isabel bono: una casa en bleturge

 

 

 

amianto

 

 

 

     
         

Cuando le dijo Llévame a la estación, inmediatamente hizo una lista mental de todas las cosas que haría ese día.

Él volvería en el último tren, pero no era necesario que lo recogiera, cogería un taxi. Tampoco hacía falta que lo esperara despierta. ¿Cuántas veces había soñado con un día así, una vida así? Una vida para ella sola, pasear sola, desayunar sola fuera de casa leyendo el periódico al sol.

El parking de la nueva estación era amplio y luminoso. Aparcó cerca de la entrada al centro comercial, esperó a que él subiera en el vagón y caminó hacia las tiendas. Manoseó varios collares y el poliéster de todas las blusas. Se probó unas gafas de sol enormes y un gorro de lana que prometía un descuento del 70%. Compró dos pares de pantis opacos, y nada más salir a la calle se arrepintió. Quizá el próximo invierno no se lleven tan tupidos, se dijo. Los usaría para casa.

El sol le quemaba en el cuello y se quitó la chaqueta. Bajo la sombra de un semáforo dudó si seguir por el paseo marítimo o por la avenida atestada de coches. Su librería favorita quedaba muy cerca, pero sintió una pereza enorme y además recordó que se había dejado la margarina fuera del frigorífico. Eligió la sombra y el camino más corto.

La cama estaba sin hacer y las toallas húmedas en la banqueta del cuarto de baño. Tendió las toallas. El periódico del día anterior estaba abierto sobre la mesa por la página del sudoku. Lo cerró. Sentada en el sofá mirando la tele apagada. Sentada en el sillón tirando de un hilo. De pie en la cocina preparando un sándwich. Sentada en la cama quitándose los zapatos. De pie frente al espejo sacándose un pelo de la barbilla. De pie en la cocina preparando otro sándwich. Hace la cama mientras mastica. Mira en el frigorífico si hay cervezas. No hay. Se sienta en la cama y se pone los zapatos para ir a comprar cerveza. Se sienta en el sofá y se quita los zapatos, encoge las piernas y esconde los pies bajo un cojín. Enciende la tele. Sentada en la cocina, mira cómo una fuente de tallarines da vueltas en el microondas. Se quita la camiseta y la echa a la lavadora. Ve la margarina encima de la mesa, la guarda en el frigorífico y mira de nuevo si hay cerveza. No hay. Suena el microondas. Sentada en el sofá comiendo tallarines. Sentada en el sofá cortándose una uña del pie con las uñas de la mano. Enciende la tele y le quita el volumen. De pie en la cocina fregando la fuente y el tenedor. De pie delante del frigorífico acabando los restos de un helado con la puerta del congelador abierta. Recoge las toallas del tendedero. Las vuelve a colgar porque siguen húmedas. Empieza una película en versión original subtitulada, la ve con el volumen a cero.

Empieza a anochecer. Abre el frigorífico y detrás de unas latas de refresco ve una cerveza. Enciende el ordenador, lee los mensajes, los borra de la bandeja de entrada, los borra de la bandeja de elementos eliminados, borra el historial. Sentada frente al ordenador apagado bebiendo cerveza. Camina descalza, deja la cerveza en un brazo del sofá y apaga la tele. La luz de la terraza del vecino ilumina las aristas de los muebles. La cerveza se vuelca. Da igual, cuando compraron el sofá aseguraron que la tapicería llevaba amianto y repele el líquido y las manchas. El amianto produce cáncer, pero le dio igual.

¿Qué haces a oscuras? Aquí. ¿Qué tal el día? No he hecho nada. Él ve la lata de cerveza abierta y una mancha en el sofá. ¿Estás bien? Estoy cansada, ¿tú qué tal? Nada, ¿queda cerveza? No, mañana compro. Mañana es fiesta. Ya, pero el centro comercial de la estación creo que abre y de todos modos tengo que volver, olvidé el coche en el parking.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Bono; Isabel. Una casa en Bleturge (Nuevos Tiempos) Siruela

 

 

 

 

 

 

 

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