Nos importa poco qué hace esta muchacha sentada sobre el coche naranja que está detenido

en el arcén de una carretera y que parece más listo porque tiene muchos faros, pero no se entera

absolutamente de nada.

No sabemos si entre la muchacha y el vehículo hay un compañerismo de circunstancias o algo

[relativamente] más sólido o profundo: esa oscura y extraña fraternidad que a veces sentimos con

las criaturas o los seres más insólitos e insospechados.

Para precisar un tanto la situación de la muchacha, podemos decir que no está arrinconada de rincones,

ni se la ve marchita, sino más bien sobrante, aumentativa, con una buena ración de pétalos entre la piel

y el alma: está perfecta, espacial, con el cutis inmediato.

¿Espera algo, o a alguien? ¿se espera a sí misma, está solamente sintiéndose por dentro? ¿escucha

música a granel y eso la mantiene concentrada, mirando su regazo, aunque pueda parecer que mira y

mira el botín derecho y para ello ha levantado [ligeramente] la pierna y la punta del pie, cuando solamente

lleva el ritmo de la música?

Fuera de ella, la tarde se empieza a aburrir, con ese zumbido eléctrico de cigarra que tienen las tardes

de verano cuando se aburren y lo llenan todo de hormigas.

Ginta todavía no vive el tiempo, sino la vida, el tiempo como vida, que además casi nunca va más allá

de lo bueno y lo bello, de lo relativo y reversible.

Está hermosa, más hermosa que ese cielo, y hasta el coche naranja que parece más listo porque lleva

muchos faros, pero que no se entera de nada, siente sobre el capó la espléndida belleza de Ginta.