isabel bono

 

bondage

 

de Una casa en Bleturge

Siruela Nuevos tiempos

2017

 

 

 

Estaba bebiendo agua cuando vio un plato en el fregadero. No recordaba haber usado uno llano.

Asomó la cabeza sin salir de la cocina y vio que el plato de postre seguía vacío en la mesa justo delante de su sillón. Mi sillón, pensó, qué tontería. Los dos sillones eran idénticos. Corrió la mesa hacia un lado e intercambió los sillones. No recordaba que pesasen tanto. Justo en el momento en que devolvía, sofocada, la mesa a su lugar él entró en la sala.

¿Qué haces? Nada, dijo ella. Fingió que alisaba el mantel y se llevó el plato de postre a la cocina. Fregó los dos.

Mientras colocaba los platos en su sitio y pasaba un paño seco por la encimera, recordó el documental que acababa de ver. Una mujer de su edad había hablado de sus esclavos.

Inteligencia, imaginación, había dicho. Máscaras de cuero, corpiños, látex y bondage. Tópico tras tópico. Frases hechas aprendidas. Imaginación, qué tontería. Buena memoria, en todo caso.

¿Quieres algo de la cocina?, dijo antes de salir.

Él no quería nada, apagó la luz. Él estaba haciendo dos montones con periódicos atrasados.

Solía preguntarle si ya los había revisado y si podía tirarlos. Trató de recordar desde cuándo él los tiraba sin más.

Se cepilló los dientes sin ganas y se dijo que no hacía falta buscarle tres pies al gato, total, todas las veces que él le había preguntado si quería echarles un último vistazo ella había respondido que no. No solo había dicho no, sino que lo había dicho con desprecio. Que nos hacemos mayores, dijo entre dientes.

¿Decías algo? Nada.

La bandeja, por ejemplo, siempre se la he llevado a la mesa, se la he puesto delante.

No pondría la mano en el fuego, pero estoy casi segura de que cuando terminábamos de comer él apilaba mis cosas sobre las suyas, colocaba una bandeja sobre la otra y las llevaba juntas a la cocina.

Nunca se habían repartido las tareas de la casa, si uno veía polvo en la estantería pasaba un paño.

Si otro veía dos platos vacíos en la mesa, los dejaba en el fregadero.

Es por mi culpa, pensó. Si entro en el dormitorio y veo el cajón de su ropa abierto, ya no lo cierro, o si ha dejado el pantalón en el brazo de la butaca, ya no lo doblo, o si hay una bolsa de té usada junto al grifo, ya no la tiro a la basura. En fin.

Fue a por unas nueces.

Si buscas el cascanueces está en el cajón de las herramientas, dijo él súbitamente sin levantar la vista de los periódicos.

Efectivamente, estaba debajo de los guantes de podar.

¿Por qué no lo pusiste en su sitio?, ¿no sabes que llevo una semana buscándolo?, mañana pensaba comprar otro.

Creí que habías decidido que ya no servía, que lo habías dejado allí a propósito, dijo él algo intimidado, muchas veces he llevado tu plato a la cocina y me has dicho que lo habías dejado a propósito, que estaba allí por algo.

Ella sonrió. ¿Qué? Nada.

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

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