francisco umbral

mortal y rosa

 

 

…esta corporeidad mortal y rosa

donde el amor inventa su infinito

 

pedro salinas

 

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La fiebre, ese fuego secreto que mi madre buscaba en sí, que buscaba en mí, como luego me lo buscaba yo mismo, como lo busco ahora en mi hijo.

La fiebre, la llama quieta que crece por la sangre, ese miedo que me asusta como nada, ese quemarse el cuerpo y la vida en un incendio lento y mudo. La fiebre, por qué la fiebre, de dónde, y sus crepúsculos internos agrandándose hasta los ojos, torturando las sienes haciendo restallar las manos.

La fiebre del hijo, el fuego en que me arde, la hoguera inexistente en que se quema, el abismo rojo donde le pierdo. La fiebre y el horror. Cómo se puede vivir en el horror. Se puede. La muerte en torno, la fiebre ondeando sus fatigadas banderas, el miedo. Pero se puede vivir —y esto es lo atroz en la entrada misma del horror. También el horror puede llegar a ser de alguna manera confortable.

Tener a un ser en la muerte es tenerlo ya seguro, a salvo, fijo, como una estrella, libre de todos los peligros, más allá de todas las riadas de la vida.

Comprar una lámpara, un día se sale a comprar una lámpara, tenemos que comprar una lámpara, y se vuelve a casa con la fiebre, con el mal, con el miedo. Esas cosas de que se hace la vida. Dar un paseo, comprar una lámpara. Todo eso que veo ahora, en medio de la noche, tendido, despierto, con los ojos en la tiniebla. El insomne sorprende su propia vida, asiste al curso subterráneo de su existencia, desciende a las bodegas secretas del ser, mira la luz del vivir desde la cámara oscura de la vigilia, ve los días desde la noche, mira la vida desde la muerte.

Así lo contemplo todo, ahora, la fiebre del hijo, la confortabilidad del horror, todo lo que nos pasa, y mi vida desaparece en la horizontalidad, sólo soy una mirada sobre el tiempo. La lámpara, comprar una lámpara, a veces, en la casa, falta una lámpara, y se sale, se va a las grandes tiendas, se busca la lámpara entre las lámparas, se habla con dependientas, encargados, gentes, por las catedrales confusas de los bazares, se desenmaraña el lío de músico, ambientadores, precio fijo y sonrisa menstrual de la cajera, y se vuelve a casa con la lámpara.

Ya está ahí la lámpara, clara, nueva, tersa, creando un engaño de luz fácil, incendiando pacíficamente la vida.

Reponer la lámpara es como reponer el aceite de la lámpara, eso que hacían los antiguos. La casa luce de otra forma, nos vemos todos de otra luz, de otro color, con la sonrisa desentrañada por la lámpara demasiado nueva y refulgente. La lámpara apagada luce encendida en mi desvelo. El hogar tiene una dimensión nueva con la nueva luz, pero en seguida iremos poblando esas zonas inéditas de la lámpara.

Parece que esa luz distinta, como un día de sol, nos salva de algo. Pero la vida va oscureciendo lámparas, matando resplandores. Mi casa es una lámpara nueva y el hijo con fiebre. Mi vida es la luz y la muerte. La sombra y la vida. Y la lámpara.

Hemos puesto una lámpara en el corazón del terror. El niño, los niños. Todos son mis hijos. Haber sido padre una vez es haberlo sido y seguirlo siendo por los siglos de los siglos. Lo glorioso y lo espantoso es que todos son ya mis hijos, que todos son torturados por la vida bajo mi paternidad. Todos los niños son el mismo niño.

Sufre uno, sufren todos. Así como mi hijo es hijo de la humanidad, yo soy padre de todos los hijos, a mí me los matan, me los quitan, me los abrasan.

Un niño es una lámpara de vida. Un niño es un aceite inextinguible. Cómo arde y chisporrotea y muere la candela de su vida, el aceite de su risa, en el fuego de la fiebre. Lamparilla, el niño. Niños de luz en el redondel de la lámpara. Luz de niño, carne de lámpara.

La luz es el cuerpo de la lámpara. Los niños son lámparas de la vida. Cambiar la lámpara, comprar una lámpara. Y el fuego, el miedo, el insomnio, el terror, el niño, la fiebre, el miedo. Tendido en la oscuridad, solo, veo mi vida como una historia de nubes.

Nada existe, nada ha existido, y lo escribo todo para que de alguna manera exista.

Si me levanto, si bebo agua, si enciendo la lámpara, si miro en torno, si profano la luz, asisto a la demolición nocturna y secreta de las cosas.

El agua en la boca, repugnante. La sangre en la boca. Las sábanas, tibias de mí, heladas de noche.

Apago la lámpara y, por debajo de mis párpados cerrados, siempre mis ojos abiertos. Por debajo de mis ojos cerrados, siempre mi mirada abierta. Por debajo de mi mirada cerrada, siempre mi alma abierta. Algo mira desde mí cuando ya no miro nada. Cuando ya nada, en mí mira.

 

 

Lnoche, el miedo, el niño, la fiebre, la lámpara.

Se puede vivir indefinidamente en el terror. Se puede.

Los inmensos telares de la literatura, extendidos ante mí, abiertos, palpitantes, cuando leo o escribo. Salvación única, tarea febril. Ser la lanzadera y el hilo, el ojo que mira y la mano que teje.

Quedar convertido en instrumento, en oficio, en tarea. Hacer de la vida un tapiz, porque la muerte no se merece la vida y no hay que reservársela. La literatura es al mismo tiempo el reino de la gran actividad. Todo en él está vivo porque todo está muerto. Cervantes y Proust no van a fallecer nunca. Sus personajes tampoco. Ellos son sus personajes. Como nunca han sido, nunca morirán. La literatura es el reino de la salud perenne.

Cuando el mundo se me nubla de dolor, el idioma no es sólo el oficio, sino también la patria. El idioma, la literatura, lo que escribo y lo que leo, lo que me escribe y lo que me lee. Leo a los clásicos en la misma medida en que ellos leen en mí. Leen al hombre que soy ahora, lo interpretan, lo iluminan, cuando yo los estoy leyendo.

Aprenden de mí y cobran nueva dimensión con mi lectura. El torrente del pensamiento, de la cultura, es un río en que puedo hundirme a capricho, en que puedo ahogarme para salvarme. Nadie se baña dos veces en el mismo río de palabras. Los idiomas están fluyendo siempre. A ellos vuelvo cuando la vida abrasa. En ellos me refresco y canto. Tengo un alma lustral que va en ellos.

Leer o escribir es ya la misma cosa. Es entrar en la rueda que se torna manantial, en el manantial que se torna paisaje, en el paisaje que se torna libro. Algo que viene de muy lejos, muy anterior a mí, y que seguirá fluyendo después que yo muera.

Habito, así, la continuidad de la cultura, el círculo que es la costumbre del infinito. No ser nadie en la cultura. Mejor no ser nadie. Una abeja más en la inmensa colmena de las palabras, un obrero anónimo en los telares del idioma. Toda la torrentera de una lengua ha pasado a través de mí, con sus clásicos, sus primitivos, sus anónimos y sus poetas.

Trabajar en literatura es trabajar en un molino inmortal. Tomar contacto con el filo deslumbrante de lo eterno. La literatura, el pensamiento, ahora lo sabemos, no son inmortales por su sentido moral, por sus pretenciosas verdades pretenciosamente enunciadas, sino por esa moral más profunda de la estructura, de la continuidad, del trabajo.

La eternidad del idioma es funcional, es continuidad. Está siempre haciéndose y deshaciéndose. Hay tantos mares como idiomas. Trabajo en el idioma y el idioma trabaja en mí. No es una ilusión de eternidad, sino, más sencillamente, un compromiso con la continuidad.

   

 

 

 

 

 

 

O salgo a la calle, en el día quieto, y el presente es una hoja nueva de árbol, con sol frío, y el día resplandece, pero el dolor arde en su centro, duele en su

entraña. Hoja tierna del cielo, presagio de primavera, hielo alegre del domingo, vida mortal y rosa. Es el frescor germinal de una historia, el viento matinal que todavía busca algo por el mundo, y que luego, a la tarde, cansado y vencido, ya no buscará.

Como yo mismo, luego, a la tarde, o en el anochecer puro y lúcido, hablo solo por la calle, converso en voz alta con mi vida, voy y vengo, digo cosas, y el que habla desde mí no es el yo convencional de todos los días, sino que en ese diálogo de loco aflora un golfo malhablado que llevo dentro, canta un paria, se libera el callejeador anónimo, dice tacos, blasfemias, juramentos, ríe y llora, escupe.

No hablar solo para decir sentenciosas verdades, sino para sacar a pasear al pobre patán, al loco que uno es, al chico que voceaba su miedo y su rabia en los anocheceres lóbregos de la infancia. 

Mis «multitudes interiores» hablan en mí, se quitan la palabra, y luego vuelvo a casa, liberado y silencioso, como si hubiera dejado atrás a toda esa turba callejera que soy yo mismo, en lo más hondo.

Hablar solo, con palabras gordas y elementales, sacar afuera trozos de mis ruinas interiores, pasear en la mano un feldespato de subconsciente, vocablos mineralizados y trozos de madera verbal. Raíces y musgos. Bandas de golfos, gritones callejeros afloran en mí cuando hablo solo.

no lo hago porque espere hablar a Dios un día, ni porque diga Dios, que siempre está callado, ni por buscar a Dios entre la niebla. Lo hago como abriendo desvanes, aireando baúles, dejando correr todo ese légamo de obscenidades y rencores que es la propia vida. Hablar solo, silbar, cantar, llorar, por las calles negras de una ciudad, a primera hora de la noche. Una cosa que he hecho muchas veces en mi vida. Un paria con las manos en los bolsillos y los bolsillos vacíos. No una soledad metafísica, sino el paseo que se da el barrio alrededor de sí mismo. Y otra vez a casa.

 

 

 

 

 

 

 

Pero el niño es sagrado.

La vida se sacraliza en los niños, tiene su instante celeste y único en la carne dorada del hijo. Hay una acumulación de pureza, una aglomeración de tiempo y presente en el cuerpo desnudo del niño, en su vida desnuda, una decantación de la luz y de la palabra, y por eso la vida es sacrílega cuando profana al niño, cuando atenta contra él.

La vida es suicida y necia cuando se encarniza contra el niño, se niega a sí misma, y el mal de los niños tiene todo el horror de una profanación. Un niño enfermo es una blasfemia que profiere la vida. Por el mal de los niños descubrimos que «la vida no es noble, ni buena, ni sagrada». Descubrimos lo que la vida tiene de alimaña ciega, de cebarse en sí misma.

Casi todos los movimientos del universo son estúpidos, y el atentado contra la vida del niño es una destrucción de la única sacralidad de la existencia. La biología es blasfematoria. La sacralidad del niño es algo que alumbra milagrosamente en el universo, pero el légamo original acaba siempre por decir su palabra horrible contra la vida.

Un niño enfermo es la visualización del suicidio incesante de la especie, es, más que un crimen, una profanación, y después de esto sólo queda la mera rutina vegetativa, abolida toda posibilidad de ascensión del hombre a sí mismo.

 

 

 

 

 

Más allá está el horror, de tan alto, «de tan alto, sin vaivén».

Porque en la cima del horror, como en todas las cimas, hay quietud, y es preciso haber llegado a lo más alto del horror para conocer esa quietud mortal, ese sosiego neutro que he conocido yo, esa plenitud inversa donde ya nada se mueve, nada duda, nada canta, sino que el corazón es una piedra desnuda y el pensamiento es una cinta muda.

Del otro lado de las cosas, en la irrealidad que ha marginado el tiempo, me muevo, hablo al hijo, escribo, paseo, compro pan, y la vida, despojada de su levadura de días, es una forma de actualidad espantable, de una precisión zurbaranesca, sin atmósfera.

Actualidad total, intemporalidad, vida plena, pero todo en un espejo, movimientos sin música y palabras sin perfume.

Sólo por el dolor supremo y por el placer supremo se sale del tiempo, se vive en un regato sin horas. Pero el placer es insostenible, como el dolor, en tanto que el horror —ámbito de lo uno y de lo otro, que no es lo uno ni lo otro— se prolonga indefinidamente y nos da esta única eternidad posible. Sólo se es eterno en el horror.

Es cierto que vivimos de treguas y que sólo tenemos treguas, pero una de estas treguas, de pronto, crece, se enlaguna monstruosamente, y es la vida toda. Hago la vida de siempre, vivo como todos los días, voy dando el largo rodeo de la costumbre, pero es como cuando nos comportamos con cautelosa naturalidad delante de un animal que nos acecha, para no sobresaltarle.

Algo, desde algún sitio, nos vigila, nos codicia, y procuro que hagamos como siempre para distraerlo, para ignorarlo, para que nos ignore.

Nuestra vida es la de siempre, salvo que es una vida mirada por el horror.

El niño y los colores. El otro día se sentó a pintar, con un papel sujeto a una pizarra, y estuve mirando la naturalidad, la frescura, la novedad con que el niño obtiene los colores. No hay inhibiciones para el artista infantil. Pinta y ya está. «Si el sol dudase un momento se apagaría», escribió Blake.

Los niños son pequeños soles porque no dudan un momento. Mi hijo se pone ante el papel ignorando que hay siglos de pintura detrás de él. No experimenta el peso inhibitorio de la cultura.

 

 

 

Acaba de inventar ese ademán, ese gesto, esa manera de pintar. Acaba de inventar la pintura.

Es asombrosa su serenidad, su falta de dubitación, su saber lo que quiere. Pinta, colorea, dibuja, moja el pincel aquí y allá, lo mueve sobre el papel con ligereza y libertad. No importa lo que hace ni si lo hace bien o mal. Importa esa maravillosa libertad del niño, la ligereza mental que le permite apoderarse del mundo sin esfuerzo. Así hay que crear. Sólo haciéndose como uno de esos pequeñuelos se entra en el reino de la creación artística.

Se ha dicho esto muchas veces, pero es maravilloso comprobarlo, vivirlo. El niño pinta como hace música o cuenta, sin prisa y sin pausa (el niño sí que no tiene prisas ni pausas, sino un ritmo natural). Los colores que son colores industriales de droguería, falsos, le quedan brillantes, vivos, auténticos, valientes, encendidos.

El niño es la creación sin angustia. Sólo él crea, dibuja, pinta, sin la angustia del creador, y esto es lo que nos fascina en las obras de los niños, por encima de su consabida gracia: la ausencia de angustia. Ahora tengo al niño entre los niños enfermos, en el pabellón de las sombras por donde un pequeño saltamontes humano, niño roto e inquieto, o una niña destrozada por un automóvil, con su sueño de manzana pisada, bullen y mueren.

Tengo al hijo pendiente de esa salud que gotea, de esa gota de suero, de luz, de vida.

En torno de su silencio, el dolor del pueblo, madres jóvenes y oscuras como montes calcinados, hombres como pájaros hambrientos, de graznido triste, el fondo del mundo, el hondón de la existencia, la verdad pueril y desoladora de la vida.

Niños que sufren, niños que mueren, madres con los ojos pardos como lobas del pueblo, algo que gotea vida o muerte. Y nada más. Zumba el dolor en patios interiores, pasan mujeres con palanganas en la mano, orinan los niños su tristeza y huele el mundo a herida infectada.

He ido, con el hijo en los brazos, llevados de la velocidad, hasta estrellarnos contra el fondo del silencio. Era como la visualización de nuestro destino. Ahora lo tengo aquí, enfermo siempre, mirando por la muerte, y su gloria es el dolor de otros niños, el débil varillaje humano pinchando las esquinas de un lienzo pobre.

La mano pura que sabe crear colores de la nada, el loto infantil y breve que pinta el día con luces nuevas, cae ahora herido, con una aguja en su vena más fina, en una inmensa clínica de hierro donde los platos humeantes de muerte van solos, en multitud, por ascensores lentos, y la sangre que ya no es de nadie, anónima y sagrada, sueña formas de serpiente debajo de las lágrimas crueles.

Me quedan los colores que ha creado el niño, oros enigmáticos de un Universo que se ignora a sí mismo.

 

 

 

 

El niño y la risa. La risa del niño.

Su risa triunfa de la muerte. Cuando el niño ríe, el mundo se espuma, la vida se aligera y el sol se enciende. Pasa su risa como un agua ligera por encima de las cosas, riza la luz, alegra el día y establece una continuidad sencilla entre los seres que no puede ser destruida por nada.

La risa siempre es comunicativa, funde a los seres unos con otros, los enjabona de contigüidad, pero con los adultos hay otros lenguajes.

El máximo lenguaje, para con el niño, es la risa.

Llegar a su risa, conectar con su risa, provocarla o compartirla, es haber entrado en lo más infante del niño, en lo más niño de la infancia. La risa es su gran lenguaje, el primero y el más profundo, y sólo aspiro ya a encontrar la risa de mi hijo, a hacerla correr, a escucharla de lejos y de cerca.

En la cripta que es un niño sólo se entra por la celosía de su risa.

De muy pequeño la literatura fue para mí lo que luego he sabido que se ha llamado la novela familiar de los neuróticos, la epopeya del niño expósito o del bastardo, una configuración ideal del mundo, un alejamiento de la realidad.

Luego, a medida que la literatura se realizó en mi vida y yo me realicé en ella, creí que era, por el contrario, mi instrumento de posesión del mundo, la espada de mis conquistas. Ahora, con mi media vida consumada en la literatura, ésta vuelve a ser para mí lo que fue en la infancia y lo que realmente ha sido siempre: mi manera de no estar en el mundo, mi repugnancia hacia la sociedad de los adultos, hacia sus trámites, sus compraventas y sus transferencias.

Ahora compruebo complacidamente que no he vivido.

El sueño del niño expósito, la novela familiar se ha realizado en mí, se ha hecho verdad. Gracias a la literatura he podido mantenerme al margen de los mercados del hombre, e incluso cuando más de cerca parece que toco el mundo con mi prosa, estoy salvado y lejano en el mero arte de escribir, en el mundo cerrado que es la literatura.

No he vivido, no he tomado jamás contacto con los mercaderes y los carniceros. He prolongado mi infancia a lo largo de toda la vida, he salvado mi sueño y por eso mi vida no se ha perdido ni se ha frustrado. Nada puede pasarme porque no estoy en el mundo.

La gran realización no es haber llegado a una cierta profesionalidad en el oficio —por donde podría volver a caer en el mundo—, sino haber consumado la novela familiar, el sueño expósito, haber abolido para siempre esa realidad de segundo grado que es el comercio y la calle.

Esto, en la infancia, era sólo un proyecto. Ahora lo siento lúcidamente como algo conseguido. Moriré sin haber pasado por el mundo. Jamás he salido del ámbito mágico de la literatura, lo cual no tiene nada que ver con la torre de marfil. He vivido el mundo intensamente, pero literariamente. Escribir es sólo la exteriorización de una actitud y de una óptica. El escritor va por dentro.

 

 

 

 

La terraza en esta primavera inverniza.

La terraza, cuajada de invierno, como una alta cofa al norte del cielo. La terraza pequeño espacio extradoméstico, hierro, ladrillo y cristal. Un sillón de mimbre pintado de rosa, como un verano muerto y esquelético. Una bicicleta o un triciclo del niño, con algo roto, torcido, esperando la herrumbre del olvido. Los tiestos, unos tiestos secos, sólo de tierra, temblorosos al viento de marzo, eriales breves y redondos. Y piedras, porcelanas, cosas olvidadas, un mueble incoherente.

Han pasado noches sobre todo ello, hay todavía un invierno muerto en la terraza, como un pájaro grisáceo caído del cielo inhóspito. Una cuerda insegura, una línea dudosa que empequeñece el mundo, que cruza el paisaje, una cuerda de tender que baila en el aire, mide precariamente el vacío y le da una dimensión doméstica al firmamento.

El sillón de mimbre tiene un almohadón de pana verde, descolorida. La terraza es vida arrinconada, el hueco de un verano, el hueco de mí mismo, que en las tardes y en las noches del estío me sentaba ahí fuera con un libro o con mi diálogo interior.

El niño está lejos, yo estoy aquí, detrás del cristal, mirando, pero tampoco estoy. El verdor ha huido de los tiestos, soplado por una boca oscura. La terraza es un ataúd abierto, un precipicio de los días, un sobrante de hogar que festonea de abandono y polvo el fracaso de nuestra vida.

 

El niño y yo jugamos por pasillos blancos, en habitaciones blancas, en días blancos sin luz, blancos sin sol, como más allá de la vida y de la muerte. Jugamos a juegos blancos, fantasmales. El niño y yo somos irreales, tibios, en el día sin horas, en la luz sin sol, en el cielo sin día, jugando por pasillos blancos, ventanas blancas, habitaciones blancas, más allá de su muerte y de mi vida, solos y mudos, quietos en lo fatal. Todavía jugamos.

Porque tanto esfuerzo, tanta vida, tanta esperanza y tanta letra menuda han venido a parar en esto. Esto, de lo que querías huir siempre, y que espera al final de toda existencia. La casa fría, las habitaciones solas, un hogar encallado, una soledad como un naufragio, ropas tristes, abrigos como víctimas, cosas caídas del techo o del cielo, un reducto de libros y muerte por el que me muevo hablando solo, torpemente, buscando algo, buscándome, y la desesperanza de la chaqueta en una silla, vistiendo el respaldo con una inútil adecuación, como el remedo de una persona, de mí mismo, con pecho de mimbre y sin cabeza.

Se han retirado las aguas de la catástrofe y estoy aquí, pisando humedades secretas, filtraciones letales, entre cuadros, libros, sillas, lámparas, como en la almoneda de mi vida, en la ropavejería que acaba siendo siempre un hogar, en la compraventa secreta de la derrota, en la chamarilería atroz a la que todos venimos a parar antes o después.

Me sirvo un vaso de agua y espero.

Y entre todo el desorden miro las fotos del hijo, esa foto de una mañana en la sierra, el niño con un tazón en la mano, aquel desayuno, aquel día entre los días. Me mira por encima de la taza, por debajo del flequillo, con unos ojos grandes y lentos donde se cuaja la vida. El niño desnudo en veranos blancos, con espuma en el alma, estrellado contra los vidrios de la felicidad.

 

 

 

 

El niño serio, quieto, en una gran foto, desvalido y grave, o esa otra imagen suya, en la terraza, a contraluz, con la risa adivinada, un tenedor en la mano, algo que le brilla, el apretado resumen de vida y gozo que es, grandes picos, las pesadas pezuñas, los hocicos amigos, el niño en el lodo gozoso de la vida, el niño disfrazado de otra cosa, colores y luces, una cabeza muy tierna, quizás un año de vida, cierta majestad que a veces tienen los niños a esa edad, el niño triste, el niño alegre.

Entre todas las risas infantiles, la suya tiene para mí un doble fondo de tristeza, un quiebro de debilidad, algo que me la hace estremecedora y querida. El niño serio, en algunas fotos, de qué fondo le viene esa seriedad a un niño, la cabeza erguida, los ojos mortecinos, una energía incipiente en sus mejillas banales.

El hijo en una ventana, con luz de mañana o de tarde, instantáneas de una vida erizada de instantes.

En la quietud de las fotos se ve mejor la movilidad de su vida. En el reposo de la cartulina fulgura la prisa que es la infancia. Al hilo de las fotos, este ser que ha nacido y ha cambiado ante mis ojos, sucesión de niños que son el niño, la infancia es una multitud, una aglomeración, una angostura.

Cada cinco o seis meses el niño es otro. El niño es sucesivo. Creía amar a un solo niño y he amado a muchos, a uno distinto cada día.

Con dolor sordo, moviéndome siempre dentro de los límites de la herida, repaso la vida del hijo, sus imágenes, las bengalas que de su existir brotaban a cada paso, la fulguración del cielo en el metal de su infancia. Regato de vida desmandada escapándosele a la vida, culebreo de la alegría que ahora cesa. Hijo.

He dibujado en sueños, desde siempre, la gracia sin pasado de su alma, y he ido viendo luego, día a día, cómo los moldes del sueño se henchían de certeza. He profundizado hasta donde me ha sido posible la dimensión nueva que él abría en la vida, como un boquete fresco de verde música.

Ahora palpo carne dolorida en mi alma y toda mi existencia transcurre dentro de una llaga. La única posibilidad inaudita de la existencia es un niño. Él mismo, con el tiempo, se subsume en la deteriorada realidad y deviene hombre, bloque razonable y estéril. El fondo neutro y sabido de la vida acaba por absorber al niño. La infancia se disuelve en sí misma y desaparece.

¿Adónde han ido las infancias de todos nosotros?

 

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