memorias eróticas

francisco umbral 

 

 

Por causa de las fornicaciones.

SAN PABLO

El pensamiento es una erección y yo

todavía tengo pensamientos.

JOSÉ ORTEGA Y GASSET

Los cuerpos son honrados.

MAX FRISCH

La carne, ese aliado.

CAMILO JOSÉ CELA

1992

 

 

Más de una vez me ha pasado por la cabeza la idea de escribir mis memorias eróticas, pero siempre la he desechado porque me parecía algo jactancioso y antiguo, como el centón de conquistas que se hace en el Tenorio.

A estas alturas de la vida y la profesión, Ymelda Navajo me propone escribir esas memorias, y lo acepto en el acto, en el fondo porque lo estaba deseando. ¿Tan mala y triste fama tiene uno que le llaman ya para estas cosas? Pero, puesto a la tarea, me encuentro con un material literario y humano riquísimo, inédito, valioso, cosa insólita en mí, que ya lo he contado todo de mi vida (aunque algunos digan que «no me confieso»). Creo ser el escritor más confesional de mi generación y de otras, y esto no es bueno ni malo, pero es así.

Todo un arsenal de temas, paisajes, motivos, personajes, vida, en el que no había entrado casi nunca por los prejuicios que al principio he dicho. Nunca se sabe si un libro va a funcionar o no (en el trabajo, me refiero) hasta que uno no se pone a ello. Todos los planes previos no sirven para nada. Y estas memorias eróticas, a mí me han funcionado mucho y bien como tema. Quiero decir  que el pie forzado del erotismo ha traído tras de sí riquezas literarias que tenía olvidadas, enterradas, algunas cosas de las que nunca había escrito: esto se ve sobre todo en los capítulos «cosmopolitas» del libro.

Mis viajes por el mundo sólo me habían dado periodismo, y ahora los trato literariamente, lo cual me ha rejuvenecido, por decirlo de alguna forma. No cree uno demasiado en la literatura «turística» (Hemingway, Blaise Cendrars, Paul Morand, etc.), sino más bien en la literatura «localista», de Cervantes a Faulkner pasando por Proust. Es decir, en los mundos cerrados; en los «climas», como diría Maurois. Uno quizá sea, ante todo, un creador de climas. Por eso, a pesar de todo, los capítulos que más me gustan son los que ocurren en Madrid, aquel Madrid memorable de los sesenta, como «Madrid 650» (aparte del amor largo y profundo que le he tenido en esta vida a su protagonista).

Como por alguna parte había que acotar tan vasto tema, decidí escribir sólo de mi vida erótica (ahora que apenas tengo), dejando fuera lo demás. Opté por los amores olvidándome del amor, de acuerdo con el rótulo del libro y la colección.

Pero luego esto no ha resultado del todo verdad, como verá el curioso lector. ¿Dónde empieza y acaba el amor en un cuerpo de mujer?

Le agradezco mucho a la editora y a la editorial este singular encargo, porque me ha permitido estructurar un libro con el que nunca me atreví y, mayormente, porque me ha llevado a un mundo de novedad narrativa, emocional, memorial y sentimental que no sospechaba ya en mí, cuando uno empieza a repetirse. Creo, realmente, que el tema del erotismo, y la reconducción de la memoria a ese tema, me ha otorgado incluso una manera, nueva en mí, de contar. 

Aunque hay mucho erotismo en el libro, la serie de episodios (todos reales, aunque «mejorados» literariamente, como es obvio) podría seguir en un segundo tomo, y esto no es una sugerencia a la editorial, sino un melancólico repaso de mi vida, que sin duda he perdido por delicadeza, como dijo el poeta. 

Como me ha comentado más de un crítico, a veces provengo de los libertinos franceses (el tema erótico tampoco es nuevo en mí, claro, aunque nunca único, como en este libro), y esto hace que mi prosa erótica no sea siempre «ereccional», como dice Luis Berlanga con acertadísimo neologismo; pero una erección tampoco es perpetua, y el error de los «profesionales» del género (cine porno, por ejemplo) es caer en la obscenidad y la monotonía. La obscenidad es monótona.

Ortega se lo dijo una vez a Octavio Paz: «El pensamiento es una erección y yo todavía tengo pensamientos.»

Esta frase es el mejor resumen de mis memorias. Si el libro huele un poco demasiado a coño, espero que esto no moleste, sino todo lo contrario, a los buenos «conocedores». He escrito estas memorias eróticas en veinte días de agosto, con golpe ruso por medio, y esto prueba la riqueza, abundancia y novedad que el tema me ha aportado. No sé si es un libro bueno, malo o  ereccional, pero es un libro que yo tenía que hacer y no lo sabía o lo dudaba.

Yo, como Ortega, todavía tengo pensamientos. Y hasta alguna erección.

Francisco Umbral

La Dacha, 1991

 

 

 


 

 

 

 

 

 

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