ortega

ideas sobre la novela

José Ortega y Gasset

Hace poco publicaba unas notas Pío Baroja, a propósito de su reciente novela Las figuras de cera. En ellas indica que

comienza a preocuparse de la técnica novelesca y que ahora se ha propuesto hacer un libro de tempo lento, como yo digo.

Alude aquí Baroja a algunas conversaciones que sobre las condiciones actuales de este género literario hemos tenido.

Aunque soy bastante indocto en materia de novelas, me ha ocurrido más de una vez ponerme a meditar sobre la anatomía y

fisiología de estos cuerpos imaginarios que han constituido la fauna poética más característica de los últimos cien años. Si

yo viera que personas mejor tituladas para ello -novelistas y críticos literarios- se dignaban comunicamos sus averiguaciones

sobre este tema, no me atrevería a editar los pensamientos que ocasionalmente han venido a visitarme. Pero la ausencia

de más sólidas reflexiones proporciona acaso algún valor a las siguientes ideas que enuncio a la buena de Dios y sin

pretender adoctrinar a nadie.

DECADENCIA DEL GÉNERO

Los editores se quejan de que mengua el mercado de la novela. Acaece, en efecto, que se vende menos novelas que

antes y que relativamente aumenta la demanda de libros con contenido ideológico. Si no hubiera otras razones más internas

para afirmar la decadencia de este género literario, bastaría este dato estadístico para sospecharla. Cuando oigo a algún

amigo mío, sobre todo a algún joven escritor, que está escribiendo una novela, me extraña sobremanera el tranquilo tono

con que lo dice, y pienso que yo en su caso temblaría. Tal vez injustamente, pero sin que pueda remediarlo, me ocurre recelar

bajo esa tranquilidad una gran dosis de inconsciencia. Porque siempre ha sido cosa muy difícil producir una buena novela.

Pero antes para lograrlo bastaba con tener talento. Mas ahora la dificultad ha crecido en proporción incalculable, porque

hoy no basta con tener talento de novelista para crear una buena novela.

Ya el no darse cuenta de esto es un ingrediente de esa inconsciencia a que he aludido. Poco ha reflexionado sobre

las condiciones de la obra artística quien no admite la posibilidad de que un género literario se agote. Es gana de hacerse

vanas ilusiones y de eliminar cómodamente la cuestión suponer que la creación artística depende sólo de esa capacidad

subjetiva e individual que se llama inspiración o talento. Según esto, la decadencia de un género consistiría exclusivamente

en la fortuita ausencia de hombres geniales. En cualquier momento la súbita aparición de un genio trae consigo

automáticamente el reflorecimiento del género más decaído.

Mas esto del genio y de la inspiración es un expediente mágico cuyo empleo procurará economizar todo el que

desee ver las cosas claras. Imagínese a un leñador genial en el desierto del Sahara. De nada le sirve su músculo elástico

y su hacha afilada. El leñador sin bosque donde tajar es una abstracción. Lo propio acontece en el arte. El talento es sólo

una disposición subjetiva que se ejerce sobre una materia. Ésta es independiente de las dotes individuales, y cuando

falta de nada sirven genio y destreza.

Toda obra literaria pertenece a un género, como todo animal a una especie. (La idea de Croce, que niega la existencia

de géneros artísticos, no ha conseguido dejar la menor huella en la ciencia estética). Y lo mismo el género artístico que la

especie zoológica significan un repertorio limitado de posibilidades. Pero como artísticamente sólo cuentan aquellas

posibilidades tan diferentes entre sí que no puedan considerarse como repetición una de otra, resultará que el género

artístico es un arsenal de posibilidades muy limitado.

Es un error representarse la novela -y me refiero sobre todo a la moderna- como un orbe infinito del cual pueden extraerse

siempre nuevas formas. Mejor fuera imaginarla como una cantera de vientre enorme, pero finito. Existe en la novela un número

definido de temas posibles. Los obreros de la hora prima encontraron con facilidad nuevos bloques, nuevas figuras, nuevos

temas. Los obreros de hoy se encuentran, en cambio, con que sólo quedan pequeñas y profundas venas de piedra.

Sobre ese repertorio de posibilidades objetivas que es el género trabaja el talento. Y cuando la cantera se agota, el

talento, por grande que sea, no puede hacer nada. No podrá, ciertamente, decirse nunca con rigor matemático que un

género se ha consumido por completo; pero sí puede decirse, en ocasiones, con suficiente aproximación práctica.

Por lo menos, cabe a veces afirmar con toda evidencia que escasea la materia.

A mi juicio, esto es lo que hoy acontece en la novela. Es prácticamente imposible hallar nuevos temas. He aquí el primer

factor de la enorme dificultad objetiva y no personal que supone componer una novela aceptable en la presente altitud de los tiempos.

Durante cierta época pudieron las novelas vivir de la sola novedad de sus temas. Toda novedad produce mecánicamente,

como al abrirse un circuito eléctrico, cierta corriente inducida que se añade de modo gratuito al valor de la materia. Por eso

parecieron legibles muchas novelas que hoy resultan insoportables. Por algo se llama al género «novela», es decir, «novedad».

A esta dificultad para hallar nuevos temas se suma otra, acaso más grave. Conforme iba saliendo a la luz el tesoro de los temas

posibles, la sensibilidad del público se iba haciendo más rigorosa y exacta. Lo que anteayer hubiera aún aceptado, ya no le sabía

ayer. Necesitaba temas de mejor calidad, más insólitos, más «nuevos». De suerte que paralelamente al agotamiento de temas

nuevos, crece la exigencia de temas «más nuevos», hasta que se produce en el lector un embotamiento de la facultad de

impresionarse. Éste es el segundo factor de la dificultad que hoy gravita sobre todo el género.

La prueba de que la decadencia actual no proviene de que las novelas del día sean torpes, sino de razones más hondas,

está en que conforme va siendo más difícil escribirlas van también pareciendo peores o menos buenas las famosas antiguas

o «clásicas». Son muy pocas las que se han salvado del naufragio en el aburrimiento del lector.

El lector es inevitable y no debe desanimar a los autores. Al contrario. Porque, en definitiva, nace de que los escritores van

enseñando poco a poco al público, le van afinando la percepción y refinando el gusto. Cada obra, más perfecta que la anterior,

anula a ésta y a todas las de su nivel. Como en la batalla, el vencedor lo es siempre a costa de haber dado muerte a sus

enemigos, en arte el triunfo es cruel, y al conseguirlo una obra, aniquila automáticamente legiones de obras que antes gozaban

de estimación.

En suma, creo que el género novela, si no está irremediable agotado, se halla, de cierto en su período último. y padece una

tal penuria de temas posibles, que el escritor necesita compensarla con la exquisita calidad de los demás ingredientes necesarios

para integrar un cuerpo de novela.

AUTOPSIA

La verdad es que, salvo uno o dos de sus libros, el gran Balzac nos parece hoy irresistible. Nuestro aparato ocular,

hecho a espectáculos más exactos y auténticos, descubre al punto el carácter convencional, falso, de à peu près, que

domina el mundo de la Comedia humana. Si se me pregunta por qué la obra de Balzac me parece inaceptable (Balzac

mismo, como individuo, es un ejemplar magnífico de humanidad), responderé: «Porque el cuadro que me ofrece es

sólo un chafarrinón». ¿Qué diferencia hay entre el chafarrinón y la buena pintura? En la buena pintura, el objeto que

ella representa se halla, por decirlo así, en persona, con toda la plenitud de su ser y como en absoluta presencia. En el

chafarrinón, por el contrario, el objeto no está presente, sino que hay de él en el lienzo o tabla sólo algunas pobres e

inesenciales alusiones. Cuanto más lo miremos más claro nos es la ausencia del objeto.

Esta distinción entre mera alusión y auténtica presencia es, en mi entender, decisiva en todo arte; pero muy

especialmente en la novela.

Con unas docenas de palabras podríamos referir el tema de El Rojo y el Negro. ¿ Qué diferencia hay entre ese tema

referido así por nosotros y la novela misma? No se diga que la diferencia radica en el estilo, porque eso es una tontería.

Lo importante es que al decir nosotros: «Madame Renal se enamora de Julián Sorel», no hacemos sino aludir a este

hecho, al paso que Stendhal no alude a él, no lo refiere, sino que lo presenta en su realidad inmediata y patente.

Ahora bien, si oteamos la evolución de la novela desde sus comienzos hasta nuestros días, veremos que el género se ha

ido desplazando de la pura narración; que era sólo alusiva, a la rigorosa presentación: En un principio la novedad del tema pudo

consentir que el lector gozase con la mera narración. La aventura la interesaba, como nos interesa la relación de lo acontecido

a una persona que amamos. Pero pronto dejan de atraer los temas por sí mismos, y entonces lo que complace no es tanto el

destino o la aventura de los personajes, sino la presencia de éstos. Nos complace verlos directamente, penetrar en su interior,

entenderlos, sentirnos inmersos en su mundo o atmósfera. De narrativo o indirecto se ha ido haciendo el género descriptivo o

directo. Fuera mejor decir presentativo.

En una larga novela de Emilia Pardo Bazán se habla cien veces de que uno de los personajes es muy gracioso, pero

como no le vemos hacer gracia ninguna ante nosotros, la novela nos irrita. El imperativo de la novela es la autopsia. Nada

de referirnos lo que un personaje es: hace falta que lo veamos con nuestros propios ojos.

Analícense las novelas antiguas que se han salvado en la estimación de los lectores responsables, y se verá cómo todas

emplean ese mismo método autóptico. Más que ninguna  el Quijote. Cervantes nos satura de pura presencia de sus personajes.

Asistimos a sus auténticas conversaciones y vemos sus efectivos movimientos. La virtud de Stendhal se nutre de la misma fuente.

NO DEFINIR

Es, pues, menester que veamos la vida de las figuras novelescas y que se evite referírnosla. Toda referencia, relación,

narración no hace sino subrayar la ausencia de lo que se refiere, relata y narra. Donde las cosas están huelga contadas.

De aquí que el mayor error estribe en definir el novelista sus personajes. La misión de la ciencia es elaborar definiciones.

Toda ella consiste en un metódico esfuerzo para huir del objeto y llegar a su noción. Ahora bien, la noción o definición no

es más que una serie de conceptos, y el concepto, a su vez, no es más que la alusión mental al objeto. El concepto de rojo no

contiene rojedad ninguna; es él meramente un movimiento de la mente hacia el color así llamado, un signo o indicación que

hacemos en dirección a él.

Se ha dicho, por Wundt, si no recuerdo mal, que la forma más primitiva del concepto es el gesto indicativo que ejecutamos

con el dedo índice. El niño comienza por querer agarrar todas las cosas, que cree siempre próximas a él por insuficiente desarrollo

de su perspectiva visual. Después de muchos fracasos renuncia a coger las cosas mismas y se contenta con ese germen de captar

que es extender la mano hacia el objeto en ademán indicativo. Concepto es, en realidad, un mero señalar o designar. A la ciencia

no le importan las cosas, sino el sistema de signos que pueda sustituirlas.

El arte tiene una misión contrapuesta y va del signo habitual a la cosa misma. La mueve un magnífico apetito de ver. En

buena parte tiene razón Fiedler cuando dice que el propósito de la pintura no es más que darnos una visión más plena, más

completa de los objetos que la lograda en nuestro trato cotidiano con ellos.

Yo creo que en la novela acaece lo mismo. En sus comienzos pudo creerse que lo importante para la novela es su trama.

Luego se ha ido advirtiendo que lo importante no es lo que se ve, sino que se vea bien algo humano, sea lo que quiera. Mirada

desde hoy, la novela primitiva nos parece más puramente narrativa que la actual. Pero esto necesita ser depurado. Tal vez se

trata de un error. Tal vez el primitivo lector de novelas era como es el niño que en unas pocas líneas, en un simple esquema

cree ver, con vigorosa presencia, íntegro el objeto. (El arte plástico primitivo y ciertos nuevos descubrimientos psicológicos de

extraordinaria importancia prueban esto). En tal caso, la novela no habría en rigor variado: sería su actual forma descriptiva, o,

mejor, presentativa, tan sólo el nuevo medio que ha sido preciso emplear para obtener sobre una sensibilidad gastada el mismo

efecto que en almas más elásticas producía la narración.

Si en una novela leo: «Pedro era atrabiliario», es como si el autor me invitase a que yo realice en mi fantasía la atrabilis de

Pedro, partiendo de su definición. Es decir, que me obliga a ser yo el novelista. Pienso que lo eficaz es, precisamente, lo contrario:

que él me dé los hechos visibles para que yo me esfuerce, complacido, en descubrir y definir a Pedro como ser atrabiliario. En

suma, ha de hacer como el pintor impresionista, que sitúa en el lienzo los ingredientes necesarios para que yo vea una manzana,

dejándome a mí el cuidado de dar a ese material su última perfección. De aquí el fresco sabor que tiene siempre la pintura

impresionista. Nos parece que vemos los objetos del cuadro en perpetuo status nascens. Y toda cosa tiene en su destino dos

instantes de superior dramatismo y ejemplar dinamicidad: su hora de nacer y su hora de fenecer o status evanescens. La pintura

no impresionista, cualesquiera sean sus restantes virtudes, tal vez en otro orden superior a las de aquél, tiene el inconveniente de

que ofrece los objetos ya del todo concluidos, muertos de puro acabados, hieráticos, momificados y como pretéritos. La actualidad,

la reciente presencia de las cosas en la obra impresionista les falta siempre.

LA NOVELA, GÉNERO MOROSO

Según esto, la novela ha de ser hoy lo contrario que el cuento. El cuento es la simple narración de peripecias. El

acento en la fisiología del cuento carga sobre éstas. La frescura pueril se interesa en la aventura como tal, acaso porque,

como he sugerido, el niño ve con presencia evidente lo que nosotros no podemos actualizar. La aventura no nos interesa

hoy, o, a lo sumo, interesa sólo al niño interior que, en forma de residuo un poco bárbaro, todos conservamos. El resto

de nuestra persona no participa en el apasionamiento mecánico que la aventura del folletín acaso nos produce. Por eso,

al concluir el novelón nos sentimos con mal sabor de boca, como habiéndonos entregado a un goce bajo y vil. Es muy

difícil que hoy quepa inventar una aventura capaz de interesar nuestra sensibilidad superior.

Pasa, pues, la aventura, la trama, a ser sólo pretexto y como hilo solamente que reúne las perlas en collar. Ya veremos

por qué este hilo es, por otra parte, imprescindible. Pero ahora me importa llamar la atención sobre un defecto de análisis

que nos hace atribuir nuestro aburrimiento en la lectura de una novela a que su «argumento es poco interesante». Si así

fuese podía darse por muerto este género literario. Porque todo el que medite sobre ello un poco reconocerá la imposibilidad

práctica de inventar hoy nuevos argumentos interesantes.

No, no es el argumento lo que nos complace, no es la curiosidad por saber lo que va a pasar a Fulano lo que nos deleita.

La prueba de ello está en que el argumento de toda novela se cuenta en muy pocas palabras, y entonces no nos interesa.

Una narración somera no nos sabe: necesitamos que el autor se detenga y nos haga dar vueltas en torno a los personajes.

Entonces nos complacemos al sentirnos impregnados y como saturados de ellos y de su ambiente, al percibirlos como viejos

amigos habituales de quienes lo sabemos todo y que al presentarse nos revelan toda la riqueza de sus vidas. Por esto es la

novela un género esencialmente retardatario -como decía no sé si Goethe o Novalis-. Yo diría más: hoy es y tiene que ser

un género moroso – todo lo contrario, por tanto, que el cuento, el folletín y el melodrama.

Alguna vez he intentado aclararme de dónde viene el placer -ciertamente modesto- que originan algunas de estas

películas americanas, con una larga serie de capítulos o, como dice el nuevo y absurdo burgués español, de «episodios».

(Una obra que se compusiera de episodios sería una comida toda de entremeses y un espectáculo hecho de entreactos).

Y con no poca sorpresa he hallado que esa complacencia no procedía nunca del estúpido argumento, sino de los personajes

mismos. Me he entretenido en aquellas películas cuyas figuras eran agradables, curiosas, tanto por el papel que representaban

como por el acierto con que el físico del actor realizaba su idea. Una película en que el detective y la joven americana sean

simpáticos puede durar indefinidamente sin cansancio nuestro. No importa lo que hagan: nos gusta verlos entrar y salir y

moverse. No nos interesan por lo que hagan, sino al revés, cualquier cosa que hagan nos interesa, por ser ellos quienes la

hacen.

Recuérdese ahora las novelas mayores del pasado que han conseguido triunfar de las enormes exigencias planteadas

por el lector del día y se advertirá que la atención nuestra va más a los personajes por sí mismos que a sus aventuras. Son

Don Quijote y Sancho quienes nos divierten, no lo que les pasa. En principio, cabe imaginar un Quijote de igual valor que el

auténtico, donde acontezcan al caballero y su criado otras aventuras muy diferentes. Lo propio acaece con Julián Sorel o con

David Copperfield.

FUNCIÓN Y SUSTANCIA

Nuestro interés se ha transferido, pues, de la trama a las figuras, de los actos a las personas. Ahora bien -y vaya dicho

como un intermedio-, este desplazamiento coincide con el que en la ciencia física, y sobre todo en la filosofía, se inicia desde

hace veinte años. Desde Kant a 1900 predomina una exacerbada tendencia a eliminar de la teoría las sustancias y sustituirlas

por las funciones. En Grecia, en la Edad Media, se decía operari sequiitur esse, los actos son consecuencia y derivados de

la esencia. En el siglo XIX se considera como un ideal lo contrario: esse sequitur operari, el ser no es más que el conjunto

de sus actos o funciones.

¿Por ventura tornamos hoy de las acciones a la persona, de la función a la sustancia? Esto equivaldría a un síntoma de

clasicismo emergente. Pero esto merece un poco más de comentario y nos invita a buscar una orientación en el confrontamiento

del teatro clásico francés y el teatro español castizo.

DOS TEATROS

Pocas cosas pueden orientar tan delicadamente sobre la diferencia en los destinos de España y Francia como la

diferencia de estructura entre el teatro clásico francés y el nuestro castizo. No llamo también clásico a éste porque, sin

mermar porción alguna de su valor, es forzoso negarle todo carácter de clasicismo. Se trata, ante todo, de un arte popular

y no creo que haya en la historia nada que siendo popular haya resultado clásico. La tragedia francesa es, por el contrario,

un arte para aristocracias. Comienza, pues, a diverger de nuestro teatro en la clase de público a que se dirige. Su intención

estética es, asimismo, próximamente inversa de la que mueve a nuestros populares dramaturgos, y me refiero, claro está, a

la totalidad de ambos estilos, sin negar que en uno y en otro aparezcan excepciones, encargadas, como siempre, de confirmar

la regla.

La tragedia francesa reduce al mínimum la acción. N o sólo en el sentido de las tres unidades (ya veremos la utilidad

de éstas para la novela «que hay que hacer»), sino más aún, porque la historia referida se reduce a las menores proporciones.

Nuestro teatro acumula todas las aventuras y peripecias que puede. Se advierte que el autor necesita entretener a un público

apasionado por andanzas materialmente difíciles, insólitas y peligrosas. El trágico francés procura, sobre el cañamazo de una

«historia» muy conocida y que por sí misma no interesa, destacar sólo tres o cuatro momentos significativos. Elude la aventura

o peripecia externa: los sucesos le sirven sólo para plantear ciertos problemas íntimos. Autor y público se complacen no tanto

en las pasiones de los personajes y sus dramáticas consecuencias como en el análisis de esas pasiones. En nuestro teatro,

por el contrario, no es frecuente o, por lo menos, no es importante la anatomía psicológica de los sentimientos y caracteres.

Se parte de éstos tomándolos en bloque y por de fuera, y se usa de ellos como de un trampolín para que el drama o aventura

dé su gran brinco elástico. Otra cosa hubiera aburrido al público de los «corrales» españoles, compuesto de almas sencillas,

más ardientes que contemplativas.

No es, sin embargo, el análisis psicológico la intención última de la tragedia francesa. Sirve más bien de mero aparato para

otra cosa que evidentemente enlaza aquélla con el teatro griego y romano. (Es incalculable la influencia de las tragedias de

Séneca en la dramaturgia francesa clásica.) El público noble se complace en el carácter ejemplar y normativo del suceso trágico.

Más que para angustiarse con el destino torturado de Fedra o Atalía, asiste a la obra escénica para entonarse con la ejemplaridad

de estas figuras magnánimas. En el fondo, el teatro francés es una contemplación ética y no un apasionamiento vital como el

nuestro. No es una acción cualquiera, no es una serie de peripecias éticamente neutras lo que presenta, sino un tipo ejemplar

de reacciones, un repertorio de gestos normativos ante los grandes casos de la existencia. Los personajes son, en efecto, héroes,

naturalezas de selección, normas de magnanimidad, humanos standard. Por eso no concebía este teatro más personajes que

reyes y magnates, criaturas exentas de las urgencias primarias de la vida, cuya energía exuberante podía vacar a conflictos

puramente morales. Aunque desconociésemos la sociedad francesa de entonces, la lectura de estas tragedias nos invitaría a

suponer frente a ellas un público preocupado de aprender altas formas de decoro y anheloso de su propio perfeccionamiento.

El estilo es siempre mesurado y de técnica noble: no se concibe en él la grosería que da tal vez un gracioso colorido, ni el frenesí

postremo. La pasión no se abandona nunca a sí misma y procede con rigorosa corrección de modales, conteniéndose dentro

de los cauces de leyes poéticas, urbanas y hasta gramaticales. El arte trágico francés es el arte de no abandonarse, antes bien,

de buscar siempre para el gesto y el verbo la norma mejor que debe regularlos. En suma, transparece en él ese afán de selección,

de mejoramiento reflexivo que ha permitido a Francia, generación tras generación, pulir su vida y su raza.

Lo orgiástico, el abandono es característico de lo popular en todo orden. Así las religiones populares se han entregado

siempre a ritos de orgía contra los cuales ha combatido perpetuamente la religión de los espíritus selectos. El brahmán combate

la magia, el mandarín confuciano la superstición taoísta, el concilio católico los orgasmos místicos. Cabría resumir las dos

actitudes vitales más antagónicas que existen diciendo que para la una -la noble, exigente- el ideal de la existencia es no

abandonarse, eludir la orgía, al paso que para la otra -la popular- vivir es entregarse a la emoción invasora y buscar en la

pasión, el rito o el alcohol, el frenesí y la inconsciencia.

El público español buscaba algo de esto último en los dramas ardientes que nuestros poetas fabricaban. Y ello confirma,

por ruta bien inesperada, la condición de pueblo «pueblo» que alguna vez he creído descubrir en la historia entera de nuestra

España. No selección y modo, sino pasión abandono. Sin duda que esta sed alcohólica de apasionamiento posee escasa

grandeza. Yo no trato ahora de comparar valores de razas ni de estilos, sino que únicamente describo a la ligera dos

temperamentos contrarios.

En general, la personalidad de hombres y mujeres es borrosa en nuestro teatro. No son sus personas lo más interesante,

sino que se les hace rodar por el mundo, correr las cuatro partidas, arrastrados por un torbellino de aventuras. Damas

despeinadas perdidas en sierras, que ayer, acicaladas, aparecían en el fondo semioscuro del estrado y mañana, disfrazadas

de moras, pasarán por el puerto de Constantinopla. ¡Amores súbitos y como mágicos que arrebatan los corazones

incandescentes y sin peso! Esto era lo que atraía a nuestros antepasados. En un delicioso artículo de Azorín se describe

una representación de corral en un pueblo castizo, y hay un momento, cuando el galán en peligro aprovecha la hora dificilísima

para decir su amor a la dama en versos coruscantes, chisporroteantes como teas, cargada de imágenes, por donde cruza

toda la fauna y toda la flora -la retórica que en la plástica dan los carteles posrenacentistas con sus trofeos, sus frutos, sus

bandoleras y sus cráneos de chivo o carnero-, en que a un licenciado cincuentón, que presencia la escena, se le enardecen

los negros ojos sobre la faz cetrina y con una mano nerviosa acaricia su perilla grisienta. Esta nota de Azorín me ha enseñado

más sobre el teatro español que cuantos libros he leído. Materia para enardecimiento fue el género -es decir, lo más opuesto

a normas de perfección que pretendió ser el género francés-. No para contemplar un perfil ejemplar iba el buen castellano a ver

la comedia famosa, sino para dejarse arrebatar, para embriagarse en el torrente de aventuras y trances de los personajes. Sobre

la intrincada y varia trama del argumento bordaba el poeta su rebuscada fluencia verbal, archiflorida de metáforas relampagueantes

en un vocabulario lleno de sombras profundas y reflejos brillantes, muy parecidos a los retablos del mismo siglo. Junto al fuego

de los destinos apasionantes hallaba el público el incendio de imaginación, el formidable fuego artificial de las cuartetas lopescas

o calderonianas.

La sustancia de placer que encierra nuestro teatro es del mismo linaje dionisíaco que el arrobo místico de los frailes y

monjitas del tiempo, grandes bebedores de exaltación. Nada contemplativo, repito. Para contemplar son precisas frialdad y

distancia entre nosotros y el objeto. El que quiera contemplar un torrente lo primero que debe hacer es procurar no ser arrastrado

por él.

Vemos, pues, en ambos teatros dos propósitos artísticos contrapuestos: en el drama castellano lo esencial es la peripecia,

el destino accidentado y junto a ello la lírica ornamentación del verso estofado. En la tragedia francesa lo más importante es el

personaje mismo, su calidad ejemplar y paradigmática. Por esta razón Racine nos parece frío y monocromo. Diríamos que se

nos hace ingresar en un jardín donde hablan unas estatuas y fatigan nuestra admiración presentándonos el mismo modelo de

gesto. En Lope de Vega, por el contrario, hallamos más bien pintura que escultura. Un vasto lienzo lleno de tinieblas y luminosidades,

donde todo alienta colorido y gesticulante, el noble y el plebeyo, el arzobispo y el capitán, la reina y la serrana, gente inquieta,

decidora, abundante, extremada, que va y viene locamente, sin rangos y sin normas, con una pululación de infusorios en la

gota de agua. Para ver la masa espléndida de nuestro teatro no conviene abrir mucho los ojos, como quien persigue la línea

de un perfil, sino más bien entornarlos, con gesto de pintor, con el gesto de Velázquez mirando a las meninas, a los enanos

ya la pareja real.

Yo creo que este punto de vista es el que nos permite ver hoy nuestro teatro bajo el ángulo más favorable. Los

entendidos en literatura española -yo sé muy poco de ella- deberían ensayar su aplicación. Tal vez resulte fecundo y dirija

el análisis hasta los valores efectivos de aquella gigantesca cosecha poética.

Ahora no pretendía yo otra cosa que contraponer un arte de figuras a un arte de aventuras. Pues sospecho que la

novela de alto estilo tiene hoy que tornar, aunque en otro giro, de éstas a aquéllas y más bien que inventar tramas

por sí mismas interesantes -cosa prácticamente imposible-, idear personas atractivas.

DOSTOIEVSKY Y PROUST

En tanto que otros grandes declinan, arrastrados hacia el ocaso por la misteriosa resaca de los tiempos, Dostoievsky

se ha instalado en lo más alto. Tal vez haya un poco de exceso en el fervor actual por su obra, y yo quisiera reservar mi

juicio sobre ella para una hora de mayor holgura. Pero, de todas suertes, no es dudoso que Dostoievsky se ha salvado

del general naufragio padecido por la novela del siglo pasado en lo que va del corriente. Y es el caso que las razones

emitidas casi siempre para explicar este triunfo, esta capacidad de supervivencia, me parecen erróneas. Se atribuye el

interés que sus novelas suscitan a su materia: el dramatismo misterioso de la acción, el carácter extremadamente patológico

de los personajes, el exotismo de estas almas eslavas, tan diferentes en su caótica complexión de las nuestras, pulidas,

aristadas y claras. No niego que todo ello colabore en el placer que nos causa Dostoievsky; pero no me parece suficiente

para explicarlo. Es más, cabría considerar tales ingredientes como factores negativos, más propios para enojarnos que para

atraernos. Recuerde el que ha leído estas novelas que envuelta en la complacencia dejaba en él su lectura cierta impresión

penosa, desapacible y como turbia.

La materia no salva nunca a una obra de arte y el oro de que está hecha no consagra a la estatua. La obra de arte vive

más de su forma que de su material y debe la gracia esencial que de ella emana a su estructura, a su organismo. Esto es

lo propiamente artístico de la obra y a ello debe atender la crítica artística y literaria. Todo el que posee delicada sensibilidad

estética presentirá un signo de filisteísmo en que, ante un cuadro o una produccción poética, señale alguien como lo decisivo

el «asunto». Claro es que sin éste no existe obra de arte, como no hay vida sin procesos químicos. Pero lo mismo que la

vida no se reduce a éstos, sino que empieza a ser vida cuando a la ley química agrega su original complicación de nuevo

orden, así la obra de arte lo es merced a la estructura formal que impone a la materia o al asunto.

Siempre me ha extrañado que aun a las personas del oficio se les resista reconocer como lo verdaderamente sustancioso

del arte, lo formal, que al vulgo parece como abstracto e inoperante.

El punto de vista del autor o del crítico no puede ser el mismo que el del lector incalificado. A éste le importa sólo el efecto

último y total que la obra le produzca y no se preocupa de analizar la génesis de su placer.

Así acaece que se ha hablado mucho de lo que pasa en las novelas de Dostoievsky, y apenas nada de su forma. Lo

insólito de la acción y de los sentimientos que este formidable escritor describe ha detenido la mirada del crítico y no le ha

dejado penetrar en lo más hondo del libro que, como en toda creación artística, es siempre lo que parece más adjetivo y

superficial: la estructura de la novela como tal. De aquí una curiosa ilusión óptica. Se atribuye a Dostoievsky el carácter

inconsciente, turbulento de sus personajes y se hace del novelista mismo una figura más de sus novelas. Éstas parecen

engendradas en una hora de éxtasis demoníaco por algún poder elemental y anónimo, pariente del rayo y hermano del

vendaval.

Pero todo eso es magia y fantasmagoría. La mente alerta se complace en todas esas imágenes cosmogónicas, pero

no las toma en serio y prefiere, al cabo, ideas claras. Podrá ser cierto que el hombre Dostoievsky fuese un pobre energúmeno

o, si gusta más, un profeta; pero el novelista Dostoievsky fue un homme de lettres, un solícito oficial de un oficio admirable,

nada más. Sin lograrlo del todo, yo he intentado muchas veces convencer a Baroja de que Dostoievsky era, antes que otra

cosa, un prodigioso técnico de la novela, uno de los más grandes innovadores de la forma novelesca.

No hay ejemplo mejor de lo que he llamado morosidad propia a este género. Sus libros son casi siempre de muchas

páginas y, sin embargo, la acción presentada suele ser brevísima. A veces necesita dos tomos para describir un acaecimiento

de tres días, cuando no de unas horas. Y, sin embargo, ¿hay caso de mayor intensidad? Es un error creer que ésta se obtiene

contando muchos sucesos. Todo lo contrario: pocos y sumamente detallados, es decir, realizados. Como en tantas otras cosas,

rige aquí también el non multa, sed multum. La densidad se obtiene, no por yuxtaposición de aventura a aventura, sino por

dilatación de cada una mediante prolija presencia de sus menudos componentes.

La concentración de la trama en tiempo y lugar, característica de la técnica de Dostoievsky, nos hace pensar en un

sentido insospechado que recobran las venerables «unidades» de la tragedia clásica. Esta norma, que invitaba, sin que

se supiese por qué, a una continencia y limitación, aparece ahora como un fértil recurso para obtener esa interna densidad,

esa como presión atmosférica dentro del volumen novelesco.

No duele nunca a Dostoievsky llenar páginas y páginas con diálogos sin fin de sus personajes. Merced a ese abundante

flujo verbal nos vamos saturando de sus almas, van adquiriendo las personas imaginarias una evidente corporeidad que

ninguna definición puede proporcionar.

Es sobremanera sugestivo sorprender a Dostoievsky en su astuto comportamiento con el lector. Quien no mire

atentamente creerá que el autor define cada uno de sus personajes. En efecto, casi siempre que va a presentar alguno

comienza por referimos brevemente su biografía en forma tal que nos parece poseer, desde luego, una definición suficiente

de su índole y facultades. Pero apenas comienza, en efecto, a actuar -es decir, a conversar y ejecutar acciones- nos sentimos

despistados. El personaje no se comporta según la figura que aquella presunta definición nos prometía. A la primera imagen

conceptual que de él se nos dio sucede una segunda donde le vemos directamente vivir, que no nos es ya definida por el

autor y que discrepa notablemente de aquélla. Entonces comienza en el lector, por un inevitable automatismo, la preocupación

de que el personaje se le escapa en la encrucijada de esos datos contradictorios y, sin quererlo, se moviliza en su persecución,

esforzándose en interpretar los síntomas contrapuestos para conseguir una fisonomía unitaria; es decir, se ocupa en definirlo él.

Ahora bien, esto es lo que nos acontece en el trato vital con las gentes. El azar las conduce ante nosotros, las filtra en el orbe

de nuestra vida individual sin que nadie se encargue oficialmente de definírnoslas. En todo momento hallamos delante su

realidad difícil, no su sencillo concepto. Y este no poseer nunca su secreto suficiente, esta relativa indocilidad del prójimo a

ajustarse por completo a nuestras ideas sobre él es lo que le da independencia de nosotros y nos hace sentirlo como algo real,

efectivo y trascendente de nuestras imaginaciones. Por donde llegamos a una advertencia inesperada: que el «realismo»

-llamémosle así para no complicar- de Dostoievsky no está en las cosas y hechos por él referidos, sino en el modo de tratar

con ellos a que se ve obligado el lector. No es la materia de la vida lo que constituye su «realismo», sino la forma de la vida.

En esta estratagema de despistar al lector llega Dostoievsky a la crueldad. Porque no sólo evita aclararnos sus figuras

mediante anticipaciones definidoras de cómo son, sino que la conducta de los personajes varía de etapa en etapa, presentándonos

haces diferentes de cada persona, que así nos parecen irse formando e integrando poco a poco ante nuestros ojos. Elude

Dostoievsky la estilización de los caracteres y se complace en que transparezcan sus equívocos, como acontece en la existencia

real. El lector se ve forzado a reconstruir entre vacilaciones y correcciones, temeroso siempre de haber errado, el perfil definitivo

de estas mudables criaturas.

A este y otros artificios debe Dostoievsky la sin par cualidad de que sus libros -mejores o peores- no parecen nunca

falsos, convencionales. El lector no tropieza nunca con los bastidores del teatro, sino que, desde luego, se siente sumergido

en una cuasi-realidad perfecta, siempre auténtica y eficaz. Porque la novela exige -a diferencia de otros géneros poéticos-

que no se la perciba como tal novela, que no se vea el telón de boca ni las tablas del escenario. Balzac, leído hoy, nos

despierta de nuestro ensueño novelesco a cada página, porque nos golpeamos contra su andamiaje de novelista. Sin embargo,

la condición más importante de la estructura que Dostoievsky proporciona a la novela es más difícil de explicar y prefiero

referirme a ella posteriormente.

Conviene, en cambio, hacer constar desde ahora que ese hábito de no definir, antes bien, de despistar, esa continua

mutación de los caracteres, esa condensación en tiempo y lugar, en fin, esa morosidad o tempo lento no son uso exclusivo

de Dostoievsky. Todas las novelas que aún pueden leerse hoy coinciden más o menos en su empleo. Sirva de ejemplo

occidental Stendhal en todos sus libros mayores. El Rojo y el Negro, que, por ser una novela biográfica, refiere algunos

años de la vida de un hombre, está compuesta en forma de tres o cuatro cuadros, cada uno de los cuales comporta en

su interior como una novela entera del maestro ruso.

El último gran libro novelesco -la ingente obra :le Proust- declara todavía más esa secreta estructura, llevándola en cierto modo

a su exageración.

En Proust la morosidad, la lentitud llega a su extremo y casi se convierte en una serie de planos estáticos, sin movimiento

alguno, sin progreso ni tensión. Su lectura nos convence de que la medida de la lentitud conveniente se ha traspasado. La

trama queda casi anulada y se borra el postrer resto de interés dramático. La novela queda así reducida a pura descripción

inmóvil, y exagerado con exclusivismo el carácter difuso, atmosférico, sin acción concreta, que es, en efecto, esencial al género.

Notamos que le falta el esqueleto, el sostén rígido y tenso, que son los alambres en el paraguas. Deshuesado el cuerpo

novelesco se convierte en nube informe, en plasma sin figura, en pulpa sin dintorno. Por esta razón, he dicho antes que aunque

la trama o acción posee un papel mínimo en la novela actual, en la novela posible no cabe eliminarla por completo y conserva

la función, ciertamente no más que mecánica, del hilo en el collar de perlas, de los alambres en el paraguas, de las estacas

en la tienda de campaña.

Mi idea -que antes de ser rechazada por el lector merece de su parte, créame, alguna meditación- es, pues, que el llamado

interés dramático carece de valor estético en la novela, pero es una necesidad mecánica de ella. La razón de esta necesidad

se origina en la ley general del alma humana, que merece siquiera una breve exposición.

ACCIÓN Y CONTEMPLACIÓN

Hace más de diez años que en las Meditaciones del Quijote atribuía yo a la novela moderna, como su misión esencial,

describir una atmósfera a diferencia de otras formas épicas -la epopeya, el cuento, la novela de aventuras, el melodrama y

el folletín- que refieren una acción concreta, de línea y curso muy definidos. Frente a la acción concreta, que es un movimiento

lo más rápido posible hacia una conclusión, lo atmosférico significa algo difuso y quieto. La acción nos arrebata en su dramática

carrera; lo atmosférico, en cambio, nos invita simplemente a su contemplación. En la pintura representa el paisaje un tema

atmosférico, donde «no pasa nada», mientras el cuadro de historia narra una hazaña perfilada, un suceso de forma escueta.

No es un azar que con motivo del paisaje se inventase la técnica del plein air, es decir, de la atmósfera.

Posteriormente sólo he tenido ocasión de afirmarme en aquel primer pensamiento, porque el gusto del público mejor y

los intentos más gloriosos de los autores recientes acusaban cada vez con mayor claridad ese destino de la novela como

género difuso. La última creación de alto estilo, que es la obra de Proust, lleva el problema a su máxima evidencia: en ella

se extrema hasta la más superlativa exageración el carácter no dramático de la novela. Proust renuncia del todo a arrebatar

al lector mediante el dinamismo de una acción y le deja en una actitud puramente contemplativa. Ahora bien, este radicalismo

es causa de las dificultades y la insatisfacción que el lector encuentra en la lectura de Proust. Al pie de cada página pediríamos

al autor un poco de interés dramático, aun reconociendo que no es éste, sino lo que el autor nos ofrece con tan excesiva

abundancia, el manjar más delicioso. Lo que el autor nos ofrece es un análisis microscópico de almas humanas. Con un ápice

de dramatismo -porque, en rigor. nos contentaríamos con casi nada- la obra hubiera resultado perfecta.

¿Cómo se compagina esto? ¿Por qué necesitamos para leer una novela que estimamos cierto mínimum de acción que

no estimamos? Yo creo que todo el que reflexione un poco rigorosamente sobre los componentes de su placer al leer las

grandes novelas tropezará con idéntica antinomia.

El que una cosa sea necesaria para otra no implica que sea por sí misma estimable. Para descubrir el crimen hace falta el

delator, mas no por eso estimamos la delación.

El arte es un hecho que acontece en nuestra alma al ver un cuadro o leer un libro. A fin de que este hecho se produzca

es menester que funcione bien nuestro mecanismo psicológico, y toda la serie de sus exigencias mecánicas será ingrediente

necesario de la obra artística, pero no posee valor estético o lo tendrá sólo reflejo y derivado. Pues bien, yo diría que el

interés dramático es una necesidad psicológica de la novela, nada más, pero, claro está, nada menos. De ordinario, no

se piensa así. Suele creerse que es la trama sugestiva uno de los grandes factores estéticos de la obra, y consecuentemente

se pedirá la mayor cantidad de ella posible. Yo creo inversamente que siendo la acción un elemento no más que mecánico,

es estéticamente peso muerto, y, por tanto, debe reducirse al mínimum. Pero a la vez, y frente a Proust, considero que este

mínimum es imprescindible.

La cuestión trasciende del círculo de la novela, y aun del arte todo, para adquirir las más vastas proporciones en filosofía.

Recuerdo haber tratado varias veces este toma con alguna longitud en mis cursos universitarios.

Se trata nada menos que del antagonismo o mutualidad entre acción y contemplación. Dos tipos de hombres se oponen:

el uno aspira a la pura contemplación; el otro prefiere actuar, intervenir, apasionarse. Sólo se entera uno de lo que son las

cosas en la medida que las contempla. El interés nubla la contemplación haciéndonos tomar partido, cegándonos para lo

uno, mientras derrama un exceso de luz sobre lo otro. La ciencia adopta, desde luego, esta actitud contemplativa, resuelta

a no hacer más que espejar castamente la fisonomía multiforme del cosmos. El arte es, asimismo, un deleitarse en la

contemplación.

Aparecen de esta suerte el contemplar y el interesarse como dos formas polares de la conciencia que, en principio,

mutuamente se excluyen. Por eso el hombre de acción suele ser un pensador pésimo o nulo, y el ideal del sabio, por ejemplo,

en el estoicismo, hace de éste un ser desenganchado de todas las cosas, inactivo, con alma de laguna inmóvil que refleja

impasible los cielos transeúntes.

Pero esta contraposición radical es, como todo radicalismo, una utopía del espíritu geométrico. La pura contemplación

no existe, no puede existir. Si exentos de todo interés concreto nos colocamos ante el universo no lograremos ver nada bien.

Porque el número de cosas que con igual derecho solicitan nuestra mirada es infinito. No habría más razón para que nos

fijásemos en un punto más que en otro, y nuestros ojos, indiferentes, vagarían de aquí para allá, resbalando, sin orden ni

perspectiva, sobre el paisaje universal, incapaces de fijarse en nada. Se olvida demasiado la humilde perogrullada de que

para ver hay que mirar, y para mirar hay que fijarse, es decir, hay que atender. La atención es una preferencia que subjetivamente

otorgamos a unas cosas en perjuicio de otras. No se puede atender a aquéllas sin desatender éstas. Viene a ser, pues, la

atención un foco de iluminación favorable que condensamos sobre una zona de objetos, dejando en torno a ella una zona

de penumbra y desatención.

La pura contemplación pretende ser una rigorosa imparcialidad de nuestra pupila, que se limita a reflejar el espectáculo

de la realidad, sin permitirse el sujeto la menor intervención ni deformación de él. Pero ahora advertimos que tras ella, como

supuesto ineludible, funciona el mecanismo de la atención que dirige la mirada desde dentro del sujeto y vierte sobre las

cosas una perspectiva, un modelado y jerarquía, oriundos de su fondo personal. No se atiende a lo que se ve, sino al contrario,

se ve bien sólo aquello a que se atiende. La atención es a un a priori psicológico que actúa en virtud de preferencias efectivas,

es decir, de intereses.

La nueva psicología se ha visto obligada a trastornar paradójicamente el orden tradicional de las facultades mentales.

El escolástico, como el griego, decía: ignoti nulla cupido -de lo desconocido no hay deseo, no interesa-. La verdad es, más

bien, lo contrario: sólo conocemos bien aquello que hemos deseado en algún modo, o, para hablar más exactamente, aquello

que previamente nos interesa. Cómo es posible interesarse en lo que aún no se conoce constituye la abrupta paradoja que

he intentado aclarar en mi lniciación en la Estimativa.

Sin rozar ahora asunto de tan elevado rango, basta con que cada cual descubra en su propio pasado cuáles fueron

las circunstancias en que aprendió más del mundo, y advertirá que no fueron aquellas en que se propuso deliberadamente

ver y sólo ver. No es el paisaje que visitamos, como turistas, el que hemos visto mejor. Notorio es que, en últimas cuentas,

el turista no se entera bien de nada. Resbala sobre la urbe o la comarca, sin oprimirse contra ellas y forzarlas a rendir gran

copia de su contenido. Y, sin embargo, parece que, en principio, había de ser el turista, ocupado exclusivamente en contemplar,

quien mayor botín de noticias lograse. Al otro extremo se halla el labriego, que tiene con la campiña una relación puramente

desinteresada. Todo el que ha solido caminar tierra adentro ha notado con sorpresa la ignorancia que del campo padece

el campesino. No sabe de cuanto le rodea más que lo estrictamente atañedero a su interés utilitario de agricultor.

Esto indica que la situación prácticamente óptima para conocer -es decir, para absorber el mayor número y la mejor

calidad de elementos objetivos- es intermediaria entre la pura contemplación y el urgente interés. Hace falta que algún

interés vital, no demasiado premioso y angosto, organice nuestra contemplación, la confine, limite y articule, poniendo

en ella una perspectiva de atención. Con respecto al campo puede asegurarse que ceteris paribus es el cazador, el

cazador de afición, quien suele conocer mejor la comarca, quien logra contacto más fértil con más lados o facetas del

multiforme terruño. Parejamente no hemos visto bien otras ciudades que aquellas donde hemos vivido enamorados. El

amor concentraba nuestro espíritu sobre su deleitable objeto, dotándonos de una hipersensibilidad de absorción que se

derramaba sobre el contorno, sin necesidad de hacerlo centro deliberado de la visión.

Los cuadros que más nos han penetrado no son los del Museo, donde hemos ido «a ver cuadros», sino, tal vez, la

humilde tabla en la entreluz de un aposento donde la existencia nos llevó con muy otras preocupaciones. En el concierto

fracasa la música que, a lo mejor, yendo por la calle, sumidos en interesadas reflexiones, oímos tocar a un ciego y nos

compunge el corazón.

Es evidente que el destino del hombre no es primariamente contemplativo. Por eso es un error que para contemplar, la

condición mejor es ponerse a contemplar, esto es, hacer de ello un acto primario. En cambio, dejando a la contemplación un

oficio secundario y montando en el alma el dinamismo de un interés, parece que adquirimos el máximo poder absorbente y

receptivo.

Si no fuera así, el primer hombre, colocado ante el cosmos, lo habría traspasado íntegramente con su pupila, lo habría

visto entero. Mas lo acaecido fue, más bien, que la humanidad sólo ha ido viendo el universo trozo a trozo, círculo tras círculo,

como si cada una de sus situaciones vitales, de sus afanes, menesteres e intereses le hubiese servido de órgano perceptivo

con que otear una breve zona circundante.

De donde resulta que lo que parece estorbo a la pura contemplación -ciertos intereses, sentimientos, necesidades,

preferencias afectivas- son justamente el instrumento ineludible de aquélla. De todo destino humano que no sea

monstruosamente torturado puede hacerse un magnífico aparato de contemplación -un observatorio-, en forma tal que

ningún otro, ni siquiera los que en apariencia son más favorables, pueda sustituirlo. Así, la vida más humilde y doliente

es capaz de recibir una consagración teórica, una misión de sabiduría intransferible, si bien sólo ciertos tipos de existencia

poseen las condiciones óptimas para el mejor conocimiento.

Pero dejemos estas lejanías y retengamos únicamente la advertencia de que sólo a través de un mínimum de acción es

posible la contemplación. Como en la novela el paisaje y la fauna que se nos ofrece son imaginarios, hace falta que el autor

disponga en nosotros algún interés imaginario, un mínimo apasionamiento que sirva de soporte dinámico y de perspectiva a

nuestra facultad de ver. Conforme la perspicacia psicológica se ha ido desarrollando en el lector ha disminuido su sed de

dramatismo. El hecho es afortunado, porque hoy se encuentra el novelista con la imposibilidad de inventar grandes tramas

insólitas para su obra. A mi juicio, no debe preocuparle. Con un poco de tensión y movimiento le basta. Ahora que ese poco

es inexcusable. Proust ha demostrado la necesidad del movimiento escribiendo una novela paralítica.

LA NOVELA COMO «VIDA PROVINCIANA»

Por tanto, hay que invertir los términos: la acción o trama no es la sustancia de la novela, sino, al contrario, su armazón

exterior, su mero soporte mecánico. La esencia de lo novelesco -adviértase que me refiero tan sólo a la novela moderna-

no está en lo que pasa, sino precisamente en lo que no es «pasar algo», en el puro vivir, en el ser y el estar de los personajes,

sobre todo en su conjunto o ambiente. Una prueba indirecta de ello puede encontrarse en el hecho de que no solemos recordar

de las mejores novelas los sucesos, las peripecias por que han pasado sus figuras, sino sólo a éstas, y citamos el título de

ciertos libros equivale a nombrarnos una ciudad donde hemos vivido algún tiempo; al punto rememoramos un clima, un olor

peculiar de la urbe, un tono general de las gentes y un ritmo típico de existencia. Sólo después, si es caso, acude a nuestra

memoria alguna escena particular.

Es, pues, un error que el novelista se afane mayormente por hallar una «acción». Cualquiera nos sirve. Para mí ha sido

siempre un ejemplo clásico de la independencia en que el placer novelesco se halla de la trama, una obra que Stendhal dejó

apenas mediada y se ha publicado con títulos diversos: Luciano Leuwen, El cazador verde, etc. La porción existente alcanza

una abundante copia de páginas. Sin embargo, allí no pasa nada. Un joven oficial llega a una capital de departamento y se

enamora de una dama que pertenece al señorío provinciano. Asistimos únicamente a la minuciosa germinación del delectable

sentimiento en uno y otro ser; nada más. Cuando la acción va a enredarse, lo escrito termina, pero quedamos con la impresión

de que hubiéramos podido seguir indefinidamente leyendo páginas y páginas en que se nos hablase de aquel rincón francés,

de aquella dama legitimista, de aquel joven militar con uniforme de color amaranto.

¿Y para qué hace falta más que esto? Y, sobre todo, téngase la bondad de reflexionar un poco sobre qué podía ser lo

«otro» que no es esto, esas «cosas interesantes», esas peripecias maravillosas… En el orden de la novela, eso no existe

(no hablamos ahora del folletín o del cuento de aventuras científicas al modo de Poe, Wells, etc.). La vida es precisamente

cuotidiana. No es más allá de ella, en lo extraordinario, donde la novela rinde su gracia específica, sino más acá, en la maravilla

de la hora simple y sin leyenda. No se puede pretender interesarnos en el sentido novelesco mediante una ampliación de nuestro

horizonte cuotidiano, presentándonos aventuras insólitas. Es preciso operar al revés, angostando todavía más el horizonte

del lector. Me explicaré.

Si por horizonte entendemos el círculo de seres y acontecimientos que integran el mundo de cada cual, podríamos

cometer el error de imaginar que hay ciertos horizontes tan amplios, tan variados, tan heteroclíticos, que son verdaderamente

interesantes, al paso que otros son tan reducidos y monótonos que no cabe interesarse en ellos. Se trata de una ilusión.

La señorita de comptoir supone que el mundo de la duquesa es más dramático que el suyo, pero de hecho acaece que la

duquesa se aburre en su orbe luminoso lo mismo que la romántica contable en su pobre y oscuro ámbito. Ser duquesa es

una forma de lo cuotidiano como otra cualquiera.

La verdad es, pues, lo contrario de esa imaginación. No hay ningún horizonte que por sí mismo, por su contenido peculiar

sea especialmente interesante, sino que todo horizonte, sea el que fuere, ancho o estrecho, iluminado o tenebroso, vario o

uniforme, puede suscitar su interés. Basta para ello con que nos adaptemos vitalmente a él. La vitalidad es tan generosa que

acaba por encontrar en el más sórdido desierto pretextos para enardecerse y vibrar. Viviendo en la gran ciudad no comprendemos

cómo puede alentarse en el villorrio. Pero si el azar nos sumerge en él, al cabo de poco tiempo nos sorprendemos apasionados

por las pequeñas intrigas del lugar. Acaece como con la belleza femenina a los que van a Fernando Poo; al llegar sienten asco

hacia las mujeres indígenas, pero no pasa mucho tiempo sin que la repulsión se domestique y acaben por parecer las hembras

bubis princesas de Westfalia.

Esto es, a mi juicio, de máxima importancia para la novela. La táctica del autor ha de consistir en aislar al lector de su

horizonte real y aprisionarlo en un pequeño horizonte hermético e imaginario que es el ámbito interior de la novela. En una

palabra, tiene que apueblarlo, lograr que se interese por aquella gente que le presenta, la cual, aun cuando fuese la más

admirable, no podría colidir con los seres de carne y hueso que rodean al lector y solicitan constantemente su interés. Hacer

de cada lector un «provinciano» transitorio es, en mi entender, el gran secreto del novelista. Por eso decía antes que en vez

de querer agrandar su horizonte -¿qué horizonte o mundo de novela puede ser más vasto y rico que el más modesto de los

efectivos?- ha de tender a contraerlo, a confinarlo. Así y sólo así se interesará por lo que dentro de la novela pase.

Ningún horizonte, repito, es interesante por su materia. Cualquiera lo es por su forma, por su forma de horizonte, esto es,

de cosmos o mundo completo. El microcosmo y el macrocosmo son igualmente cosmos; sólo se diferencian en el tamaño del

radio; mas para el que vive dentro de cada uno, tiene siempre el mismo tamaño absoluto. Recuérdese la hipótesis de Poincaré,

que sirvió de incitación a Einstein: «Si nuestro mundo se contrajese y menguase, todo en él nos parecería conservar las

mismas dimensiones.»

La relatividad entre horizonte e interés -que todo horizonte tiene su interés- es la ley vital que en el orden estético hace

posible la novela.

De ella se desprenden algunas normas para el género.

HERMETISMO

Observémonos en el momento en que damos fin a la lectura de una gran novela. Nos parece que emergemos de otra

existencia, que nos hemos evadido de un mundo incomunicante con el nuestro auténtico. Esta incomunicación es evidente,

puesto que no podemos percibir el tránsito. Hace un instante nos hallábamos en Parma con el conde Mosca y la Sanseverina

y Clelia y Fabricio; vivíamos con ellos, preocupados de sus vicisitudes, inmersos en el mismo aire, espacio y tiempo que sus

personas. Ahora, súbitamente, sin intermisión, nos hallamos en nuestro aposento, en nuestra ciudad y en nuestra fecha; ya

comienzan a despertar en torno a nuestros nervios las preocupaciones que nos eran habituales. Hay un intervalo de indecisión,

de titubeo. Acaso el brusco aletazo de un recuerdo vuelve de un golpe a sumergirnos en el universo de la novela, y con algún

esfuerzo, como braceando en un elemento líquido, tenemos que nadar hasta la orilla de nuestra propia existencia. Si alguien

nos mira, entonces descubrirá en nosotros la dilatación de párpados que caracteriza a los náufragos.

Yo llamo novela a la creación literaria que produce este efecto. Ése es el poder mágico, gigantesco, único, glorioso, de este

soberano arte moderno. Y la novela que no sepa conseguirlo será una novela mala, cualesquiera sean sus restantes virtudes.

¡Sublime, benigno poder que multiplica nuestra existencia, que nos liberta y pluraliza, que nos enriquece con generosas

transmigraciones!

Mas para lograr ese efecto hace falta que el autor sepa primero atraernos al ámbito cerrado que es su novela y luego

cortarnos toda retirada, mantenernos en perfecto aislamiento del espacio real que hemos dejado. Lo primero es fácil;

cualquiera sugestión nos hará movilizarnos hacia la entrada que el novelista abre ante nosotros. Lo segundo es más

difícil. Es menester que el autor construya un recinto hermético, sin agujero ni rendija por los cuales, desde dentro de

la novela, entreveamos el horizonte de la realidad. La razón de ello no parece complicada. Si se nos deja comparar el

mundo interior del libro con el externo y real, y se nos invita a «vivir», los tamaños, dimensiones, problemas, apasionamientos

que en aquél nos son propuestos, menguarán tanto de proporción e intensidad que habrá de desvanecerse todo su prestigio.

Fuera como mirar en el jardín un cuadro que representa un jardín. El jardín pintado sólo florece y verdea en el recinto de una

habitación, sobre un muro anodino, donde abre el boquete de un mediodía imaginario.

En este sentido me atrevería a decir que sólo es novelista quien posee el don de olvidar él, y de rechazo hacernos

olvidar a nosotros, la realidad que deja fuera de su novela. Sea él todo lo «realista» que quiera, es decir, que su microcosmo

novelesco esté fabricado con las materias más reales; pero que cuando estemos dentro de él no echemos de menos nada

de lo real que quedó extramuros.

Ésta es la razón por la cual nace muerta toda novela lastrada con intenciones trascendentales, sean éstas políticas,

ideológicas, simbólicas o satíricas. Porque estas actividades son de naturaleza tal que no pueden ejercitarse ficticiamente,

sino que sólo funcionan referidas al horizonte efectivo de cada individuo. Al excitarlas es como si se nos empujase fuera

del intramundo virtual de la nove1a y se nos obligase a mantener vivaz y alerta nuestra comunicación con el orbe absoluto

de que nuestra existencia real depende. ¡Cómo voy a interesarme por los destinos imaginarios de los personajes si el autor

me obliga a enfrontarme con el crudo problema de mi propio destino político o metafísico! El novelista ha de intentar, por el

contrario, anestesiarnos para la realidad, dejando al lector recluso en la hipnosis de una existencia virtual.

Yo encuentro aquí la causa, nunca bien declarada, de la enorme dificultad -tal vez imposibilidad aneja a la llamada «novela

histórica». La pretensión de que el cosmos imaginado posea a la vez autenticidad histórica mantiene en aquélla una permanente

colisión entre dos horizontes. y como cada horizonte exige una acomodación distinta de nuestro aparato visual, tenemos que

cambiar constantemente de actitud; no se deja al lector soñar tranquilo la novela, ni pensar rigorosamente la historia. En cada

página vacila, no sabiendo si proyectar el hecho y la figura sobre el horizonte imaginario o sobre el histórico, con lo cual adquiere

todo un aire de falsedad y convención. El intento de hacer compenetrarse ambos mundos produce sólo la mutua negación de uno

y otro; el autor -nos parece- falsifica la historia aproximándola demasiado, y desvirtúa la novela, alejándola con exceso de nosotros

hacia el plano abstracto de la verdad histórica.

El hermetismo no es sino la forma especial que adopta en la novela el imperativo genérico del arte: la intrascendencia.

Esto irrita a todas las cabezas confusas y a todas las almas turbias. Pero ¡qué le vamos a hacer si es ley inexorable que

cada cosa esté obligada a ser lo que es y a renunciar a ser otra! Hay gentes que quieren serlo todo. ¡No contentos con

pretender ser artistas, quieren ser políticos, mandar y dirigir muchedumbres, o quieren ser profetas, administrar la divinidad

e imperar sobre las conciencias! Que ellos tengan tan ubérrima pretensión para sus personas no sería ilícito; mas tal

ambición les mueve a querer que las cosas contengan también ese multiforme destino. Y esto es lo que parece imposible.

Las artes se vengan de todo el que quiere ser con ellas más que artista, haciendo que su obra no llegue siquiera a ser

artística. Igualmente la política del poeta se queda siempre en un ingenuo ademán inválido.

Una necesidad puramente estética impone a la novela el hermetismo, la fuerza a ser un orbe obturado a toda realidad

eficiente. Y esta condición engendra, entre otras muchas, la consecuencia de que no puede aspirar directamente a ser filosofía,

panfleto político, estudio sociológico o prédica moral. No puede ser más que novela, no puede su interior trascender por sí

mismo a nada exterior, como el ensueño dejaría de serlo en el momento que desde él quisiéramos deslizar nuestro brazo

a la dimensión de la vigilia, apresar un objeto real e introducirlo en la esfera mágica de lo que estamos soñando. Nuestro

brazo de soñadores es un espectro sin vigor suficiente para sostener un pétalo de rosa. Son ambos universos de tal modo

incompenetrables, que el menor contacto de une con otro aniquila el uno o el otro. De niños fracasábamos siempre que queríamos

arriesgar el dedo en el intramundo irisado de la pompa de jabón. El tierno cosmos flotante se anulaba en repentina explosión,

dejando sobre el pavimento una lágrima de espuma.

Nada tiene que ver con esto el que una novela después de vivida en delicioso sonambulismo, suscite secundariamente

en nosotros toda suerte de resonancias vitales. El simbolismo del Quijote no está en su interior, sino que es construido por

nosotros desde fuera, reflexionando sobre nuestra lectura del libro. Las ideas religiosas y políticas de Dostoievsky no tienen

dentro del cuerpo novelesco calidad ejecutiva; valen sólo como ficciones del mismo orden que los rostros de los personajes

y sus frenéticos apasionamientos.

¡Novelista, mira la puerta del baptisterio florentino que labró Lorenzo Ghiberti! Allí, en una serie de pequeños recuadros,

está casi toda la Creación: hombres, mujeres, animales, frutos, edificios. El escultor no ha pretendido más que complacerse

en modelar unas tras otras todas esas formas; aún parece sentirse la estremecida fruición con que la mano insinuaba la curva

frontal del carnero apercibido por Abraham al sacrificio y la mole redonda de la manzana y la escorzada perspectiva del edificio.

Del mismo modo, sólo será novelista quien, por encima de todas sus restantes aspiraciones, sienta el delicioso frenesí de contar,

de imaginar hombres y mujeres y charlas y pasiones, quien se vierta entero en la forja del cuerpo cóncavo que es la novela, y sin

nostalgia alguna de la vida efectiva que abandona fuera, se encierra en su oquedad, gusano del capullo mágico, y goza en pulir

el interior de la bóveda para no dejar ningún poro franco al aire y la luz de lo real.

O dicho con otras palabras más sencillas: novelista es el hombre a quien, mientras escribe, le interesa su mundo imaginario

más que ningún otro posible. Si no fuera así, si a él no le interesara, ¿cómo va a conseguir que nos interese a nosotros?

Divino sonámbulo, el novelista tiene que contaminarnos con su fértil sonambulismo.

LA NOVELA, GÉNERO TUPIDO

Lo que he llamado carácter hermético de la novela se hace patente si comparamos a ésta con el género lírico. Gozamos del

lírico milagro viéndolo emerger sobre el fondo de la realidad como el surtidor artificioso sobre el paisaje en torno. El lirismo

nace para ser visto desde fuera como la estatua, como el templo de Grecia. No entra en colisión con nuestra realidad, o,

mejor dicho, adquiere su gracia peculiar al aparecer contrapuesto a ella, instalando en medio de ella con olímpica inocencia la

desnudez de su irrealidad. En cambio, la novela está destinada a ser vista desde su propio interior, que es lo que acontece

también con el mundo verdadero, del cual, por inexorable prescripción metafísica, es centro cada individuo en cada momento

de su vida. Para gozar novelescamente tenemos que sentirnos rodeados de novela por todas partes, y no cabe situar ésta como

un objeto que destaca más o menos entre los demás. Precisamente al ser un género «realista» por excelencia resulta incompatible

con la realidad exterior. Para evocar la suya interna necesita desalojar y abolir la circundante.

De esta exigencia se derivan todas las condiciones del género que he señalado: todas se resumen en el hermetismo.

Así, el imperativo de autopsia surge inevitablemente de la necesidad en que se halla el novelista de tapar el mundo real

con su mundo imaginario. Para que dejemos de ver una cosa, para taparla, tenemos que ver otra, la que tapa. El espectro

se caracteriza por no arrojar sombra ni ocultar tras sí un trozo de universo. Ambos síntomas revelan a los entes de ultratumba

la realidad de Dante que transita. En vez de definir el personaje o el sentimiento debe, pues, el autor evocarlos, a fin de que

su presencia intercepte la visión de nuestro contorno.

Ahora bien, yo no columbro que esto pueda conseguirse de otra manera que mediante una generosa plenitud de detalles.

Para aislar al lector no hay otro medio que someterlo a un denso cerco de menudencias claramente intuidas. ¿Qué otra cosa

es nuestra vida sino una gigantesca síntesis de nimiedades? El que duda si está soñando no recurre para ratificar su vigilia

a ningún síntoma heroico, sino al humilde pellizco. En la novela se trata justamente de soñar el pellizco.

Como siempre acontece que la exageración nos hace caer en la cuenta de la mesura desconocida, la obra de Proust,

extralimitando la prolijidad y la nimiedad, nos ha hecho advertir que todas las grandes novelas eran esencialmente minuciosas,

aunque con otra medida. Los libros de Cervantes, Stendhal, Dickens, Dostoievsky son, en efecto, del género tupido. Todo en

ellos parece lujosamente espumado de una plenitud intuitiva. Hallamos siempre más datos de los que podemos retener y aun

nos queda la impresión de que más allá de los comunicados yacen otros muchos como en potencia. Las máximas novelas son

islas de coral formadas por miríadas de minúsculos animales, cuya aparente debilidad detiene los embates marinos.

Esto obliga al novelista a no atacar más temas que aquellos de que posea cuantiosa intuición. Es menester que produzca

ex abundantia. Donde encuentre que hace pie y se mueve en líquido escaso no acertará nunca.

Hay que aceptar las cosas como son. La novela no es un género ligero, ágil, alado. Debiera haberse entendido como

un guiño orientador el hecho de que todas las grandes novelas que hoy preferimos son, desde otro punto de vista, libros

un poco pesados. El poeta puede echar a andar con su lira bajo el brazo, pero el novelista necesita movilizarse con una

enorme impedimenta, como los circos peregrinos y los pueblos emigrantes. Lleva a cuestas todo el atrezzo de un mundo.

DECADENCIA Y PERFECCIÓN

Las condiciones que hasta ahora he mencionado determinan sólo la línea en que comienza la novela y fijan, por decirlo

así, el nivel del mar en su continente. Sobre éste se elevan otras condiciones que producen la mayor o menor altitud de la obra.

Los detalles que forman la textura del cuerpo novelesco pueden ser de la más varia calidad. Pueden ser observaciones

tópicas, triviales como las que suele usar en la existencia el buen burgués. O bien advertencias de plano más recóndito que

sólo se hallan cuando se bucea en el abismo de la vida hasta capas profundas. La calidad del detalle decide del rango que

al libro corresponde. El gran novelista desdeñará siempre el primer plano de sus personajes y sumergiéndose en cada uno

de ellos tornará apretando en el puño perlas abisales. Mas, por lo mismo, el lector mediocre no le entenderá.

En los comienzos de la evolución del género se diferenciaban menos las buenas de las malas novelas. Como nada

estaba dicho, unas y otras tenían que principiar por decir lo obvio y primerizo. Hoy, en la gran hora de su decadencia, las

buenas y las malas novelas se diferencian mucho más. Es, pues, la ocasión excelente, aunque dificilísima, para conseguir

la obra perfecta. Porque fuera un error, que sólo una mente liviana puede cometer, imaginar la sazón de decadencia como

desfavorable en todos sentidos. Más bien ha acaecido siempre que las obras de máxima altitud son creación de las decadencias,

cuando la experiencia, acumulada en progreso, ha refinado al extremo los nervios creadores. Las decadencias de un género,

como de una raza, afectan sólo al tipo medio de las obras y los hombres.

Ésta es una de las razones por las cuales yo, que siento bastante pesimismo ante el porvenir inmediato de las artes

como de la política universal -no de las ciencias ni de la filosofía-, creo que es la novela una de las pocas labranzas

que aún pueden rendir frutos egregios, tal vez más exquisitos que todos los de anteriores cosechas. Como producción

genérica correcta, como mina explotable, cabe sospechar que la novela ha concluido. Las grandes venas someras,

abiertas a todo esfuerzo laborioso, se han agotado. Pero quedan los filones secretos, las arriesgadas exploraciones

en lo profundo, donde, acaso, yacen los cristales mejores. Mas esto es faena para espíritus de rara selección.

La última perfección, que es casi siempre una perfección de la hora última, falta aún a la novela. Ni su forma o estructura

ni su material han gozado aún de los definitivos alquitaramientos. Por lo que hace al material, encuentro de algún vigor el

siguiente motivo de optimismo.

La materia de la novela es propiamente psicología imaginaria. Ésta progresa a la par que sus otras dos hermanas, la

psicología científica y la intuición psicológica que usamos en la vida. Ahora bien, en los últimos cincuenta años tal vez nada

ha progresado tanto en Europa como el saber de almas. Por vez primera existe una ciencia psico1ógica, ciertamente que

sólo iniciada, pero aun así desconocida de las edades anteriores. Y junto a ella una refinada sensibilidad para adivinar al

prójimo y para anatomizar nuestra propia intimidad. Tanta es la sabiduría psicológica hacinada en el espíritu contemporáneo,

bien en forma científica, bien en forma espontánea, que a ella, en buena parte cabe atribuir el fracaso actual de la novela.

Autores que ayer parecían excelentes, hoy parecen pueriles, porque el lector es de suyo un psicólogo -superior al autor.

(¿Quién sabe si el desorden político de Europa, a mi juicio mucho más profundo y grave de lo que aún se manifiesta, no

obedece a la misma causa? ¿Quién sabe si los Estados de tipo moderno sólo son posibles en etapas de gran torpeza

psicológica por parte de los ciudadanos?).

Otro fenómeno pariente es la insatisfacción que sentimos al leer los clásicos de la historia. La psicología empleada por ellos nos

parece insuficiente, borrosa, en desequilibrio con nuestro apetito, por lo visto más refinado.

¿Cómo es posible que este proceso psicológico no sea aprovechado novelesca e históricamente? La humanidad ha

satisfecho siempre sus deseos cuando éstos eran claros y concretos. Se puede vaticinar, sin excesivo riesgo, que, aparte

la filosofía, las emociones intelectuales más poderosas que el próximo futuro nos reserva vendrán de la historia y la novela.

PSICOLOGÍA IMAGINARIA

Estas notas sobre las novelas van mostrando un aire tan resuelto de no acabar nunca, que se hace menester darles

fin de una manera violenta. Un paso más sería fatal. Porque hasta aquí se han mantenido en un orden de amplia generalidad,

eludiendo toda casuística. Y acontece que en estética, como en moral, los principios genéricos son únicamente la cuadrícula

que se traza en vista de la casuística, del análisis más concreto. Donde éste se inicia comienza lo más seductor de la cuestión,

pero a la vez se pone la planta en un área sin límites. Conviene, pues, aprovechar el último momento de cordura y detenerse.

Quisiera, sin embargo, añadir a cuanto va sugerido una postrera indicación.

Decía que la materia de la novela es, ante todo, psicología imaginaria. No es fácil en pocas palabras esclarecer

completamente lo que esto significa. Se suele creer que lo psicológico obedece exclusivamente a leyes de hecho, como

las de la física experimental, y que, por tanto, sólo cabe observar y copiar las almas existentes en sus procesos reales.

No cabría, pues, imaginar un mundo psíquico, inventar espíritus como se imaginan e inventan cuerpos geométricos.

Y, sin embargo, el placer de leer novelas se funda en todo lo contrario.

Cuando el novelista desarrolla un proceso psicológico no pretende que lo aceptemos como una serie de hechos -¿quién nos

iba a garantizar su realidad?-, sino que recurre a un poder de evidencia que hay en nosotros, muy parecido al que hace posible

la matemática. Y no se diga que el proceso descrito nos parece bien cuando coincide con casos de que en la vida hemos tenido

experiencia. Bueno fuera que el novelista estuviese atenido al azar de las experiencias que este o el otro lector ha recogido.

Antes recordábamos que una de las atracciones peculiares de Dostoievsky es el exotismo de sus personajes. No parece fácil

que un lector de Sevilla haya conocido nunca gentes con el alma tan caótica y turbulenta como los Karamazof. Y, sin embargo,

a poco sensible que sea, el mecanismo psíquico de estas almas le parece tan forzoso, tan evidente, como el funcionamiento de

una demostración geométrica en que se habla de miriágonos jamás entrevistos.

Existe, en efecto, una evidencia a priori en psicología como en matemática, y ella permite en ambos órdenes la construcción

imaginaria. Donde sólo los hechos conocen ley y no hay una ley de la imaginación es imposible construir. Sería un puro e ilimitado

capricho donde nada tendría razón de ser.

Por desconocer esto se supone torpemente que la psicología en la novela es la misma de la realidad y que, por tanto,

el autor no puede hacer más que copiar ésta. A tan burdo pensamiento se suele llamar realismo. Lejos de mí la intención

de discutir ahora este enrevesado término, que he procurado usar siempre entre comillas para hacerlo sospecho. Pero nadie

dudará de su ineptitud si advierte que no puede ser aplicado a las obras mismas de que se considera extraído. Son los

personajes de éstas tan distintos, casi siempre, de los que en nuestro contorno tropezamos que, aun cuando fuesen en efecto

seres existentes, no podrán valer como tales para el lector. Las almas de la novela no tienen para qué ser como las reales; basta

con que sean posibles. Y esta psicología de espíritus posibles que he llamado imaginaria es la única que importa a este género

literario. Que aparte de esto procure la novela dar una interpretación psicológica de tipos y círculos sociales efectivos será un

picante más de la obra, pero nada esencial. (Uno de los puntos que dejo intactos fuera mostrar cómo es la novela el género

literario que mayor cantidad de elementos ajenos al arte puede contener. Dentro de la novela cabe casi todo: ciencia, religión,

arenga, sociología, juicios estéticos -con tal que todo ello quede, a la postre, desvirtuado y retenido en el interior del volumen

novelesco, sin vigencia ejecutiva y última- o dicho en otra forma: en una novela puede haber toda la sociología que se quiera;

pero la novela misma no puede ser sociológica. La dosis de elementos extraños que pueda soportar  el libro depende en definitiva

del genio que el autor posea para disolverlos en la atmósfera de la novela como tal. La cuestión, como se ve, pertenece ya a la

casuística y la aparto de mí con terror).

Esta posibilidad de construir fauna espiritual es, acaso, el resorte mayor que puede manejar la novela futura. Todo conduce

a ello. El interés propio al mecanismo externo de la trama queda hoy, por fuerza, reducido al mínimum. Tanto mejor para centrar

la novela en el interés superior que pueda emanar de la mecánica interna de los personajes. No en la invención de «acciones»,

sino en la invención de almas interesantes veo yo el mejor porvenir del género novelesco.

 

ENVÍO

Estos son los pensamientos sobre la novela que una alusión de Baroja me ha incitado a formular. Repito que no pretendo

con ellos aleccionar a los que sepan de estas cosas más que yo. Es posible que cuanto he dicho sea un puro error. Nada

importa si ha servido de incitación para que algunos jóvenes escritores, seriamente preocupados de su arte, se animen a

explorar las posibilidades difíciles y subterráneas que aún quedan al viejo destino de la novela. Pero dudo que encuentren

el rastro de tan secretas y profundas venas si antes de ponerse a escribir su novela no sienten, durante un largo rato, pavor.

De quien no ha percibido la gravedad de la hora que hoy sesga este género, no puede esperarse nada.


 

 

 

 

 

 

Deja un comentario