francisco umbral

mortal y rosa

 

 

…esta corporeidad mortal y rosa

donde el amor inventa su infinito

 

pedro salinas

 

 

Cuando me arranco al bosque de los sueños, a la selva oscura del dormir, y me cobro a mí mismo, me voy lentamente completando.

Porque he dejado de interesarme por mis sueños. A la mierda con Freud.

Todo lo que somos, sí, tiene ese revés de sueño, ese cimiento o esa escombrera turbia, y alguien se preguntaba, irónico, por los sueños de Kant, de Descartes,  de Hegel. ¿Qué clase de sueños no tendrían esos monstruos de razón? Toda la represión mental de sus sistemas había de tener, sin duda, un revés caótico, doliente y atribulado. Cómo negar la mitad en sombra de la vida, si están ahí los sueños.

Hay una época de la existencia en que uno decide ser sólo sus sueños, y el surrealismo es una adolescencia en cuanto que quiere alimentarse de sueños. Hay una madurez, un clasicismo -a cualquier edad de la vida- en que optamos por nuestra razón, por nuestro rigor, por nuestra estatura. Qué más da. Tan pueril es vivir de sueños como vivir de silogismos. Claro que se vive de lo que se puede, y tarda uno en aprender a vivir de realidades, de cosas, de objetos, como viven los seres naturales. El hombre es un ser de lejanías, dijo el otro.

Sí, el hombre es un ser de utopías, de distancias, de «proyectos líricos». El hombre tiene que aprender a ser criatura de cercanías, pastor de lo inmediato.

Mis sueños sólo me dan una versión embrollada de lo que tengo muy claro. Cuando sueño soy el exégeta confuso de mí mismo, el amanuense indescifrable y pelmazo que quiere anotarlo todo y todo lo embarulla. El sueño le pone a mi vida un comentario ocioso y oscuro, sin secreto, pero con sombra. Estoy en esto con monsieur Sartre, que le niega al sueño todo significado y le atribuye la imposibilidad de formular una sola imagen coherente, porque en cuanto formulo una imagen coherente «ya estoy despierto».

No me interesan mis sueños como no me interesa ya, casi, mi pasado. De la prosa de la vida hago en sueños poemas surrealistas. Breton vive de mí y sale por la noche a comerme en porciones. A la mierda con Breton. Sé que consisto en una cloaca, un légamo, una putrefacción, pero me aburre, ya, constatarlo, y he perdido la fascinación de mis propias heces, que es una fascinación infantil perpetuada en el poeta, el neurótico y el psicoanalista.

Sólo necesita recurrir a sus sueños la gente sin imaginación. A Breton y a Freud seguro que no se les ocurría nada, nunca. Tan primitivo es interpretar los sueños hacia el pasado como era interpretarlos hacia el futuro, en tiempos de José.

La linterna sorda del soñar no alumbra ni un adarme de futuro, y sobre el pasado sólo proyecta sombras confusas, bultos y versiones equívocas de lo que estaba claro. Soñar con mi madre muerta o con calefacciones que debía encender de pequeño, y los miles de escaleras que debía subir, no es sino repetir tediosamente, en una película mala y con los rollos cambiados, una vida que no deseo recordar. Ya es bastante surrealista que se le muera a uno la madre mientras tiene que subir miles y miles de escaleras como recadero.

¿Qué surrealismo le puede añadir el sueño a una realidad tan poco real?

Me arranco, pues, de la selva pantanosa de los sueños y me resumo como puedo, recojo porciones de realidad que yacen tristes por la habitación, me doblo por la mitad y mis riñones, cargados de pasado y de licores, gimen dulcemente. Ya estoy en pie. La primera felicidad del día es haber escapado a los peligros pueriles del sueño, a los terrores convencionales de la pesadilla. Más vale la lucidez mediocre que el delirio.

Casi siempre tiene uno malos sueños, pero todavía nos queda la imaginación imprescindible para inventar la realidad machadianamente, aunque con menos moscas y menos mugre que la realidad inventada por el poeta arábigosoriano-andaluz.

Me duele el ojo derecho, como todas las mañanas, pues la prosa leída la noche anterior está ahí, cuajada, enconada en el ojo, en ese ojo que trabaja y sufre, y nada me ha pasado al cerebro, sino que un libro entero se me ha quedado bajo el párpado y me presiona el trigémino.

Otro accidente diario es la erección innecesaria, agresiva y ostentosa que padece uno después de varias horas de cama. No habría en el mundo destinataria digna de tales erecciones. Este alarde eréctil va dirigido contra la nada, contra una mujer inexistente de sombra y sueño, vano fantasma becqueriano de niebla y luz. Es la prepotencia sin deseo, la pura mecánica del sexo que descubre en mí lo que tengo de émbolo, de máquina y de antropoide.

Con una mujer delante, todo sería de dimensiones humanas, correcto, eficaz y razonable. Así, no es sino un último alarde innecesario de la selva que me habita, una naturaleza descalabrante, una barbaridad. A este mecanismo que responde solo, a este juego de palancas le hemos puesto literatura, matices, alejandrinos. ¿Qué es el amor cuando ningún amor podrá conseguir una demostración como la que consigue la presión del paquete intestinal y las féculas contra la espina dorsal?

Afortunadamente, la realidad borra en mí al antropoide como la lucidez borra los sueños. Ya no soy Breton ni un mono desnudo. Justamente entre ambos estoy yo mismo, urbano, ciudadano, razonable, correcto y discretamente perfumado.

Mi rostro en el espejo. El pelo deshecho. El tiempo subió sus hilos a tu pelo, dice el poeta. Canas, hilvanes blancos por donde nos vamos deshilvanando, deshilachando, y se ve lo mal hechos que estábamos, lo de prisa que nos cosieron las costureras. El pelo se va, se irá, se cae, poco o mucho, pero se cae. Me gustaba llevarlo en melena rebelde, sobre la frente, como los héroes infantiles, cuando niño, pero la abuela me pelaba al cero, en los veranos tórridos, y se me filtraba la brisa morada de la tarde por la cabeza desnuda, dejándome aterida la imaginación.

Luego lo he llevado como me ha dado la gana, peinado hacia adelante, hacia atrás, enmelenado, con patillas o sin patillas, y he jugado a hacerme una peluca con el propio pelo, que es a lo que juega todo el que se hace una cabeza, eso que se llamaba antes «hacerse una cabeza», del mismo modo que los calvos juegan a hacerse un pelo propio con el peluquín. La filosofía occidental -Hegel, Marx, Descartes- es una filosofía de raya al medio, y la filosofía oriental es pelona, de cabeza rapada.

Yo, que no soy filósofo, he cambiado de peinado como de sistema mental y de concepción del mundo, cuando me ha dado la gana, pero los peines salen cargados como carretas de heno, algunas temporadas, cargadas de pelo, y es cuando hay que volver al dermatólogo, ponerse turbantes de espuma, como un fakir de los espejos del baño, o frotarse, locionarse, refregarse. Eso es bueno, porque el pelo se cae de todas maneras, pero se acelera el riego periférico del cerebro, y quizá también el otro, de modo que un lavado de cerebro no es una metáfora soviético-germánica, sino que efectivamente se tienen las ideas más claras o más escasas el día en que se ha lavado uno la cabeza.

 

     

Se pierde lo rubio del pelo como se pierde lo rubio del alma, el estofado de oro con que nos decoró la vida en un principio. El pelo duda hasta quedar en un castaño mediocre, a los ojos, todo marrón corriente, que es el color de los que no vamos a llegar nunca a nada.

Era mi pelo rubio trigal por donde pasaban palomas femeninas como manos, vientos de primavera, ráfagas, y hoy sólo pasan peines tristes, y el rastrillado de las ideas, que un día me alborotó la cabellera de metáforas, y que hoy me va dejando la cabeza como un campo sembrado, roturado, hasta que vuelva a ser jardín salvaje.

Porque uno empieza queriéndose hacer un peinado ideológico irreprochable, y se tarda en llegar al saludable abandono de la peluquería y la jardinería. Con un jardín salvaje por cabeza es como más libre se va por la vida.

Mas todavía me doy lacas, champúes, lociones, colonias, y así me va. El pelo era el penacho de la imaginación, y a medida que tenemos menos imaginación vamos teniendo menos pelo. La frente entra profundamente en la cabeza, como si yo pensase más que antes, aunque la verdad es que pienso menos. Todo lo que antes hacía nido en mi pelo —sueños, aves, bocas, cielos, fuegos— pasa ahora de largo, me sobrevuela, y sólo en muy raros días se siente uno la cabeza poblada, habitada, y piensa que algún pájaro raro ha hecho nido en ella con mimbres de pelo y de amor.

Da miedo mirarse al espejo, peinarse, siquiera sea con los dedos, porque no se vaya el pájaro raro de la idea, de la cosa. Es el momento de ponerse a escribir, porque el pájaro picapinos me picotea en la prosa como yo picoteo en la máquina, el pájaro carpintero quiere construir algo, no se sabe qué, hasta que de pronto, en un cambio de folio, en un cambio de párrafo, comprende uno que el pájaro ha volado, que ya no está.

O sea, que estoy escribiendo solo, a solas, que me ha dejado aquí, convertido en un mecanógrafo. Que ya no hay pájaro o nunca lo hubo. Inútil seguir tecleando. Tapo la máquina y leo lo escrito, o lo rompo. Y a esperar que venga otra vez el pájaro, que no es la inspiración, desde luego, ni tampoco el Espíritu Santo, sino realmente eso, un pájaro de vuelo e idea.

Algo raro que se posó en mi frente la noche anterior, cuando me asomé al tempero, que ha dormido en mí toda la pesadilla y que por la mañana está callado y no rompe a cantar, porque espera a que rompa yo. Y cuando yo voy y canto, él se vuela, quizás porque le ha asustado la máquina de escribir con su caligrafía de ametralladora.

Bueno, pues uno teme quedarse sin pelo y quedarse sin pájaro para siempre, y será el momento de darse el tiro en la sien limpia, porque cuando la vida nos retira el pelo de la cabeza, parece que nos invita a darnos el tiro limpiamente.

El pelo, el pelo. El pelo era antorcha que lucía en la noche lírica de mi adolescencia. Ahora es una antorcha apagada que queda triste y estoposa en la claridad diurna de la lucidez adulta. Por mi pelo han pasado mareas y épocas. Un pelo es como un mar, una cabellera es un océano, una melena es agua que pasa, río en el que no se bañarán dos veces las manos desnudas de la mujer.

El pelo era música, y ahora salen del peine largos hilos de cabellos dejando en el aire un arpa deshilachada. Hay que cuidarse el pelo. Todo yo me convierto en un guardapelo, en un guardabosques del bosque raleado de mi pelo. Pero el pelo se irá y tendré que convivir con un calvo desconocido, silencioso y feo. 

¿Cómo he llegado a tener esta cara? Veo un niño rubio y ceñudo, en la litografía amarillenta del pasado. Veo un colegial de rostro blanco y como plano, en aquella foto escolar -posguerra, frío, escuela pobre, niños tatuados por el salvajismo de la miseria, la bola del mundo, el patio desconchado-, veo un adolescente presuntuoso, de pelo alto y ojos tristes.

Ahora, el pelo que huye, la mirada rota, la nariz que se va redondeando y alargando al mismo tiempo, en la prematura avaricia de la muerte, la boca amarga, el rostro pentagonal, la sombra de la barba, los pómulos, todavía altos.

Es como si la vida hubiese querido tener primero un niño chino, y luego un adolescente pálido, y después, cambiando de idea, un hombre miope, amargo y duro, porque hay una mano de sombra que va remodelando mi cara, moldeando mi expresión, haciendo y borrando bocetos sucesivos del que fui, del que soy, del que seré.

Al final, como la muerte tiene mal gusto, se quedará con mi peor gesto, con el más estúpido, torcido y loco, y lo perpetuará para siempre, aunque esto es un decir, pues en cuanto te entierran la vida sigue su tarea por dentro de la muerte, y te pueblas de otras vidas menores, y evolucionas hacia la esbeltez del esqueleto o la peguntosidad del légamo, hasta quedar hecho un dandy de hueso o un sapo de tierra.

No es cierto que nada se detenga con la muerte. Sólo que se cierra la carpeta de apuntes de la vida y tu rostro deja de ser tu rostro, porque no somos sino una sucesión de esbozos, y tras el último esbozo viene la máscara, la calavera. 

¿Hay algo más falso que una calavera? Es lo que mejor nos disfraza. Por dentro de la calavera está el personaje mirando el mundo, y la calavera nos mira con ojos de antifaz, porque la calavera no es la verdad de un rostro, sino la máscara última.

«Rosa, sueño de nadie bajo tantos párpados», escribe Rilke.

La calavera es máscara de nadie bajo tantas máscaras. Lo que nos aterra de la calavera es descubrir que es también una máscara, la máscara que se pone la nada, el disfraz con que nos mira nadie. Que no me conoces, que no me conoces. Y no hay a quién conocer.

La calavera se ha utilizado mucho como máscara en el carnaval y en la pintura. Llevamos la verdad por fuera, la carne, y la máscara por dentro, como no queriendo dar la cara en el más allá. Todo cementerio es una reunión de enmascarados.

El esqueleto tiene cara de ladrón, usa antifaz y por eso no nos inspira ninguna confianza. Los muertos no son de fiar, y los esqueletos son muy de temer. Mi cara, de momento, no es esquelética, y busco en ella al niño que pasó por aquí, pero ya no lo encuentro.

Busco al muerto que seré, al anciano que querrá creerse glorioso, y tampoco lo veo. Es inútil forzar el destino, violentar los catalejos del tiempo. Uno ve lo que ve y nada más. A veces, cuando menos lo esperas, te encuentras cadáver en los espejos de un salón o descubres en las grandes damas la descarnadura del futuro, pero si trata uno de hacer eso metódicamente, a voluntad, la carne se cierra y sonríe, se hace compacta y presente; hay como una autodefensa del hoy, nuestro cuerpo ignora su mañana y asume actitud de rosa cuando queremos hacer metafísica con él.

La carne no se deja literaturizar. A veces, si la cogemos distraída, es transparente y permite ver el hueso y la nada. Pero si hacemos esto con premeditación y miramos de reojo nuestra carne o la de otro hombre o mujer, se cierran filas, se armoniza la figura, se espesan los colores. La vida es opaca para la muerte. Gracias a eso vivimos.

 

Esa majadería de que a cierta edad todo hombre es responsable de su rostro. Yo no estoy descontento de mi rostro. Lo que antes no me gustaba de él, ya lo he asumido y se ha prestigiado por su propia permanencia. Los rasgos físicos se sacralizan por la repetición.

Una nariz deforme, característica de una familia, va pasando de padres a hijos, cruza como un pequeño esquife los mares de la herencia, y ya no es fea ni bonita. Es sacral, porque su propia repetición, su manera mágica de reencarnar la ha salvado de la vulgaridad, la ha ritualizado a los ojos de la familia y de los habituales. Lo que persiste se perfecciona.

Los años dan nobleza, sin duda. Todo joven es un parvenu de la fisiología. Esto no es una manera de consolarse. No hay nada como la juventud. La juventud es una divina vulgaridad. Los años estilizan, aristocratizan, dignifican un poco, y llegan incluso a individualizarnos.

Pero preferíamos la democracia gloriosa de la juventud a estas distinciones y medallas de edad que nos pone la vida. En la mujer joven se ama y se busca el tiempo, el poco tiempo, el milagro de la edad, algo general y anónimo, se busca el esplendor de la especie. No es posible encontrar a la mujer bajo el brillo de sus pocos años. Luego, el brillo decae y aparece una señora, un ser humano, una vida.

Pero eso ya nos interesa menos a los grandes egoístas líricos. No por mero azacaneo sexual, sino porque uno cree más en la lírica que en la psicología, prefiere deslumbrarse a comprender, en amor. La mujer hecha es un abismo humano al que no nos apetece arrojarnos. La ninfa es un remolino de luz y carne.

No sé lo que las mujeres pensarán de esta cara, de mi cara. En todo caso, la mujer, más civilizada en el amor, menos lírica, prefiere leer un rostro, prefiere un rostro legible –como lo es ya el mío a esta edad.

Mi cuerpo blanco y desnudo. ¿Por qué tan blanco? El vello es sobre todo él un bosque nevado. A mi abuela le gustaba yo por blanco, de niño. Decía que mi blancura me salvaba de mi fealdad. Las abuelas nos crean estos traumas, le dicen al niño estas cosas crudas que no sirven para nada sino para destruirle la urdimbre afectiva, maestro Rof, pero una abuela recia y castellanoleonesa suele ser todo lo contrario de una urdimbre afectiva.

Blanco, digo, blanco de leche, de lirio, de blancura incurable. Ahora la gente blanca se pone al sol para teñirse. Mal hecho. Eso da cáncer. El bronceado es un vestido, un disfraz. Una mujer muy blanca está más desnuda. El pigmento, natural o adquirido, viste, reviste. La carne es ya como el alma, la carne blanca.

Lo que he puesto en las alcobas del amor ha sido una sombra pálida, y lo que más siento, de mi muerte, es que se me irá la blancura, se disipará este conglomerado de nada, perderá densidad esta ausencia de color, verdeamarilla en la cara y lechal en el cuerpo. Las mujeres se decepcionan de tanta blancura, al principio, porque todavía funciona el mito del macho moreno, pero luego se acostumbran y aman lo blanco, pues lo blanco captura más que lo oscuro, es más íntimo y cansa menos. La morenez estraga.

La rubia es menos pecado, dijo alguien. Lo rubio es menos pecado. Y lo blanco ya no es pecado en absoluto.

Los seres blancos nos conservamos virginales y liliales después de todas las aberraciones. No hay quien pueda con lo blanco. La mujer oscura siempre es más pecadora, está como teñida de pecado original. La mujer blanca es siempre el cristal que atraviesa el rayo de luz sin romperlo ni mancharlo. ¿Es esto que digo un racismo de los colores?

Qué difícil no caer en alguna clase de racismo. Me salvo por el vello, pese a todo. Sin vello sería insoportable, digo yo. La mujer quiere un poco de selva. La desnudez es la selva que llevamos aún en nosotros. La carne es el último paraíso perdido e imposible. Tiene que haber naturaleza en el cuerpo, boscosidad, porque el sexo es, ante todo, una recuperación de los orígenes, y esos cuerpos desnaturalizados por un exceso de cuidado y artificio han borrado de sí la selva. Ya no son nada. La manigua, para el hombre civilizado, es una mujer.

Y a la inversa. La selva, para el cuerpo, es otro cuerpo. Lo que nos queda de bosquimanos es lo que nos queda de futuro. Me da pena, digo, pensar que se perderá esta blancura, se diluirá en el aire de mi muerte, como un humo muy blanco, y nada más. No me duele perder los brazos, las piernas, la vida, el corazón, el sexo, la pituitaria.

Me duele perder lo blanco, dejar de ser blanco al dejar de ser yo. Me duele más la muerte de mi blancura que mi propia muerte.

Atendamos a los últimos signos naturales de nuestro cuerpo. Somos un jeroglífico, un códice cartesiano que la civilización va leyendo. Estamos ya casi completamente descifrados. Cuando el jeroglífico haya sido descifrado por completo, el hombre no tendrá ningún futuro. Nuestro futuro es nuestro enigma, la renta que vamos consumiendo. Pero se camina, necesariamente, hacia la claridad. Así debe ser.

Que la humanidad se aclare definitivamente, y que yo muera todavía en sombra. No morir completamente en limpio, completamente descifrado. Quedar como un códice a medias, incompleto, fragmentado y sugestivo.

Que la blancura de mi piel no sea explícita, demasiado explícita. ¡Ah!, los enigmas de lo blanco, ¡ah!, las oscuridades de la luz. Si la mayor luz es la menor sombra, la mayor blancura es la menor tiniebla. No estoy en blanco por ser muy blanco. Cuidado conmigo. Soy el que soy. Enigmas de la nieve, de la espuma, de la nube. Formas de lo blanco, galerías interiores de un cuerpo claro.

Hace falta mucha simplicidad para tomar por claro lo blanco. Lo blanco no es lo claro ni lo simple. Lo blanco es tan enigmático, inexplicable e inmutable como lo negro. Lo blanco es lo negro. Lo negro es lo blanco. Lo que nos horroriza es el absoluto. Lo blanco y lo negro son absolutos. Se soporta mejor la amenidad de lo verde -el verde ameno, decían los clásicos-, el lirismo de lo azul, la vida de lo rojo, el movimiento de lo amarillo. Lo que no se soporta es el absoluto, que nos angustia y nos ciega. No estamos hechos para el absoluto, quizá por la sencilla razón de que el absoluto no existe, es una abstracción mental que nos ahoga.

 

 

 

 

 

 

 

 

Prólogo

 

FÉLIX GRANDE

 

Cuando Francisco Umbral llegó a Madrid procedente de Valladolid, recién casado, apuesto de esqueleto y vestido con una altanera elegancia, acorazado tras una sinceridad brutal a la que las gentes amedrentadas solían llamar cinismo, y ocultando bajo su juventud arrogante una decepción irreparable, pero aliviada con los ungüentos de una especie de ternura devastadora, todos supimos que acababa de irrumpir en la capital un escritor de raza.

Venía a comerse el mundo, pero no sólo para hacerse «un nombre», sino también porque traía desde su infancia una voracidad maldita, un hambre clamorosa de poesía y de venganza y unos colmillos jadeantes como los de un poeta barroco flagelado por el romanticismo.

Su bulimia de justicia y sosiego, su glotonería de amistad y de carne de mujeres, su desazonado apetito de belleza y de fraternidad, nacidos en una conciencia viajera por los farallones del abismo y experta en la cartografía de la fatalidad, lo empujaban todos los días a acariciar las tetas y las nalgas de las oraciones gramaticales y a untar con su saliva a las palabras después de haberlas excitado con las dentelladas del deseo.

Celebrábamos con él los resplandores y las convalecencias que florecen en la complicidad literaria y alimentábamos con risas y café y confidencias a nuestra camaradería en la tertulia del Café Gijón, en el Aula Pequeña que dirigía Pepe Hierro en un rincón del Ateneo, en las lecturas poéticas de la cueva de Montesinos, en las redacciones de las revistas de literatura a donde íbamos a cobrar sesenta duros mensuales…

Pero sabíamos que Paco Umbral desparramaba su fiebre de triunfo y de solidaridad (su desgarrón de desconsuelo y su afán de consuelo) por las pensiones con olor a gato lumpen, a coles cocidas y a fracaso de emigrantes de provincia, por los arrabales en donde dolorosos gamberros departían con agrado en el idioma de esa pequeña delincuencia cuyo nombre es sobrevivir, por los colchones de elocuentes muelles en donde adolescentes vigiladas por la ruina y matronas desbaratadas por las ilusiones tardías le regalaban sus cuerpos libertarios y anónimos, perfumados de pena y enaltecidos por el resentimiento.

«El sexo, como último reducto de la libertad humana», escribió en Travesía de Madrid, su primera novela, corrigiendo con todo descaro a su maestro Jean-Paul Sartre, y anunciando un estilo en el que las opiniones se producen a una velocidad fulminante: «Todo suicidio es un asesinato», escribía en su homenaje y epitafio a Larra, involucrando así en el pistoletazo de Fígaro a toda la podredumbre social del siglo XIX.

En los años sesenta, Umbral era poco más que un muchacho, con los músculos todavía desafiantes a la carcoma de los calendarios y a las crueles astucias de la vida, pero ya sabía (son sus palabras) que «todo está negro, cargado de inminencia, obcecado de fatalidad».

«Todo está negro, hijo», escribiría Umbral en el año 1974, en medio del infierno. Porque Mortal y rosa es el poema del infierno y es el retrato del infierno. La lágrima a la vez imprecatoria y clandestina que se arrastra por las páginas de este libro como la baba colosal de un caracol irreparablemente huérfano, esa lágrima empujada por el pudor, es la noticia del infierno, y es a la vez una humedad verbal, una humedad poética a la que ni siquiera el infierno consiguió evaporar.

Es difícil hallar en la literatura que no provenga de los poetas trágicos una lágrima tan testaruda, una denuncia tan augusta contra la exactitud de la desgracia. Y aquí hay que proclama que la palabra poética es el acontecimiento más compasivo de la historia de nuestra especie, esta especie presuntuosa, pero en el fondo parturienta de «animales inconsolables» (el vertiginoso acierto poético es un regalo de José Saramago): pues esa lágrima universal y piadosa y diminutiva, que es el protagonista de este libro sobre la muerte, no procede tan sólo del dolor, sino también y sobre todo de la servidumbre de un artista de las palabras.

Cualquiera puede conocer el dolor, y muchos seres tatuados por el suplicio como las reses por marca de pego pueden resistir un irresistible martirio.

Pero sólo a un sirviente de la palabra poética, sólo a un esclavo de la misericordia del lenguaje en que se calma el terror de la tribu, le es ofrecido el don expiatorio de transformar el sufrimiento más ininteligible del mundo en una ensangrentada explosión de «belleza convulsa» y en un resuello de pasmosa piedad.

En Mortal y rosa el poeta Francisco Umbral gira y gira en la trituradora de una impotencia y de una pena descabelladas: está mirando la lenta muerte de su hijo («Estoy oyendo crecer a mi hijo», dice, mientras lo ve apagarse). Y esa injusticia, a la que nadie en su sano juicio intentaría encontrarle sentido, se derrama sobre el libro y lo tizna de angustia, y lo tizna a la vez de abundancia poética, y lo tizna finalmente con la negrura nocturna de la sabiduría:

«Todo está negro, hijo», le dice el narrador a un niño que «duerme como en el vientre de la ballena de la noche», a un niño que vive y duerme y muere «con debilísimo denuedo». El escritor, el poeta, tambaleándose en los territorios de la calamidad, rebotando contra los paredones de un destino completamente despiadado, descifrando con los ojos desamparados el abecedario de lo absolutamente indescifrable, habitante ya para siempre en el abismo al que abrazó cuando resolvió convertir en palabras su humillación y su pena de nacido en este planeta desalmado, le dice a la ausencia de un niño:

«… quién eras, quién eres, a quién hablo, qué escribo…».

Estaba tan aturdido de dolor que no se daba cuenta de que escribía un monumento a la literatura. Francisco Umbral es uno de los más grandes escritores españoles de nuestro tiempo. Mortal y rosa es su libro más escalofriante y más conmovedor.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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