francisco umbral

 

diario de un escritor burgués

 

 

 

 

 

 

domingo

 

 

C. tiene los ojos oblicuos, claros y muy separados.

Mira fijamente al interlocutor, como todas las extranjeras, sin duda para desentrañar plurales misterios del idioma, la personalidad y la raza:

—Tú escribiste que no hay gatos azules —recuerda C.— ¿Por qué no ha de haber gatos azules?

El castellano de C. se infantiliza como el de todos los extranjeros, como el de todas las extranjeras.

C. le ha enviado a su padre, a la lejana América, un trozo de piel que se ha pelado del pie, para que él lo mire al microscopio.

Es la poética americana, pasada siempre por la técnica.

—¿Cuándo me envías a mí un trozo de piel de tus pies? —le digo. Yo no la miraría al microscopio, sino que la metería entre las

páginas de un libro, como un pétalo. Un pétalo de mujer.

 

C., de pronto, en su nuevo apartamento. Está contenta con su nuevo apartamento, que tiene la amplitud, la altura y el teléfono negro y dócil,

como un gato, del Madrid de los años treinta. Allá abajo corre el río revuelto de los automóviles.

—¿No te molesta el ruido?

—Sí.

Y cierra las ventanas, que tiene sujetas con guías de teléfono, porque son ventanas de guillotina. Sólo eso, nada más que eso.

La historia de C. sin historia.

C. baila en España para pagarse su licenciatura de español.

C. filma una película sobre España, con fines universitarios. En Estados Unidos puede uno licenciarse con una película. Eso, en España, sería

un escándalo académico y un auto de fe.

De vez en cuando, C. traduce un artículo mío al inglés y se lo envía a su padre con la piel de sus pies. A C. le han robado la máquina de hacer

cine, que dejó en el camerino del cabaret.

—En España no se puede hacer eso —le digo—. Han podido robar incluso el camerino.

Qué distante, qué lejana, qué cercana, qué fría, qué directa esta muchacha yanqui, tan clara, tan bella y tan sincera como todas las muchachas

yanquis.

Hablamos de los negros:

—Oh, pobrecitos negros.

Esta juventud es la que ha parado la guerra del Vietnam, ha denunciado a Nixon, ha hecho la revolución juvenil, ha roto con la tecnificación

aberrante de su país, ha vivido una contracultura que va contra todos los valores culturales de la América imperial y convencional.

C. es como una hija de los beatniks, pero no lo sabe. Le hablo de los beatniks, hablo y hablo. C., una amistad, una alta criatura sosa y

graciosa que me escucha, que me mira, que asiste, deidad cotidiana de América, al río confuso de mi enredada conversación latina.

Siento —ay— que mis palabras oscuras no rozan su claridad.

 

   

 

viernes

 

Maneras del orgasmo femenino. Hay un orgasmo de la mujer que yo llamo masculino.

Es el orgasmo único, conseguido siempre por masturbación.

Un orgasmo fuerte, agónico y solo que la deja a ella agotada y completa, al menos

durante algún tiempo.

Hay el orgasmo lábil, múltiple, que generalmente se consigue mediante la fornicación

directa, y que, si tiene el inconveniente de que uno nunca puede dar la sesión por

brillantemente concluida, tiene, en cambio, la ventaja que ya reseñara el marqués de

Bradomín: «Ah, mujeres ardientes, y qué fácil es engañaros».

Finalmente, hay el orgasmo débil, difícil, tenue, que se consigue trabajosamente y que

es sólo un pálido eco de otros orgasmos de otras.

Es frecuente que cada mujer se obstine en conseguir su orgasmo mediante la vía que

no le corresponde.

Siempre hay que descubrir la mujer en la mujer y descubrirle la mujer  a la mujer. Bueno,

siempre no.

Está, definitivamente, esa maravilla de la mujer con facilidad, con orgasmo lábil y múltiple,

con la que nunca se queda mal, cuando se queda mal, y que siempre queda bien y nos hace

quedar bien.

 

 

 

 

 

 

sábado

 

 

 

A cierta edad —yo diría que prematuramente— se toma conciencia de que la existencia es un escándalo de gratuidad y de que la humanidad es brutal.

A partir de ahí viene la prostitución, el pacto.

Los más exigentes se inventan formas neuróticas de supervivencia.

Los más dramáticos se suicidan.

Pero la inmensa mayoría acepta el pacto con el horror.

Vivir es condescender. Y vivimos en el escándalo, en la gratuidad, en la brutalidad, viendo siempre más allá de lo que quisiéramos, adivinando las razones

viles, mediocres o cobardes de los demás, y las nuestras propias, pero volviendo la cabeza para no ver nada, con un gesto que es una siniestra cortesía

hacia el universo.

El hombre está siempre por encima de sus motivaciones.

El hombre puede juzgar con lucidez y criticar con amargura lo que hace, lo que dice.

El hombre no cree en sí mismo, y por eso está siempre más alto que sus motivaciones. Pero el hombre ha claudicado. Vivir es claudicar.

¿Por qué hacemos lo que nos repugna, por qué deseamos hacer lo que nos repugna hacer? Porque entre la cobardía de morir y la cobardía de vivir, hemos

elegido esta última cobardía.

A este nivel, hablar de otras corrupciones, de otras prostituciones menores —aunque sean criminales—, de tipo moral, político, social o económico, no tiene

ya sentido. Es pueril.

La prostitución primera (prostitución es palabra más grata a M. que corrupción) es la aceptación misma de la vida, cuando se ha descubierto, en la juventud,

que la vida es vil, mezquina, sucia, canalla, depredadora y ociosa.

Aceptado vivir, lo demás es cuestión de grados, oportunidades y circunstancias. Vivir es prostituirse.

La vanidad, la voluntad de poder, la ambición de dinero, todo eso, lejos de ser grandioso, no es sino la épica de nuestra inseguridad.

Son las defensas de nuestra cobardía. El hombre está solo y, para combatir su soledad, la acrecienta.

Lucha con los demás, los destruye, se afirma. Al fin comprende —si lo comprende— que ha de elegir entre ser solo o ser débil, y prefiere ser solo.

La debilidad comporta compañía, pero eso supone dependencia. El más triunfador es el más solitario.

 

No hago estas reflexiones por ninguna causa personal y concreta. Tampoco las hago en abstracto, porque eso sería ridículo.

Es lo que veo dentro de mí —dentro y fuera— con sólo echar una melancólica ojeada. Vivir es vivir aceptando la miseria propia y la de los demás, haciendo

la vista gorda, que dice el tópico insufrible.

Insufrible porque es verdad, pues la vista llega a engordar, a hincharse monstruosamente, a fuerza de guardar vilezas, acumular imágenes grotescas y

coleccionar muerte.

La mirada, ese cristal siempre limpio de la mente, ha sido roto y manchado mil veces por el rayo de luz impura de la realidad.

Pero el cristal se establece siempre.

Una mirada clara y pura, la mirada clara y pura de una mujer, por ejemplo, ha pasado por tantos horrores, ha dejado pasar tanta avilantez por su alto vitral,

que esa claridad y esa pureza no son sino un milagro de la óptica.

Un milagro banal, por otra parte, un prodigio del colirio natural del vivir, porque lo que creemos una mirada clara y pura no suele ser sino el buen estado

oftalmológico de unos ojos.

Hay un escepticismo de base, común a todos los hombres y a todas las mujeres, y de ese escepticismo nacen las grandes creencias, las religiones, las

políticas, las doctrinas, las patrias, los amores.

Si el hombre no fuese un animal escéptico, no se habría inventado tantas fes.

El hombre es un animal fanático porque es un animal escéptico. El fanatismo no es más que un escepticismo exasperado.

Creer violentamente en algo —en la vida, sencillamente— es estarlo negando, porque la fe real no necesitaría fanatismo.

La fe es todo lo contrario del fanatismo.

A nuestra falta de fe, a nuestro escepticismo biológico le hemos dado hermosas formas: la forma de la patria, del amor, de la esperanza, de la religión.

El secreto de la humanidad es que no cree en nada y conoce la muerte, y de ese conocimiento nace la dinámica creadora.

Los animales no crean nada porque están adheridos al universo.

El hombre está separado del universo y por eso crea sin cesar para llenar el hueco, la fisura, la separación.

(No sublimar tampoco esa fisura mediante exaltaciones místico-existencialistas: estamos separados del universo, somos universo aberrante, pero no

somos otra cosa que universo).

 

 

 

 


 

 

 

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