j. d. salinger

un chico en francia

 

 


Traducción de Gema Pizarro Jiménez, Andrea Arbeteta García e Ignacio Cabrerizo Sánchez

 

Esta traducción de “A Boy in France” (publicado originalmente en el Saturday Evening Post, en su edición del 31 de marzo de 1945), relato inédito en castellano de J.D. Salinger, es el trabajo final de la asignatura Traducción General (Universidad Autónoma de Madrid, 2005/2006).

 

 

 

 

 

Después de haber comido media lata de carne de cerdo y yemas de huevo, el chico recostó su cabeza sobre el suelo empapado por la lluvia, sacándola de su casco de un doloroso tirón. Cerró los ojos, dejó que su mente se vaciara a través de mil agujeros y se durmió casi al instante. Cuando despertó eran casi las diez –hora de guerra, hora de locos, hora de nadie- y el cielo francés, frío y húmedo, había empezado a oscurecerse. Permaneció allí tumbado, con los ojos abiertos, hasta que lentos pero seguros los pequeños pensamientos de guerra, aquellos que no se podía evitar recordar, aquellos que se esquivarían con gusto, comenzaron a gotear de nuevo en su mente. Cuando copó su capacidad infeliz, una triste idea nocturna emergió a la superficie: Busca un sitio para dormir. Ponte en marcha. Coge tu manta. No puedes dormir aquí.

El chico incorporó su cuerpo sucio y maloliente hasta quedarse sentado y, desde esta posición, sin mirar a nada, se puso en pie. Adormilado, se inclinó, recogió su casco y se lo colocó. Anduvo inestable hasta alcanzar el camión y, de un montón de mantas embarradas, sacó la suya. Cargando con el ligero y nada cálido fardo bajo su brazo izquierdo, comenzó a caminar por el perímetro tupido del campo. Pasó al lado de Hurkin, que cavaba sudoroso una madriguera, y se miraron sin ningún interés. Paró donde Eeves estaba cavando y le dijo: «¿Te toca esta noche, Eeves?».

Eeves alzó la vista y dijo: «Sí», y una gota de sudor brilló y se descolgó de la punta de su larga nariz de Vermont.

El chico le dijo: «Despiértame si la cosa se pone fea o lo que sea». Eeves contestó: «¿Cómo sabré dónde vas a estar?» y el chico le dijo: «Te daré una voz cuando llegue».

No cavaré esta noche, pensó el chico caminando hacia adelante, no me esforzaré, ni cavaré ni picaré con esa maldita pala para trincheras esta noche. No me darán. No dejes que me den, Quien sea. Mañana por la mañana cavaré un buen hoyo, juro que lo haré. Pero

 

 

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esta noche, solo por ahora que todo me duele, déjame encontrar un lugar donde tirarme. De repente, el chico vio una madriguera alemana, sin duda abandonada por alguno de ellos durante la tarde, larga y podrida.

El chico movió un poco más rápido sus piernas doloridas avanzando hacia allí. Cuando llegó, miró hacia abajo y un estremecimiento sacudió su mente y su cuerpo al ver una chaqueta sucia de algún soldado norteamericano cuidadosamente doblada y colocada en el fondo del agujero, donde debía estar. El chico continuó caminando.

Localizó otro agujero alemán. Corrió hacia él con dificultad. Mirando hacia abajo, vio una manta alemana de lana gris, medio extendida medio revuelta en el fondo húmedo del hoyo. Era una manta horrible, sobre la cual hacía poco algún alemán se había tumbado, había sangrado y probablemente había muerto.

El chico dejó caer su manta en el suelo junto al agujero, se desprendió acto seguido de su rifle, de su máscara de gas, de su mochila y de su casco. Entonces se agachó junto al hoyo, se dejó caer sobre sus rodillas, alargó la mano dentro y levantó la manta alemana, pesada y sangrienta, que ya nadie echaría de menos. Una vez fuera, la enrolló como pudo y la lanzó hacia los densos setos de detrás del agujero. Miró hacia dentro de nuevo. Vio que el suelo estaba manchado con lo que había conseguido pasar a través de los dos pliegues de la pesada manta alemana. El chico cogió la pala de su mochila, se metió en el agujero y comenzó a cavar, con dificultad, en los sitios que estaban peor.

Cuando terminó, salió del agujero, desenrolló sus mantas y las extendió una sobre la otra hasta que quedaron lisas. Como si fueran una, las dobló por la mitad a lo largo y luego levantó esta cama improvisada como si tuviera una especie de columna vertebral y la bajó por el agujero hasta que la perdió de vista.

Vio cómo las chinitas de tierra sucia rodaban hacia los pliegues de sus mantas. Cogió su rifle, su máscara de gas y el casco y los puso con cuidado sobre la superficie de tierra en la boca del hoyo.

El chico levantó los dos dobleces superiores de sus mantas, los hizo a un lado ligeramente y cayó con las botas embarradas sobre su cama. De pie, se quitó la chaqueta y, haciendo una bola con ella, se colocó en posición para pasar la noche. El agujero era demasiado pequeño. No se podía estirar sin doblar las piernas flexionando al máximo las rodillas. Cubriéndose con los pliegues superiores de las mantas, posó su cabeza mugrienta sobre su aún más mugrienta chaqueta. Miró al cielo que se oscurecía y sintió unas molestas piedrecitas gotear por el cuello de su camisa, algunas alojándose allí, otras siguiendo su camino hacia la espalda.

De repente, recibió en la pierna el desagradable mordisco de una hormiga traicionera justo por encima de las polainas. Con dificultad, introdujo una mano por debajo de

 

 

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las mantas para matarla pero se paró en seco, aullando de dolor, al volver a sentir y a recordar en qué dedo había perdido aquella mañana una uña entera.

De inmediato, retiró el dedo, donde sentía un dolor punzante, y se lo acercó a los ojos para examinarlo bajo la luz tenue. Luego puso la mano entera bajo las mantas, con un cuidado más parecido al que se da a una persona enferma que a un dedo inflamado, y se dejó llevar por ese tipo de familiar abracadabra especial para los soldados en combate:

Cuando saque mi mano de esta manta, pensó, mi uña habrá crecido de nuevo y mis manos estarán limpias. Mi cuerpo estará limpio. Llevaré calzoncillos limpios, camiseta interior limpia, una camisa blanca. Una corbata azul de lunares y un traje a rayas, y estaré en casa, y echaré el cerrojo. Pondré café a calentar, algunos discos en el gramófono, y echaré el cerrojo. Leeré mis libros, beberé café y escucharé música y echaré el cerrojo. Abriré la ventana, dejaré entrar a una chica guapa y silenciosa –no a Frances, a nadie que haya conocido antes. Le pediré que me lea algo de Emily Dickinson –el que trata sobre no aparecer en los mapas- y le pediré que me lea algo de William Blake –el del pequeño cordero que te hizo- y echaré el cerrojo. Tendrá una voz norteamericana y no me preguntaré si tengo chicles o bombones, y echaré el cerrojo.

El chico sacó de pronto su mano dolorida de entre las mantas, esperando un cambio pero no obteniendo ninguno, ninguna magia. Entonces desabrochó los botones del bolsillo de su camisa, manchado de sudor y barro desmigajado, y sacó un taco de recortes de periódico. Los depositó sobre su pecho, separó el primero y se lo acercó a los ojos. Era una de esas columnas de opinión de Broadway. Comenzó a leerla en la penumbra:

«Increíble pero cierto, amigo. La otra noche me pasé por el Waldorf para ver a Jeanie Powers. La encantadora promesa está aquí para asistir al estreno de su nueva película, The Rocket’s Red Glare. Por cierto, gente, no os la perdáis, es formidable. Es la primera vez en su encantadora vida que la belleza alimentada con maíz de Iowa se pasa por la ciudad y le preguntamos qué sería lo que más le gustaría hacer mientras estuviera aquí. “Bueno”, le dijo la Bella a la Bestia, “cuando estaba en el tren, decidí que lo que de verdad me apetecía hacer en Nueva York era… ¡una cita con un verdadero soldado norteamericano! ¿Y adivinas qué pasó? La primera tarde que pasaba aquí ¡me topé de morros con Bubby Beamis en el mismo vestíbulo del Waldorf! Ahora es un alto mando en el mundo de las relaciones públicas y está afincado justo aquí, en Nueva York. ¿Qué te parece mi suerte?”. En fin, vuestro corresponsal no dijo mucho, pero vaya suerte la de Beamis, pensé para mí…».

El chico en el agujero arrugó el recorte hasta hacer de él una bola húmeda, levantó el resto de los papeles que estaban sobre su pecho y los dejó caer todos en la tierra que estaba alrededor del hoyo.

 

 

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Volvió a fijar la mirada en el cielo. El cielo francés. El inconfundible cielo francés, no el cielo de los Estados Unidos. Se dijo en voz alta, medio riendo medio llorando: «¡Oh, là, là!». De repente, con un movimiento apresurado, el chico sacó de su bolsillo un sobre estropeado y con aspecto de no ser reciente. Con un rápido movimiento, extrajo la carta de su interior y la releyó por trigésima vez:

 

 

MANASQUAN, NEW JERSEY

 

5 de julio de 1944

 

Querido hermanito:

 

 

Mamá cree que sigues en Inglaterra, pero yo creo que estás en Francia. ¿Estás en Francia? Papá le dice a mamá que él cree que estás en Inglaterra, pero yo creo que él piensa que estás en Francia. ¿Estás en Francia?

Los Benson bajaron pronto a la playa este verano y Jackie está en casa todo el rato. Mamá se trajo tus libros porque cree que volverás a casa este verano. Jackie preguntó si podía coger prestado ese de la señora rusa y uno de esos que guardas en tu escritorio. Se los di porque dijo que no doblaría las hojas ni nada. Mamá le dijo que fuma demasiado y lo va a dejar. Le dio una insolación antes de llegar nosotros. Le gustas mucho. Quizá se aliste en el cuerpo de mujeres.

Vi a Frances antes de venir, cuando iba en mi bici. La llamé a gritos, pero no me oyó. Es muy creída y Jackie no. Además, el pelo de Jackie es más bonito.

Hay más chicas que chicos en la playa este año. Nunca se ven chicos. Las chicas juegan mucho a las cartas y se echan mucha crema en la espalda las unas a las otras y se tumban al sol, aunque también se meten en el agua más a menudo que antes. Virginia Hope y Barbara Geezer se pelearon por algo y ya no se sientan juntas en la playa. A Lester Brogan lo mataron en el ejército donde están los japos. La señora Brogan ya no viene a la playa salvo los domingos con el señor Brogan. El señor Brogan simplemente se sienta en la playa con la señora Brogan y nunca se baña, y ya sabes lo buen nadador que es. Me acuerdo de cuando tú y Lester me llevasteis a lo hondo una vez. Ahora voy a lo hondo yo solita. Diana Schults se casó con un soldado que estaba en Sea Girt y se fue a California con él durante una semana, pero ahora él se ha ido y ella ha vuelto. Diana se tumba sola en la playa.

Antes de venir, se murió el señor Ollinger. El hermano Teemers fue a la tienda para que el señor Ollinger le arreglara la bici y el señor Ollinger estaba muerto detrás del mostrador. El hermano corrió llorando todo el camino hasta llegar al juzgado y el señor Teemers estaba ocupado hablando con el jurado y todo eso. El hermano Teemers entró igualmente gritando Papi, Papi, el señor Ollinger está muerto.

 

 

 

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Te lavé el coche antes de venir a la costa. Había un montón de mapas de tu viaje a Canadá detrás del asiento delantero. Los puse en tu escritorio. Había también un peine de chica. Creo que era de Frances. Lo puse también en tu escritorio. ¿Estás en Francia?

Con amor

MATILDA

P.D.: ¿Puedo ir contigo a Canadá la próxima vez que vayas? No hablaré mucho y te encenderé los cigarrillos sin tragarme el humo.

Siempre tuya.

MATILDA

Te echo de menos. Por favor, vuelve pronto.

Con amor y besos

MATILDA

 

 

El chico en el agujero volvió a meter cuidadosamente la carta en el sobre, sucio y usado, y lo devolvió al bolsillo de su camisa.

Después se incorporó ligeramente en el agujero y gritó: «¡Eh, Eeves! ¡Estoy aquí!».

Y desde el otro lado Eeves lo vio y asintió.

El chico se volvió a hundir en el agujero y dijo a nadie en voz alta: «Por favor, vuelve pronto». Entonces, encogido, con las piernas dobladas, se durmió.