[vamos, como podemos, hincando el diente a esas dudas que nos acompañan 

desde hace tiempo, pero que ahora queremos enfrentar. 

 

Por ejemplo: ¿cuándo es legítimo escribir versos o poemas enteros que no se

entiendan? Nos va pareciendo que hay un exceso de oscuridad que no proviene

de la poesía. Más que oscuridad, término noble que puede señalar el misterio o,

mejor, lo todavía desconocido, se trata de verbalizaciones deficientes, insuficientes:

no se acierta a decir porque, cuando las cosas se ponen difíciles -y casi siempre

se ponen difíciles en poesía para el que la escribe- el poeta deriva hacia la confusión,

sin más. 

 

También nos preguntamos cómo escapa -cómo se sobrepone- el poeta a las tremendas

presiones del ambiente, de la moda, de los intereses creados. Nuestro criterio es que no

escapa, no se sobrepone: solo repite. Sin saberlo cabalmente, claro: a cada uno de los

poetas de buena fe que se esfuerzan cuando escriben un poema, puede parecerle que está,

a veces, en el filo de la belleza, asomado al abismo de la verdad desconocida. 

Solo se trata de repetición, de moda, de contagio: el núcleo, la fuente, la madre de la repetición

se instala profundo, muy profundo, y engaña [no digo que mienta, sino que engaña].

 

Son dos aspectos de gran importancia: la oscuridad en poesía y la detección de la repetición. 

Puedo confiar en que un poeta escriba sin oscuridades innecesarias: solo tiene que dejar de decir

cuando sospeche que algo falla, ya sea en lo real visto o en las palabras para cazarlo. 

 

No puedo confiar, sin embargo, en que un poeta se libre, escape, se sobreponga a la repetición

-que consiste en decir de otro modo [o incluso de igual modo] lo mismo que gran número de poetas

están, casi a la vez, diciendo, como en una transmisión contagiosa, aérea, muy rápida, con muchas

mutaciones víricas, con billete de ida y vuelta: una gripe poética.]