francisco umbral

diario de un escritor burgués

francisco umbral

 

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diario de un escritor burgués

 

sábado

 

 

 

Trato de deshacer uno de los nudos de confusión, placer y caos más peligrosos de mi vida.

Inopinadamente he caído en el centro de no sé qué remolino —lo sé muy bien— y ha dejado

de funcionar en mí el natural sistema de defensas y compensaciones por el que siempre ha

prevalecido el burgués sobre el vicioso o viciado, sobre el canalla o acanallado.

 

Ahora, de pronto, tardíamente, no sé cómo, me viene la indiferencia por el trabajo y la tentación cálida

y tonta de hundirme más y más en un remolino que presenta peligros incluso físicos.

Escribo más que nunca, claro, me aferró a la escritura como salvación, pero por debajo está la indiferencia,

el fondo frío, la repentina falta de fe, que casi nunca había sentido (fe en nada, claro, que es la 

verdadera fe).

Me siento en peligro ante mí mismo y voy saliendo trabajosamente de una maraña inopinada. Supongo que

en todo esto funciona inconscientemente el cansancio, el secreto hastío, la náusea de lo logrado y la risa

de lo no logrado.

Eso que Pirandello llamaba «terremotos interiores».

Algo de lo que ni siquiera yo mismo era consciente.

Me asusto con un susto nuevo porque, por primera vez, el buen burgués no reacciona en mí, no pone orden,

y la tentación de lo canalla —¿para cuándo el ensayo sobre lo canalla?— es ya más que una tentación.

 

 

 

miércoles

 

 

 

Escapada a Barcelona. Mareo de gótico, fiebre, desnudos, mar, farra y

deshora. Todo eso que entendemos por «lo mediterráneo», me entra

de pronto y de golpe, me da en la frente, me hiela y me enfebrece.

 

Locura de aviones, camas deshechas, pululación de ciegos y de muchachas bellas. A la luz de unas velas

pobres entiendo una vez más el manido concepto de auto-destrucción. Pero lo entiendo de verdad, como

se nos abre de pronto una palabra que habíamos usado siempre como una navaja sin abrir.

Un día se abre la navaja.

 

Autodestrucción, sí, es palabra que tiene un filo, o doble filo, pero yo siempre la había utilizado literariamente

y referida a otros.

En el exceso con fiebre de la madrugada he comprendido, procurando no hacer literatura —o procurando

hacerla, para tranquilizarme— que la autodestrucción puede empezar a trabajar en uno a partir de cierta edad.

 

No. Lo cierto es que ya estoy aquí otra vez, mal que bien, escribiendo, ordenando o desordenando todo eso.

Soy un golfo boomerang, soy un maldito de ida y vuelta. Más vale así. O así, quizá, no vale nada.

 

Esta mañana, tras muy pocas horas de sueño y unas jornadas agotadoras de ser uno mismo hasta más allá

de sí mismo, me he puesto a trabajar, con optalidón, mucorex y neoiloticina para la faringitis.

He despachado dos artículos por la vía de la naturalidad. Que difícil, la conquista de la naturalidad.

 

He leído en «El País» un magnífico artículo sobre el libro que se hace solo, y que es un mito.

El libro que teóricamente se hace solo es el que más cuesta hacer. Lo que pasa un poco con este libro, con

este diario. El articulo es de Juan García Hortelano, que al parecer está haciendo uno de esos libros que

se hacen solos.

 

Me ha gustado y sorprendido hasta casi la alarma un artículo tan bueno en un novelista no profesional del

artículo. Los artículos de mis queridos novelistas, poetas, profesores, ensayistas y todo eso, suelen ser

unos artículos mutilados por exceso (hay una mutilación por exceso).

 

En agosto pienso parar los artículos, si puedo, y meterme a fondo con el libro de Ramón Gómez de la Serna.

«Ramón y las vanguardias».

Estoy seguro de que va a ser un libro bonito y, lo que es más importante, estoy seguro de que lo voy a escribir

con regodeo, recochineo intelectual, satisfacción y —ahí sí— facilidad. Luego puede que no interese a nadie,

porque Ramón hoy no interesa, pero uno ya no escribe los libros para interesar ni para hacerse el interesante,

ni siquiera porque uno sea interesado. Uno escribe ya libros desinteresados.

 

O sea que de autodestruccion, nada. Ha pasado como un viento rojo que me ha llevado no sé dónde.

Para qué ser más explícito.

Los detalles, en estas cosas, son siempre tópicos y empequeñecen el tema.

Claro que el lío está armado y la cosa puede volver en cualquier momento, pero me parece que la voy

dominando o dirigiendo.

Luego ocurre una cosa curiosa y casi increíble, de tan tópica y literaria: que la vida incendiada, el baño

en la hoguera, la ducha de estrellas prohibidas le dan a uno riqueza o dinamismo para volver a escribir.

 

No es que haya más motivos, más temas, más argumentos —aquí es donde el tópico romántico de la

vida intensa ha fallado_, sino que se acelera la circulación de la sangre, se modifica el metabolismo y uno

saca de sí un escritor ignorado, otro escritor que acaba pareciéndose mucho al de siempre, pero que viene

con más ganas.

 

La inspiración tiene que ser un problema de riego. No hay que vivir mucho para poder escribir de muchas

cosas, sino para estar en forma. Basta con cambiar de horarios, de costumbres, de gentes, de comidas,

aunque sea por unos días, para que veamos el mundo de otra forma, otro mundo en el de siempre.

 

Y eso enriquece, claro. Ayuda a escribir.

Siempre he creído mucho en estos saltos fuera de la propia biografía. En seguida me gana una sensación

de irrealidad que es muy fecunda y que está llena de otras realidades. Claro que si todo esto lo hace uno

como cura para seguir escribiendo, hemos vuelto a la rueda utilitaria y burguesa.

Juro, sin embargo, que la cosa, ahora, no empezó así.

Otro instrumento es quien tira de los sentidos mejores, como dijo el clásico.

De los mejores y de los peores.

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

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