EL REINO DE LA ELIPSIS

 

AUTORRETRATO EN ESPEJO CONVEXO

JOHN ASHBERY

 

JAIME SILES

 

 

Ashbery es un poeta del habla que dispone el poema sobre los distintos puntos de vista y de tono de la voz.

La elipsis es, por tanto, su figura. Y ello supone una no rechazada oscuridad: un espesor poético, tan complejo

como su sintaxis, que se mueve de un sitio a otro, sin encontrar un centro enunciador. Lo que hace que su

escritura esté en continuo movimiento, y que el flujo de imágenes que su curso desplaza, someta sus poemas

a un ritmo indefinible, que es lo que le confiere su singularidad.

 

COMO POUND, COMO ELIOT

 

 

Algo heraclitiano parece atravesar su inteligente calma: del mismo modo que un íntimo desacuerdo político parece

enfrentarlo a los usos mentales y lingüísticos de su sociedad. Creo que es esta perspectiva la que permite

comprender su poesía crítica: como Pound y como Eliot, Ashbery posee unas referencias culturales que irritan

la ignorancia del pequeño-burgués y de una clase social tan mediocre como autosatisfecha con su analfabetismo

funcional.

Ashbery muestra las disfunciones del sistema, eludiendo la vertiente trágica que ello pueda tener: usa una

ironía delicada que recorta las siluetas del sentido y pone en jaque las supuestas formas de la verdad. No combate

ideas sino, más bien, creencias.

Y eso le permite cierta comodidad: practica, pues, un tipo de poesía social que podríamos llamar «culta» o «civilizada»,

ya que no es sólo la parte más superficial de la política lo que se denuncia sino toda su extensa base cultural lo que

se rechaza.

La grandeza de esta poesía consiste, pues, en su refinamiento y complejidad mental, a los que contribuye la

condición del verso, que, sin trivializarse, se pliega a las modulaciones de la lengua coloquial. Ejemplo de ello son

«En Autum Lake» –cuyo principio cómico la traducción mantiene pero que muy bien– y las aleaciones de planos y

niveles de lenguaje que conforman «Gran Galop», uno de los grandes poemas de un libro muy perfecto, en el que

el lector no sabe qué admirar más: si el carácter esbelto de la frase o el conjunto total en que se incrusta.

Y es que Ashbery construye con fragmentos, pero no renuncia a la nostalgia de un arte total.

La modernidad de su empeño estriba en la duda de poder conseguirlo, y las múltiples citas que, como piezas

de un calidoscopio, desparrama pueden interpretarse como guiño y, a la vez, como burla de esa tentación.

Tal vez por ello los poemas no sólo avanzan sino que, en determinado momento, se detienen. Y es esa extraña

dinámica poética la que dota a los textos de una mágica movilidad en la que las palabras parecen fluir más

en el espacio que en el tiempo:

 

«No aquí no ayer en el pasado

sólo en el hueco del hoy que se rellena

mientras se distribuye el vacío

en la idea de qué hora es

cuando la hora ya ha pasado»

 

La atmósfera manierista que informa el fondo de esta escritura se manifiesta, sobre todo, en esto.

Por eso el sujeto –cuando habla– pregunta:

 

«¿Qué letargo en las avenidas

donde todo se dice en un suspiro?

¿qué tono de voz entre los setos? 

¿qué tono bajo los manzanos?»

 

 

«BAJO LAS NUBES» 

 

Las continuas alusiones a la música romántica y a algunos autores que le sirven de palimpsesto

podrían verse como un irónico contrapunto a la figuración del yo en su papel de pequeño personaje.

La moral establecida y el pensamiento al uso son objeto de denuncia en «Gran Galop»:

 

«Las mentiras caen como hilos blondos del cielo

por toda América, y el hecho de que algunas sean verdad

desde luego no sólo no importa sino que sirve para justificar

la demencial fuerza organizadora bajo las nubes del placer correcto».

 

 

El propio hablante pone en tela de juicio la instancia real desde la que habla en «Poema tres partes».

Y en «Pulgarcito» –otro de los textos mejor vertidos– la única vía de escape es la fuga a los países inventados.

Los poemas breves –salvo «Lona»– son sólo transicionales. Y «Oda a Bill» articula un esbozo de poética:

 

«Poner sobre el papel

no tanto pensamientos como ideas,

quizá: ideas

sobre pensamientos»

 

Lo que, al igual que la referencia a Lessing en «Grupo de danza lituana», acaso pueda interpretarse

como clave de su concepto de literatura.

El final de «Tarde Urbana» parece una escena de David Hockney, y algo de su plástica está patente en un

verso de inspiración virgiliana:

 

«Un cielo violeta raspando las crestas grises de los montes».

 

Como expone en «Oleum misericordiae», la historia real es la que no sabremos nunca. Y eso es lo que

vuelve a formular en el poema que da título al libro y que tiene como ecfrasis pictural el famoso cuadro del

Parmigianino: proteger aquello que se quiere revelar.

Ashbery lo hace desde la especulación de las palabras que carecen del meaning of the music.

Su tema –su verdadero tema– es la cuestión del «pathos versus experience», para la que no encuentra

solución. Por eso cuanto producimos son «susurros pronunciados a destiempo».  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

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