francisco umbral

 

 

miguel delibes

1970

 

 

Para Ángeles de Castro de Delibes

 

 Castellano de Castilla,

el día que tú naciste

ninguna señal había.

 

JORGE GUILLÉN

 

 

 

 

 

  

Cuando uno es huérfano prematuro y además hijo único, es fatal que se pase la vida buscando padres espirituales y hermanos mayores. Yo he tenido varios. Los he tomado y dejado. Algunos padres me han salido golfos —y no sólo el de la carne—; algunos hermanos espirituales me han salido tontos. Pasa el tiempo y queda, a través de los años, un hermano mayor en mi vida: Miguel Delibes.

Yo tenía que escribir algún día el libro sobre Miguel Delibes, porque él ha sido mi casi único parentesco con la bondad del hombre, con la honradez. Él ha sido mi único familiar y mi casi única familiaridad con la restringida familia de los hombres de bien. En Valladolid era el chico mayor y lejano, de mejor familia y más listo, a quien nunca se encontraba uno por la calle. Le dieron el Nadal y leí el libro siendo casi un niño. Ya entonces me pareció mejor la primera parte. Me gustó mucho. La segunda parte me quedaba un poco guión cinematográfico.

Delibes nos aleccionaba desde la revista de los Luises y desde el periódico «El Norte de Castilla». En «El Norte» hacía caricaturas, que firmaba Max, y apuntes de fútbol los martes, un poco en la línea de los apuntes taurinos de Antonio Casero, pero mucho peor. Después contaré todo esto. Cuando le dieron el Nadal empezó a ocuparse de los libros en el periódico. Mi madre y yo estábamos cada uno en una cama, tuberculosos perdidos, en la misma habitación, y leímos El camino —años cincuenta—, que a mí me gustó mucho. Ella dijo: «No vale ni el papel en que está escrito».

Mi madre tenía razón cuando me hablaba de literatura. Pero a partir de El camino empecé a distanciarme de ella. No creo que sea la mejor novela de Delibes, ni mucho menos, como todo el mundo quiere probar. Pero mi madre se equivocaba. Ella se había parado en Valle-Inclán, y quizá hacía bien. La nueva literatura que traía el paisano no le sonaba a nada. Ahora vuelve Valle-Inclán con todas las de la ley, porque es grande entre los grandes. Pero mi madre —ay— no vuelve.

Luego, Miguel me llamó a su periódico y a él le debo en buena medida el ser escritor. Un día me decía en la redacción de «El Norte»: «Verás, hay dos niveles, Paco; el nivel literario y el nivel del periódico. Ten esto en cuenta». Yo estaba siempre en el nivel literario. Y estoy. Me dio la primera lección de periodismo. Mal aprovechada, pero me la dio. Hago este libro porque él es una de las claves culturales de la vida española contemporánea y una de las claves íntimas de mi vida. Puedo hacer el libro porque estoy suficientemente identificado con él (como creía estarlo con cada escritor que biografié). Y puedo hacerlo porque, al mismo tiempo, hay entre él y yo una distancia, una perspectiva. Su bonhomía, su castellanía, sus siete hijos, su sensatez, su realismo y otras cosas me quedan a tan respetuosa distancia que puedo escribir estas páginas sin que biografiado y biógrafo se embrollen en un todo confuso e indiferenciado.

Él me soltó en Madrid como se suelta una cometa en el cielo de España. Yo volaba ligero, lleno de viento y nada más que de viento. Él, desde Valladolid, tenía firme en la mano el hilo de la cometa. Hago este prólogo un poco autobiográfico porque el resto no lo va a ser nada. Excepto el capítulo de cartas, inevitablemente. Llevamos diez años escribiéndonos casi todas las semanas.

Como él dice, ni de novio ha escrito tantas cartas. Doy aquí una pequeña selección de las más significativas, las más humanas, las más literarias de todas cuantas me escribió. Su dolor o el mío están con frecuencia en ellas. Su sensatez castellana de maestro literario, de catedrático de provincias y de escritor realista, corrigiendo siempre el barroquismo estetizante y suicida de mi hacer y mi vivir. Lamento reflejarme tanto en él y no quiero que esto haga enojoso el libro. Escribo de encargo porque nunca me habría atrevido a pensar espontáneamente una obra sobre Miguel Delibes. Es demasiado mío.

La cita de Jorge Guillén, otro vallisoletano mayor en quien me he amparado bastante toda la vida, viene a decir bien, frente al «moro de la morería, / el día que tú naciste / alguna señal había», que estos castellanos son así: reales, desmitificados, antimágicos, directos. La literatura, a Castilla, se la ha puesto la periferia, como es bien sabido. Primero Guillén y luego Delibes, desnoventayochizan Castilla.

De la relación entre ambos también trata este librito, que quiero vital, directo, antiprofesoral, serio, amoroso, crítico, vallisoletano. Escribo en una tarde marceña, fea, y tengo toda la obra por delante. No sé lo que va a salir. Los prólogos a posteriori son un truco. Y ya maneja uno demasiados trucos. Miguel Delibes, quizá, habrá salido al campo a ver el deshielo. Ayer mismo tuve una carta suya. Nuestro noviazgo lleva camino de durar toda la vida. Miguel Delibes, quizá, tiene hoy uno de esos «dolorosos crepúsculos en el campo», de que me habla a veces.

 

 

1. VALLADOLID

 

 

Quiero que este libro sea un poco el libro que yo le debo a Valladolid, tanto como el libro que le debo a Miguel Delibes. En el Lazarillo hay un hidalgo vallisoletano que se espolvorea la barba de migas para fingir hartazgo y encubrir las hambres. Prefiere el caballero la fama de desaseado a la de hambriento. Siempre he pensado que hay varias claves vallisoletanas en el hidalgo pinciano del Lazarillo.

El querer y no poder, la grandeza —¿qué grandeza?— venida a menos. Todavía un personaje de Delibes, el don Eloy de La hoja roja, tiene algo de la dignidad hidalga y hambreada de aquel caballero del Siglo de Oro. Cuántos caballeros así, cuántos don Eloy en Valladolid. Don Álvaro de Luna o la fuerza del sino. Eso de la hidalguía vallisoletana. A don Álvaro lo descabezan en una plaza, hoy del Ochavo, que todavía huele a droguería y a tartana, como en la niñez de Miguel Delibes.

Valladolid imperial. El hidalgo que digo hablaba de sus palomares en Valladolid. Viejos palomares derruidos. Palomar de grandezas y sueños, toda la ciudad. Palomar de imperios perdidos. Otras viejas ciudades españolas dan lo que tienen: la catedral, el románico, el gótico, el mudéjar. Valladolid da lo que no tiene. No puede presumir mucho de piedras. Airea una esencia, un recuerdo, un perfume, un pasado. Nada.

En el Palacio de Vivero —barrio de milagros, meretrices y lagartos— se casan los Reyes Católicos. El Palacio ha sido Juzgado oloriento, oriniento, que se derrúe. Feo. Lo que tiene la ciudad a la espalda es un Imperio. Un Imperio montado al aire, que se vino abajo. Ah, esas viejas familias vallisoletanas que remiten su dignidad y su tono a los buenos tiempos, unos buenos tiempos que no están en el tiempo.

A otras ciudades, ya digo, les ha quedado la nostalgia en piedra o en bronce. A Valladolid, más que nada, le ha quedado el puro y dolorido sentir. Es un recuerdo lo que nos vende. Toledo nos muestra su catedral por un boleto. Mérida nos muestra su teatro romano. Valladolid no puede vender boletos para mostrarnos la nostalgia, el sueño de grandeza. Cuando muere el grande y dadivoso caballero, a una amante le quedan las joyas, a otra los hijos, a otra el apellido, a otra, por fin, la más oscura y lírica, le queda el orgullo y la tristeza secretos de haber sido la preferida, la verdadera. Valladolid no guarda joyas ni títulos de entonces. Sólo guarda memoria.

Este rendir culto a un recuerdo y no a una realidad en piedra o en oro es lo que da a la ciudad castellana, yo creo, su fina tristeza, su última aristocracia. Siempre he pensado que Valladolid era para mí una ciudad proustiana, y no sabía por qué. Creo que empiezo a explicármelo. Dijo Ortega de la obra de Proust que es el recuerdo por el recuerdo, rindiéndose culto a sí mismo. No el recordar para, mediante la memoria, aprehender una cosa perdida en el tiempo, sino el recordar por el recordar, como arte y fin en sí mismo. Me parece que a ese virtuosismo mnemotécnico estaba llegando Valladolid en los años treinta, cuando aparece Miguel Delibes en la ciudad y, en la política, Onésimo Redondo, José Antonio Girón y tantos otros. La guerra vendría a romper el ensueño de la capital, bella durmiente del bosque de la historia. Pero a la guerra le haremos otro capítulo.

El haber perdido la Corte, le da a Valladolid cierto aire de señorita soltera a quien dejó el novio a última hora para casarse con otra. No sólo es ciudad de muchas solteronas, sino que ella misma, la ciudad, tiene algo de soltera melancólica con los ojos color de tiempo. Esa cosa de abandonada, de burlada por el príncipe, es lo que más cabizbaja ha dejado a Valladolid. (Y trato a la ciudad en femenino ahora, de pronto, no sé por qué, pero está claro que le va mejor este tratamiento).

La Corte y la Inquisición marcan a la ciudad para siempre. Desde el fondo confuso de la historia vienen las procesiones de Semana Santa, fervorosas y tenebrosas, con imágenes e imagineros famosos. En la calle de Platerías, en la calle de Cantarranas, las procesiones se estrechaban, entre viejas imprentas y viejos talleres, agobiadas de balcones como altares morados. El pueblo canta salves en la noche. La Semana Santa vallisoletana es algo más que un suceso religioso, artístico o turístico. Es de verdad la semana en que la ciudad se vuelve del revés y el fondo polvoriento y beato de las iglesias da a la luz de marzo y abril su barroco de piedad y purpurina, sus berruguetes que son como la entraña atormentada de la ciudad. El Renacimiento y el Barroco, que en otros sitios han sido luminosos y triunfales (hoy diríamos triunfalistas) en Valladolid son sombríos, atormentados, torturantes. El barroquismo sin virulencia se queda en Churriguera y rococó. Valladolid no ha descendido a eso. Como la dama desairada que decíamos antes, se refugia en la religión, que es lo que suelen hacer las grandes abandonadas.

 

La pasión de Imperio y la pasión religiosa han sido las dos grandes pasiones vallisoletanas. Defraudada la pasión de Imperio, la pasión religiosa se acendra, como refugio, como remedio, e, inevitablemente, se retiñe de un tono atormentado de culpabilidad. La veleidad imperial, defraudada, se torna culpabilidad. (Todavía hay en Valladolid una Calle Imperial, que fue sitio de lenocinios y vaquerías). La culpabilidad acendra y ensombrece la religiosidad. Valladolid hace su Semana Santa como la solterona beata hace novenas. Esta ciudad es la síntesis de Castilla y, por lo tanto, la síntesis de España, de aquella España.

España vivió la pasión imperial y la pasión católica. Defraudada la primera, crece la segunda como refugio, como remedio, pero tocada ya de frustración, de mala resignación y, por lo tanto, de culpabilidad. No sé si se ha estudiado hasta qué punto la religiosidad nacional no es un encarnizado irse al convento tras el fiasco del mundo.

Esas dos pasiones fueron simultáneas en el español. Mas, cuando una se frustra, todo va a costa de la otra. Valladolid, que, como hemos dicho, cultiva melancólicamente su fina nostalgia de nada, lleva este sentimiento histórico y poético entenebrecido en el fondo por la pasión religiosa, por el pasado inquisitorial que de alguna manera revive en Semana Santa, cuando a los niños vallisoletanos se les explica que los sayones son judíos que mataron a Cristo, y uno crece en la ciudad viendo ya para siempre a los judíos de todos los tiempos como sayones bigotudos borratajeados en el taller de Gregorio Fernández por sus aprendices.

La pasión inquisitorial renace todos los años, sublimada en el arte de los imagineros y el fervor cívico de las procesiones. La pasión imperial de la ciudad renació por última vez, hasta ahora, en los años treinta, con los caudillos castellanos del nacionalsindicalismo. En el número 12 de la calle de San Blas estaba el domicilio social de los falangistas, muy cerca del Arzobispado y del Teatro Calderón, donde José Antonio Primo de Rivera dio un mitin atravesando la ciudad, a la ida y a la vuelta, entre los suyos, a pie, cuando los «pacos» hacían cantar sus pistolas en los tejados.

Y he aquí que la pasión imperial, subsumida tantos siglos en la pasión religiosa, vuelve a renacer y, al hacerlo, trae otra vez consigo el fermento religioso, y si en algún sitio es Cruzada la guerra civil, lo es sobre todo en Valladolid, como puede verse en el libro Manolo del liberal albista Francisco de Cossío, libro que es la elegía de su hijo falangista que muere adolescente en la guerra. La pasión religiosa está en Zorrilla cuando hace un Don Juan entre el cielo y el infierno, y al final lo salva. El Romanticismo se hace católico en Valladolid.

Un escritor español ha dicho que Valladolid es la ciudad más romántica de España. El adjetivo «romántico» ha sido tan mal usado, tan abundantemente usado, como definición y latiguillo, y comodín de tantas cosas, que habría que limpiarlo de pelos, hojas secas y polvillo de purpurina. Valladolid es una ciudad romántica por cuanto, como decíamos antes, vive de tejer un aire, de soñar un sueño. El adjetivo «romántico» quiere decir aquí sentimental. También el sueño medieval de la ciudad es característico del Romanticismo histórico. Valladolid es romántica porque en su calle de Fray Luis de Granada tiene la casa de don José Zorrilla (a veces en funciones de Ateneo).

Es una casa romántica. Romanticismo de carcoma en una calle estrecha, entre conventos y huertos que dan al norte frío de la ciudad. Romanticismo de época. Pero el Romanticismo es, ante todo, la apoteosis de la libertad, y eso no se da en Zorrilla ni se da en Valladolid.

     

Núñez de Arce, Emilio Ferrari, Martínez Villergas, Leopoldo Cano, los románticos y postrománticos vallisoletanos, apenas conectan con el romanticismo europeo. Leopoldo Cano llega a escribir sobre una flor que crece en una frontera:

 

La frontera es un delito

contra las leyes de Dios.

    

Esto es romanticismo. Es pedir ya la libertad y la universalidad. Pero en nombre de las leyes de Dios. Las leyes de Dios, en este caso, las pone Valladolid. El Romanticismo es el primer movimiento contestatario de Europa frente a la Reforma y la Contrarreforma. Si la Revolución Francesa fue la revolución de la burguesía, el Romanticismo es la revolución de los intelectuales, la primera contestación. Eso apenas llega a Valladolid.

Cuando el Romanticismo sienta la cabeza y se hace parlamentario nos da esa su versión menor que es el liberalismo histórico, y el liberalismo sí que llega a Valladolid con los Alba, los Orta, etc. Don Francisco Perillán, periodista romántico, saca «El Norte de Castilla», periódico liberal al que Miguel Delibes, ya en nuestros días, le metería democracia cristiana, doctrina social de la Iglesia, socialismo, contestación, neoliberalismo y telex.

En los tres años de la guerra civil, la ciudad vive un resurgir de Imperio que Cossío ha contado bien. Mañanas del bar Cantábrico con Federico García-Sanchiz, el españoleador (una forma pintoresca de hacer imperio verbal) de capote militar. Don José Zorrilla era un romántico que necesitaba salvar al Don Juan contestatario, rebelde y blasfemo de Byron. Onésimo Redondo es un caudillo agrario que va a misa.

Después de la guerra, Valladolid tiene un nuevo Imperio que soñar: el de José Antonio y Onésimo. En los años cincuenta y sesenta, el viejo hidalgo del Siglo de Oro vuelve a ver sus palomares en pie. La ciudad es Polo de Desarrollo y da un estirón importante. Miguel Delibes vive el Valladolid liberal y falangista, y luego el Valladolid consumista. Lo vive día a día. Y lo escribe. Manuscribe la ciudad. Mecanografía su historia.

Desde una cátedra, desde un periódico. Desde una familia clave de la ciudad. Está en el meollo del cogollo. Es Valladolid puro. Los campos trágicos de la provincia, burgueses y menestrales de la ciudad, paletos del pueblo, procesiones y notas de sociedad del periódico. Se ha dicho que todo eso está en sus libros. No se ha dicho —y es lo cierto— que todo eso es él.