francisco umbral

mortal y rosa

 

 

…esta corporeidad mortal y rosa

donde el amor inventa su infinito

 

pedro salinas

 

 

 

 

Es domingo y la gente ha desaparecido dentro de la iglesia. En una mañana así, mientras la humanidad conversaba con Dios, el poeta conversaba con su burro. Yo voy por la calle llevando a mi hijo de la mano. Converso con mi hijo, a cuyos ojos se asoma un borrico de inocencia y obstinación.

Todo está fuera. Nada hay adentro. Es una mañana de exterioridades. Lo que el mundo es, ahí está. Los secretos del universo; sus claves pueriles y últimas tiemblan en el aire fino de la mañana. En redes de luz y cielo coletean las verdades primeras. Altares de sol, deidades de roca, firmamentos vacíos y sucesivos, esa anchura fresca que la humanidad ha dejado en torno, encerrándose en la iglesia.

Mi hijo y yo paseamos por un mundo más extenso, por unas calles que dan directamente al mar azul del cielo. No hemos encontrado a nadie a nuestro paso. Ni siquiera a Dios. El niño toma cosas del suelo, se encara con la musaraña de paso, sigue el rabo de un perro como la oscilación secreta del universo. Los perros y mi hijo, criaturas sin Dios, seres hozadores y puros, visitadores de todos los rincones.

Me adentro, con el niño de la mano, en la profundidad de la mañana, en la hondura sin misterio del día, en la lentitud ligera de la hora. Vamos, venimos. Las iglesias tienen en torno un cerco de silencio. Qué holgados, el niño y yo, en un mundo vacío, en las barriadas del cielo, tan solas. Hacia el norte podemos pisar hierba de suburbio, triángulos de pobreza, los flecos sucios y pobres de la sierra lejana y cercana.

No hay presencias implacables que nos amenacen, no hay dioses del domingo que nos vigilen, nada entre el mundo y nosotros. Nadie ensombrece los montes con su magnificencia, nadie oscurece la nieve, el sol, el día. Nada nos mira desde ningún sitio y todo nos ve sin mirarnos. Somos el hombre y el niño que están en el mundo. El niño es compacto, breve, provisional, tan amenazado, con una biografía de fruta y una cultura de ave.

Yo soy confuso, difuso, neblinoso, pero el aire de la mañana me aclara, me afina, me simplifica, me fortalece. El niño va al encuentro de las cosas, y yo, al reencuentro. Los perros nos miran y nos ven, quizá, como perros. El quiosco de los latones brillantes, los colores, los juguetes, las semillas, flores de anís pobre y artillería de chocolate triste. Un vaho de algo que se guisa, se cuece, se asa, se fríe, se sufre. El quiosco, para el niño, es la cultura, toda la cultura, el haz apretado de las posibilidades, los sueños, la guerra, el relato, la velocidad y la risa. El quiosco es la Historia Universal del niño.

Y toda mi Historia Universal, la cultura, la guerra, la ciencia, lo escrito y lo pensado se me reducen a un quiosco de semillas, de juguetes, de periódicos. En la mañana inmensa, el quiosquillo de la cultura, todo el arsenal de las guerras y la filosofía. El niño lleva en las manos raíces, armas, frutos secos, objetos, cosas, realidades. Yo llevo periódicos, sólo periódicos, palabras, palabras, palabras.

Letra impresa, tipografía menuda, el hilo del caracol humano, la repetición y la oclusión. De regreso, las gentes que vuelven de la iglesia, asociaciones madrepóricas de familias, la dicha lenta que traen entre todos, un sol de costumbre y rebaño, porque ninguno ha captado nada, quizá, pero entre todos reúnen sus nadas y crean algo, acuerdan sus dudas y crean una fe. Se dispersan en pastelerías, comercios, portales, santificados y apetitosos, pasando de la unción y la penumbra al aura de las cocinas, de la nada catacumbal a la totalidad del día.

Han muerto durante media hora, han ejercido sus esqueletos, han estado de pie, sentados, arrodillados, hablando, en silencio, pero procurando siempre ser muertos que hablan, muertos que se sientan o se arrodillan, para mayor unción. Y ahora, involuntariamente, se dejan coger por la realidad, sus vidas los esperaban a la puerta de la iglesia y se hunden precipitadamente en el día, huyen sin saberlo del hueco que los ha tenido presos. Llenan la calle.

La mañana perdió su anchura. Mi niño ya no es único. Lo miro entre los niños. Todavía paseamos despacio, y los cuatro puntos cardinales nos tocan, pero el milagro ha cesado. El milagro que las gentes buscaban en el interior, en la sombra, y que nosotros hemos vivido fuera, al aire libre, en las calles, de cara al campo.

Se ponen de espaldas a la vida, de cara a la pared de los sepulcros, y este retener el aliento durante minutos, este contener la respiración de la vida les permite luego sumergirse gozosamente en la luz. Nosotros, sin esos ejercicios de gimnasia espiritual, hemos vagabundeado por las calles, como los perros, hemos perreado directamente, y nuestro tiempo no tiene velos de penumbra. Somos un hombre y un niño que se adentran naturalmente en lo más escarpado de la luz.

 

 

 

 

 

 

 

 

Rotas las uñas, rota la laca de las uñas, en picos, un esmalte morado sobre la uña pálida y filamentosa, tengo que hacerme las uñas, con tanto jabón y tanta sosa, la uña chata, mellada, y la pintura rosa o malva o morada o violeta —nunca más aquel encarnado de cuando la fiesta, que a él no le había gustado nada—, y la yema del dedo, entumecida, de un rojo oscuro, de un rosa prieto y sucio.

Así, cinco yemas, cinco uñas, cinco en cada mano, la pintura saltada, seca, la cascarilla descascarillada, llegar a tiempo, terminar el fregado, el barrido, el lavado, y llegar a tiempo al autobús, la camioneta, llegar a tiempo y salir para el pueblo, lo de todas las semanas.

Los platos con bordes de selva y cacería, las tazas con reborde de maleza, la vajilla pintada, la porcelana con escenas de caza y pastoreo, los platos rotos, siempre rompe usted algún plato, los vasos con bordecillo de oro, saltado también en algún punto, como las uñas de la muchacha, como la pintura de las uñas. Pero ahora está sentada, quieta, inmóvil, densa, pensativa.

Fregar, barrer, lavar, limpiar. Pero inmóvil, ahora, el pelo rico y tirante, los ojos suaves de sueño, la nariz carnosa, la boca grande y resignada, todavía un poco infantil. Los pies torcidos en el bienestar, las manos cruzadas, o caídas sobre el halda, o abrazadas a ella misma, a los hombros de percal. Las manos grandes, pesadas, de bordes anchos, con las uñas pintadas de malva, de rosa, de morado, y la pintura rota en picos, de una manera geométrica y caprichosa. Llegar a tiempo al autobús.

Los antebrazos con pelo. La moza grande, suavemente hombruna, adolescente, silenciosa. Un calor de cocina, una insistencia de grifo mal cerrado, una atmósfera de barredura. Fregar, barrer, lavar, limpiar. Ahora está inmóvil, en la banqueta, y el bordecito de puntilla en la manga, por mitad del brazo. La puntilla con picos doblados, con picos arrugados, con picos como mínimas bolas sucias, y algún trecho de puntilla blanco, limpio, planchado, impecable.

Hundida en su cuerpo, perdida en la salud de su cuerpo, confundida con el calor de la cocina. No siente el cuerpo. Su cuerpo es una confusión rosa que sólo se siente a sí mismo en las manos. El cuerpo está perdido, dormido, disperso, reunido sin forma en su propio regazo. Las manos, concretas, duras, pesadas, se dibujan con fuerza en toda esa vaguedad. Las manos. Mueve un poco las manos, se mira las falanges oscurecidas, las falanginas, las falangetas, y recuerda estos nombres raros, estas palabras divertidas, de la escuela, el pueblo, la infancia.

Se mira las uñas rotas, cinco pétalos quebrados y duros, debajo la uña pálida y fija, debajo la carne blanca, rosa por el otro lado, rosa por la yema del dedo, la yema abultada, tierna en unas zonas, dura en otras, insensible en algún punto. Lavar la ropa, fregar la vajilla, limpiar la alfombra, barrer el pasillo. Ahora está quieta, con el cuerpo dormido, quizá despierto allá en lo hondo, ese hormigueo agazapado, ese deseo, esa inquietud errante.

Él dijo que no le gustaban las uñas coloradas. Tengo que hacerme las uñas. Llegar a tiempo al autobús, viajar hasta el pueblo cercano, como todas las semanas. El autobús espera con un temblor irregular de su viejo motor.

Los platos de rebordes ilustrados, la sopera como todo un día de caza, las tazas y los tazones, escenas dispersas de la gran cacería general. La gran sopera, sí, es el resumen, la apoteosis cinegética de todo lo que ha ido pasando en cada taza, en cada plato, en cada tazón, en cada pocillo.

No deja usted una taza sana, hija mía. A los platos, a las tazas, se les desprende fácilmente un triangulito del borde, como si se les cayese un diente. Y yo qué culpa tengo. El baile del pueblo, atender a la madre, la ropa del padre, lava la ropa de tu padre, el calor de él, un calor seco y áspero.

La vaguedad rosa del cuerpo va despertando. Las uñas rotas —tengo que hacerme las uñas—, el esmalte saltado, las uñas de un color malva, agrio, ex alegre, duro.

Mirando de nuevo una carne profunda, la llaga secreta, la respiración submarina de los sexos, triste avidez en que mi boca genital se deshumaniza, se vaginiza en el diálogo pútrido con esa ciega herida tornada a su vez en boca, horriblemente, y diciéndome palabras de légamo, silencios de pelo, sonrisas de sangre. Sabor de matadero y secretos eréctiles que me vuelven a dar, por un momento, el párrafo oscuro, acre y herido que es un cuerpo de mujer.

 

 

 

 

 

 

Vengo del noroeste, verde, monstruoso, musical. Vengo del agua extensa y el infinito nublado, horas verdes paradas sobre el bosque, rutas cambiantes a través del mundo, qué rincones de luz, de agua, de tiempo, entrevistos al paso, en la carrera, qué orbes pequeños, I aros y quietos, para quedarse eternamente.

Biografías redondas, cuajadas de un vistazo. Es el paisaje quien viaja. Un pescador, una mujer por un camino, un niño en el barro. Toda una vida vista en un momento. Los montes pasan como música, los bosques cantan como orfeones, los cielos viajan como rías. Pero si nos paramos, si echo pie a tierra, el mundo es inmenso, quieto, solemne. Pasamos de un tiempo a otro tiempo. La eternidad se hace lentísima. Ya no hay música ni coros ni viaje. Sólo la perpetuidad oscura de un cielo devorado por los altos bosques y las crudas montañas.

Ahora ya no soy el señor fugaz de vidas y haciendas, sino que desaparezco: soy la mirada ciudadana y cansada que no puede coger en su red débil el pez inmenso y coleteante del mundo.

La mar o el mar. Volver. Hubiera querido ser una de esas pequeñas vidas, completas dentro de una cabaña, una barca, un regato. Mas no pertenezco a esto. La naturaleza, tan soñada de lejos, tan leída, sólo me da, aquí, la dimensión de mi soledad. Es del tamaño de lo que no soy. Puedo escribirlo todo, pero la literatura es la distancia definitiva que perpetuamos entre nosotros y las cosas. (La literatura ya no es para mí, como antaño —ay— una manera de posesión y fornicación con el mundo, sino la secularización de mi aislamiento.)

Rías, cielos, vidas, lluvias, mares, montes, bosques donde nunca fui ni soy ni seré libre. Respiro hondamente y el mundo me traspasa. Luego tristemente, se retira de mí. Estoy oyendo crecer a mi hijo.

 

 

 

 

 

 

(El caballo blanco y heráldico lo presidía todo, instaurada su blancura y su poder en aquella confusión de bufones, calzas, dueñas, santos, vírgenes, músicos dorados y verdes, diablos rojos y amarillos, profetas grises y aventados, dioses azules y fulgurantes.

El caballo estaba allí, pasando por la algarada del Renacimiento, pisando los ropones, iluminando las sombras del pecado, ennobleciendo y bestializando al mismo tiempo todo aquel conjunto armonioso y caótico, solemne y callejero, de clérigos, damas, capitanes del cielo y arcángeles del barro.

Yo, niño espectador, niño atónito, lo miraba todo desde mi paño rojo y blanco, y me veía, vestido de monaguillo de lujo, como una prolongación del cuadro, uno más entre aquellos personajes que vivían su fiesta renacentista, pagana y católica, en la gran sacristía de la parroquia, entre el cielo y la tierra, entre la cúpula menor de aquella nave, varadero de nubes santas, y el piso a grandes losas blancas y negras.

Los dorados, los candelabros, los hachones, los restos de altares y la ruina de las Vírgenes poblaban la sacristía de una suerte de desorden y hermosura que eran como el caos de todo lo que en el gran cuadro estaba armonizado, entero, joven, vigente y tonante. Mi vestidura larga, blanca, roja, de monaguillo, me permitía entrar con alas de hopalanda en el cuadro enorme, hasta el costado de aquel caballo de yeso vivo, de harina musculada, de blancura y plata.

Miraba yo, en las penumbras de la sacristía, con ojos de espectador nuevo y atónito, la plenitud de un mundo que en torno mío era ruina, recuerdo, remiendo, nada.

La realidad en torno también se componía de libros de oro y vasijas ilustres, pero todo estaba ya como vencido y cubierto por una pátina de pasado que en el cuadro se tornaba actualidad y color.

No sabía el niño atento quién podía haber pintado aquello, ni siquiera se planteaba el que alguien lo hubiese pintado, sino que lo asumía como una realidad fascinante, como un cine natural y mágico, y era como estar viendo al mismo tiempo el pasado brillante de las cosas, tan presente, y su presente ruinoso, tan pasado.

Espectador sin límites ni limitaciones, entonces, como no he vuelto a serlo nunca, tomado por el cuadro en su remolino de dioses, hombres y mujeres, o bien disfrutador único del descenso de todas aquellas pinturas a la realidad, su toma de posesión de la sacristía, de la iglesia y del mundo, su moverse en torno mío con ritmo de olores y rapidez de música. No sabía entonces el nombre del artista, ni ahora os lo diría, aunque lo supiese, porque entonces volveríamos a los límites, a las distancias, al arte como espectáculo, contemplación, erudición, catálogo, y habríamos perdido aquella facultad mágica y silvestre, niña y eterna, de participar del arte como de la vida, como de otra vida más armoniosa, caliente, verdadera y prometedora al mismo tiempo.

En el invierno, cuando la iglesia estaba fría, hacían iglesias de la gran sacristía y entonces podía uno pasarse misas enteras [que eran misas perdidas] mirando para el cuadro, viviendo su grandeza de caballo blanco y su alegría de músicos borrachos y reinas semidesnudas. Lo que uno perdía del culto, lo que uno perdía de liturgia, de misa, de cielo, de salvación, lo ganaba de arte, de historia, de historia del arte, de tierra poblada, humana y divina.

Nunca más este monaguillo que os habla y que hoy sigue oficiando no más que de monaguillo en las misas del arte y de la cultura, nunca, digo, ha vuelto él, ha vuelto uno, he vuelto yo a mirar un cuadro, a vivir un cuadro como entonces, como aquel cuadro, sin limitaciones de espectador ni de crítico. Porque en la iglesia grande, en la iglesia de verdad estaba el Cristo yacente de Gregorio Fernández, un cuerpo de brillo y realidad, con lágrimas duras y pies labrados, pero aquel Cristo sólo se me hizo humano la noche en que al abuelo le vino fuerte la bronquitis y las mujeres de la casa le tenían desnudo y le ponían ventosas en el pecho grande y viejo, sobre el que se clavaba, como en el Cristo, una barba dura.

A pesar de que enterramos al abuelo y de que yo podía seguir viéndole en el Cristo yacente de Gregorio Fernández, aquello no fue, ni parecido, como lo del cuadro. Y el Cristo tenía la llaga del costado, como el abuelo, y parecía que respiraba con dificultad en su hornacina, y miraba con los ojos entornados, miraba con lo blanco de los ojos, que es como miran los muertos, viendo entre los párpados una zona que no es del cielo ni de la tierra.

Pero yo quería volver al cuadro, volver a la vida de aquella pintura que no era vida pintada sino pintura vivible, y ya supe entonces, tan pronto y para siempre, que el arte real y verdadero, el arte de Gregorio Fernández y etcétera, no era lo mío, y lo siento por el abuelo, pobre abuelo, pero mi vida, mi futuro estaba en aquel mundo complicado, coloreado, del cuadro de la sacristía, en aquel Renacimiento de colores con pies, música con alas y caballos casi maternales.

Amo un cuadro, desde entonces, entiendo un cuadro y lo penetro y traspaso sus límites cuando vuelve a ser el cuadro de mi infancia, de mis tiempos de monaguillo, aquel Renacimiento de sacristía, aquel barroco para el que las beatas, sin duda, no miraban, nunca, pero que tenían un caballo blanco y virginal que triunfaba de todas las beatas.

En Goya y en Picasso hay caballos así, hay colores así, y luego he leído que Goya pintaba con amarillos de tortilla de patata, pero mis límites de espectador estaban entonces entre el cuadro de la sacristía y el Cristo de Gregorio Fernández, y me quedaba muy lejos, y tan cerca, el Berruguete del museo o de San Benito, unos hombres, unas mujeres y unos santos con las formas violentadas por el pecado o por el amor de Dios.)

 

 

 

Pensiones de sombra, horas perdidas, sillones de cuero sintético en el recibidor, penumbra, flores de plástico, corredores, espejos pentagonales con un trébol grabado en cada ángulo, el mensaje oloriento de la cocina, mesas inseguras, y las hojas de los periódicos de la semana, en el retrete, en un clavillo, cuidadosamente cortadas e igualadas, formando un nuevo periódico, un diario insólito que nunca hubiera previsto el redactor-jefe, y que se podía ir hojeando mientras uno apretaba el intestino, se miraba las rodillas duras y un poco en punta, o el borde de los zapatos —estos zapatos están ya escoñados— y por la ventanilla alta, que daba a un laberinto de patios entelarañados y gatos y tejados, entraba el rumor de la ciudad, oleaje de los coches, una estampita de cielo azul — aquí, por lo me nos, nunca nos falta el cielo azul, que es una alegría y una bendición de Dios— y la música de las radios y el lenguaje didáctico y suficiente de las televisiones.

Había que ganar la lucha por la vida, duelo literario, o gritar horrorizado, baudelerianamente, antes de sucumbir.

El hombre de la pensión estaba en la cocina, haciendo los crucigramas del periódico, dando de comer al canario, yendo a mear de vez en cuando, hablando por teléfono con la tienda de comestibles porque era un solterón haragán, y las mujeres de la pensión, sus hermanas, andaban azacaneando por la casa, también solteronas, habla doras y menudas, con batas de flores sobre sus rebecas negras, y en una habitación había un pianista tísico que tocaba en una boite afrocubana, y en otra habitación estaba el seminarista huido leyendo a San Agustín y masturbándose, y en otra habitación estaba yo mismo, a lo mejor, con dolor de estómago o de corazón, escribiendo mentalmente el libro que escribe uno durante toda la vida, sin escribirlo, con las neuronas, desde el útero materno, y en cuya elaboración y maduración nos cogerá la muerte.

No sé si el adiós a la juventud perdida o el retrato del joven malvado o la crónica de la vida airada, pero en las pensiones se adensaba la verdad de la capital, el alma pobre de la ciudad, ese fondo de retrete, piorrea, nicotina, oratoria y amancebamiento que tiene la política y la literatura, porque habías venido a eso, a hundirte en el légamo caliente de la vida, a respirar la halitosis de los grandes maestros, a vivir en un clima de muela picada y pasar por todo y salir en los periódicos, volverte del revés y dejar por el mundo todo el saco de tipografía que traías en los riñones desde siempre.

O bien las pensiones con espejo en el armario, con armario en la habitación, con habitación individual que una noche había que compartir con el opositor de paso y otra noche con el carcelario recién salido de la cárcel. Las pensiones son los viveros políticos, literarios y teatrales de la ciudad, en las pensiones céntricas y ahogadas escribieron los que escribieron la Historia del país, y el historiador de derechas estaba paredaño del historiador de izquierdas, y los que luego, pasados los años, coinciden en la Academia o en el Parlamento, fueron primero compañeros de pensión, compañeros de retrete, vecinos de alcoba, y llevan dentro todo el resentimiento de café malo y meretrices crueles que los marcó en su juventud.

Digamos que el medio siglo corría ya por su segunda mitad y el espejo de la pensión reflejaba a un muchacho borroso, tan borroso como en la fotografía del colegio —aquella mañana de enero, en el patio—, y él se miraba allí las gafas insuficientes, el pelo apaisado, la boca delicada, el traje desvaído, la corbata fatigada, y las lágrimas, las lagrimas pueriles, las últimas lágrimas y el último temblor de chopo intelectual azotado por el viento primaveral del futuro.

Camas de buena familia, camas sobredoradas y barrocas donde habían dormido y engendrado los mejores matrimonios del barrio, y que ahora se veían prostituidas, como hijas de notario, en el ir y venir de los huéspedes, entregadas una noche al extranjero del cine y otra noche al señor de provincias.

Camas con historia, donde uno dormía mal, o demasiado bien, sintiéndose primogénito de una gran familia, amaneciendo con dosel y estucados, irónicamente, cuando lo que había que hacer era echarse a la calle a ganar unas pesetas.

Eras el intruso de una vida, el usurpador de una intimidad burguesa que las tornas habían convertido en hospedaje, y te movías entre muebles rococó y finas columnatas, y dormías en una cama grande, familiar, arropado con las sábanas y los edredones que la señora viuda no había tenido más remedio que poner en alquiler. Se habían quedado frías de tantos muertos, aquellas sábanas, de modo que nos daban más escalofrío que intimidad, y hubiéramos querido por un momento, antes de echarnos descalzos al frío del pasillo, que el engaño se prolongase, que la mentira se hiciese verdad.

Habríamos querido ser el vástago perezoso y dormilón de una dinastía burguesa.

O las camas escuetas y mortuorias de otras pensiones, los catres con bultos, estrechos, con los colchones rellenos de patatas, quizá, camas cuarteleras que nos disponían mejor a la pelea, a la lucha por la vida, camas que nos expulsaban hacia la calle con su dureza, su irregularidad y su insolidaridad. Nunca una cama propia, conseguida, íntima, de modo que estábamos poco tiempo en la cama, pues las patronas, por otra parte, nunca querían huéspedes camastrones.