si te llaman no es mi voz

 

 

Tú no sabes lo lenta que soy cuando recojo la mesa

al deslizar los cubiertos sobre el plato

para empujar los restos de comida a la basura.

Tú no sabes que prefiero que el helado se derrita

que siempre acabo volcándolo en el suelo

para que el gato se lo coma.

Tú no sabes que el gato se llama Galileo

y que fue mi padre quien le puso ese nombre.

Cuando alguien deja de quererte

el nivel de los pantanos no es un tema prioritario

y yo llevaba una semana olvidando cerrar el grifo

mientras me cepillaba los dientes.

Sin embargo, no encontrar aparcamiento en toda la manzana

hubiese sido una tragedia.

Menos mal que te llevaste el coche.

 

Cada uno llegó con su vida. Una vida cada cual

más una vida juntos

rompe cualquier principio matemático,

pero cuando las cuentas salen

y una vida para dos suma tres

no hay teorema que lo avale.

 

Soñabas y te caías a pedazos.

Yo limpiaba debajo de la cama y entre pelusas (blancas)

encontraba botellas rotas. Me causaba un dolor inmenso

barrer el futuro que había imaginado para nosotros.

Deseé que todas las nubes

descargaran sobre mi cabeza. Y llegó el invierno más triste.

La lluvia lo limpia todo

pero llena los bares de parejas con frío y calcetines húmedos.

No estás por más que te mire.

No volveré a tocarte, pensé aquella noche. Cuando me dejes

me marcharé de esta ciudad. Mentira.

El Capitán Marlow, dijo:

Un barco es muy parecido a otro

y el mar es siempre el mismo.

Ceesepe, dijo:

Sustituir un caballo por una escoba

y demás sueños que pudiéramos tocar con las manos.

A ver cómo lo explico:

tú no estabas, la ciudad dejó de importarme

y celebré la llegada del nuevo siglo con un año de retraso.

            ‒El amor acaba con los principios.

La muerte también (no llegué a decir).

Cucarachas, ratas, palomas y gallos. Tigres de bengala.

Nunca me gustó Rousseau.

Te mentí muchas veces.

 

Todo esto no ha pasado aún. Mis palabras

no son más que el mapa de un tesoro

que nadie quiere desenterrar.

Así que custodia bien tus recuerdos

para cuando vuelvas a mirar la playa

y yo no esté allí para cantarte estribillos.

Esta historia también eres tú:

un ejército de peces vaciándome.

Pero no olvides que

nada tengo que ver contigo ni tú con esto.

 

Quedamos en que vendrías.

La mentira más grande: descubrir

un gel de litro en tu bolsa de viaje: se suponía

que venías para quedarte.

Dormir en el sofá se hizo costumbre.

Después de incendiarme la cabeza

como en un cuadro de El Bosco

y decidir que Dalí era el más grande de los impostores

me pediste un secreto.

            ‒Siempre uso camisetas de rayas.

Llorábamos como críos por algo que nos traía sin cuidado.

Te duchaste vestido (de eso tienes que acordarte)

y, para consolarme me contaste

cómo tu mujer se volvió loca

y rompió una a una todas las tuberías de la casa.

Queda demostrado que no sabíamos beber.

Desayunamos en un chino y te acompañé al aeropuerto.

Primero Berlín, después Londres.

Total, para fotografiar el miedo en una cornisa

y vivir con un gato.

Te olvidé al tercer día según tus cartas. Las mías

dijiste, siempre decían lo mismo.

De la casa conservo la llave de tu cuarto.

Podía haber sonado Car más de cien veces en mi corazón

pero Doug todavía no la había escrito.

Samuel Barber hizo las veces.

              ‒Sácame de aquí.

Tú tenías un sueño. Mejor: Tú no tenías sueños.

De otro modo tendría que contar

que se nos hizo de noche.

Nuestros corazones dos juguetes de plástico

abandonados en la orilla.

        ‒Si me encierran, ¿vendrás a verme?

Ruido de pelota golpeada por palas de madera

casi idéntico al toc-tac de un reloj de pared gigante

y desincronizado. Reloj con arritmia.

Recojo y me largo.

He venido a descansar, no a matar el tiempo.

Si supieras qué absurda me parece esta sombrilla

y estas estrellas (de mar) movidas por ningún amor.

Qué absurdas esas risas

el calor y los filtros solares.

Yo quería tormentas, no este sol espléndido.

 

Así comenzó este peregrinar por playas

a las que sólo se llega andando.

Calas enrocadas, jaque mate, amor, jaque mate,

que he perdido en la resaca la mitad del bikini.

Aun así sigo buceando.

Ya sabes que aguanto más de dos minutos sin respirar.

Rastreo el fondo: desde aquí abajo podría jurar

que aquellos meses fueron unas vacaciones pagadas

en un balneario decorado por Chejov.

Cada noche Dj’Kundera

pinchaba el Hit Parade en el salón de bailes.

 

¿Ves a esa mujer? Podría ser yo, pero yo nunca tuve deseos

de caminar descalza más allá de tus ojos. Miraras o no.

          ‒Hay sueños que es mejor no descifrar.

Frases largas para preguntar, cortas para responder.

Mis respuestas eran dibujos en la alfombra

como si la alfombra fuese esta arena

donde (ahora) escribí tu nombre

antes de que el mar se lo llevara una y otra vez.

Me dolía el aire. Tal era la velocidad.

Aun así teníamos que haberlo intentado. Yo:

mezclar tus óleos con secativo de cobalto.

Tú: leer en voz alta mis poemas. Yo: acentuar tus esdrújulas.

Tú: chupar mis pinceles (tu saliva)

hasta que cada punta fuese una aguja.

Y todo por ver cómo cae la noche (decelerada)

con una sola ambición

sin un mal gesto, con un hambre de siglos

y rendidos preguntarnos cuánto más o nada más.

Si seguimos esperando o ya hemos llegado al the end

de esta novela rusa que es la vida.

 

En resumen: elegí un pueblo pequeño, llegué de noche

y vi la H encendida sobre la bahía.

No tenía con quién pasar la mañana

y pasear en barca fue sólo una opción entre mil.

Imposible equivocarse. Después,

los cobardes, le llamarán casualidad.

En resumen: en algún lugar

hay dos cuerpos tumbados en la playa

y ninguno es el mío.

Mientras, me maquillo de aftersun para nadie.

Y te recuerdo que no me diste tu teléfono.

En resumen: el futuro será una página escrita.

         ‒No te despiertes, amor, ya me encargo yo.

Ciao mare, oí decir.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Bono, Isabel.

Pan comido.

Madrid; Ed. Bartleby, 2011

del blog de Héctor Castilla

hectorcastilla.wordpress.com