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Ya desde Jakobson, los formalistas rusos y los estructuralistas franceses, sabemos que lo que importa en una novela no es el asunto, sino la literariedad, esa cosa misteriosa por la cual un texto es literario o no lo es.

La nueva ciencia de la escritura está cada vez más clara, no sólo por las aportaciones técnicas, sino por las abrumadoras aportaciones creativas de Marcel Proust, James Joyce, Virginia Woolf y, en España, Valle-Inclán, Ramón Gómez de la Serna, Gabriel Miró, toda la generación del 27, en verso y prosa, así como algunos de los prosistas y poetas de la Falange o generación del 36, como Luis Rosales en El contenido del corazón. Por no remontarnos a Juan Ramón Jiménez, que al final quería poner en prosa toda su obra.

El citado Jakobson empezó por advertir que este concepto de literariedad o literaturidad sería siempre una cosa de intuición más que de determinación. Por el mismo camino andaba Mallarmé cuando nos dice como consigna: «No la cosa sino la sensación de la cosa.» Así literariedad sería escribir con sensaciones y toda la prosa y poesía del siglo XX se atiene a eso, salvo cuatro retardados, temporales o mentales, que siguen comprando asuntos, como si la vida y las porterías no estuviesen llenas de ellos.

Nos preguntamos ahora, ¿es la novela La segunda vida de Anita Ozores, de Ramón Tamames, una obra dotada del don de la literariedad?

Hace unos años, los críticos hubieran definido esta obra como «novela libresca», puesto que parte de un libro anterior y está construida con derribos de otros muchos. Hoy, ese concepto abrupto de novela libresca ya no se usa, está superado, pues el autor más libresco del mundo es Borges, que sólo hizo libros de libros y hoy es el hombre más universal de todas las literaturas, y además muy comercial.

Cervantes escribió el Quijote con libros de caballerías y Shakespeare construye sus tragedias plagiando a los griegos o a los normandos. De modo que esa idea ruda de «obra libresca» se ha superado para siempre y en su lugar aparece el concepto más fino de intertextualidad, que no es sino la literariedad conseguida mediante un entretejido de otros autores y otras lecturas. Intertextualidad hicieron el Alighieri, la Biblia, Virgilio, Quevedo, que está lleno de Marcial, Góngora, que está lleno de mitologías, y, entre los modernos, el citado Joyce, que va de los jesuitas a Homero y vuelta. Y, después de Joyce, lo que ustedes quieran. El concepto de intertextualidad no es peyorativo sino todo lo contrario: se ha convertido en un valor. La intertextualidad lo acoge todo, siempre que el escritor sepa hacer el tapiz, y uno de los más poderosos ingredientes de la intertextualidad es la Historia, que yo mismo he utilizado mucho.

Entonces, la pregunta sería en este caso: ¿es la novela de Tamames una creación intertextual? Lo es por saturación. Quiero decir que, cuando los personajes van a oír un discurso de Cánovas, Tamames mete el discurso entero. Cuando los viajeros cruzan alguna zona en obras de la España preindustrial, Tamames nos describe técnicamente las obras, con mucho detalle. Cuando se inaugura el Ateneo de Madrid, Tamames nos da casi el acta fundacional, muchos detalles y nombres. Cuando Clarín estrena su comedia Teresa, Tamames nos da la crítica exhaustiva de la obra o un amplio resumen de las críticas que tuvo entonces.

¿Qué es lo que yace entre todo este material? Un proyecto de intertextualidad en germen. Tamames tendría que molturar narrativamente toda esta riqueza informativa que se nos sirve en crudo. Ése sería el paso de la novela realista del XIX a la novela intertextual del XX. Pero la fidelidad a la plantilla, La Regenta, le ha impedido dar ese paso. Así, lo que tenemos es un notable experimento de intertextualidad, con fuerte componente histórico, al que le ha faltado una última decisión para lograrse plenamente. Novela experimental a su manera que debiera interesar mucho a los críticos.

En otros aspectos de la escritura, señalemos la sistemática —o casi— astucia de anteponer el adjetivo al sustantivo, cosa que en tiempos de Clarín se consideraba muy literaria, pero que sólo es argucia retórica venturosamente corregida por Azorín. Dos ejemplos serían «frugal refrigerio» y «notable soberbia» pero hay muchos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

UN SER DE LEJANIAS

UMBRAL, FRANCISCO

EDITORIAL PLANETA, S.A.

Edición:1ª

BARCELONA , 2003

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

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