francisco umbral

mortal y rosa

 

 

…esta corporeidad mortal y rosa

donde el amor inventa su infinito

 

pedro salinas

 

 

 

 

 

Einstein descubrió que la luz, expandiéndose a contra corriente de la gravedad, degenera hacia el rojo.

Lo rojo, pues, es una tragedia, una degeneración o una transformación. Incluso simbólicamente, en simbología ideológica, lo rojo es sinónimo de transformación dialéctica, de lucha contra la gravedad de la Historia y del mundo. Lo rojo es dinámico. Así, según Einstein, lo blanco sería el comienzo del proceso, la luz sin esfuerzo, a favor de la corriente. ¿Significa eso mi blancura? Contra ello he luchado, quizá sin saberlo. Lo blanco como punto de partida. Pero hay que pasar por todos los colores, tránsfuga del arco iris, peatón del espectro solar. En el sueño, en el amor, en el despertar, mi cuerpo blanco y desnudo.

 

 

Un antropoide vive y se despereza cada mañana en mi genitalidad. El antropoide, al despertar, se las promete muy felices, supone, sin duda, que le espera una jornada de selva y fornicaciones. Hay que ir persuadiéndole gradualmente, a fuerza de espuma y alejandrinos, de que las cosas van a ser de otra forma, porque lo que le espera, realmente, es una jornada de teléfonos, pantalones, tés ni fríos ni calientes, taxímetros y conversaciones crepusculares.

El antropoide se rebela, o se rebelaba, pero todo es en vano. Está aprendiendo a no arrojarse inmediatamente sobre las señoritas que le caen al lado en el cine, en el teatro, en el concierto o en la cena. Alguna vez trata de forzar a la miss que se ha quedado dormida en mi biblioteca, expurgando mis libros para una tesina, o le corta la yugular con el filo de una hoja de papel biblia, pero generalmente se está quieto y melancólico.

A las damas les asusta el antropoide, en principio, o hacen como que les asusta, aunque en realidad siempre le encuentran a uno poco antropoidal, llegada la hora de la verdad. El antropoide, que siempre anda buscando ocasiones de reproducirse, cuando la ocasión se presenta huye por donde puede y me deja solo con la dama, y ya no soy más que un escritor cansado y miope.

A medida que yo me voy haciendo un poco antropoidal, con los años, por la inercia del eterno retorno, el antropoide se va humanizando, se va civilizando, se torna filosófico y melancólico. El día que se me muera mi antropoide me habré convertido en un bibliotecario y estaré definitivamente acabado.

Hay que llevar el antropoide como el domador lleva su tigre, pasearlo por la vida.

Al antropoide le aburre que yo lea periódicos, y se pone a mirar para otro lado. Está impaciente por arrojarse al cuello de alguna mujer. Se pasa uno la vida tratando de educar al antropoide, y cuando lo tienes casi completamente urbanizado, resulta que eres tú mismo, que es lo mejor de ti lo que empieza a fallar, a selvatizarse, a rebelarse. Hubo un tiempo en que el antropoide quiso ser poeta, pero echaba muchos borrones. No pude hacer de él un amanuense.

Luego abandonó definitivamente sus actividades espirituales y se ha pasado la vida queriendo volver al bosque, olfateando la llamada de la selva. La mano del antropoide es la misma que escribió los sonetos de Shakespeare, porque hay quien consigue mayores domesticaciones con su antropoide, y toda la cultura es un ejercicio circense en el sentido de que se obtiene domesticando a una fiera, educando a una bestia, humanizando a un mono.

El antropoide me traiciona mucho por la nariz, y de nada vale que uno esté leyendo o escribiendo, aséptico, porque el antropoide usa libremente de mi pituitaria y olfatea mujeres por doquier. Tememos al antropoide, es cierto, pero lo que más tememos, en el fondo, es que se nos muera.

 

He conseguido que aprenda muchas cosas, que lea a Nietzsche —que tampoco era mal antropoide— y a Juan Ramón, que goce a Proust y recite a Quevedo, pero no he conseguido que le guste la música. Al fin y al cabo, la literatura y la pintura —también le gusta la pintura— son artes selváticas, maniguas de palabras y colores, pero la música, aunque Nietzsche la sienta tan dionisíaca, es una estilización de algo, no se sabe bien de qué, y el antropoide no está para estilizaciones.

Come correctamente, aunque no siempre, y puede transformar una cópula en un poema, una masturbación en un ensayo y un grito en una sonrisa. Me da pena, ya, verle tan bien educado, tan correcto, tan resignado. La melancolía del hombre adulto es una melancolía de domador. Lo mismo que debe sentir el domador, si es sensible, cuando ha conseguido someter al viejo tigre, urbanizar al noble león.

Las mujeres vienen buscando al antropoide, aunque no lo digan, y sólo una perversión de la cultura les ha hecho preferir al antropoide que sabe versos, citas y títulos de libros. Uno siempre queda un poco monosabio, con una mujer, si sabe cosas, porque ellas ponen en evidencia al mono, lo hacen aparecer, y una vez el mono en escena, lo mejor es que se comporte como tal.

Lo que nos da inseguridad frente a la mujer es que su sola presencia suscita al antropoide y uno se da cuenta de eso, o no se da cuenta, pero comprende que todo lo que diga y haga como escritor, como hombre, como intelectual, como amigo, como ciudadano, quedará un poco postizo, falso, circense, porque el antropoide ya está ahí y no hace sino recitar su papel o el nuestro.

«Pues lo hace muy bien este antropoide, parece un académico», es lo más que pueden pensar ellas, secretamente. Porque ellas tampoco pueden dejar de ver y mirar al antropoide, aunque vengan buscando de buena fe al escritor, al amigo, al desconocido.

Toda situación entre hombre y mujer es siempre tensa y falsa porque hay un tercero entre ellos, un antropoide que va y viene, se impacienta e interrumpe de vez en cuando: «Bueno, empezamos o qué».

Sólo cuando se ha dado suelta al antropoide y él ha liberado lo poco que le queda de tal, la mujer y el hombre vuelven a verse como ciudadanos, desasistidos ya de toda boscosidad, desvalidos en la cultura, arrojados del paraíso, convertidas en libros todas las manzanas del árbol de la ciencia. Ahora estamos más a gusto, pero más tristes. Melancólicos. Los latinistas lo llaman tristeza postcoitum. Es que se ha ido el antropoide.

 

 

 

Las manos, mis manos, una mano más oscura y la otra más clara, como si yo hubiera tenido un abuelo marqués y otro metalúrgico. Las manos tienen todavía el molde de la mano cainita, la estructura de la mano asesina y depredadora del antropoide, del primer hombre, del último homínido. De modo que no hay manos inocentes. Manos blancas, que no ofenden. Quizá son las que más ofenden.

Mi mano derecha está más trabajada, ha vivido más, tiene como mayor biografía. Mi mano izquierda es más femenina, más sensible, posa y vuela. Marta y María, las manos. No hay igualdad en la vida. La discriminación la llevamos en nosotros. Una mano es siempre más aristocrática que la otra. Y la otra mano es más laboral, más violenta, más sufrida. ¿Cómo superar eso? Hay que llegar a un mundo de ambidextros. Los obreros trabajan con las dos manos, han conseguido la paz y la reconciliación entre sus manos, que quizás es la mayor y mejor paz que el hombre puede conseguir en sí mismo.

El intelectual, el burócrata, el que escribe, el que habla, tiene una mano pública, activa, laboriosa, y la otra mano —generalmente la izquierda— como muerta, amortajada de blancura, momificada, posada. Eso revela el desequilibrio de nuestra vida, el desnivel de nuestra alma.

Las manos, en la infancia, fueron como garras que la madre, cada cierto tiempo, tenía que lavar, pulir, recortar, limar, para devolverles su calidad de manos, su humanidad. Hemos tenido épocas de cuidarnos mucho las manos y épocas de olvidarlas casi por completo. La mano se hace ladrona por sí misma, o se afemina, o se cierra con violencia. Realmente, vamos detrás de nuestra mano, que nos arrastra y quiere cumplir su destino.

La mano ha escrito ondulantes alejandrinos, milagrosos pentagramas, pero su forma se la ha dado la violencia, la caza y el crimen. Es la mano de un primate haciendo pendolismo. La cultura no ha conformado la mano como la guerra. Nuestra mano es una herramienta y un arma. Tiene el molde de la violencia. Por eso, cuando redacta leyes, suelen salirle violentas, y cuando redacta poemas suelen salirle mentiras. Tenemos las manos sucias de sangre, las manos del hombre han matado mucho.

La guerra y el crimen no son sino un volver a lavarse las manos en la sangre primera de las destrucciones prehistóricas, en la garganta caliente y roja del hermano o del carnero. El que trabaja con las manos, el que vive por sus manos es más fiel a la estructura y el destino de la mano. Yo, que he reducido mis manos al picoteo del teclado, al ademán de la conversación, al secreto de la caricia, tengo las manos atrofiadas. Manos de pianista, se dice.

La garra de la selva ha conseguido tensar los arcos de la música, y las manos van pasando lentamente de la luz a la sombra, o de la sombra a la luz, de la selva al salón, de la cacería a la cultura, del crimen al poema. Hemos hecho toda la cultura con manos de asesino. Para coger la pluma, a la mano le sobran dedos y al hombre le sobran manos.

Las manos juegan en el amor. Son importantes. Las manos tienen un código, hablan en el amor, y actúan. Las manos, en el amor, son aves, y los pies son piedras. Es muy fácil que la mano se torne garra sobre el cuerpo de una mujer. Ir a la mujer con manos de pianista mejor que con manos de ladrón.

Que la mujer no se sienta saqueada, sino templada, pulsada, afinada.

Las manos de la mujer nos fascinan. Manos donde ella se hace masculina, vigorosa, autónoma, o las manos de la niña, de la ninfa, colegiales y con olor a aula. Manos oscuras de mujer, con las uñas claras como joyas. Lírica bisutería de las uñas.

Nada descubre nuestro cuerpo, lo inventa, lo crea, como las manos de una mujer. El incurable protagonismo masculino ha hecho un tópico y un mito de la mano del hombre poseyendo el cuerpo de la mujer. Pero la mujer también sabe y puede y quiere descubrir al hombre, crearlo con sus manos. Unas manos de mujer me dan la medida de mi vida, la dimensión de mi pecho, la realidad de mi cuerpo, el contorno de mi mente. El propio cuerpo es una nebulosa hasta que las manos de una mujer lo crean, lo modelan, lo definen, lo concretan. El cuerpo flota y unas manos de mujer le dan realidad.

Asimismo, yo puedo ir creando un ser con mis manos, con mis caricias. Ella no tenía conciencia de sí hasta que yo la he acariciado. El acto mítico, bíblico y genésico de la creación manual y alfarera de la vida por Dios, se repite continuamente (o cobra su única realidad histórica, de la que ha nacido el mito) cuando un ser crea a otro ser con sus manos, cuando un hombre crea a una mujer o una mujer a un hombre.

Despierta el que estaba dormido, el barro se hace persona. Dentro del légamo cotidiano de una vida, yo hago amanecer un ser distinto, «deseado y deseante», con mis manos, modelo la forma de su anhelo. Las manos, en el amor, son creadoras. Envidiamos al hombre que realmente crea con sus manos, y la única creatividad de nuestras manos mentalizadas está en el amor, en el sexo, en el contacto.

La mano asesina se hace mano creadora y liberadora cuando un cuerpo se revuelve y despierta bajo ella. La mano, hacha, arma y herramienta, mi mano, tiene días de paloma, días de mano de Dios y días de garra, que es cuando la escondo, cuando las escondo y me las lavo mucho, por borrarles la sangre de no sé qué crimen remoto o futuro de la especie.

 

 

       

La calavera. ¿Pero y el esqueleto, el resto del hueso, ese personaje de cal y fósforo que me habita, ese individuo duro y feo en que consisto?

El hueso, adonde el amor no llega, dijo el poeta.

Al hueso no llega nada. Ni el amor, ni la belleza, ni el pensamiento ni la emoción. Al hueso sólo llegan los golpes. Medulas que han gloriosamente ardido. Por dentro del hueso, la médula o medula, que es como el alma del hueso, el cable eléctrico que va forrado de cal. Somos una obra de albañilería, una chapuza cósmica, y parece que diversos gremios han trabajado en nosotros.

Estarnos alicatados y barnizados como una imagen antigua o un piso moderno. En cuanto me observo un poco —hay que partir del cuerpo, más que del alma, para reflexionar, aconsejaba Nietzsche—, caigo en la cuenta de que unos albañiles, fresadores, mecánicos, pintores, electricistas y carpinteros han trabajado en mí.

Todavía puedo seguir el rastro de esa tropa laboral y alegre que me hizo. Peritos electricistas de mono azul terminaron todos los empalmes de mi cerebro. Ebanistas de fina gubia modelaron mis pies. Leñadores expertos me hicieron las uñas y escayolistas delicados me compusieron el esqueleto. Somos una albañilería inspirada.

Una albañilería divina, diría el místico o el lírico. Pero eso ya es pasarse. No se trata de vestir a Dios de albañil, sino de comprender que los más viejos, nobles y humildes oficios tienen su modelo y origen en la naturaleza misma, y que el hombre, si no es la medida de todas las cosas, es al menos una maqueta bien intencionada del Universo.

Hablemos del esqueleto, de mi esqueleto, que es el que mejor conozco, y aun así no lo conozco nada, pues el esqueleto es el gran desconocido. «El muerto que seré se asombra de estar vivo», escribió un poeta francés. «Qué vocación de muerto en mi esqueleto», entrevé un poeta español. Si los filósofos nos han hablado siempre del alma, los poetas han preferido hablar del cuerpo, y por eso han acertado más.

El alma es la paloma loca que vuela por los ramajes del esqueleto, que va de un palo a otro, perseguida por los metafísicos bujarrones.

Más amo a un árbol que a un hombre, escribió Beethoven. (Yo, que no entiendo de música, esta frase es lo único que entiendo de Beethoven.) Más amo a un cuerpo que a un alma. El alma es una diadema que nunca vemos (quizá porque la llevamos en la frente) y el cuerpo es uno mismo, en cambio. Pero parejo al cuerpo hay otro señor, el esqueleto, que vive su vida y no está muerto, ni mucho menos. Sé lo que le gusta a mi cuerpo, pero no sé lo que le gusta a mi esqueleto, y querría saberlo para darle gusto de vez en cuando.

¿Es deportista, es intelectual, quiere esqueletos de mujer adolescente, le gusta leer o jugar a la gallina ciega? Del cuerpo sabemos poco, pero del esqueleto, como individuo, no sabemos nada.

Desde que se hacen radiografías, el esqueleto ha aprendido a posar y uno sale de la clínica con la tranquilidad de saber que tiene un esqueleto, un armazón, algo sólido por dentro, pues siempre nos habíamos sospechado desmedulados y desvertebrados. El cuerpo despierta al beso y la caricia. El esqueleto sólo despierta al golpe, lo que nos hace sospechar si nuestro cuerpo es hedonista, epicureísta, un poco panteísta (un pagano mutilado, diría Cioran), comprensivo, tolerante, pacifista y terrenal, nuestro esqueleto seguramente es un tío asceta y antipático, un ermitaño, un solitario, un contemplativo, un místico sin tentaciones, que se pasa el día rezando entre dientes (para eso tiene dientes) lo que nosotros no rezamos.

 

Al momento de darte un golpe comprendes que llevas por dentro una dureza inhumana, y lo que más desconcierta de los golpes no es la contusión, sino la conciencia repentina de ser uno tan duro, tan inflexible, tan terco fisiológicamente. No somos una unidad, ni siquiera una unidad política, los hombres, porque la carne tolerante lleva por dentro un esqueleto intransigente, un tío integrista que está siempre firme.

Lo que caracteriza al esqueleto, en un primer esbozo de psicología esquelética, es el no dar su brazo de hueso a torcer, la intransigencia, la intolerancia. Se dobla por aquí o por allá, mediante un mecanismo de locomotora, pero no le pida usted que se doble por otro sitio, porque se rompe.

El esqueleto es algún antepasado nuestro que llevamos dentro, y cuando vemos una radiografía de nuestro esqueleto pensamos en cómo se parece al abuelo, pues del abuelo sólo recordamos el día que le cambiaron de sepultura y hubo de trasladar sus restos, pura huesa. Llevamos dentro al antepasado, no sólo en el alma, como han visto ya los pensadores, sino también en el cuerpo, físicamente. Y el antepasado se aburre, y él es quien se avergüenza de nuestras fornicaciones, y no toma alcohol ni lee el periódico.

Quisiera ir a la guerra, en todo caso, pues para eso es tan duro, tan firme. El esqueleto es un poco militar, siempre, y lo hemos convertido en un militar retirado que toma café, se retrepa en los divanes, lee libros y pierde el tiempo con mujeres. Sólo los contorsionistas han conseguido una cultura de su esqueleto, pero es, evidentemente, una cultura circense y elemental.

Dice Pitigrilli que la elegancia es una cuestión de esqueleto. Cierto. La función más noble del esqueleto es la de percha. Sólo así se redime un poco. Se vaporará mi carne y quedará el esqueleto, el antepasado, ése que ya no soy yo. La carne es actualidad y el hueso es eternidad. ¿Qué es la eternidad? Cal y fosfato. Luego los huesos también se deshacen o se pierden. El antepasado, que era muy ordenado, no puede soportar que se le pierda un hueso. Pero yo —¿quién?— me alegro.

 

 

 

Pero el niño está ahí, dorado de sí mismo, vivo, mirado desde los rincones por todos los gastos de la muerte, haciendo hablar a las cosas, gozoso de la locuacidad de los objetos y las esquinas, asomado al culo de la vida, viendo el revés de todo, encontrándole al mundo púas musicales, resortes de payaso. El niño, su vida breve, el oro de su pelo, sin tiempo por detrás ni por delante, amenazado, fugaz e inverosímil como una manzana en el mar, reciente todavía de aquel parto a última hora de la tarde, cuando me mire a mí mismo en su llanto boca abajo.

La primera niñez, la época que perdemos de nuestra vida, de la que nunca sabemos nada, sólo se recupera con el hijo, con él vuelve a vivirse. Gracias al hijo podemos asistir a nuestra propia infancia, a nuestro propio nacimiento y yo miraba aquellos ojos cerrados, aquel llanto rosáceo, y me veía a mí mismo, por fin, en el revés del tiempo. El niño, su debilísimo denuedo, su crueldad rosa, fe total en la vida, sin pasado ni futuro, presente completo, y cómo se ha ido abriendo paso a través del idioma, cómo ha ido abriendo frondas, tomando palabras, y llega ya hasta mí, venido de la manigua que nos separaba, del bosque de los nombres y las letras, y está ya de este lado, habitante del alfabeto.

 

Nunca llevamos a un niño de la mano. Siempre nos lleva él a nosotros, nos trae. Aprender a dejarse llevar por el niño, confiarse a su mano, loto que emerge en los estanques de la infancia. El niño nos lleva hasta los reinos de lo pequeño, acude a nuestra propia infancia dormida, nos mete por el sendero más estrecho, transitado sólo por la hormiga, la sansanica, el clavo solitario y la piedra rodadora.

Ir con él por la calle, por el campo. Y nos da la medida de nuestro exilio, porque él sí pertenece a los cielos viajeros, a la luz del día, al estallido de la hora, y nosotros ya no. Nosotros nos hemos distanciado con el pensamiento, la reflexión, la impaciencia y el orden.

El niño, que no tiene programas, se incorpora inmediatamente al clima, entra a formar parte de la meteorología, es natural en la naturaleza, y todo le sonríe, como dijo el poeta que los líquidos sonríen a los niños.

Inútil intentar hacerse como uno de estos pequeñuelos, no ya con afán de pureza moral, sino con afán de elementalidad natural. Imposible, porque el niño, ya digo, es la medida de mi exilio, y mi hijo ha nacido de mí para vivir todo lo que ya no puedo vivir yo, los cambios de tiempo, el sol y la sombra, los prodigios de la basura y la minuciosidad del campo. Qué torpe para lo sencillo, qué hábil para lo inesperado.

Crueldad y ternura son en él una misma cosa, y destripa el mundo porque lo ama, y sus pasos menudos van tomando posesión del planeta con levedad y amor, porque aunque el niño apenas si le pesa a la tierra, es más de la tierra que nosotros, viajeros ya por los aires convencionales de la reflexión y el miedo.

Todo le recibe como si le esperase desde siempre, y puede mirar a los perros y a los gatos frente a frente, lo cual nosotros no hacemos nunca. El niño pasa del sueño a la vigilia dentro de una misma palabra, sin ruptura, sin trauma, y va por la casa despertando a lo que siempre estuvo dormido, hasta que él llegó: los picaportes, los cierres de los armarios, el fondo de las vasijas y el revés de los objetos.

 

Hay una dimensión del hogar que sólo descubre el niño. De la persona descomunal que le toma en brazos, sólo le interesa un botón determinado. Del mar sólo le interesa una concha. Sabe reducir lo enorme a su medida, compendiar el mundo y entenderse con lo inmenso mediante lo pequeño.

Por la noche, entra en el sueño como en una gruta viva. Cualquier postura es buena, y el dormir le sorprende siempre yendo a hacer algo, en ademán de tirarle a la luz de su túnica o apresar el agua por la garganta. Toco su pelo de luz, su rostro simple a la mirada, pero minucioso al tacto, su piel de queso que ama, su carne que huele a calle, a frío, a actualidad furiosa, y aparto el dolor de que el niño haya nacido, pueda morir.

Sólo quiero sentir en mí este cuajarón de existencia, esta ráfaga de animalidad que le ha robado al hombre retazos de lenguaje, este amago de humanidad que todavía se asoma a las cuevas húmedas de las otras especies y conversa con ellas.

El niño participa de la fruta, del gato y del hombre. Es un cruce de individuo, manzana y felino.

Ansía tanto la vida y no sabe que está dentro de la vida, de que en él se han logrado y detenido corrientes de siglos y que le habita la actualidad. No verle, de vez en cuando, como hijo, sino como milagro de las cosechas, como creación momentánea del tiempo. Todas las fuerzas de la vida pasan por él y con esta misma materia que se ha hecho un niño podría haberse hecho un tigre, un frutal o un regato.

La reunión de días y electricidades, de energías y semillas que ha producido un niño, igual podría liberarse y producir un crepúsculo, una cosecha, una descarga o un puma.

Lo que palpo en el niño son fuerzas heterogéneas y hermosas que en él se armonizan indeciblemente. Más que a un proyecto, parece deberse a un encuentro. Y como todavía participa de las corrientes generales de que ha sido hecho, reconoce en seguida la hermandad de las cáscaras, los pescados y el légamo. Es una pulpa salvaje en la que se han hincado suavemente los peines lentos del idioma.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

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