustaría, aunque me temo que no, que fuese mi último libro, después de más de cien, porque supone un retorno profundo a los orígenes, con lo que la serpiente biográfica se muerde la cola y el círculo se cierra.

 

 

Como decía el citado Stendhal, no hay círculos perfectos en la naturaleza, pero eso no nos impide perorar sobre las cualidades del círculo. Amo más la elipse, que es algo así como el desmadre romántico del círculo, amo más a Kepler, en fin, pero tampoco me desagrada ir ahora bajo el patronazgo de Luis Vives, aquel español universal y exiliado, que diríamos hoy, y que sin duda es un moderno. Lo que no sé es por qué le postulaba aquella dictadura.

Tampoco sé por qué escribo este prólogo o atrio (me gusta «atrio», quizá por un último resabio modernista). No sé si quiero explicar que esto es la arqueología conmovida del escritor que entonces quería ser, y que ahora no soy (soy otro, ay, que no me gusta demasiado). No sé si esto es la crónica de una pequeña ciudad española hacia la mitad del siglo. No sé si es un último homenaje a mamá, casi invisible en el libro. Uno principia un libro con una idea, con un proyecto, y a la final sale otra cosa.

Un libro dura mucho de hacer y mientras tanto el autor va cambiando de carácter y proyectos (he aquí el gran inconveniente de la novela larga, que siempre está hecha de retales). Los cuadernos de Luis Vives, en fin, son un libro donde me he confesado como nunca. Desvelando el que fui explico el que soy. Libro de postrimerías, ya lo he dicho antes, donde trabajo sobre mi propio material, la autobiografía, pero en pretendida profundidad de sentido y meditación. Nada que ver, pues, con mis novelas y memorias de juventud. Mi gata Loewe, siamesa y dulce, solitaria y niña, me pide ahora salir al jardín. Su única palabra es «Ma», y con Ma lo dice todo. Escribo este prólogo, muy despegado del libro (mala costumbre), en una mañana clara de invierno, con mucho sol frío y escarcha sobre la hierba.

Loewe se va a dar su paseo matutino por el  jardín, que es su selva y su hogar, y luego volverá escalofriada y entrañable. Puedo ponerle comida de la que le gusta, acostarla en mi cama, dejarla que arañe con sus uñas mis más preciadas obras de arte. Amo a Loewe porque resume toda la ingenuidad y perfección del universo en un diseño magistral y fino que ignora la muerte. Será niña hasta los diecisiete años, en que morirá. Yo también morí a los diecisiete años para amanecer como escritor. Loewe tiene la piel de ocres elegantes, el careto negro y aterciopelado, calcetinitos negros; Loewe echaba una camada de seis gatos cada tres meses y la he mandado anudar las trompas.

Loewe sabe lo que no sabía don Luis Vives: que el rocío de la mañana vale más que el conocimiento exterior/interior de las cosas, y además los reúne. Loewe es la vida que sigue, el círculo que no se cierra jamás, mientras yo sólo soy la elipse kepleriana y romántica que quiere estirar el círculo mediante palabras, libros, amores, recuerdos, memorias, cosas. Renuncio a este prólogo que no prologa nada. Abro el ventanal a Loewe, de ojos de un azul inédito, irreal, y ella sale alegre al jardín helado, como una niña, como una colegiala, como una loca. El ser a quien más amamos nunca se entera, como Loewe. Como las chicas. En fin.

 

 

 

Francisco Umbral