horacio

 

arte poética

 

 

 

Introducción, traducción, notas

y comentario de Juan Antonio

González Iglesias

Madrid, Ediciones Cátedra, colección

Clásicos Linceo, 2012

 

 

 

     

 

 

NO BASTA QUE SEAN

BELLOS LOS POEMAS

 

 

JENARO TALENS

 

 

 

«O sigues lo que otros ya dijeron,

escritor, o creas algo con su propia

coherencia»

 

nos recuerda Horacio en la excelente versión que comentamos. Que casi veintiún siglos después de haber sido redactada el Ars poetica horaciana siga siendo un referente ineludible, no solo para la teoría literaria como disciplina, sino incluso para todo aquel que se acerque al solitario oficio de hacer versos, dice mucho de su importancia tanto histórica como metodológica.

La obra, compuesta en Roma, en las postrimerías del siglo I a.C., se presenta bajo la forma de epístola dirigida a dos jóvenes poetas (los Pisones), cuyo padre (Pisón) parece gozar del aprecio y respeto intelectual del narrador:

 

«Oh padre e hijos dignos de tal padre»

 

Como tal epístola, está escrita en forma de poema y tiene la estructura de un breve tratado en el que su autor, uno de los más grandes nombres de la Antigüedad grecolatina, reflexiona sobre las interioridades técnicas del trabajo de escribir, a la vez que sobre los efectos estéticos, sociales y políticos que dicho trabajo puede producir, como efectos de sentido, en el lector.

Según la teoría contemporánea, y siguiendo la terminología de Gerald Prince, el narrador se dirige a dos narratarios con nombre propio.

Sin embargo, la manera en que expone lo que sería una reflexión de más amplio espectro le permite inscribir en su relato no solo al lector explícito, sino también lo que hoy llamaríamos lector implícito, función discursiva que va más allá de los concretos destinatarios de la epístola.

 

No se trata, por ello, de una suerte de «recetario de escritura creativa», para utilizar ese actual invento del marketing literario, sino algo de mayor enjundia y con más amplias perspectivas.

Horacio no solo trata de trasmitir sus enseñanzas a estos dos jóvenes, justificándolas en todo momento con argumentaciones razonadas e inteligibles, sino de elaborar una propuesta que pueda ser útil para quienes se dediquen a la poesía en épocas posteriores.

Con ello, el poeta latino inventa un recurso que acabaría convirtiéndose en un tópico literario a lo largo de los siglos, corporeizado en la figura que encarna el «poeta futuro» aludido por Du Bellay en su La Deffence et illustration de la langue francoyse (1549) o en el que protagoniza el conocido poema cernudiano de La realidad y el deseo, ya en pleno siglo xx.

 

Para apuntalar el carácter persuasivo de sus enseñanzas, Horacio desdobla el narratario en dos: un hermano mayor, ya formado y con criterio propio, y un hermano menor, aún en pleno proceso formativo. Como marco referencial aparece, aunque solo sea de modo alusivo, la figura del padre de ambos, definido, y así lo señala el editor-traductor del volumen, «como un modelo de excelencia para sus vástagos».

De ese modo, Horacio despliega todo un programa didáctico donde mezcla con soltura, pero con un rigor poco común, consejos sobre el uso correcto de la retórica, teoría literaria general y elementos procedimentales de necesario conocimiento por parte del orfebre que debe ser, en el fondo, todo poeta que se precie. 

La influencia de este breve texto horaciano ha sido enorme en sus más de dos milenios de existencia. González Iglesias expone en un conciso, pero sólidamente documentado prólogo introductorio, los diversos avatares de la Epístola, desde sus posibles fuentes de inspiración (la Poética o Sobre los poetas de Aristóteles, los Caracteres del discípulo de este, Teofrasto, el tratado sobre poesía de Neoptólemo, del siglo iii a. C., o De oratore de Cicerón) hasta su presencia, más o menos explícita, en casi todos los tratadistas y teóricos que han abordado el tema desde finales de la Edad Media hasta hoy.

 

Lo más interesante del trabajo de González Iglesias es el modo en que busca rebatir el juicio sumarísimo con el que en pleno Renacimiento Julio César Escalígero descalificaba el texto horaciano, «un Arte expuesta sin arte».

Como el movimiento suele demostrarse andando, el editor defiende que el tono conversacional y, en apariencia, poco «artístico» de la epístola responde a un programa muy preciso. Su punto de partida es que no se trata de un tratado, sino de un poema que es, al mismo tiempo, un tratado, y en el que, por tanto, la lógica poemática forma parte integrante de la estructura y del estilo.

La supuesta sequedad y didactismo abstracto sería, así, achacable a sus editores, no a Horacio. En ese sentido es bien cierto, y cabe señalarlo desde un principio, que el hecho de que en la persona del editor se fundan sin solución de continuidad el concienzudo erudito académico y el magnífico poeta que ha demostrado ser desde hace años facilitaba las cosas. 

Y el resultado se deja notar. Porque una de las virtudes de esta edición, aparte de su manejabilidad y ausencia de la pesadez de otras ediciones para especialistas en cultura clásica, es que consigue hacer del original un poema en castellano, legible como tal poema, expuesto en un verso blanco que, si bien casi duplica los versos del original —la música de cada idioma tiene sus servidumbres  y hay que respetarlas—, jamás se permite un acento mal puesto ni una caída en el ritmo o en el tono.

Además, la división en capítulos de los contenidos del texto horaciano propuesta por González Iglesias facilita enormemente la lectura del original.

A muchos de los que, en la actual coyuntura socioeconómica, tanto ponen en duda la utilidad y el valor de las Humanidades, les vendría bien leer con atención este libro. Se llevarían más de una sorpresa acerca de lo mucho que un clásico puede seguir enseñándonos en plena época de Wikipedia e Internet. 

Por lo demás, sería lamentable que una edición como la presente, aparecida en una colección destinada a estudiantes de bachillerato, pasase inadvertida por el hecho mismo de ser considerada «escolar». Porque no lo es en absoluto.

Todo lo contrario.

De lectura imprescindible.