francisco umbral

mortal y rosa

 

 

…esta corporeidad mortal y rosa

donde el amor inventa su infinito

 

pedro salinas

 

 

 

Octubre. Se perfecciona la redondez del mundo. Los árboles son violines cuya música es el azul del cielo. El bosque juega con mi hijo como un tigre verde con un jilguero. Somos el interior de una lentísima manzana cayendo silenciosamente en el tiempo.

 

 

Miro a veces los días que pasan como huecos, la luz adolescente que se seca en las copas, el relieve del tiempo granado en las muchachas y el milagro de todo que cuaja sin ser visto. Miro el oro caliente que queda abandonado cuando los niños pierden su inocencia en la tarde, y recojo despacio, con manos de mendigo, el color de la música y el aire de la vida.

 

 

Tu cuerpo es un hermoso fragmento

de no sé qué grandeza rota.

El cesto de frutas de tu vida

se renueva por sí solo todos los días.

En tu boca destrozada habla la tristeza del martes

y en tus dedos minuciosos arden páginas de luz.

Le abultas al mundo como una planta excesiva

y dejas magnitudes de olor por donde nadie pasa.

Has oxidado el aire con tu cansancio,

has enterrado todos los clarinetes,

tienes senos destruidos como la antigüedad

y muslos de cosecha que le pesan al día.

Busco en tu alma un tabaco de infancia,

busco en tu sexo un mar desalentado,

y comprendo que los muertos, realquilando tu casa, hacen un poco más alegre

el destrozo del amor y el abandono azul de la cocina.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Vuelvo de los viajes, hijo, vuelvo del mundo, todo hierro y vino, y te encuentro aquí, en la entraña tierna, en el interior fresco de la fruta que es tu vida. Porque, cuando lejos, te siento siempre, detrás de todo lo que siento, te vivo, detrás de todo lo que vivo, y basta que me aleje en un país extraño para que te conviertas en el centro débil y cálido del mundo que gira.

Ciudades, trenes, aceros, días, mujeres, ropajes, frutas, máquinas vivas, todo gira en torno a ti, que eres el interior dulce y pajaril de la vida. Viajar es andarse por las ramas, exiliarse del centro, rotar en torno a un interior que nos reclama. Cuando vuelvo a ti, a tus ojos que luchan contra la noche, a tu voz que se abre naturalmente, como un loto en la superficie del agua de la vida, siento que he recobrado el centro tibio del planeta.

Qué frío afuera, hijo, qué desolación de ciudades de piedra, cielos caídos, tiempos deshechos, gentes vegetales y días de mineral y ruido. 

Qué bien aquí. El mundo, ahora lo sé, tiene un adentro de lana y conversación, de risa y juego, en el que tú habitas, muy recóndito. Basta con que me aleje un poco para que te conviertas en el centro del cielo y de la tierra. Y escucho tu voz, la incoherencia volátil de lo que dices, con mucho más sentido y música que todos los sistemas leídos y debatidos.

No importa que imites al mundo en tus juegos. Es el juego y el milagro lo que te hace surtidor secreto. Todo cae inmensamente mientras tú subes muy poco a poco. El mundo es un derrumbe poderoso y triste, inverso a cada uno de los latidos de tu estatua hacia la luz.

Cuando leo, en la soledad de la casa, en el silencio de la noche o en la blancura absorta de la tarde, el niño duerme, y todo reposa en su sueño, y el discurso del libro corre por sobre ese lecho cándido del sueño de un niño. Cómo se apoya el mundo, tan caído y pesado, en la levedad del dormir infantil. Es su sueño el rumor del mundo, la levedad última de la vida, y las batallas de la prosa que leo se enzarzan sobre la inocencia doble de un niño dormido.

Mi hijo en el mercado, entre el fragor de la fruta, quemado por todas las hogueras de lo fresco, iluminado por todos los olores del campo. La fruta —ay— le contagia por un momento su salud, y el niño ríe, mira, toca, corre, sintiendo y sin saber un mundo natural, el bosque podado en que se encuentra, esa consecuencia de bosque que es un cesto de fruta, una frutería.

Mi hijo en el mercado, entre el crimen matinal de las carnes, el naufragio azteca de los pescados y, sobre todo, entre los fuegos quietos de la fruta, que le abrasa de verdes, de rojos, de malvas, de amarillos. Él, fruta que habla, calabaza que vive, está ahora entre los dos fuegos, entre los mil fuegos fríos de la fruta, y grita, chilla, ríe, vive, lleno de pronto de parientes naturales, primo de los melocotones, hermano de los tomates, con momentos de hortaliza y momentos de exquisita fruta tropical. Es como si le hubiéramos traído de visita a una casa de mucha familia, a un hogar con muchos niños.

Como cuando se reencuentra con la hueste ruidosa de los primos. Qué fragor de colores en el mercado de fruta. El niño corre entre las frutas, entre los niños, entre los primos, entre los albaricoques.

 

 

Las letras, el alfabeto, la escala de las vocales, el niño, a la sombra de la madre, pájaro ligero por el árbol de la gramática. Salta, va, viene, se equivoca de rama, vuelve a saltar, dice la a, la e, ríe con la i, se asusta con la u, vive.

Por ahí empieza la historia, hijo, empieza la cultura, el mundo de los hombres, ese juego largo que hemos inventado para aplazar la muerte. Las letras, insectos simpáticos y tenaces, juegan contigo como hormigas difíciles. Estás empezando a pulsar las letras, las teclas de un piano que resuena en cinco o diez mil años de historia.

Cada letra tiene un eco de lenguajes pasados, de idiomas milenarios, que tú despiertas inocentemente, como cantando dentro de una catacumba. Eres el paleontólogo ingenuo de nuestro mundo de jeroglíficos. Somos tus antepasados remotos, esfinges egipcias, dioses griegos, estatuas etruscas, dialectos nubios. Me siento —ay- más del lado de la Antigüedad que del lado de tu vida reciente.

Se me incorpora una cultura de siglos que contempla impávida, fósil, tu pajareo alegre por sobre las losas del pasado. Cada letra es una losa que pisas, cada palabra es una tumba. Estás jugando en el cementerio, como los niños de aquella película, porque las palabras son cadáveres, enterramientos, embalsamamientos de cosas.

Tú, que eres todavía del reino fresco de las cosas, te internas ahora, sin saberlo, en el reino sombrío de las palabras, de los signos. Pero los signos y las palabras, para ti, también son cosas, porque estás saludable de realidad, y juegas con las letras como con insectos o guijarros. No sé si vale la pena arrancarte del mundo de las cosas.

No sé si vas a perdurar en el mundo de las ideas ni en ningún mundo, hijo, pero asisto, dolorido y consternado, a ese cruce de fronteras, a esa confluencia de atrios que atraviesas alegremente, de la mano de la madre.

 

Vienes del pájaro y vas a la catacumba. Vienes de la hortaliza y vas al concepto. No sabes, hijo, cuánto cuesta, luego, volver a reconquistar las cosas, que el idioma sea otra vez voluptuosidad, descubrimiento, fruta, y no diccionario. Es un largo camino de vuelta el que inicias ahora. ¿Vas a tener tiempo de recorrerlo?

Quisiera hacer yo contigo ese camino, hijo. No podremos ni tú ni yo, seguramente. No vamos a sobrevivir ninguno de los dos, quizá, tú por prematuro y yo por tardío. Me alegra, me entristece, me duele, me desconcierta verte jugar con fuego, con el fuego apagado v triste de las palabras, que en tus manos y en tu voz vuelve a ser resplandor, llama, alegría, quemazón, locura, canto.

Mi a no es tu a. Mi a es lúgubre y sabia. Tu a es una nota de luz en tu paladar, en el paladar claro del mundo. Qué juego de luces y sombras. A veces el idioma se cierne sobre ti y me asusto. A veces echas tú sobre él un desconcierto alegre de juego. Qué miedo, qué alegría, qué susto, qué tristeza, verte aprender las letras.

Aquella tarde de primavera o de otoño —qué primavera otoñal, qué otoño abrileño—, cuando estábamos en la linde del campo y la ciudad, un cementerio al fondo, grande, inmenso, vertical, valle de muertos y cipreses, y el niño en la luz del domingo, náufrago entre amapolas, trigos del suburbio, panojas y panochas, escombros, gentes merendadoras y solitarias, un barrio grande y feo que terminaba allí, y el eslabón de la ciudad por el otro lado, hacia el Este, con su avanzada de cementerio, metiendo ya los muertos en el campo.

Cómo corrió el niño, cómo cantó, cómo jugó. Cómo le veía yo, sobre el fondo irreal y preciso del cementerio, en la fiesta pobre, bus-ando caminos entre los escombros, flores entre las piedras, piedras entre las flores. Un cielo morado que pronto se hizo nocturno, y el alivio vago que sentí al tomar al niño de la mano y volver con él a la ciudad, rescatándole de no sé qué lejanías de muertos y campos.

Así tantas veces, a la vuelta de la fiesta triste, con el niño enarbolado, en los brazos, pesado de sueño, entre las gentes ociosas, por trenes, autobuses, tranvías, desmontes, regresando a casa, llevando contra el pecho el bulto de su cansancio, como a la ida, en la alegría de las primeras horas, había llevado el haz de sus risas y sus luces, que se me iban por todas partes. Cómo envejece un niño en un día de fiesta. Cómo le marchita un domingo.

 

 

Hijo, salto que da el día

hacia otro día.

Pimpirincoja,

zapateta,

pingaleta en el aire

hacia otro aire.

Por ti van las semanas

a patacoja,

sin pisar raya.

El que pisa raya pisa medalla.

Cuando no sabe el mundo

qué paso dar,

y todo está en suspenso,

como trabado,

saltas tú a pies juntillas,

salvas la zanja,

y vuelve el día a correr,

claro en tu agua.

 

 

 

 

 

 

El tiempo es un caballo que llora como una máquina sentimental. Escribo en la copa del árbol de los días poemas en prosa y libros de colores. Mi hijo se ha dormido en lo más profundo de sus zapatos y hay un reloj de pulsera fornicando en algún sitio con la eternidad. Espero que una mujer desnuda me llame por teléfono para invitarme a la vernisage de sus pechos. Octubre es lúcido como un matemático y extenso como la actualidad.

No sé qué voy a hacer esta tarde, pero me gustaría amar a una muchacha que no tuviera un empleo fijo, o sentarme a leer en el parque, bajo la luz de los eclipses. Sea como fuere, enjabono mi cuerpo y me siento a esperar que la teoría de la relatividad llame a mi puerta.

 

 

 

 

 

Te conozco, decía la muchacha, yo te conozco, decía vagamente en la niebla, con gruesos labios de vacío. Y estaba en su matorral de bruma, junto al perro ardiente, y me miraba, te conozco, yo te conozco, en la mañana fría, muy fría, enredada de brumas, y había en la arboleda emboscadas de niebla, y yo, con mi dolor, mi miedo, mi soledad, mi incertidumbre, me detuve ante ella, recuerdo, lleno de un deseo pálido y súbito.

Te conozco, yo te conozco, y tenía el pelo fuerte y partido, los ojos negros y duros, el rostro rejuvenecido por el frío, una precisión de estatua adolescente, una borrosidad de lenguaje y de niebla. El perro, a su lado, era un fuego en forma de perro, una hoguera-perro ardiendo en la mañana helada, llamando por los ojos y la boca. Te conozco, yo te conozco, decía.

Pude haber dado un paso adelante, haber tocado con mi mano la ausencia de aquel rostro, haber deshecho la imagen, reduciéndola a arenisca de realidad, de verdad. Pero mi mano quedó en el aire, sin peso, acechada por el perro, rehuida por la muchacha, y nos separamos. Te conozco, yo te conozco. Era una mujer agreste en el corazón helado de la ciudad, era una arcilla con más salud que hermosura.

Pero qué lejana era. Siempre habrá quedado por realizar mi amor, mi deseo por aquella criatura emparentada a su odioso perro, en una de las mañanas más frías y dolorosas de mi vida.

La sangre de la herida, el dolor vagando por el cuerpo como un murciélago gris y ciego, la fiebre, el miedo, el miedo, eso soy yo, eso eres. ¿Qué otra cosa, si no? Llegamos a generar una sustancia de consistencia variable, más bien mediocre, que es la imaginación, la literatura, la estética, el lirismo, el bien, la fe en el hombre, la Historia, la libertad, la justicia.

Pero basta esa gota  de sangre, ese quejido mudo de mi cuerpo, ese goteo rojo de la vida, para que todo se borre y yo me reduzca a mi dolor. Se contrae el ser como el gusano amenazado. Yo no soy mi dolor, decía el poeta. Ya lo creo que sí. El dolor, la sangre, la fiebre, el miedo, los heraldos negros de la muerte, tan lejana, tan distraída, ahuyentan en un momento todos los pájaros de la cabeza.

Miro mi gota de sangre, la miseria que doy de mí, y observo con, una repugnancia apasionada, con un amor sórdido de animal por su, animalidad, la efusión de la vida en la muerte, de la muerte en la vida. Qué presto a desanudarme en la nada, qué flojo por todas partes el saco de mi vida. Soy agua en una cesta, fardo de lluvia que gotea muerte por todas partes.

¿Y el suicidio? Hace falta mucha fe en la vida para suicidarse. El suicidio es la máxima afirmación de la vida. Si alguna vez me suicido, no será por falta de fe, sino todo lo contrario. Sólo hay suicidios apasionados. De momento, resido en el escepticismo. Resido hasta que una gota de sangre, un tiburón de miedo me corre por el cuerpo. El cuerpo es una máquina de vivir y resulta inútil advertirle continua mente que la muerte no importa. El cuerpo no tiene más que una dirección.

No se puede persuadir a la flecha en el aire de que cambie de orientación. Estoy aquí con mi miedo. Soy un intestino que sangra o un corazón que enrojece de fiebre. La filosofía, el arte, las ideas y la belleza no son sino treguas entre enfermedad y enfermedad. Y las enfermedades no son sino treguas de la muerte.

Recojo mi sangre con amor y desprecio. Pero en el remolino de horror, cuando sólo eres piedra de dolor y miedo, mineral de espanto nace, como una flor en la roca, la imaginación, la metáfora metaforizando sobre la enfermedad, la visión distanciada de uno mismo.

Y la distancia es estética.

La estética es distancia. ¿El espanto puede dar lirios? Ya lo creo. ¿Qué soy, entonces, quién soy? Tanta fisiología ha originado lo inefable. Tanto fruto de muerte ha dado una flor de sueño la imaginación, la belleza siniestra del mundo mirado por mí. El pensamiento no es sino una continuación de las necesidades de la selva. Pero la emoción lírica se sale de todas las necesidades.

Ahí está hombre; en la emoción lírica, en el sentimiento lírico. ¿Esta sangre, entonces? Toco mi sangre dura, toco mi cuerpo herido, y me reconforto de evidencias, aunque sea esto la evidencia de la muerte.

     

 

 

 

 

Qué hoguera de sol, el mediodía, qué domingo de humo y aviones. Mi hijo, por entre las fogatas blancas del otoño, con un pito, una chifla, un globo, algo, pasando veladuras de humo, bloques de cielo, multitudes sentadas a comer, una gloria de carne quemada y un techo de aviones de plata y velocidad. Qué domingo de noviembre, claro y frío, por los pueblos en fiesta, por los merenderos en llamas, viendo al niño marchar, inmortal por un momento, rubio de mediodía, ciego de luz, a través del campo, del agua, del humo, del aire, del mundo.

Fuimos felices, un momento, los tres, en la nube gorda y grande de la carne quemada, en la fogarada densa del domingo.

 

 

 

 

         

Éramos líricos y blancos, dos almas esbeltas en una primavera de papel —recuerda—, y ahora la vida nos ha reunido, abrasados ya de días, sazonados de muerte. Éramos aquellos que acrecentaban la luz, y, un día, uno de esos días que transcurren en la sombra, la vida nos reunió. Qué encontronazo de almas, qué manera de consumar, tardíamente, aquello sólo iniciado.

El tiempo te había madurado para mí. Mil mujeres que eras o habías sido se interponían entre tú y yo pero las íbamos asesinando con disparos de alcohol y cuchillos de voz, hasta que volvíamos al tiempo recobrado. No sé. El sol que forjó tus pecas como un florecimiento sin motivo, había apagado tus ojos y recontado tu pelo, pero conseguí, conseguimos, que fueses la misma. Piedra un poco más dolorida, dabas la misma agua de tu voz fresca, la misma claridad de tu sonido líquido. 

Quiero probar los cuerpos que ha probado ya la muerte con una primera glotonería que aún —ay — no anuncia nada. Quiero que después del primer lengüetazo de la muerte sobre mi carne, otras bocas vengan a santificarla de vida. Quise recontar las pecas de tu cuerpo, en un día lejano, cuando nos encontramos y venías no sé si de pasado o del futuro. Hombres, luces, miedos, amores habían pasad por tu cuerpo, que me reconoció, pese a todo, como el mar reconocería la primera embarcación —madera y sueño— que lo surcó en los albores.

          

El pasado se nos enredaba con el presente, la vida con la muerte, pero asistí en tus ojos cansados al espectáculo de la perpetuidad de ciertas cosas leves, como la pardosidad de cierto verdor o la lentitud de ciertas miradas.

En un universo insensato y cambiante, fascinante, de pronto, el espectáculo íntimo de una fijeza, el que una voz siga cayendo de las mismas cataratas de espuma, el que uno ojos sigan recogiendo las mismas luces doradas y ámbar, con olvido de todas las demás.

Qué piedra de fidelidad es ésa. A qué responde la identidad de un ser, de una mujer, cuyas células, cuya vida, cuyo corazón se mueven cada día. Algunos dirían que eso es el alma. Explicación que no explica nada. Otro nombre para el misterio. Qué obstinadamente somos nosotros mismos. Basta dejar de ver a un ser, reencontrarlo en el tiempo, para comprobar con estupefacción que vive preso de su voz, sus movimientos y su risa. O que vuelve sobre todo ello asiduamente, amorosamente, sin saberlo.

Somos la piedra y el mar que la pule. Nos redondeamos a diario, viviendo. Cada vez es uno más sí mismo. Algunos filósofos lo llaman individuación. Otro nombre para el alma. Estamos tan fijos como un árbol, tan definidos como una piedra. Los grandes cambios en nosotros mismos son ondulaciones leves a flor de agua, a flor de piel.

Cambian los sentimientos, pone banderas negras la experiencia, pero hay una piedra luminosa de donde nace la mirada, hay un agua estremecida de donde nace la risa, que son siempre iguales en la caverna del ser.

Eso encontré en ti, en ella, en su cuerpo, en su vivir. Pude asomarme a la caverna verde de su ser ella, al mismo fondo fresco de entonces. Profundicé más que antaño, fui mucho más adentro, pero, después de mi retirada, su fondo claro y oscuro, verde y vivo, seguía intacto, adolescente, igual que entonces. Había llegado yo a lo que no muda. No había llegado a ninguna parte.

Rebanada intensa, tu cuerpo, loca pecosidad, zarza de pecas, fiesta dorada, blanca y roja, que ahora recuerdo, tan lejana, tan cercana, como abrevadero loco de mi vida. Haber mordido, al fin, el grito roto de tu vida, el hilo dulce de tu alma, en una devoración larga y profunda que te deshace en nombres, ayes, besos.

Era un verdor de días, una boca de luz, una manzana. Y la pesada gloria de tu cuerpo, tina tierra caliente y trabajada de la que vuelan pájaros de voz.