madrid 1940

francisco umbral 1993

 

A mi mujer

Tended vuestras miradas, como líneas sin peso y sin medida, hacia el ámbito puro donde cantan los números su canción exacta.

JOSÉ ANTONIO

 

Mi novela Madrid 1940, que en principio pensé titular —equivocadamente— Retrato de un joven fascista, la verdad es que tiene de

ambas cosas, y de quien no tiene nada es de mí, salvo la mecanografía.

Tampoco quisiera que se entendiese este libro como una segunda parte o continuación de Leyenda del César Visionario (visionario me

lo suelen escribir con minúscula, cuando lo cierto es que en mi libro figura con mayúscula, y que Federico de Urrutia, el poeta

falangista, afortunado autor de tan halagüeña rúbrica, con mayúscula lo escribe en su poema, romanceado si mal no recuerdo).

Esta novela no es continuación de nada, aunque tampoco pueda librarse a la cronología, que después de la guerra trajo la  paz, o más

bien, como diría mi amigo Fernando Fernán-Gómez (lo dice en su función Las bicicletas son para el verano), lo que vino no fue

precisamente la paz, sino la Victoria, con esa uve mayúscula y ominosa. Hasta qué punto la Victoria se rubricó con  sangre, en 1940 y

sucesivos, es la materia, precisamente, de esta novela que ahora ofrezco, y para que la referencia no sea gratuita y  propagandística,

he acumulado una minuciosa y tupida información sobre el conato, que, debidamente transida por el filtro literario, pone un fondo sordo

y sórdido, atroz e histórico, a la biografía o autobiografía, ingenua y cruel, de este joven fascista  que se quiere y se cree más

joseantoniano que José Antonio, llegando en su delirio falangista a la paranoia o el crimen, si es que no son la misma cosa.

De modo que este libro se desarrolla en tres planos, por decirlo a la manera que les gusta a los críticos. (Y la desventaja de escribir

prólogos es que luego algunos se limitan a leer estas paginillas en cursiva y romanos, con lo que se encuentran la crítica hecha.) Pero

vamos allá. A mi señora, en este momento, le están poniendo una inyección en el culo. Ella se cura en salud, por si acaso. La señoras

duran mucho.

Primer plano: la biografía o autobiografía de un joven falangista que se viene a Madrid nada más terminar la guerra, para hacer carrera

política, literaria, lo que sea, para morder el pan de la Victoria. Hasta dónde llegue esta criatura contradictoria y peligrosa en su

evolución social y mental es cosa que verá el que leyere.

Segundo plano: todo un mapa de la represión de 1940 e inmediatamente subsiguientes en Madrid, con alguna alusión al resto de

España. Esto, para mí, es la arcilla, el barro, la materia rica, atroz y sangrienta, fértil, sobre la que modelar la novela, los personajes, la

vida. Así, este material se desdobla en materia prima y testimonio. El testimonio de un genocidio, de un cautelar y silencioso

holocausto, pienso que puede seguir interesando a muchos, a algunos.

El tercer plano, digamos, es periodístico, directo, cronificado, con la aparición de personajes de la época, de Juan Aparicio a Manolete,

de Chicote a Pasapoga, toda la España que bebía cócteles de sangre, en las noches de la Gran Vía, mientras en las checas de Franco

se torturaba y asesinaba. Me ha parecido mejor que todo esto lo cuente un partidario, un vengador/vengativo por naturaleza, y además

un beato de José Antonio y un enemigo de Franco. A través de mi personaje trato de poner de manifiesto los descontentos,

conspiraciones, contradicciones, camarillas, corrientes y navajeos que trenzaban por dentro aquel esquema luminoso de la Victoria, tan

visible en Madrid como los anuncios de Tío Pepe, coñac.

A mi señora han terminado de ponerle la inyección en el culo. Confío en que acabe escapándose a Mazarrón con el practicante, pero

hasta ahora no hay síntomas. A lo mejor es que no es su tipo. Habrá que buscarle otro practicante.

 

La Dacha, otoño, 1993

 

 

 

 


 

 

 

 

 

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