francisco umbral

 

diario de

un

escritor burgués

1979

 

 

 

 

jueves

 

 

 

Releo el epistolario español de Rilke.

Dice Rilke que, en España, hasta los perros van a misa y guardan compostura.

Y dice también, en carta a una de sus duquesas europeas:

«Yo, que voy de existencia en existencia…».

 

Eso es, ésas son las cosas que hemos buscado siempre en Rilke.

De existencia en existencia.

Vivía, vivió en poeta.

El descubrimiento de Rilke data de mi adolescencia. Era la edad, en que uno

ya se había leído a todos los poetas españoles y empezaba a curiosear la

poesía del mundo.

Rilke tenía el doble hermetismo de su mensaje y de su idioma, de sus idiomas.

Lo leíamos en malas traducciones. Luego lo hemos leído en traducciones mejores.

 

De todos modos, hay momentos en que es necesario adivinarle.

Los clásicos y los germanos son un poco lo que nosotros hemos querido hacer

de ellos. Allí donde no les comprendemos, los suplimos.

 

Rilke era, en mi adolescencia, un Juan Ramón Jiménez mucho más incógnito,

y por eso más fascinante, que también perseguía lo esencial. Recuerdo mis sábados

por la tarde o mis domingos por la mañana, libre del trabajo de pesadilla,

humillante y feo, cuando yo me iba a una cafetería elegante o a un parque a

consumir las horas en la lectura de una mala traducción de Rilke.

Leía un poema, me quedaba contemplando las variaciones placenteras del cielo,

miraba a la gente, meditaba.

Conseguía esa molturación perfecta de poesía y vida que sólo cree conseguir

el adolescente. Un amigo, que sabía mucho más que yo de Rilke y de todo, me

prestó una biografía del poeta, escrita por Angeloff.

 

En Rilke había una veta mística que no me iba, pero había un escritor que, en

la prosa por ejemplo, era sobresaltante a cada paso.

Luego he tratado mucho, en España y en Alemania, a Ferreiro Alemparte, que

le ha dedicado su vida a la obra y la traducción de Rilke.

Viviendo en León, compré los ensayos de Rof Carballo sobre Rilke. En su libro

«Entre el silencio y la palabra», Rof le dedica mucha atención a Rilke, y pone

en juego toda su vasta cultura europea para tratar el tema y relacionar al poeta

con Heidegger, con Rodin, con Freud.

 

Me recuerdo en el paseo de La Condesa, de León, los domingos por la mañana,

a la salida de la radio donde yo trabajaba, escribiendo en la mesa de un bar un

ensayo sobre Rilke, todo él influido de las ideas de Rof Carballo.

Luego he sido amigo de Rof Carballo en Madrid, e incluso paciente suyo.

Quiso llevar mis males por la vía psicosomática.

Le he agradecido siempre el interés y la inteligencia, pero mi vida y mi muerte

supongo que van por otros caminos.

Aquel ensayo lo escribía yo para la revista «Acento», una revista que hacía el

SEU intelectual y progresista, supongo, en los últimos años cincuenta.

Donde salió luego el ensayo o lo que fuese me parece que fue en «La Estafeta

Literaria» de Pérez Embid, Rafael Morales, García Viñó, Jiménez Martos, Perlado,

etc.

 

Uno ha estado en todas partes, con toda clase de gentes, y ha hecho de todo.

La pasión de Rilke me pasó pronto.

Era gemela de la pasión por Juan Ramón Jiménez. Era, en definitiva, la pasión

del adolescente por lo esencial, por lo definitivo, por la palabra última que explica

el universo, y por el que la dice.

 

Rilke y Juan Ramón, poetas de esencialidades.

Luego he dejado de creer en lo esencial y leo mejor a los surrealistas, a los barrocos,

a los que van al paso de la riqueza proteica del mundo y saben que el mundo no

se resume en una idea, en una metáfora ni en una fórmula.

 

Tenemos que resignarnos a ser plurales, casuales, ocasionales.

La necesidad de lo absoluto es una necesidad adolescente. En este sentido, esos

inmensos poetas se han mantenido en una adolescencia eterna.

Han perseguido siempre ese ideal de adolescencia. Su genialidad es una pubertad.

De modo que cuando releo a Rilke alguna vez, en verso o en prosa, busco

más en él las pequeñas ideas que la idea grande.

 

Es lo que hay que buscar en todo escritor, porque la gente acierta más en lo

pequeño que en lo grande, como es natural.

Y me interesa ya más el Rilke en prosa que en verso. Las «Cartas a un joven poeta»,

este epistolario español.

Porque, en la prosa, el poeta desciende de su Sinaí y es más de verdad, trata

de lo inmediato, aplica su óptica lírica a la vida, no a la lírica.

 

Claro que es hermoso encontrar de pronto un verso deslumbrante de Rilke,

como cuando dice que la música es el revés del aire, pero nos comunicamos

mejor, a cierta altura de la vida, con el hombre cotidiano que hay en el hombre

sublime.

 

Juan Ramón Jiménez admitió que había escrito mucho más en prosa que en

verso.

Yo le tengo por gran prosista tanto como por gran poeta. En la prosa prescinde

de la necesidad de absoluto, prescinde de la sublimidad, y ahí ya empezamos a

entendernos mejor.

Son hermosas estas cartas de Rilke a sus grandes amigas europeas de la belle

époque.

Son cotidianas, inteligentes, verdaderas, inmediatas. Son —perdón— epistolares.

 

El género epistolar es uno de los grandes géneros. Y luego el esnobismo de Rilke.

Dice que va «de existencia en existencia».

Pero va de Excelencia en Excelencia, porque sólo trata a Excelentísimas señoras.

 

Quizá, de muy joven, cuando yo creía que me estaba fascinando el misticismo de

Rilke, lo que me fascinaba era su esnobismo.

Nunca se sabe.

 

 

 

 

julio, sábado

 

 

 

El éxito está lleno de mujeres.

Lo que más puebla el éxito son las mujeres.

Alguien habló —un torero— de las mujeres del toro, de las mujeres que da el toro.

 

Bueno, pues el becerro de la literatura, aunque no sea un becerro de oro, sino de

plomo, también da mujeres, muchas mujeres.

 

Las mujeres del éxito, las mujeres de la literatura vienen en bandadas, y llega a ser

desconcertante, inquietante, desasosegante, la asiduidad de las mujeres,

que está muy por encima de las necesidades teóricas, imaginativas o reales del

caballero que escribe.

La abundancia siempre me ha parecido desconcertante, la facilidad siempre me

ha resultado coartante, y uno sabe que podría probar aquí y allá, desde la dependienta

adolescente que le pide a uno un autógrafo hasta la actriz famosa que le invita a uno

a su casa.

 

Naturalmente, no hay petulancia en esto que digo, pues uno ha sobrepasado ya la

petulancia (a fuerza de petulancia, naturalmente). Y sobre todo, que el sentimiento del

éxito no es de encanto, sino de desencanto, curiosamente.

Todos los tópicos eran verdad y no hay nada más desilusionante que comprobar la

verdad fatigosa de los tópicos.

 

Ramón Gómez de la Serna, genial siempre, habló de «esa aproximación de las mujeres

al vencedor».

Quizá se refería a otros tiempos, cuando el vencedor era más vencedor y la mujer

estaba más alienada.

Pero la cosa subsiste, de una forma o de otra. De modo que me siento carne de tópico.

Escritor de éxito se relaciona con artista famosa o señora de clase bien.

Éste es el esquema mediocre que se ha repetido a lo largo de los siglos.

Tenemos la única vanidad legítima, que es la vanidad de estar haciendo algo diferente,

algo que nadie haya hecho nunca, pero la vida nos prueba cada día que estamos

repitiendo viejos clisés con una puntualidad y una exactitud penosas.

 

Son días, pues, de cruzar espejos abrasados, lienzos frescos y lujosos, cuerpos

privilegiados, hechos de la materia inconsútil de la gloria.

Son días de visitar la belleza deslumbrante en sus catacumbas de miseria, días

de abrir cartas que llegan como andando —ciempiés sentimentales— sobre las

patitas de su caligrafía difícil, extranjera o retraída, quizás provinciana.

 

Esa aproximación de las mujeres al vencedor. Genial Ramón, que era feo y tuvo

mujeres siempre.

El éxito es un desorden, además de un equívoco. El éxito es un desorden y uno

se siente hundir en el desorden de los requerimientos, y uno no llega ya a

distinguir lo que es admiración de lo que es interés de lo que es cariño de lo que es

comprensión de lo que es prostitución.

 

Hay que salir a tiempo de la charca, porque así es como el éxito ha matado a

muchos. Claro que lo más vil de todo es querer salvarse. ¿Salvarse para qué?

 

La prudencia previsora del que se salva es repugnante, pero hay en mí —siempre

lo he dicho— un pequeño burgués que cree en el trabajo de cada día, ordenado y

bien hecho.

Así que me distancio de mujeres, noches, cuerpos, halagos, bocas —toda la

faramalla que llamamos éxito— y me encierro a escribir como un monje de

clausura, a miniar un manuscrito casto.

¿Para qué? Para nada. Pero me distancio.