JOSÉ ANTONIO MARINA 

MARÍA DE LA VÁLGOMA

 

LA MAGIA DE ESCRIBIR

 

2007, Random House Mondadori, S.A.

Barcelona

 

HISTORIAS DE ESCRITORES

 

EL OFICIO DE ESCRITOR

¿Cómo no admirarse ante la aparición del subjuntivo, el modo de la irrealidad, de la posibilidad, de la condición?

 

     

Para los antiguos, el único arte noble era la poesía, porque estaba en contacto con la divinidad que soplaba al oído del poeta sus revelaciones. Las demás artes eran serviles. La idea de «inspiración» pertenece al ámbito religioso, y por ello resulta chocante que se utilice fuera de ese contexto. Es evidente que un ateo no puede hablar de inspiración. «También yo tengo una visión de Dios -escribía Rilke-, soy ejecutor dócil y humilde de las órdenes que me dictan de allá arriba.» Nosotros, que admiramos fervorosamente el talento literario, rechazamos, sin embargo, la aparatosa excepcionalidad del escritor. Nos parece que la idea de «inspiración» es un ejemplo de pensamiento perezoso, y que tal vez los mismos escritores hayan creado esa mitología para enaltecer su figura. Tal vez a esto se refería Rilke al decir que los poetas mienten mucho. El escritor israelí Abraham Yehoshua afirma categórico que <<no es ni será jamás una profesión como las demás, constituye una actividad sorprendente que exige explicación y a veces justificación». Y Elena Quiroga decía que era la profesión que más se acercaba a Dios, porque como Él, el escritor podía crear seres de la nada.

No existe la nada como tal y cuando uno escribe lo hace desde un antiguo legado de seres que escribieron antes que uno mismo, de la memoria, la experiencia vital de cada cual, de un determinado contexto cultural y social y de la infancia, ese territorio tan propio e irrepetible como la huella dactilar. No, no hay que creerse como Dios. Una dosis de humildad conviene a todas las personas, pero quizá más a los escritores, con frecuencia propicios a la vanidad. Hemos conocido de cerca a bastantes y no parece que haya que ensalzarlos más que a cualquier otra persona que realice bien su trabajo.

Aunque algunos se empeñen en asegurarlo no es, ni muchísimo menos, la profesión más dura, por el contrario es un oficio que tiene notables ventajas frente a la mayoría de ellos, empezando por la nada despreciable de ser cada uno su propio jefe y poder organizar su tiempo como le venga en gana. No es rutinario ni aburrido, aunque a veces sea desesperante, porque no se logra plasmar lo que se quiere, o porque lo escrito está tan lejos de lo sentido como puede estar una radiografía del ser que ha sido radiografiado.

Materialmente es muy barato, basta un papel y un lápiz o bolígrafo (ya casi nadie escribe con pluma), quizá ahora un ordenador, y, además se puede hacer en cualquier parte. Eso sí, se necesita «una habitación propia», un espacio propio que preserve la necesaria soledad y nunca viene mal contar, como añadió Virginia Woolf, junto al propio espacio, unas cuantas guineas. Quizá por eso, por no poseer un lugar y un dinero propio, ha habido a lo largo de la historia de la literatura muchas menos escritoras que escritores, además de por la diferencia en cuanto a la educación. No olvidemos que hace ochenta años, en España a la mujer le estaba vedado asistir a la universidad.

 

¿ES EL ARTE UNA PASIÓN INÚTIL?

 

Ramón Nieto, en un librito delicioso en el que teoriza sobre el escribir, apuntando lo paradójico del oficio, dice: «El escritor es alguien que se dedica a poner todo su empeño en hacer aquello que no sabe y cuando culmina una obra, que en un principio no sabía en qué iba a consistir, lo aprendido no le sirve para la obra siguiente. Al iniciar la segunda obra ha de olvidar la primera y  meterse en un nuevo laberinto de dificultades que ha de sortear a partir de una página en blanco».

Nieto cree que el trabajo de un escritor es un trabajo inútil, y que esa conciencia de la inutilidad de su tarea le marca. También García Márquez piensa que es algo que no sirve para nada, pero por eso mismo le asombra aún más el que haya tantos escritores que no puedan dejar de escribir. <<¿Qué clase de misterio es ese -se pregunta- que hace que el simple deseo de contar historias se convierta en una pasión, que un ser humano sea capaz de morir por ella, morir de hambre, frío o lo que sea, con tal de hacer una cosa que no se puede tocar, que al fin y al cabo, si bien se mira, no sirve para nada?» Sartre se lamentaba de que la literatura no hubiese sido capaz de salvar nunca la vida de un niño, y la jovencísima revelación inglesa Zadie Smith, autora de Sobre la belleza, al reflexionar sobre las sensacíones que produce la escritura de un nuevo libro dice: «Nadie necesita nada que uno vaya a escribir. La gente necesita queso, coches, o vestidos [ … ] tu novela es absolutamente superflua, así que puedes escribir lo que te plazca». Algo semejante parece decir George Steiner, al constatar que lamentablemente lo que llamamos cultura no nos hace mejores, lo que resulta literalmente escandaloso.

Todo esto deriva de una visión esteticista de la escritura, que no es la nuestra. La palabra es demasiado importante en nuestra vida para que su uso no cambie las cosas. Unas veces para bien y otras para mal. Homero fue el gran educador de la Grecia clásica. Los Evangelios cambiaron el curso de la humanidad. Las obras de Lutero alteraron el curso del cristianismo. El manifiesto comunista determinó parte de la historia del mundo en el siglo XX. No todos los escritores están dispuestos a admitir que la suya sea una actividad inútil. Los hay que han afirmado todo lo contrario. Balzac consideraba que su obra superaba a la de los historiadores, pues era más libre que ellos.

Marthe Robert dice que ya no se trata de contar historias que diviertan a la gente, sino que el narrador acumula las funciones del sabio, del sacerdote, del médico, del historiador, del psicólogo, del sociólogo y del juez. Esperamos que no se haya quedado corta. El escritor islandés Jan Óskar contradice a los que piensan que es un mero lujo: «No estoy de acuerdo con los que afirman que la literatura no ha servido para sacar a la especie humana de su miseria y para empujarla hacia delante, y si no creyese que la literatura tiene más valor que las explosiones atómicas , si no creyese que es más eficaz para salvar a la especie humana de la perdición y del rechazo a sobrevivir sobre la tierra, dejaría de escribir».

Y Cocteau concluye: «Escribir es un acto de amor. Si no lo es, sólo es escritura».

Más que una profesión nos gusta pensar que es un oficio, por lo que tiene de artesanal, un oficio que no se aprende más que practicándolo. O un rompecabezas que se arma con ideas y palabras. Lo mismo pensaron los existencialistas, sobre todo Camus y Sartre, y muchos de los escritores norteamericanos del pasado siglo, como Faulkner y Hemingway.

   

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¿POR QUÉ SE ESCRIBE?

 

 

Ésta es una pregunta reiterada, que todo escritor que se precie se ha hecho a sí mismo en alguna ocasión, o que le han hecho, una y mil veces, y la respuesta es tan variada como el territorio que compone el mapa completo de los escritores de todos los tiempos y lugares. En 1919, al finalizar la Primera Guerra Mundial, Louis Aragon, André Breton y Philipe Soupault, creadores de la revista Littérature, escribieron una carta a cien escritores con la famosa pregunta. Contestaron 75. Las respuestas, que los encuestadores surrealistas consideraron decepcionantes, fueron publicadas en la revista, de manera muy acorde con el juicio de los que habían planteado la cuestión, por orden de mediocridad. En 1985, los responsables de Líbératíon volvieron plantear la cuestión, pero esta vez dirigida a escritores de todo el mundo, no sólo europeos. Contestaron cuatrocientos. «Escribo porque para mí no hay otro destino», dijo Borges lapidariamente. Y su íntimo amigo Bioy Casares añade: «Lo que me mueve a escribir y lo que me movió a escribir en un lejano día de mil novecientos veintitantos es el placer de las historias. Es algo que va más allá de la técnica, es algo que tenemos en común con los muchachos que entraban en los cafés de El Cairo y contaban las historias que hoy llamamos Las mil y una noches».

Su mujer, la también escritora Silvina Ocampo, dice lo que muchos escritores han dicho: «Escribo para ser amada». Exactamente igual que Bryce Echenique, el cual asegura que escribe para que le quieran. (Pero ¿realmente se quiere a alguien por el hecho de escribir?) Hay autores que aseguran que hay mil razones para escribir, como Ray Bradbury, pero después no dan más que una o dos. El suizo Friedrich Dürrenmat opina que es la pregunta más difícil que existe. «Es tan difícil -dice- que se responde siempre con una broma.» Se responde con una broma, con una obviedad, con una boutade si se quiere resultar ingenioso, pero difícilmente con la verdad. Por eso no nos sorprende la contestación de Philip Roth: «No responderé. Necesitaría la vida entera para dar una respuesta».

Dos años antes de su muerte, el escritor judío italiano Primo Levi, que había sobrevivido al Holocausto nazi, y que escribió sobre tan demoledora experiencia en sus obras Si esto es un hombre y La tregua, reflexiona sobre el impulso que lleva a escribir. Levi apunta nueve razones:

– porque uno siente el deseo o la necesidad

– para divertir o divertirse

– para enseñar algo a alguien

– para mejorar el mundo

– para dar a conocer sus ideas

– para liberarse de la angustia

– para ser famoso

– para ser neo

– por costumbre

Enunciados así, o de otro modo, éstos son los motivos que impulsan a la mayoría de los escritores. Tal vez habría que añadir uno más, con lo que alcanzaríamos el bello número diez. Nos lo dice nuestro amigo Álvaro Pombo: «Escribo porque es lo que sé hacer mejor. Y eso, en el fondo, es lo que quiere hacer todo el mundo». Algo parecido opina Ana María Matute: «Nunca estoy más viva que cuando escribo. Quizá, también, es la única cosa que sé hacer. Y, además, me gusta». Y Patrick Modiano, molesto por la pregunta, dice que es como si alguien que tuviese que saltar en paracaídas se preguntase: «¿Pero por qué salto en paracaídas?», la pregunta no facilita las cosas. «Creo que uno escribe porque no sabe hacer otra cosa», concluye.

Pero es curioso cómo el entorno cultural y social influye, incluso en ocasiones condiciona, la obra de un determinado autor. Como señala Cecilio Yepes en una magnífica antología, el compromiso de los escritores europeos suele ser un compromiso puramente literario. Sin embargo, el de los autores de los países africanos o el de países en desarrollo tiene que ver mucho más con las condiciones penosas de un pueblo, con salvaguardar una cultura que de otro modo estaría condenada al olvido, o en general con mejorar la vida de sus semejantes. Así el autor argelino Kateb Yacine dice que tiene miles de razones para escribir, «aunque sólo fuese el hecho de haber nacido y de vivir en un país de tradición oral, donde la mayoría de las fuentes escritas son alienantes, pues en general proceden de imperialismos extranjeros. La palabra se va, y con frecuencia se deforma. Los escritos quedan. Nuestra historia fue escrita por los romanos, por los árabes, por los franceses, rara vez por nosotros mismos y sólo desde hace poco tiempo».

Y similar objetivo persigue el escritor de Kenia Ngugi Wa Tiong cuando dice: «Mi escritura forma parte de las luchas del pueblo keniata contra el colonialismo y en la actualidad contra el imperialismo, que ha intentado ahogar la vida de este pueblo, vaciarla de su humanidad esencial, combativa, cambiante, creativa. Pero los keniatas han rechazado convertirse en esclavos y a lo largo de los años han combatido tenazmente, con coraje y heroísmo para afirmar su dignidad humana. Escribo para celebrar esa humanidad. El neocolonialismo será vencido y África será realmente libre.

Mi escritura está dentro de estas batallas ideológicas por la libertad». Razones parecidas mueven al egipcio Idwar al-Jarrat: «Escribo porque deseo que mi país, milenario, sea al fin liberado de una injusticia secular y de un oscurantismo medieval; ¿es posible? -se pregunta-. No sabría responder más que a través de la escritura, aunque no constituya una respuesta».

Motivos sociales o políticos apunta también Vargas Llosa: «Creo que el novelista es ante todo aquel que no está satisfecho con la realidad, aquel hombre que tiene con el mundo una relación viciada. Así la primera comprobación que haría yo desde el punto de vista del novelista es la de que es un hombre, en desacuerdo con su sociedad, con su tiempo, o con su clase, un hombre que no está satisfecho con el mundo». Julio Llamazares parece responder a esta misma idea: «La mirada del escritor es una mirada desvalida e impotente. Si se escribe es porque se está en desacuerdo con el mundo». Y Marsé asegura que, entre otras cosas, «escribir es una forma de protesta y de crítica frente a cualquier tipo de sociedad, de institución humana o de régimen político o social».

Sea insatisfacción con la realidad, o un modo de encontrarse, de ordenarse, de retener la vida y que no se escape por los amplios resquicios de la memoria, de ser famoso, de salvarse, de vivir más de una existencia, de ganarse la vida, de crear, de mejorar el mundo, de hacerse querer, de disfrutar, de liberarse de la angustia, lo que es cierto es que, una vez que se ha empezado a escribir, la pasión por crear no se acaba nunca. Los escritores no se jubilan, porque su júbilo consiste en seguir escribiendo hasta el final de sus días. En su libro El oficio del escritor -una magnífica selección de textos-, Ana Ayuso cuenta que sólo hay tres artistas que lo abandonaron: Shakespeare, que dejó el teatro para dedicarse a los negocios; Rossini, que cambió la ópera por la repostería, y Rimbaud, que dejó la poesía para terminar en el tráfico de armas, y otros oficios diversos.

 

EL PLACER DE ESCRIBIR

 

         

Muchos, muchísimos, y creemos que sinceros, dicen que escriben porque les gusta, por placer, porque es lo que hacen mejor o porque no saben hacer otra cosa: «El hecho de escribir posee para mí todas las características del trabajo más noble -dice la afroamericana, ganadora del Nobel, Toni Morrison-. Amo hasta sus momentos más penosos. La revisión, la corrección de pruebas. Por eso seguiría escribiendo aunque el sistema editorial desapareciera … ». Y añade: «La historia de los negros en Estados Unidos tiene una riqueza, un color, un calor, un poder que han sido ocultados siempre, particularmente, desde el punto de vista de las mujeres.

Mi mirada no es la misma que la de los hombres negros. Escribo para dar testimonio. Cuando miro una máscara africana, veo lo antigua, lo primitiva, lo poderosa que es, pero también lo contemporánea. Querría que mis libros tuviesen la calidad de ese arte prehistórico, que fuesen como un sustitutivo del alimento que nos aportaba la música. Ahora que la música no nos pertenece exclusivamente, la novela ocupa su lugar».

Aunque todo escritor aspira a tener lectores, e incluso va en busca del lector ideal -a la búsqueda de un interlocutor, decía Carmen Martín Gaite-, la pasión por escribir es más fuerte que el deseo de comunicar, por eso al igual que Morrison escribiría aunque no hubiese editores, otros muchos lo harían aunque no existiesen lectores. El montenegrino Branimir Scepanovic dice: «Me sentaría en todo caso ante la hoja en blanco y, aspirando a la perfección, escribiría aunque nadie lo leyera jamás>>. «Para mí, escribir es como un vicio, una manía. Me hace feliz escribir, me siento desdichado cuando no escribo», indica Onetti.

Y en lo mismo insiste el neozelandés C. K. Stead: «Escribir no es otra cosa que un placer», y el islandés Jan Óskar: «Me produce placer escribir y no podría dejar de hacerlo». «Escribo porque me gusta; porque me gusta el arte con mayúsculas, le rindo culto y quiero producir bellas obras de arte», escribió Iris Murdoch.

D. M. Thomas opina: «El gran placer que encuentro en escribir es el acto mismo de crear: tomar lo que es impreciso y está vado y darle forma [ ] . Me gusta crear pequeños universos». El norteamericano Paul Theroux se muestra contundente: «Escribo por placer, y continúo escribiendo porque  soy capaz de hacerlo. Jamás he sentido la angustia de la página en blanco; por otra parte la escritura nunca me ha infligido ningún sufrimiento. He asociado siempre la escritura con el placer, con la libertad, con la liberación. Cuando mis amigos escritores me cuentan que escribir les atormenta, que para ellos es un castigo, un purgatorio, me callo, porque si hablara daría la impresión de estar demasiado contento. . conmigo mismo».

Philippe Soupault, uno de los fundadores de la revista Littérature, y uno de los que plantearon la pregunta que aquí analizamos, fue tan explícito como lacónico: «Porque me divierte». Doris Lessing sentencia: «Escribo porque soy un animal escritor». Si no placer, para otros supone al menos una manera de vivir mejor, o de sobrevivir. Con la modesta manera con que Ángel González pasea por la vida su grandeza, nos dice que escribir poesía «a mí me ha descubierto cosas, me ha producido emociones». Escribe por un impulso personal, que se plantea como una exigencia. <<Mí vida habría terminado mal sí yo no hubiese descubierto la escritura y sí no me hubiese agarrado a ella», dice el dramaturgo iraquí Fuad al-Takarli.

Muchos autores cuentan que escribir les ha salvado. Un ejemplo paradigmático es el del escritor norteamericano, recientemente fallecido, Willíam Styron. Vividor y bebedor, cayó en una profunda depresión de la que se creyó que nunca podría salir. El infierno vivido lo relató en una obra estremecedora, Esa visible oscuridad, en la que cuenta que sólo el empeño de Rose, su mujer, y el ser capaz de narrarlo le salvaron de la locura y de la muerte.

 

¿ESCRIBIR ES SUFRIR?

 

 

Pero no todos los escritores se sienten tan satisfechos con su profesión. Si Larra aseguraba que escribir -en España- era morir, no parece que ser inglés o de cualquier otro país pueda liberar al escritor de ese sentimiento. Paul Auster, por ejemplo, dice que no le causa placer: «A menudo me pregunto por qué escribo. No es sólo para crear obras hermosas o relatos entretenidos. Es una actividad que parezco necesitar para sobrevivir. Me siento muy mal cuando no lo hago. No es que escribir me produzca un gran placer, pero es mucho peor sí no lo hago». El desasosegado Pessoa indica: «Para mí, escribir es despreciarme; pero no puedo dejar de escribir. Escribir es como la droga que me repugna y tomo, el vicio que desprecio y en el que vivo[ … ]. Escribir, sí, es perderse, pero todos se pierden, porque todo es pérdida. Pero yo me pierdo sin alegría, no como el río en la desembocadura para la que nació desconocido, sino como el lago formado en la playa por la marea alta cuya agua nunca más regresa al mar.

Soyinka responde así a la pregunta de por qué escribe: «Es mi lado masoquista, supongo». Masoquista parece ser también esta frase de Flaubert: «Amo mi trabajo con un amor frenético y perverso, como ama el asceta el cilicio que le araña el vientre», y no nos extraña, ya que para el célebre escritor francés escribir era un auténtico tormento, o al menos eso dice. Pone un ejemplo muy expresivo: «Al escribir este libro soy como una persona que tocase el piano con unas bolas de plomo atadas a cada falange» y cuenta su aburrimiento de una forma literaria y descarnada: «Hay en el fondo de mi ser un aburrimiento radical, íntimo, acre e incesante que no me permite disfrutar de nada y que me llena el alma a reventar. Aparece con cualquier excusa, como la hinchada carroña de los perros ahogados vuelve a salir a la superficie por mucho que les hayas atado una piedra al cuello».

García Lorca, en una entrevista que le hicieron en 1935, decía: «Cada mañana olvido lo que escribí la víspera … a veces, cuando veo lo que pasa en el mundo, me digo: ¿para qué escribir? Pero es preferible trabajar, trabajar. Trabajar y ayudar a quien lo merece. Trabajar incluso si se dice a veces que se trata de un esfuerzo inútil. Trabajar como una forma de protesta». <<Escribo por asco. Por asco a mí mismo y al mundo que hemos llegado a construir>>, asegura Álvaro Mutis. Y Monterroso, con su amor por la síntesis, asegura: «Hay que ser un neurótico para dedicarse a esta tontería». De la misma manera la califica Steinbeck: <<En el mejor de los casos la literatura es una actividad tonta. Hay cierto ridículo en escribir un cuadro de la vida. Y aumentando la broma: uno tiene que retirarse de la vida durante un tiempo para escribir ese cuadro. Y tercero, uno debe distorsionar su propia manera de vivir a fin de despertar en sí, de alguna manera, lo normal de otras vidas. Una vez recorrido todo este absurdo, lo que emerge de él quizá sólo sea el más pálido de los reflejos [ .. . ]. Y la mayor estupidez de todas reside en el hecho de hacer todo eso».

No es extraño que a James Joyce su Ulises le dejara exhausto. Así lo explica: «Sigue ahora un ejemplo de lo vacío que estoy. Hace varios años que no he leído una obra literaria. Mi cabeza está llena de piedras y porquerías y cerillas rotas y montones de cristales recogidos por todas partes. La tarea que me impongo al escribir un libro desde dieciocho puntos de vista diferentes y con otros tantos estilos aparentemente desconocidos[ … ] bastaría para desequilibrar la mente de cualquiera». La brasileña Clarice Lispector siente una contradicción, presente en muchos de estos escritores tan quejumbrosos. Dice: «Es una maldición, porque obliga y arrastra, como un vicio penoso del que es imposible librarse, pues nada lo sustituye. Y es una salvación». También Vargas Llosa, que ha hablado muchas veces del placer de escribir, compara la escritura con una tenia o solitaria, que te acompaña a todas partes aunque tú no la veas, que tiene contigo una simbiosis total, y se alimenta de ti. Sin embargo, no creemos que escribir sea penoso. Lo que ocurre es que muchas personas angustiadas o con problemas han buscado en la literatura su salvación. Lo doloroso era previo a la escritura, de la misma manera que la enfermedad es anterior a la cirugía. En la historia de lo que los escritores han pensado sobre los escritores hay una anécdota curiosa. En un libro falsamente atribuido a Aristóteles -Problemata- aparece una frase que hizo fortuna: «Todos los genios son melancólicos», lo que en aquel momento significaba que eran locos. La idea de que la poesía era un tipo de locura divina -theia manía- venía de lejos, pero el falso Aristóteles la generaliza -la biologiza, podríamos decir-, el Renacimiento la adopta y el Romanticismo la profesa como una religión.

Rimbaud saca la consecuencia lógica. Si la locura es la condición del genio, si quieres ser genio tienes que buscar la locura. Por eso se proponía: «Le déreglement de tous les sens», el desarreglo de todos los sentidos. Podríamos dedicar un libro a los desastres a que ha dado lugar una teoría tan infundada.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

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