JAIME GIL DE BIEDMA

Poesía en la Residencia

 

 

LECTURA DE POEMAS

DE JAIME GIL DE BIEDMA

en la Residencia de Estudiantes

9 de diciembre de 1988

 

 

Asociación de Amigos

de la Residencia de Estudiantes

2001

 

      

Yo creo que la vinculación con la Residencia de Estudiantes la compartimos todos los universitarios de tradición liberal que alcanzamos la edad de conciencia durante los años de la  posguerra civil; es decir que la Residencia de Estudiantes fue una referencia forzada y constante, y fue una leyenda, y fue algo así como el emblema de una patria perdida.

En mi caso, además, haber vivido estos días en la Residencia y leer aquí significa personalmente mucho —leer en lo que fue la casa de don Alberto Jiménez Fraud y de Natalia Cossío, a quienes tuve la fortuna inmensa de tratar durante meses en Oxford y por quienes guardo un recuerdo muy, muy lleno de veneración.

Había pensado abrir la lectura leyendo el texto que yo escribí cuando la conmemoración del centenario de don Alberto Jiménez, pero posiblemente lo lea después porque veo que ahora no es el momento, porque me estoy emocionando y puedo cortaros y puede ser muy violento.

O sea que voy a empezar con mi poesía y después, si tienen ustedes paciencia —y yo les rogaría que la tuviesen—, leería el texto de homenaje a don Alberto y a Natalia, que realmente me importa mucho más que mis poemas.

 

 

Los poemas que yo voy a leerles se escribieron en su gran mayoría, salvo alguno que leeré al final, hace muchos años.

Por tanto, no tengo la seguridad de que consiga leerlos de una manera mínimamente convincente. No porque hayan pasado muchos años y, como suelen decir los poetas, no me reconozca en ellos. No conozco, en realidad, a ningún poeta que se reconozca en un poema; reconocerse en otro orden de realidad, que es un poema, es un fenómeno rarísimo.

Por otro lado, no he conocido jamás en mi vida a un poeta que se reconozca en un mal poema suyo, sólo se reconocen en los que les gustan. Por lo tanto, no es eso; es otra cuestión que tiene que ver con la forma en que la mayor parte de esos poemas se concibieron y se compusieron.

Hay poetas en quienes el trabajo, la concepción y la composición se efectúan en gran parte sobre la cuartilla. El ejemplo clásico, que además se atormentaba porque le costaba mucho, es Mallarmé.

Yo creo que en la poesía española de este siglo el ejemplo clásico más cabal de composición de poemas sobre la página en blanco, sobre la cuartilla, es el Jorge Guillén de las dos primeras ediciones de Cántico. Y eso es perceptible en una cosa: el ritmo de los poemas de Guillén hasta 1935 es inseparable de su lectura y de su mise en page, de su lectura en página.

La agrupación tipográfica de las palabras es en sí una invitación al placer de la comprensión del poema y a la percepción de su ritmo. El ritmo de la poesía de Guillén en esa época es un ritmo visualmente inducido.

Otros poetas —y en realidad todos los poetas trabajamos de ambas maneras; es decir, no hay que establecer tampoco unas categorías absolutamente separadas— componemos de oído, que es mi caso. Componemos de oído generalmente a partir de un ritmo, un ritmo verbal que se nos impone, y en mi caso concreto, además, era siempre a partir de una tonalidad verbal y de una actitud, de una voz que habla, de la voz que habla ya en el poema.

Eso quiere decir que esa voz, en el curso del poema, tiende a definirse como hablante e incluso como personaje y tiende a adquirir o a presentar un mínimo de características individualizadoras. Y el problema con que yo me encuentro al leer estos poemas tras de tanto tiempo es un problema de que no sé si el soporte físico es el más adecuado; es decir, no sé si tengo ya voz —me pasa como a las cantantes que después de treinta y cinco años de bel canto hay papeles que ya no pueden cantar y otros que sí—, y entonces me temo que estos poemas están pensados para la voz de un hombre mucho más joven de lo que soy yo, por lo menos veinte años, y no sé cómo resultarán en boca de un hombre de cincuenta y nueve.

 

 

 

 

El primer poema que les voy a leer a ustedes, que forma parte de un conjunto que fue mi trabajo inicial que se titula Las afueras, es un poema que para mí tiene la significación de que representa el final de mi aprendizaje.

Es un poema que no tiene gran cosa que ver, aunque algo más que el resto de sus compañeros en esta serie de Las afueras, con la poesía que yo he escrito posteriormente.

Sin embargo, hay dos cosas en él que hacen que para mí tenga una significación especial.

Primero, el asunto del poema: el poema lo que desarrolla es una escena claramente simbólica o emblemática que es el regreso a la ciudad, acabadas las vacaciones de verano. Digamos que el significado simbólico de esa escena emblemática, el significado interno, es la entrada en la edad adulta, es decir, el final de la adolescencia, que en realidad es siempre un regreso porque la edad adulta es algo que se adquiere a pequeñas dosis, poco a poco, y uno se encuentra metido dentro de ella y cuando ya está dentro de ella se encuentra con que la reconoce ya porque la ha vivido casi desde su infancia, si no personalmente, a través de los mayores.

Es pues un poema que describe la llegada a una ciudad otoñal después de las vacaciones y que, además, trata muy deliberadamente de imitar un pasaje del «Cuarto cuarteto» de Eliot — muy deliberadamente y sin éxito— en el ritmo, en la articulación de la frase, cuyo ritmo principal se va aplazando durante mucho tiempo para dar la sensación de premiosidad en el avance.

 

 

[Las afueras , X ]

 

Nos reciben las calles conocidas

y la tarde empezada, los cansados

castaños cuyas hojas, obedientes,

ruedan bajo los pies del que regresa,

preceden, acompañan nuestros pasos.

Interrumpiendo entre la muchedumbre

de los que a cada instante se suceden,

bajo la prematura opacidad

del cielo, que converge hacia su término,

cada uno se interna olvidadizo,

perdido en sus cuarteles solitarios

del invierno que viene. ¿Recordáis

la destreza del vuelo de las aves,

el júbilo y los juegos peligrosos,

la intensidad de cierto instante, quietos

bajo el cielo más alto que el follaje?

Si por lo menos alguien se acordase,

si alguien súbitamente acometido

se acordase… La luz usada deja

polvo de mariposa entre los dedos.

 

 

El siguiente poema, que está escrito dos o tres años, yo creo que dos años, más tarde pero que ya realmente señala el inicio del género de poesía que yo he cultivado posteriormente, es un poema que está dedicado a Luis Cernuda, primero porque hay una cita verbatim de un verso suyo, que no me acuerdo si es de Un río, un amor o de Los placeres prohibidos, «lágrimas por ser más que un hombre»; segundo porque desarrolla un motivo que es muy frecuente en la poesía de la juventud de Cernuda, en la poesía de ese ciclo, que es el del adolescente a solas y el de la frustración del deseo.

Se titula

 

Noches del mes de junio

 

         [A Luis Cernuda]

 

Alguna vez recuerdo

ciertas noches de junio de aquel año,

casi borrosas, de mi adolescencia

(era en mil novecientos me parece

cuarenta y nueve)

porque en ese mes

sentía siempre una inquietud, una angustia pequeña

lo mismo que el calor que empezaba,

nada más

que la especial sonoridad del aire

y una disposición vagamente afectiva.

 

Eran las noches incurables

y la calentura.

Las altas horas de estudiante solo

y el libro intempestivo

junto al balcón abierto de par en par (la calle

recién regada desaparecía

abajo, entre el follaje iluminado)

sin un alma que llevar a la boca.

 

Cuántas veces me acuerdo

de vosotras, lejanas

noches del mes de junio , cuántas veces

me saltaron las lágrimas, las lágrimas

por ser más que un hombre , cuánto quise

morir

o soñé con venderme al diablo,

que nunca me escuchó.

Pero también

la vida nos sujeta porque precisamente

no es como la esperábamos.

 

 

 

 

El siguiente poema que voy a leer pertenece ya a mi segundo libro, Moralidades. Es un poema que se titula «Noche triste de octubre» —precisamente hay como un envío a «Noches del mes de junio»— , «Noche triste de octubre, 1959», y es un poema que se inscribe muy claramente en un género de poesía que entonces disfrutaba de un inmenso favor, que es la poesía social.

En las piezas, en las poesías, en los poemas de poesía social que yo escribí en aquella época, y en éste muy especialmente, hay un intento de someter un asunto de interés común y de experiencia social común de la vida española en aquel momento a un tratamiento literario absolutamente similar al que recibe un tema literario, un tópico, un topos literario tradicional.

Es decir, ponerlo exactamente a la misma distancia respecto al poeta y también respecto a la voz que habla en el poema, que no siempre coinciden.

«Noche triste de octubre» además es, en cierto modo, una imitación de un poema que yo he admirado siempre muchísimo, el «Chant d’automne» de Baudelaire, de la primera parte, en que Baudelaire tiene el presentimiento en los últimos días del septiembre parisino de que pronto llegarán las nieblas, la humedad del frío, y concreta ese presentimiento del invierno y de la dureza y del frío que se avecina en una imagen de una plasticidad maravillosa, y de una modernidad mucho mayor que la que yo consigo con mi propia imagen, que es el sonido de los leños descargados en los patios interiores de las casas de París, por los carros, para las chimeneas del invierno.

Y ese sonido de los leños cayendo sobre el pavimento de los patios interiores golpea en todo el poema como un sonido obsesionante; es el anuncio del invierno que viene y que suena, según Baudelaire, como un cadalso que levantasen.

En mi caso, el elemento simbólico que utilizo para dar la sensación de la proximidad del invierno es mucho más tradicional, es el mal tiempo, la lluvia. Está situado en una noche, en un mes muy concreto que es octubre del 59, y ahí se inserta el aspecto social del poema; en julio de 1959 se promulgaron las leyes de estabilización económica que realmente le dieron al régimen de Franco aproximadamente veinte años de vida más, cosa que ninguno deseábamos — unos cuantos o unas cuantas no deseábamos— pero que todos en aquel momento sabíamos que ocurriría si el régimen se demostraba capaz de soportar el enorme costo social del programa de estabilización.

El régimen lo pudo soportar gracias a que llegaron me parece que a dos millones de españoles los que emigraron temporalmente a Europa; si no, no lo hubiese podido soportar, y además se enriquecieron gracias a ellos y a los turistas.

Pero es el presentimiento del mal tiempo, en octubre del 59, al que se une el presentimiento de un invierno de penuria económica, de dureza, que va a afectar a todos. Dice así:

 

 

 

 

[Noche triste de octubre, 1959]

 

[A Juan Marsé]

 

 

Definitivamente

parece confirmarse que este invierno

que viene, será duro.

Adelantaron

las lluvias, y el Gobierno,

reunido en consejo de ministros,

no se sabe si estudia a estas horas

el subsidio de paro

o el derecho al despido,

o si sencillamente, aislado en un océano,

se limita a esperar que la tormenta pase

y llegue el día, el día en que, por fin,

las cosas dejen de venir mal dadas.

En la noche de octubre,

mientras leo entre líneas el periódico,

me he parado a escuchar el latido

del silencio en mi cuarto, las conversaciones

de los vecinos acostándose,

todos esos rumores

que recobran de pronto una vida

y un significado propio, misterioso.

Y he pensado en los miles de seres humanos,

hombres y mujeres que en este mismo instante,

con el primer escalofrío,

han vuelto a preguntarse por sus preocupaciones,

por su fatiga anticipada,

por su ansiedad para este invierno,

mientras que afuera llueve.

Por todo el litoral de Cataluña llueve

con verdadera crueldad, con humo y nubes bajas,

ennegreciendo muros,

goteando fábricas, filtrándose

en los talleres mal iluminados.

Y el agua arrastra hacia la mar semillas

incipientes, mezcladas en el barro,

árboles, zapatos cojos, utensilios

abandonados y revuelto todo

con las primeras Letras protestadas.

 

 

En aquellos momentos, la economía española era bastante primitiva, y diríamos que el tráfico comercial se hacía todavía en gran parte con letras, cosa que ahora está un poco pasada ya, pero no del todo.

El poema que voy a leerles ahora es también una imitación pero de un poema muy anterior. Se titula «Albada» y desarrolla un motivo, un topos clásico de la poesía provenzal y de la poesía tradicional española, que es la separación de los amantes al amanecer, el alba en que el amigo, que ha vigilado durante toda la noche, que ha estado a l’aguait toda la noche, avisa al amante de que está amaneciendo, que cantan ya los pájaros y que debe salir, y el amante jura que no saldría por nada del mundo y que seguiría junto a su amada.

Mi poema está inspirado, directamente pero de una manera muy elaborada, en una famosa alba de Giraut de Borneil, quizá el alba más famosa de la poesía provenzal, que además tiene por peculiaridad que parece ser que no es un alba convencional.

Parece ser, según algunas teorías, que la última estrofa es apócrifa, es añadida — la estrofa de la respuesta del amante— , y que en realidad es una exhortación del alma al cuerpo agonizante, es decir del alma del agonizante a sí mismo.

Y precisamente fue esa posibilidad de desdoblamiento, según esa interpretación albigense de esta albada, la que a mí me dio la idea de que la exhortación y la respuesta estén en boca de dos dimensiones diferentes de la conciencia de un mismo sujeto.

Por otra parte, todo el escenario está trasladado. Es un hotel de paso en Barcelona cerca de las Ramblas; aún le llama el portero de noche; todavía existían tranvías, que se oyen a lo lejos, y es la madrugada de un día laborable, por cierto.

 

 

 

[Albada]

 

 

 

Despiértate. La cama está más fría

y las sábanas sucias en el suelo.

Por los montantes de la galería

llega el amanecer,

con su color de abrigo de entretiempo

y liga de mujer.

 

Despiértate pensando vagamente

que el portero de noche os ha llamado.

Y escucha en el silencio: sucediéndose

hacia lo lejos, se oyen enronquecer

los tranvías que llevan al trabajo.

Es el amanecer.

 

Irán amontonándose las flores

cortadas, en los puestos de las Ramblas,

y silbarán los pájaros —cabrones—

desde los plátanos, mientras que ven volver

la negra humanidad que va a la cama

después de amanecer.

 

Acuérdate del cuarto en que has dormido.

Entierra la cabeza en las almohadas,

sintiendo aún la irritación y el frío

que da el amanecer

junto al cuerpo que tanto nos gustaba

en la noche de ayer,

 

y piensa en que debieses levantarte.

Piensa en la casa todavía oscura

donde entrarás para cambiar de traje,

y en la oficina, con sueño que vencer,

y en muchas otras cosas que se anuncian

desde el amanecer.

 

Aunque a tu lado escuches el susurro

de otra respiración. Aunque tú busques

el poco de calor entre sus muslos

medio dormido, que empieza a estremecer.

Aunque el amor no deje de ser dulce

hecho al amanecer.

 

—Junto al cuerpo que anoche me gustaba

tanto desnudo, déjame que encienda

la luz para besarse cara a cara,

en el amanecer.

Porque conozco el día que me espera,

y no por el placer.

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

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