francisco umbral

mortal y rosa

 

 

…esta corporeidad mortal y rosa

donde el amor inventa su infinito

 

pedro salinas

 

 

 

Algunas veces me quedo dentro de unos servicios públicos, aseos los llaman en algunos sitios, aseos pone encima de la flecha indicadora.

Hay que quedarse así, quieto, en un inodoro conocido o desconocido, en el baño de casa o en los servicios de una cafetería, en el ataúd vertical y acondicionado del retrete hasta que la palabra water se disuelva en el aire, sintiendo cómo la vida se detiene. Paredes de azulejo muy menudo, tres azulejos caídos en algún sitio, tres cuadraditos de cal y yeso y pared y tiempo, por donde asoma la crudeza de la construcción, tres huecos de una simetría casual y natural, Klee y Mondrian sentados en la taza, el uno o el otro encarnados en mí, mirando el juego de cuadraditos, buscando más huecos, más cuadraditos caídos, la geometría deficiente, gris y vivida de la pared, en un clima de nalga, orín, silencio y rumor, y las cañerías, las tuberías que tragan agua de vez en cuando, como un reptil dormido que respira o hace la digestión, ese buche de agua negra que pasa por la garganta de la tubería cada cierto tiempo, y afuera el rumor de la ciudad, se llena uno de beatitud y de pronto comprende que no está oyendo nada, que la ciudad se apaga, que ya no existe, pero a lo mejor perdura el rumor del bar, el escándalo de la barra, gritos y gambas, o la conversación de dos parroquianos, ahí fuera, mientras dan suelta a su ácido úrico, vamos a ver si nos dan de comer, y que llevo un hambre que no veas, y yo aquí, sentado en la taza, o de pie, mirando la bombilla negra, el rollo de papel higiénico, tan soso, tan servicial, tan maltratado, un grifo cerca del suelo, que no cierra ni abre nada, el polvo y la puerta.

En la puerta hay inscripciones, roturas, nombres, marcas de bolígrafo, manchas marrones, quemaduras pequeñas, crueldades, el rastro de toda la tribu defecadora que ha pasado por aquí. Una sexualidad elemental, la torpeza de unos órganos genitales que parecen pintados, efectivamente, con los órganos genitales, alguna alusión política, confusa, directa, un nombre de mujer, Petri, una pe demasiado grande, el tipo empezó con entusiasmo, con grandiosidad que luego desfallece en las otras letras, terminadas de cualquier manera. Qué poco dura el amor.

O hubo algo más urgente. Petri. Alguien ha querido perfeccionar la tarea grabando otro nombre a navaja, trabajando la madera de la puerta, pero también se ha cansado y se ha ido, y al final se ha liado a dibujar ligeramente las letras con la punta del arma, sin ahondar, uno quisiera llevarse estas puertas de retrete, estos relieves, qué exquisitez, el gusto decadente por lo popular, por lo espontáneo, por lo enigmático, ese arte que ahora se ha puesto de moda, todos juegan a imitar la casualidad de la vida, ya es bastante haber visto, haber sabido ver el arte que hace la vida, la emoción que tiene el tiempo fragmentario de la gente, llevarse la puerta, salir cargado con ella, transportar el tablón por las calles, como un carpintero o un antropólogo, si le pones una firma puede valer mucho dinero en una sala de exposiciones, pero todo eso ha quedado fuera, la cultura, la vida, mi vida, aquí sólo es una puerta de verdad, un aglomerado de realidad, madera artificial sintética contrachapeada que me separa del mundo, me aísla, me entierra, que constituye mi soledad, instaura una individualidad que no tengo, divide el tiempo, mientras el mundo desaparece afuera y sólo me envía olores de guiso, de distancia, de mediodía, de gente.

Puedo desencadenar la caída de las aguas, la catarata ruidosa, una catástrofe de cisterna que todo se lo lleva y echa de nuevo sobre mí la actualidad.

 

 

 

Y escribo, cada mañana, me siento a la máquina, dejo que fluidos oscuros, luminosidades de la noche asciendan a mí, y todo el torrente del idioma pasa a través de algo, de alguien, porque escribir es tuna cosa pasiva, receptiva, contra lo que se cree, así como leer es algo activo, creativo, voluntarista.

Sólo una cuestión de trance. Dicen los modernos lingüistas que no hablamos una lengua, sino que la lengua habla a través de nosotros. Es el río del idioma lo que se pone en movimiento cuando me siento a la máquina. El mundo se expresa a través de mí. Sólo somos dueños de aquellas sensaciones que no tratamos de racionalizar.

Que el curso de las cosas me lleve, que la lengua universal hable por mí. Puedo tratar de dominarla, de ordenarla, de modificarla. Y entonces habré construido algo, habré trabajado, habré disecado el mundo y la palabra. Hay que hacerse transparente —la transparencia, Dios, la transparencia, pedía el poeta— para que el mundo pase a través de uno configurado como discurso.

 

Los surrealistas, intentando la escritura automática, no hicieron sino exasperar la única escritura posible. La inspiración. Pues claro que existe la inspiración. Sólo que no es algo externo, ese rayo de luz que baja del cielo en los cuadros místicos, esa ninfa de luna que revolotea en torno de los poetas profanos. La inspiración es la comunicatividad, la transparencia, el acertar a desaparecer entre la escritura y el mundo. Hay días en que se levanta uno transparente, y entonces conviene aprovecharlos para escribir.

Si no hay transparencia no hay escritura. Puede haber un trabajo de amanuense, pero nada más. El hombre, el escritor, tiene que elegirse transparente o pendolista. Casi todos optan por el pendolista, porque tienen voluntad de poder y porque les parece más lucido. Escribir es una prestidigitación en cuanto que consiste en desaparecerse, como los ilusionistas del cabaret.

Hay días en que el ilusionista no está en forma, se encuentra opaco, se queda en el sitio. El escritor tiene que dejar pasar la luz del mundo sobre la cuartilla, el sol sobre la escritura. Casi todos los escritores estorban a su obra, están delante de ella, echan su sombra de sombrones encima de la prosa.

La prosa es prosa porque tiene sombra, la sombra del tío que está encima. Si no tiene sombras es poesía. El que luego le reconozcan a uno por lo que escribe es otra cosa, entra ya en la mera profesionalidad, en la anécdota cultural. ¿Y el estilo? El estilo es la modulación: que toma el lenguaje al pasar por nosotros, como la curva que adopta el agua en una jarra.

Sobre todo, no echar sombra. Si no se encuentra usted transparente, no escriba. Váyase a la compra y hágale los recados a su esposa. El mundo se hace lenguaje en ti, en mí. Peor que echar borrones es echar sombras. El mundo se describe a sí mismo, como vemos funcionar a los teletipos. No hay más que pasar de vez en cuando y arrancar la hoja.

Escribo por el placer de desaparecer. Es mi forma de transparencia. Todos hemos querido ser invisibles alguna vez. El éxtasis, la levitación. El mundo y la escritura se intercambian reflejos, luces, y yo estoy en medio, entre dos fuegos, desaparecido, sin peso. Escribir, ausentarse.

Escribir es perder peso. Un adelgazamiento súbito. Qué insoportables, luego, mis setenta u ochenta kilos.

En la noche, cuando el mundo se reduce al redondel de luz de la lámpara, y todo el resto del mundo es incógnito, extenso en círculo de sombra y nada, de astros y fábricas, abro un libro y quedo ah preso en la luz, leyendo. ¿Qué hago yo con un libro en la mano ¿Qué es un libro? Un objeto rectangular, una caja practicable, una sucesión de signos monótonamente ordenados.

El libro es sólo el pentagrama del aria que ha de cantar el lector. En el libro no hay nada. Todo lo pongo yo. Leer es crear. Lo activo, lo creativo, es leer, no escribir. De esos signos, de esa tipografía hormigueante y seca, mi imaginación levanta un mundo, un bosque, una idea, y continuamente salen volando pájaros de entre las páginas del libro.

La noche es un mal músico que afina y desafina su instrumento, mi hijo duerme cerca, respirando un aire suyo, un mundo suyo, duerme como en el vientre de la ballena de la noche, devorado y resguardado, esperando a ser devuelto por la boca, intacto, a los mares fríos de la mañana. Yo leo. Abro el libro y mundos dóciles vienen a mis ojos, un hombre, el pensador, el prosista, empieza a trabajar para mí, ordena su telar, hace su lino de ideas, de palabras.

El espectáculo de su laboriosidad está siempre detrás de lo que hace. Me es ya muy difícil leer sin estar viendo constantemente al obrero que pone ladrillos estilísticos ante mí. Así como cuando escribo desaparezco, cuando leo me es nítidamente evidente el que escribió, el que escribe.

Quizá la literatura sea eso. Desaparecer en la escritura y reaparecer, gloriosamente, al ser leído. Por eso no hay que hacer demasiado evidente el esfuerzo del pensamiento al escribir. Para no entorpecer la resurrección de la carne que glorifica al autor cuando es leído. Toda lectura tiene, por lo menos, este doble fondo. Hay una superficie de prosa, de ideas, y debajo, como una figura inmovilizada dentro del hielo, está el autor.

Lo apasionante, quizá, de la lectura, no es lo que se lee, sino la posibilidad de asistir al espectáculo único de un hombre trabajando, creando con palabras su cesto de mimbres bien trabados, moviendo su linterna, haciéndose una luz que se le oscurece por un lado cuando la ensancha por otro. La gente se para a ver a los obreros que trabajan en la calle.

El lector también tiene algo de mirón. Me he parado a ver trabajar a un hombre. Está abriendo una zanja de ideas, está levantando una tapia de palabras. A medida que somos más escépticos sobre lo que leemos, se nos transparenta más el faenar del autor, vemos más al hombre.

Ya no creemos en las abstracciones. Las ideas pierden rigor, las palabras pierden color, y esta transparencia o debilitación de la prosa nos permite contemplar detrás al que trabaja. Importa —y es lo más moral de un libro—, el espectáculo del hombre trabajador, su ejemplo de laboriosidad, su ir y venir por el taller de las palabras, importan sus caídas, sus olvidos, sus vueltas atrás, sus levitaciones.

Hay un hombre que ha querido hacerse su verdad y comunicárnosla. Hay un hombre que necesita afirmarse modificando el mundo, que necesita explicarse el mundo para explicarse a sí mismo. Hay un hombre que vive y muere en su libro, náufrago en el propio mar que él ha creado. ¿Por qué se escribe un libro? Por vanidad, por inseguridad, por satisfacción, por pasión ciega y creadora, por amor a la verdad, que siempre es la verdad de uno. Por amor a la belleza, que también —ay— es siempre la de uno, la que uno puede ver.

Es apasionante un hombre haciendo cualquier cosa: un libro o un tonel, una tuerca o un surco. A cierta edad, se fatiga el lector y le sustituye un mirón que llevamos dentro y que, más que nada, lo que quiere es ver trabajar.

 

 

 

 

  

De pie en la noche, asomado al cielo, de espaldas a la ciudad, veo venir los nortes y los astros.

De espalda, sí, a la ciudad. La ciudad es un chaqué devorado, una copa de angustia, un guante en el barro. Yo le di a la ciudad mis ojos primeros, mi corazón de viento. Yo era el violinista adolescente que prodigaba su música por las calles cuando ya todo el mundo había cerrado sus puertas y dormía o fornicaba. Ahora, de espaldas a la osamenta desguazada y luciente de la ciudad, tengo la raíz de cada estrella, noches barajadas, el sueño de un niño, cuerpos resignados, un libro que he encolado esta tarde, porque se estaba deshojando, y todo el silencio que me envía el campo.

Las barriadas del cielo, la soledad de un hombre, pero no, ya, la pureza, el ideal, lo esencial conseguido, poeta. Era lirismo adolescente. No hay unidad, no hay bellezas esenciales, poesía sola.

De espaldas a todo, poeta de mis años de oro, la dimensión caída del mundo, la incertidumbre del hijo, la obra en marcha hacia ninguna parte, el sexo y el miedo. Nada acendrado, nada glorioso. Sólo una paz de barrio y ya es bastante.

Sólo el paso minucioso de la muerte por la vida, este abandono vecinal, paraíso menor con estrellas altas, aviones ciegos, tiestos regados, y el gotear lento, dulce, callado, del cielo en la tierra. Un solo goterón de tiempo, de noche, de silencio, a punto siempre de caer. Una inminencia sin prisa. Esa gota, cuando caiga, será ya el día.

 

 

 

 

 

Las ninfas, con sus ojos ligeros y sus bocas de agua, las ninfas, siempre a contracorriente de mi vida, pasan, pasan, y hay la ninfa de cada mañana, efébica y sonriente, y la ninfa de cada atardecer, seria, sola, dura, con su descuido de muchacho y su belleza venidera.

Las ninfas, obsesión de tu vida, la luz se curva en ellas, el día canta en la estopa adolescente de su pelo. Ninfas que han pasado por tu vida, ninfas por las que has pasado, la niña lírica con su aura de colegio, la llama rubia que me incendió el tiempo para siempre.

O las viejas amantes, que te daban aún su tristeza, su fidelidad, un perfume de hogar, duplicidades tristes, su frecuencia, su costumbre, amarlas en altas buhardillas con hedor de patio, en atardeceres adúlteros, la melancolía semanal de sus cuerpos, la soledad de sus cuartos, tan cuajada de desencanto, siempre en una red de medias cosidas, y las palabras viejas que venían de sus bocas.

Las viejas amantes, tan fieles, una ropa con sudor de mujer que se enfría en la memoria y huele.

Recuerda a Serena, escribe su nombre, aparta el espejo en que ella vivía, el clima verde de su cuerpo, la luz dorada que traía en la tarde, una armonía de vasija, un amor fuerte y solo, su boca de tragedia y sus manos precisas, flores de papel, libros, guerrilleros en las paredes, películas en sus ojos y el gemido salvaje, profundo, que conseguiste, al fin, alumbrar en su carne de oro y fidelidad.

Cuántas veces, tendido, a esa hora del atardecer, después del amor, cuando una mujer, ardida ya, ha dejado de ser ella y se mueve como bulto o rumor por la casa, pienso, medito, existo, no existo ni medito, espero, no espero, oigo cantar a los niños en la calle, viejos niños de siempre, el que yo fui, niños del atardecer en la ciudad, tristes entre las luces, un rumor de barrio muy habitado, y esa línea fina en que se convierte el mundo, ido el deseo, rota la tensión, caído el vuelo.

La mujer, no sé qué mujer, bulto de vida, tenía el cuerpo lleno de hogueras que he ido apagando, como se apaga un monte, y ahora, ensombrecida o inexistente, anda por los fondos últimos de la casa, de la tarde, mientras yo no existo sobre esta cama fría, y levito en la paz, el hueco, el silencio y la lucidez del post-coito. Es un momento de suprema apertura, de honda disponibilidad, de clara luz, y sólo por eso valdría el amor, por haber llegado a este puerto de sombra donde nada me anda, a este estado —la única beatitud posible— de no desear, de no estar, de no ser.

Los proyectos, el ruido de sables, todo eso está ahí, retirado, agazapado, esperando que yo me ponga en pie para invadirme y llenarme de armas, pero ahora, mientras demoro mi vida y abandono mi cuerpo, apenas existo y la tarde viene a llenar, como un agua sin prisa, los huecos de mí que voy dejando. Sólo quiero esto, escuchar a los niños, vagamente, ser el que desde la sombra acecha sus juegos dispersos de última hora, y saber que una mujer vieja está entrando en una tienda con luces cansadas y legumbres dormidas, a pedir medio kilo de algo.

Ah, esa paz del atardecer, cuando todos se han desceñido sus armas y, por fin, el mundo vuelve a hacer sonar la música lentísima de sus ejes, y podemos escuchar, siquiera sea a intervalos, la luminotecnia del cielo y la respiración de los enfermos. Estiro el instante, estoy entre la inmensidad del cielo y el cuerpo apagado de una mujer que espera.

El amor, a la mujer, se le apaga lentamente. Lo cuida en sí misma, lo mima, lo restaña. A mí, el amor me deja una gran oquedad, una hermosa disponibilidad, me deja el pecho abierto y los ojos inmensos, y el mundo todo acude a llenarme, a cruzar, sin romperlo ni mancharlo, el cristal en que me he simplificado.

Qué hora de silencio, cuántas veces repetida, en mi existencia, esta ocasión humilde en que, tendido por la enfermedad o el sexo, la marea alta del atardecer me sorprende, náufrago, y me acuna. El poema se escribe solo en mí y nunca he querido escribirlo, salvo cuando era niño y torpe.

Cómo creer en nada. Sólo hay un poco de paz, una cita de estrellas, en esta tregua morada del anochecer, antes de que los cuerpos sean sacos abultados y mal cerrados, antes de que los corazones sean piedras en el fondo del sueño. La vida se me vacía y veo muy claro el libro que nunca escribiré, y veo al hijo, única punzada entre los latidos de mi corazón, y veo el tiempo, cinta dulce que se desanuda infinitamente.

 

 

Hay una supresión de espacios, una caída de perspectivas, y son éstos los mismos anocheceres de la infancia con miedo y caballos, los mismos de la adolescencia con enfermedades y versos. Cómo me rejuvenece todo para la muerte. Más que irnos barroquizando, el tiempo nos va desnudando.

Todo es un ir retornando a la niñez, a la, sencillez, porque la muerte no crece en nuestras condecoraciones de vida y dolor. La muerte nos toma niños, puros, solos, y pienso que es en estos momentos cuando puedo morir.

Acumulamos cosas levantando un baluarte contra la muerte. A la delicia de no tener nada sobreviene en seguida el espanto de estar disponibles, prestos para la partida. Hay que echar anclas, amarras, anudarse desesperadamente a la vida. Pero me quedo así, indefenso, sin deseo ni futuro, entre el pasado y la muerte, entre el niño y la nada.

Alguien ha visto la literatura como la infancia recuperada. Por eso escribo, porque escribir es jugar y jugar es ser niño esencial. Sólo quiero la infancia, la mía y la del mundo, la de mi hijo y la de todos los hijos, sólo quiero el juego, el girar del planeta por toda aventura. Asisto, sin verlos, a los juegos de esos niños de la calle, y no soy el observador sonriente, condescendiente, qué torpeza, sino el ámbito humano en que ellos juegan, la humanidad toda que atiende a su juego, el cielo y la tierra, la ciudad y las luces.

Salvado del deseo por la fogata reciente, estéticamente purificado por el sexo (gran purificador de belleza) escucho mi vida reducida a su mínima y última posibilidad, soy lo menos posible y, salvado del tiempo por unos momentos, salvado en el espacio, soy todo el anochecer tibio y la tiniebla azul en que los niños juegan.