francisco umbral

mortal y rosa

 

 

…esta corporeidad mortal y rosa

donde el amor inventa su infinito

 

pedro salinas

 

 

 

        

El olfato, los olores, ese mundo complejo que se aleja y se acerca, todo lo que yo he disfrutado con la pituitaria, mi entendimiento del mundo como olor. Con los ojos cansados, con el tacto seco, con el gusto saturado, con el oído torpe, se me aguza siempre el olfato, porque un sentido puede suplir a todos los otros, interpretarlos, poetizarlos, y digo ahora el olor de un pelo de mujer puesto a secar al sol.

Cuando no tengas fe ni yerba de ayer secándose al sol. Fe, no me queda demasiada. Cuando no tengas un cabello de mujer secándose al sol. ¡Ay! Cambiar mucho de colonias, para que el olfato no se sature. No es un lujo el perfume, el agua de colonia. Oler es una actividad poética. El olfato es quizá el sentido más lírico. «Perro como yo», titula Malaparte un poema en prosa sobre los olores y las capacidades olfativas del perro. Todo lo que nos perdemos por no ser perros.

Hay que dar los olores en lo que se escribe. Antes, cuando era; un escritor joven y responsable, quería describir minuciosamente las situaciones, los lugares. Luego comprende uno que basta con dar un olor o un color. Al lector le basta. Al lector le sirve esto mucho más. Dice Baroja de una calle que era larga y olía a pan. Ya está. Un largo olor a pan. Para qué más.

El arte descriptivo, minucioso, es pueril y pesado. El arte expresivo, expresionista, aísla rasgos y gana, no sólo en economía, sino en eficacia, porque arte es reducir las cosas a uno solo de sus rasgos, enriquecer el universo empobreciéndole, quitarle precisión para otorgarle sugerencia.

El olor de mi hijo, el olor tierno y callejero de los niños. El olor de un libro, el olor de cada libro, ese enjambre de abejas tipográficas que nos marea y nos fascina cuando hundimos en él la nariz. El olor de una mujer, cada una con su olor. Los seres tienen aura, que es el olor. Por el olor somos mágicos. El olor es lo único que no puede poseerse, es la fragancia de una personalidad, y por eso desasosiega, trastorna.

Drogarse de olor. Nada me excita y me predispone a escribir como un olor nuevo, profundo, grato, sugerente, punzante. El drogadicto es un incapaz. El mundo es la gran droga. Todo estimula, todo alucina. Los alucinógenos son una falta de imaginación. Los que sufrimos la alucinación constante de la realidad no necesitamos alucinógenos. Adónde puede llevarme un olor, hasta dónde.

Schiller olía una manzana para ponerse a escribir, dicen. El otro ojeaba el Código Civil. ¿No sería olerlo, lo que hacía? ¿No sería que se drogaba del olor de la letra impresa y apretada del Código?

La literatura y la pintura son vertiginosas porque huelen. El olor a vinagre de la tinta de la infancia. El olor acre y selvático de los libros. El perfume fresco y denso de la pintura, la fragancia de los colores, que deben mirarse con los ojos cerrados. ¿Qué es lo que le falta a la pintura de los museos? ¿Le falta intimidad, actualidad, autenticidad? Le falta el olor. La pintura muerta ya no huele, ha perdido una de sus dimensiones, porque la pintura tiene tres dimensiones, y la tercera es la olfativa.

La música no huele. Por eso, quizá, no me dice nada. El olor y el sabor, tan unidos, son las claves más íntimas de la vida. Hay que gustar todo eso con los ojos cerrados. Mirar una cosa es exteriorizarla, pienso ahora. Hay que ver sin mirar. Hay que oler. El olfato, quizás, es la mirada del alma.

 

 

 

 

Escribo este libro en verano, cruzado de mares y viajes, pero quisiera entrar con él en el invierno, quisiera que se crease de climas y fríos; que la vida pase por su fondo, que sea un libro practicable, no hermético, no cerrado, no completo, sino disponible y meteorológico. Escribo este libro en verano, con huidas al mar, con caídas jubilosas en la naturaleza.

El verano es lírico porque tiene un tiempo más grande, es «la estación total», y la duración de sus días es como un amago de eternidad que nos glorifica un poco. El verano es el único trasunto posible del paraíso perdido. El paraíso perdido no está en el espacio, sino en el tiempo, sometido al eterno retorno de las estaciones.

Verano es duración. Estío es eternidad razonable. Cada verano, con la vuelta a la naturaleza —siquiera sea una vuelta amagada y tímida—, se nos replantean los viejos mitos. Al principio, el mar era mar y el cielo era cielo, abandonado todo a la inocencia de sus colores. Luego, con la cultura, lo fuimos poblando de referencias ajenas y fiebres personales.

Pasa el tiempo, se desvae la erudición, nos baja a nosotros la fiebre creadora y la naturaleza vuelve a ser, como al principio de nuestra vida, un vaso sencillo y hondo, claro y limpio, sin mitos, fiebres ni interpretaciones. Qué difícil rescatar la naturaleza de la cultura. Sólo el contemplador lo consigue. Qué difícil la contemplación.

La naturaleza se la han repartido los poetas y los cazadores. El poeta la envilece de metáforas y el cazador, el deportista, la humilla con su esfuerzo y su sudor. Ni creador ni hombre de presa, el que ha llegado a contemplador puro, el que se ha licenciado de roca o tronco de árbol, es el único que la vive, el único en quien ella vive.

Ahora, con el cansancio de mi cultura y la de los demás, descubro que esto no es un final, sino un principio. Ahora, curado de alusiones literarias, es cuando el mundo se me abre solo, enorme, armonioso y tosco.

No hay otra resurrección de la carne que el verano. Todas las teologías están hechas a imagen y semejanza del calendario. No tenemos otra referencia. El clima y sus variaciones son la única biografía universal posible. Va uno pasando de los libros a la meteorología, con los años. Me exilio de la cultura en el buen tiempo.

Claro que sueño con volver, como todos los exiliados. Pero es bueno retardar el regreso. Escribo este libro en verano y le dan todas las luces del día, pero habrá que exponerle también a otros temperos, porque un libro debe ser un cuajarón de tiempo, una concentración de vida. Y el pivote del libro, el pequeño pivote, que es el hijo, soportará en sí el girar del tiempo y las palabras en torno suyo, la rotación del libro y del mundo.

¿Por qué no una novela? La novela es un compromiso burgués, monsieur. La novela es fruta de invierno, de habitaciones cerradas, escritores con pipa y horas laboriosas. El libro, mi libro, como el verano, debe tener las ventanas abiertas, las puertas abiertas, y debe hacer mucha vida en la calle. 

Tampoco la anotación puntual de los diarios, esa burocracia del sentimiento a que se someten algunos escritores, llenándose de pupitres interiores. No. Sucesivas iluminaciones concéntricas, rueda de instantes, un faenar con el presente, hasta agotarlo. Llegar, si es posible —cruzando túneles— hasta otro verano.

Caigo a veces sobre mi propio pecho, me rueda la cabeza por la batana de raíces que es el torso, llamas y ramas que combaten en mí, lucha quieta y eterna, conflicto de mi torso, humo lento y crudo que me puebla. El pecho, que se ha adensado de nombres, de años, y donde ahora se hunden los aceros del tiempo, como finas raíces, y donde han dormido despiertas las mujeres que querían escuchar mi interior de árbol, mi hondura de tronco vivo, o las aguas oscuras y verdes de la sangre.

Pecho adonde viene mi hijo con su cabeza leve, hélice de palabras y pelos, a dormitar un cuento o narrar un sueño. Dejo la mano en mi pecho y hago amistad conmigo mismo. En el verano vuelve a ser el pecho una proa a la que acuden mares del cielo, pero en invierno se cierra, se vuelve sobre sí mismo y lo olvido. Caigo a veces sobre mi propio pecho, mapa de mi vida, y gimo.

 

La anchura de un hombre, la libertad de un cuerpo, la hospitalidad de mi pecho, que se ha hecho hondo con la vida, pozo inverso en cuyo fondo canta un corazón que antes arreglaba relojes y ahora colecciona guijarros.

Pecho todavía fuerte, todavía erguido, que espera la muerte como la esperan las maderas, ignorándola. Presiento su decadencia, la caída de sus hojas, el vuelo asustado de las aves que lo habitan, y tengo en los ojos un brillo de hachas venideras que lo van a talar en el bosque del porvenir.

Se ha ensanchado el pecho, que en la adolescencia fue tenue y pasajero, y corren por su musgo las lagartijas de los días, y a veces una mano de mujer, o una boca, caen en él, como en un enlosado viejo y tibio, y me dejan una pesantez de flor en lo que tengo de tumba.

Y termino en mis pies, concluyo de esa manera repartida y minuciosa, pies que viajaron tanto, que subieron escaleras de sombra hasta el crepúsculo, los pies del niño viajero, recadero, cartero, ascendiendo siempre, ascendiendo, a través de noches, maderamen, carcomas, peldaños, sombras y claraboyas, escaleras interminables por donde iba mi infancia mientras los parientes morían, tosían las madres, nevaba la vida y florecían libros en mi ignorancia.

Pies delgados, ahora, pies de pianista, por qué no decir pies de pianista, como se dice manos de pianista, esto que he escrito alguna vez a propósito de las manos y escribo ahora a propósito de los pies. Marfil, caminos, palidez y cansancio de mis pies, la rueda caminante que me lleva, en mis manos hay un escritor cansado, pero en mis pies duerme un escritor inédito y original. ¿Por qué no escribir con los pies, como esos inválidos que traen las revistas?

La mano ha matado, está maleada y fatigada. El pie es virginal, ocioso, y podría escribir con más pureza, novedad y silencio. Que las ideas pasasen por todo el cuerpo, llegando matizadas y enriquecidas, al pie. Sería otra prosa, otro estilo, otro ritmo de escritura, más lento y terreno. Pies de pianista, sí, porque también los pianistas tienen pies y los usan y la música es una cosa que funciona a pedal, como el ciclismo, lo cual ya debiera hacernos sospechar de Juan Sebastián Bach.

Decirlo una vez más. Escribirlo una vez más. La salud es un delicado equilibrio de deflagraciones. La cabeza que suena, los ojos que duelen, los oídos que pitan, la garganta que escuece, el vientre que sufre, los enfisemas, los vértigos, el insomnio, el miedo, las caries, las infiltraciones hiliares, las arritmias, la tos. Estamos vivos de milagro. Lo científico sería morirse en seguida.

 

 

  

La casa, mi casa, el vacío encallado, el barco bacaladero en que nos hemos quedado para siempre. Porque vives otras casas, las amueblas, las habitas, y algo te dice que no son tu casa.

Entras y sales en ellas. Pero un día encuentras la casa, tu casa, la que te esperaba, ésa que teje en seguida en torno de ti su silencio, sus sombras, su polvo, su tiempo, y de la que ya no vas a salir nunca, a la que volverás siempre. La casa que empieza a cerrarse como una tumba en torno de ti.

Cómo se adensa la casa, navío encallado, carabela varada, buque fantasma en los mares del norte, orientada siempre hacia el Norte, efectivamente, con frío y sombra. La casa, las paredes, los cuadros, mis retratos, los libros, el rumor de la nevera, hielo sagrado del hogar, motor de la vida, hélice polar del barco helado, telas de la costumbre, vidrios del día, cerámica del pasado, maderas de la constancia.

Viaja la casa, no se está quieta, en realidad, un día da su proa a soles vivos y otro día a mares del cielo, oscuros y perdidos. Adónde va la casa, adónde nos lleva, tan lenta, desplazándose cuando dormimos, entregada a qué corrientes submarinas, la casa. Nos vive ella a nosotros, se nutre de nuestra presencia, engrosa sus paredes, modela sus lechos, nos habla con su boca de fuego, en la chimenea, nos cuenta el tiempo en relojes, es la bodega altísima de un barco que va por el cielo y somos la tripulación oscura, los fogoneros de ese submarino astral, pero eso sólo de vez en cuando, porque diariamente crece, se cierra, va pareciéndose a nosotros mismos, flor de cemento y música en que vivimos, libando muerte, y ese cabeceo de planta o de barco que tiene a veces. ¿Adónde va la casa?

 

 

  

Los libros, cómo crecen los libros en la casa, aquellos primeros libros de la madre, secos y polvorientos, que me han acompañado por pensiones, viajes, noches, años, cómo proliferaron.

Apenas los veo ahora entre el farallón de los libros, pared maestra, muro de letra impresa que ha modificado la estructura de la casa, y ese hormigón con que se pegan las páginas de algunos libros que no volvemos a leer jamás.

Los libros respiran, como las flores, y nos van matando, nos van secando el aire, pero los cuido, los ordeno, los desordeno, y crecen. Me olvido de su distribución, pero ellos solos se barajan y vuelven a su geometría lógica de biblioteca, y sé, sin querer saberlo, dónde está cada uno, porque el paso de la vida es el irse convirtiendo uno de poeta en bibliotecario.

Tomar un libro es como quitarle un ladrillo a la muralla, puede venirse abajo toda la construcción y demolernos. Nos amparamos, ya, en una pared de tipografía que nos resguarda de los vientos de la vida, celda de papel en la que uno va siendo el monje de sus propias religiones heterodoxas. Puedo abrir un libro y encontrarme dentro de él, porque uno no es sino la señal de lector puesta entre las páginas de la novela de la propia vida, o puedo mirar y olvidar mis propios libros, los que yo he escrito, rectángulos de ignorancia y obstinación, cajas de puros sin puros.

La marea de los libros, su silencio en la noche, su olor a engrudo y memoria, esa sustancia de celulosa y oro que rodea y limita ya mi vida. Cómo escapar a los libros. Son el enladrillado de mi alma. Para no verlos, para no sentirlos, abro un libro y leo.

 

 

 

Pelar una naranja, descortezar el mundo, desvendar el seno de una momia adolescente. Me como una naranja y tengo un día anaranjado. En rigor, una naranja me devora por dentro. Necesita de mí para transformarse en otra cosa, para sobrevivir, y cuelga ya, naranja otra vez, al final de los tiempos, del árbol dorado de mi vida.

Toda depredación es una redención. Todo canibalismo es una asunción. Voy a comerme otra naranja. La naranja me ha iluminado los interiores como un sol en gajos, y ha quedado ahí la ese rosa y blanca de su cáscara. Qué nalga breve y pugnaz del mundo acaricio en la naranja. Se reparte su sabor, su olor, su química, por todo mi cuerpo, y aprendo más de la vida, del mundo, del tiempo, gracias a la naranja, que en todos los libros de Kant y Platón. Llevo ya dentro un fanal anaranjado, y siglos de experiencia, sabiduría, decantación, licores, azúcares metafísicos y veranos líricos, que estaban empaquetados en la naranja, que la habían hecho posible. Comer una naranja, desvendar el seno dorado y egipcio de una adolescente. Si hay que creer en algo, creo en la naranja.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

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