principios, pretensiones y estética en la escritura

 

 

 

Cuánto cuesta dejar atrás la solemnidad literaria y poética, la seriedad que se instala automáticamente
 
a la hora de escribir. Y, sobre todo, la conciencia, al escribir, de que estamos escribiendo, que
 
eso quizá nos viene de la escuela, donde se nos trasmitió que los escritores eran unos señores
 
que sabían mucho y tal. 
 
Posiblemente estamos perdiendo esta guerra particular contra la solemnidad literaria, pero
 
tenemos que dejar el testimonio para que los que vengan detrás, cojan un lápiz y un papel y
 
empiecen a escribir sin sentir que están haciendo algo raro, importante, sino más bien algo lúdico,
 
como jugar a las canicas o saltar a la comba.
 
 
Por esto, convocamos a todos los partidarios de la ligereza, de la facilidad en la literatura,
 
del juego con las palabras. 
 
Se trata posiblemente de la mayor, de la máxima forma de expresión, de la (poca) libertad que tenemos
 
y, siendo así, nos parece que uno no puede dejar sus grifos cerrados, sino que hay que abrirlos y 
 
pedir más grifos a los fontaneros de las letras libres para poder expresar, manifestar, evacuar todos
 
los sentimientos y convicciones que llevamos dentro o que pasan a través nuestro, para que los demás
 
las conozcan, y así nos conozcan y, sobre todo, se conozcan ellos al leernos.
 
 
 
A escribir se aprende escribiendo, no leyendo. Llega un momento en que sucede el lenguaje, la conexión
 
entre la gramática, los sentimientos y la síntesis al expresarlos.  La lectura, hace de no poca
 
carcasa que oscurece la esencia
 
propia del ser y de la que hay que despojarse tarde o temprano. A cierta edad, todos tenemos las suficientes
 
experiencias como para poder escribir, a partir de ahí, sobre todo lo que se ponga delante del campo de visión.
 
 
Con frecuencia la mente se va, como con el corazón hacia una no se qué pureza, al crecer como persona,

lo que nos hace creer que hay que ser bueno en todo, y contra eso hay que luchar en la  escritura,

para no perder la objetividad de la vida  y poder escribir y expresar todo lo que haga falta.

Porque la escritura es libre.

 
 
 
Se puede y se debe escribir sobre cualquier tema, que no hay temas más decentes o apropiados que otros.
 
La dignidad de un tema la establece el que escribe sobre él, y no la sociedad, o el
 
mundo, o la moda, o las convicciones podridas de los bienpensantes, que hay muchos más
 
de los que nos parece en una primera impresión.
 
 
 
 
 
 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

9 Comentarios

  1. Así es, Master: uno ve algo interesante, chisposo, ameno, hermoso, memorable en algún sentido

    y se dice: voy a apuntar este revulú que la realidad ha hecho delante de mí con todo descaro, y justo

    en ese instante de coger el lápiz uno empieza a sentirse tenso, rígido, y no sabe bien por dónde empezar,

    porque, además, las palabras, que parecían estar de acuerdo con nosotros en decir, de pronto han desaparecido

    y nos han dejado solos -ante los peligros- de manera que, cuando por fin íbamos a escribir ese revulú que la realidad

    ha hecho delante de nosotros con todo descaro, tan solo nos quedan dos o tres palabras sosas, secas, paralíticas,

    que, además, no se necesitan unas a otras, de manera que entre el instante inicial de magia que nos ha hecho buscar

    el lápiz y el momento de escribir, de intentar retener la señal, el saludo bonito que la realidad o la belleza nos han

    hecho, hemos perdido la capacidad de decirlo y sólo nos queda una frase muerta, lisiada, hecha de palabras que se

    llevan la contraria porque todas quieren ser el sujeto y este asunto que prometía, del que esperábamos una formulación

    nueva y nuestra, se queda en un lenguaje truncado: sólo tenemos cuatro palabras: además, pero, entonces, cuando, y no

    podemos salir de ahí porque la cosa no se pone en marcha. Acabamos dejando el lápiz sobre el papel y nos permitimos llorar,

    mansamente al principio, hasta que dejamos de contener las lágrimas y el asunto concluye en que, en vez de escribir el revulú,

    más bien lo hemos llorado: o tal vez el bonito revulú nos ha llorado a nosotros.

    Saludos cordiales

    narcisodaa

  2. Afortunadamente todavía se puede decir pajarraco sin abrir las alas.

    No es cuestión creo de no poder escribir, sino de elegir hacerlo, o no, con o sin belleza.

    Quizá como vemos que la belleza, nos abandona, rehuimos el escribir, pero en ese momento es cuando hay que escribir,

    y esperar en ese río de barro, a que aparezca alguna pepita de oro. Supongo que al principio sale más barro que oro, pero si uno se empeña,

    se distancia del barro, al final sale oro.

    abrazo

    Ángel

  3. A veces uno escribe, y los pensamientos se entrecruzan, se solapan,

    se funden pasionalmente con la razón, sin razón. Es entonces cuando hay que aplicar,

    los noes del tio Ezra, que despejan y tallan todo ese circular caótico de pensamiento que deviene en cascada.

    abrazo

    Ángel

  4. ¿No cree que las actuales reglas del SEO, por ejemplo, suponen un atentado directo contra la literatura?

    Variar un texto, con cacofonía, para posicionarlo mejor en la red. ¡Qué locura!, ¡qué corsé!

    ¿Hacia dónde vamos?

    abrazo

    Ángel

  5. Mmmm… tu primer comentario -también los otros dos- es especialmente acertado

    y bien dicho, creo que es lo que nos hace falta: que alguien que lo haya vivido en directo

    nos cuente cómo son las cosas. Tendemos a desmoralizarnos enseguida, quizá porque, como

    dices, esperamos que la belleza nos obedezca… cuando quizá la que manda es ella, es ella la que quiere

    buenos y grandes amantes.

    Gracias

    Un saludo cordial

    narciso

  6. En mi caso suelo ser muy estricto con las leyes universales, o sea, vanidad cero. Lo más importante.

    Lo segundo, dejar estar a la belleza a sus anchas, no le gustan nada ni las tiranías, ni que esto que he dicho,

    forme parte de un plan, para que aparezca.

    abrazo

    Ángel

  7. Supongo que no voy a seguir el argumento, pero ante todo quiero dejar claro que no sé nada de la creación

    ni de la creatividad, solamente que se parecen -o tienen que parecerse- tanto a la vida, que la semejanza las

    hace imprevisibles. Otro asunto realmente cornudo, del que no nos hemos librado a pesar de las muchas liberaciones,

    y en el que insisto -porque he empezado hablando de él- es el del valor y el lugar social de la literatura. En España -o a los

    españoles- no nos interesa, sin más. Y el hecho de que desde pequeños se nos trasmita como algo absolutamente prescindible

    e, incluso, innecesario o sobrante, no nos lo quitamos de encima ni a lo largo de la vida. No hablo de dedicarse a escribir como

    profesión, sino a escribir como no profesión, o a no escribir: hablo del valor de decir bien -sin hostias ni cursilerias, que las palabras

    están vivas-. Nos basta con que el otro, en ese momento, nos entienda, más o menos: la palabra es demasiado práctica para nosotros,

    casi la sustitución cómoda de señalar con el dedo.

    Si insisto es porque, al parecer, cada generación tiene que pelear con el desprecio heredado, que se pierde con ella, de manera que la siguiente

    generación tiene que empezar por el principio. Un drama ().

    Saludos cordiales

    narcisodaa

  8. Bueno, pues asunto zanjado, que no se apunta nadie.

    Además, creo que en el post está todo dicho muy bien, que para eso lo hemos hecho entre los dos.

    No sobra ni falta nada.

    abrazo

    Ángel

  9. Aps, y que quede claro que yo tampoco sé de creación ni creatividad,

    sólo sé de cómo lo hago yo, o cómo me sucede. Nada más.

    abrazo

    Ángel

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