jesús quintero y antonio gala

13 noches

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A Joana Bonet Camprubi

 

noche decimotercera: el arte y la cultura

 

                 —¿Usted cree, señor Gala, que ha escrito algo que merezca la pena?

            —La pena, no lo sé. Mi pena, sí, y con eso me basta.

   

                —¿Por qué los artistas suelen ser insoportables?

            —Bueno, también algunos entrevistadores lo son. No creo que eso sea imprescindible. Es muy conveniente, pero no imprescindible.

            —Que conste que no lo decía por usted.

            —Lo que sucede es que el artista insoportable lo es porque está en esa soledad comunicativa, en esa soledad sonora, y está trabajando para todos y también un poco en contra de todos.

            —¿Para qué sirve el arte, Gala? ¿Quizá para conocerse a uno mismo?

            —Principalmente. El arte se ha dicho mucho que es comunicación. Pero ¿qué vamos a comunicar si la comunicación no viene precedida por un conocimiento más hondo de la realidad verdadera y rigurosa de las cosas y de la realidad de uno mismo? A través del arte conocemos mejor el mundo y nos conocemos mejor a nosotros. Si no, el arte verdaderamente será un artificio, pero no un arte. El verdadero es el que nos enseña la grandeza interior del hombre en general y del creador en particular.

            —Se ha dicho también que el arte es un espejo.

            —El arte es un espejo, pero no del artista. El artista que se mira en un espejo es, primero, tonto y, luego, narciso, y acabará por no gustarse ni a él. El arte es como un espejo que refleja lo que está detrás de nosotros.

            —Pero el arte es testimonio, ¿no?

            —Sí, pero, insisto, no del propio creador. No debe serlo, sino de aquello que procede de él. Él es el testigo, él es el mártir, que es lo que significa testigo, y testifica sobre lo interior.

            —¿El arte es la expresión de la belleza, como se ha dicho, o mucho más: la expresión de la vida?

            —Mucho más: la expresión de la vida, y lo que sería perfecto es que fuese una bella expresión de la vida. Esa es la aspiración suprema del arte.

            —Pero ¿qué es la belleza, Gala?

            —Quién lo sabe… La belleza es algo tan inefable que no sabemos si es un permanente reproche que se nos está haciendo, o una invitación. En cualquier caso, es una armonía y verla nos pone un poco tristes, porque no nos parecemos nada a ella.

            —¿Qué es la emoción?

            —Para mí la emoción es el coincidir con un abrazo.

            —¿Y qué es el sentimiento?

            —Un camino por el que se avanza juntos y coincidentes.

            —¿Y la imaginación?

            —Como una ventana abierta por la que nos asomamos y vemos lo que no está dentro.

            —¿Y la fantasía?

            —Las alas, las alas abiertas. Salir a través de la imaginación con las alas abiertas.

            —¿Y qué es el arte?

            —¿Otra vez? El arte es el resumen de todo eso: de la emoción, de la belleza, del sentimiento, de la sensibilidad, de la imaginación y de la fantasía.

            —¿Y usted quién es?

            —Yo Antonio Gala, qué voy a hacerle. Una vez más, Antonio Gala.

            —Mucho gusto.

            —Encantado.

            —¿Cómo nació en usted la vocación de escritor?

            —He dicho con frecuencia que yo no soy escritor por vocación, que soy escritor por destino y que quizá, si hubiese podido elegir, hubiera elegido la ebanistería. La ebanistería me apasiona, pero posiblemente hubiese sido un mal ebanista o manco como mínimo. No considero que sea un buen escritor, ni mucho menos. A eso aspiro y todavía me queda por llegar. Todavía está ese futuro al que avanzo ferozmente, como un perrillo que huele el olor de la hembra en celo.

No hay que sentarse a esperar el futuro, hay que hacerlo, y se hace andando. Si yo quiero escribir mejor no es para satisfacerme, como usted comprenderá. Yo podía engañarme y decir: soy el mejor escritor del mundo. Pero es para los demás, es para comunicar mejor, es para desaparecer yo y que sólo se diga lo que tiene que ser dicho sin estilo literario, sin que yo esté entorpeciendo o enturbiando su expresión.

Usted sabe perfectamente que hay cantaores que no han cantado bien durante la noche y que, de pronto, al irse ya a su casa, medio borrachos, desazonados, con los ojos rojos del humo, de pronto, aparece ese cante que hace enmudecer al campo. ¿Qué pasa? Que ya no está el que se interponía, que ya no está el cantaor luchando con el cante: ya de pronto está libre y sale el cante solo. Le sale cuando ya él mismo no está haciendo oposición ninguna, cuando ya es sólo vehículo. Así quiero yo escribir.

            —¿Ha cometido alguna vez el pecado del plagio?

            —Una vez hubo un pequeño proceso sobre eso que, naturalmente, quedó en aguas de borrajas. Yo creo que he escrito tanto y sobre tantas cosas (he sido un poco una criada para todo) que puedo empezar ya, si quiero, a plagiarme a mí mismo.

            —¿Qué escritor le emocionó siempre?

            —San Juan de la Cruz, y Garcilaso también.

            —¿Qué pintor le emocionó siempre?

            —Velázquez, con esa… fría emoción persistente.

            —¿Qué músico le emocionó siempre?

            —Mozart: Dios puede estar contento de haberlo creado… Tengo fervores casi inexplicables, que, desde luego, no necesitan explicación. Tengo fervor por Cervantes y tengo fervor por Santa Teresa. Son los dos los más antigramaticales que he conocido. Hacen con el idioma lo que les sale de las narices. Hacen el idioma, lo crean, porque el idioma no es algo que esté allí ya quieto para siempre, es algo móvil, creciente, duradero, irisado. Quiero a Rilke. Quiero la serenidad casi desdeñosa de Velázquez. Quiero el calor de Murillo. Quiero mucho a Goya, porque nos representó con todo el amor hiriente que se puede representar a un pueblo. No sé si han influido en mí, pero los quiero tanto… Y luego un arquitecto que me cautiva. Se llama Norman Foster.

            —¿El marido de la doctora Ochoa?

            —Sí. He visto un Banco (¡un Banco, señor Quintero!) que se llama de la China y de Shanghai y no sé qué, en Hong Kong, hecho por él, y yo le aseguro a usted que si los arquitectos de las catedrales de la Edad Media tuviesen que hacer un Banco, seguramente lo harían como él. La tradición en el arte es esencial.

            —Deme los nombres de cinco poetas andaluces.

            —¿De ahora?

            —De siempre.

            —Góngora, Fernando de Herrera, el Arcipreste de Hita (porque estoy absolutamente convencido de que nació en Alcalá de Benzaide, que ahora se llama Alcalá la Real) y dos de los últimos premios Nobel españoles: Juan Ramón Jiménez y Vicente Aleixandre, Huelva y Sevilla.

            —Yo le digo Lorca y usted ¿qué me dice?

            —Universal. Es tan universal que casi no es ya ni andaluz. Eso pasa. Compadezco, sin embargo, a sus traductores.

            —¿Por qué hay tantos poetas en Andalucía?

            —Está el clima, está esa generosidad de la naturaleza, está esta placidez, está esa falta de prisa por adquirir, está el ser sobre el tener…, esta espejeante atracción que ejerce el color, la luz dorada. La luz dorada de la que Murillo decía: «Yo no sé cómo Velázquez puede pintar en Madrid, con esa luz plata, neutral, que no interviene en nada». Y era justo por lo que Velázquez se había ido a Madrid. Él continuaba: «En cambio, en Sevilla la luz es tan dorada… Pintas un pómulo y ya está la luz ahí, interviene en todas las cosas, nada en luz lo que pintas»… No lo decía, pero lo hacía. Lo dice en un Murillo que yo escribí.

            —¿Cuál es el más hermoso poema que conoce?

            —Uno que verdaderamente parece escrito con truco. Es como para creer en Dios, en un Dios que dicta, que revela. Es un trocito de un cántico de San Juan de la Cruz. Dice: «Y todos cuantos vagan / de ti me van mil gracias refiriendo / y todos más me llagan / y déjame muriendo / un no sé qué que quedan balbuciendo…» Ese misterio de que el poeta balbucee antes de decir el verbo balbucir, me parece un hallazgo literario no superado.

            —¿Usted cree, señor Gala, que ha escrito algo que merezca la pena?

            —La pena, no lo sé. Mi pena, sí, y con eso me basta.

            —¿Ha aprendido más de los libros que de la vida?

            —Yo siempre pensé que era un poco el príncipe que todo lo aprendió en los libros, pero en los libros se aprende mucho de la vida. Y es que creo que la vida no necesita ser aprendida. La vida no enseña nada. La vida invita a la felicidad, invita al gozo. Muchas veces hay que sustituir el gozo y la felicidad por otras cosas. Yo las he sustituido, supongo que no con ganancia, pero, por lo menos, con una serena parsimonia.

            —¿Lo que usted dice, lo siente o lo ha aprendido?

            —Yo no he aprendido sino aquello que siento. Creo que no se puede aprender nada si no es a través del corazón, si no es a través del sentimiento. Lo demás se aprende en frío y, como no somos una cámara de frío, se nos pudre.

            —Señor Gala, sinceramente, ¿cuesta mucho ser auténtico?

            —Sí, porque han conseguido que ser auténtico parezca que fuese ser cínico o ser descarado o echarle en cara a alguien algo. Y, desde luego, para ser auténtico hay que ser un buen conocedor de sí mismo, porque la autenticidad no nos la va a decir ningún gurú ni ninguna religión. No nos la va a decir ningún gobernante. Nos la vamos a decir nosotros y las personas que nos amen, las personas que estén interesadas en nosotros. Ese es el trabajo de la autenticidad: rodearse bien y echar a andar.

            —Decía Quevedo: «¿Siempre se ha de sentir lo que se dice, / nunca se ha de decir lo que se siente?»

            —Yo no soy aficionado a los juegos de palabras, pero le aseguro que yo siento lo que digo, sencillamente porque siempre digo lo que siento. El peor divorcio que puede haber en un hombre es el que haya entre el corazón y la cabeza.

            —Lo difícil es expresar lo que se siente.

            —Pero eso ya es una cuestión de palabras y no de corazón. De vocabulario y de profesionalidad.

            —¿También de profesionalidad?

            —Sí, hay gente que es profesional de la palabra. Un escritor tiene que serlo, es su instrumento de trabajo.

            —Por supuesto, usted cree en las palabras.

            —Sí, porque me parece que han sido el fruto de un largo trabajo. Imagínese usted ese mono que, poco a poco, de repente, se puso de acuerdo con otros monos, en su clan, en su tribu, para que un sonido determinado significase miedo o amenaza o tormenta o fuego, y dos sonidos juntos amor o deseo… Y así nace el idioma, así nace la palabra, así nace el entendimiento.

Cada tribu se entiende y es como un lazo común, como un lazo que los lleva juntos a vivir alrededor del fuego, a refugiarse de las tormentas, a consolarse del temor de la noche. Cómo no voy a amar las palabras, si ése es el gran triunfo del hombre, ése es el gran éxito, la primera meta del hombre. Hablar y entenderse. Lo que sucede es que también el hombre utiliza las palabras para esconderse detrás de ellas en lugar de manifestarse.

            —Supongo que usted no cree que una imagen vale por mil palabras.

            —¡Hasta ahí podía llegar la broma! ¡Ni una imagen del Sagrado Corazón, fíjese usted! De ninguna manera, ¡no!

            —¿Existe el arte cotidiano?

            —Es difícil que haya un arte cotidiano. Estaría más cerca de la repetición de la artesanía. Sin embargo, lo cotidiano y el arte tienen una relación muy grande. Hasta ahora, el arte intervenía en lo cotidiano dándole gracia, quitándole vulgaridad, mejorándolo en obras bellas que de alguna forma salpicaban de belleza la casa.

Ahora me temo que haya, en muchas ocasiones, una influencia contraria. Lo vulgar, lo cotidianamente vulgar está influenciando al arte… En cuanto a si se puede trabajar cada día, respondo que sí. El nullum die sine linea es un propósito mío.

            —Hay quien piensa que todo es arte. ¿Usted no lo cree?

            —Decía Platón que todo es poiesis, que todo es poesía. El arte es muy variado, es como el agua que toma la forma del recipiente en que se vierte. Existe el arte de la palabra, que es la literatura; o el arte de los volúmenes, que es la arquitectura; o el arte de los colores, que es la pintura; o el arte del ritmo, que es la música; o el arte de la luz y el movimiento, que es la fotografía y la música y la danza…

Todas esas variedades de arte serán más altas cuanto más significativas de los de abajo sean. Por ejemplo, ¿qué libro hay que nos signifique más a los españoles, hayámoslo leído o no, que el Quijote? ¿No decimos todos cosas del Quijote aun sin saberlo? Porque está dentro de nuestras arterias, sabemos cómo era Sancho, cómo actuaba Sancho, perfectamente. Como lo italiano está representado en Dante, o lo ruso en Dostoievski.

Y son obras tan sutiles que se pueden escribir pasando por todas las barreras. En todo momento ha habido censura; en todo momento el orden establecido ha querido mantenerse, pero las grandes obras de arte, que han concretado a su pueblo, a la colectividad que tienen por debajo, han traspasado las fronteras. Porque están los sobreentendidos, está esa lengua entre dientes que el pueblo adivina.

El arte creo yo que no debe ser gratuito, que no debe ser una especie de onanismo, que no es una masturbación de una persona que, de pronto, se encuentra artista y hace algo. Tiene que aspirar siempre a ser clásico; es decir, a durar. Ahora, para durar en el porvenir, tiene que servir en el presente. No hay nada clásico para mañana que no haya sido moderno hoy, que no haya sido representativo del hoy.

            —Dice usted que el arte no es la masturbación de una persona, pero sí debe ser personal, ¿no?

            —Para mí es quizá la más alta y personal manifestación de la cultura. Yo creo que es la concreción estética, es decir, bella e individual, de los subconscientes colectivos, de las memorias comunes, de los sobreentendidos, de los sucesos que se han quedado latiendo en el alma de los pueblos. De repente, alguien concreto los utiliza, los expresa, los configura y hace la obra de arte. Para mí, el arte verdadero, el alto arte lo es por eso.

            —Ha dicho que el arte tiene que aspirar a ser clásico. ¿Qué papel cumple la tradición en el arte?

            —Grande, grande. No se puede cambiar de repente de camino. Avanzamos por donde han avanzado. Se hace camino al andar, y nosotros estamos poniendo al principio los pies en las huellas de los que ya no están. Somos representantes suyos. Se puede avanzar, se puede ir más lejos, se puede importar del exterior, se puede enriquecer la expresión, se puede aprovechar todo lo nuevo que hay de medios, de luces, de escenarios, de fantasmagorías, pero en el fondo tiene que estar aquello que está.

No obstante, la tradición, para ayudar, ha de ser bien manejada: si yo no llevo como es debido mi bastón, me trabaré con él los pies, y me hará caer en lugar de apoyarme.

            —Todos los jóvenes, y los jóvenes artistas quizá mucho más, aspiran a ser originales y modernos. Y, a veces, confunden ser moderno y original con copiar lo que nos llega del exterior.

            —A mí me da mucho miedo cuando los novelistas españoles escriben como los americanos. Los americanos están dotados para narrar espléndidamente, pero un novelista español tiene que narrar como un novelista español. Tenemos los suficientes como para saber cómo se narra en castellano. Bendita sea la rama que al tronco sale. Aunque cada rama tenga su forma, su fronda, sus flores y sus frutos.

            —Pero ¿no es una obligación del artista ser vanguardista, experimentar, abrir caminos…? ¿Qué opina usted de las vanguardias?

            —Las vanguardias ya están decaídas un poco, ésa es la verdad. La vanguardia es una especie de rompimiento, es una ventana que se abre de pronto porque hay un huracán: sorprende, refresca. Pero siempre me ha parecido la vanguardia como alguien que coge el pomo de la puerta, que la abre y pasa todo el mundo, y él se queda el último sosteniendo el pomo.

Porque, en realidad, la vanguardia peca siempre de ser azarosa, peca siempre de ser un farol de una persona, al que no responde la verdad del resto. Es decir, peca siempre de que, de alguna forma, el artista de la vanguardia se haya despegado de lo común, de lo colectivo y haya querido hacer su propia pirueta.

Eso es malísimo para el arte, pésimo para el arte. El artista debe desaparecer porque, si no, se pierde, detrás de la obra, la causa de la obra; detrás de la vida de ese artista, el trasluz de la vida de verdad.

            —¿Usted cree que el arte se valora de verdad? ¿Cuando se pagan miles de millones por un Picasso o un Van Gogh, se valora el arte o se está especulando con el arte?

            —Es evidente que lo segundo. Hay muy pocos auténticos aficionados al arte que tengan tanto dinero. No se valora más el arte porque se paguen miles de millones por un cuadro, ni tampoco se admira más al pintor por el que se pagan miles de millones más que por otro.

Simplemente hay uno que, de momento, se cotiza más. Y suele cotizarse más alguien que se murió de hambre, o alguien que se cortó una oreja, alguien estrepitoso y llamativo, o alguien que vivió noventa y tantos años. Me refiero a Modigliani, a Van Gogh, a Miró y a Picasso. El dinero entra a saco en casi todas partes. Los mercaderes no son admiradores ni refinados: son, ante todo y sobre todo, mercaderes.

            —¿Qué piensa usted del arte popular?

            —No me gustan esas expresiones de cultura popular, teatro popular, arte popular… ¿Por qué arte popular? Da la impresión de que no se sabe si se va a rebajar el precio de una cosa o la calidad de la cosa. Es como si se pensase que el pueblo es un poco mongólico y hubiera que tratarlo con una cierta deferencia, o como si se tratase de halagarlo pasándole la mano por el lomo, para obtener de él determinados beneficios. Mi arte es popular porque yo soy del pueblo.

            —Usted no cree, por supuesto, que al pueblo haya que darle la razón, aunque se equivoque, ¿no?

            —Si el pueblo se equivoca, hay que decírselo; hay que tener la cara, la dignidad y la moralidad suficientes para decírselo. Hay dos cosas que detesto, Quintero, respecto del pueblo. La primera, cuando el pueblo se hace un poco snob, que es un horror.

El pueblo llano, de pronto, quiere imitar los gestos de la burguesía, y queda fatal, porque no es ni chicha ni limoná, no es ni gitano ni americano, no es ni corte ni cortijo. Pierde esa frescura anterior, y no gana a cambio más que una mala imitación contagiada. Y, luego, otro hecho que detesto es ese de alabar sistemáticamente lo popular, la veneración de lo popular.

La artesanía no es arte, es otra cosa; es una repetición, una reiteración, una reproducción de módulos o de lo que sea, y el arte es diferente: una creación distinta, ex novo, desde el principio. El pueblo merece que se le hable alto y sinceramente. Si el pueblo tiene mal gusto, digámoselo. Porque, en ese momento, la parte del pueblo de mal gusto está traicionando al pueblo de verdad, al que lo precedió, a la mayor parte del pueblo que tiene un natural buen gusto.

Hay cosas que sólo el pueblo sabe hacer: pintar una pared de un rosa desvaído, indeciso; un zócalo de un verde leche casi, porque, si la leche fuese verde, sería de ese color, de un azul imposible… Eso lo hace cualquier decorador y naufraga. Eso sólo lo puede hacer el pueblo porque tiene la seguridad de que está haciendo lo que le da la gana, lo que le ha dado la gana a mucha gente que él tiene por detrás respondiendo por él.

            —Gala, usted escribe, viaja, ha estudiado varias carreras, cultiva la elegancia… ¿es usted un hombre culto?

            —Creo que soy culto, como son cultos los que nos están escuchando. A lo mejor tengo algún dato o alguna información más, por haber viajado o por haber estudiado un poco más. Pero yo le aseguro que si mi cultura, la honda, es distinta de la de un campesino andaluz, pongo por caso, yo soy el equivocado.

            —Sí, pero por muy equivocado que estuviera, cuando la gente piensa en un hombre culto es más fácil que piense en usted que en un campesino andaluz.

            —Porque para la gente un hombre culto sería un hombre que ha puesto su intelecto al servicio del conocimiento: no de la cultura congénita, sino al servicio de la cultura adquirida. Pero hay gente que tiene esas dos culturas: la congénita, la natural, la colectiva, esa cultura que está en la masa de la sangre, que es infusa, y la otra adquirida. Hay gente que tiene las dos; gente que tiene una sola; y hay gente que no tiene ninguna.

            —Y hay gente culta que no sabe que lo es, ¿no?

            —Ocurre con muchísima frecuencia. Hay un personaje de Molière, que es Monsieur Jordan, que hablaba en prosa sin saberlo. Creo que eso quedará claro si yo digo lo que entiendo que es la cultura, la cultura congénita, con la que se nace, no la cultura adquirida después. Es el único concepto, a mi entender, en el que se puede fundar y crecer el concepto de patria. Me parece que es el camino más recto para que un pueblo sepa quién es y se reconozca.

Esa cultura, dentro de la que se nace, es una suma de lenguas y sus emanaciones, de tradiciones, de religión, de comportamientos, de ideales, de determinadas artes, de la historia de ese pueblo. Digo de la historia y casi debía decir algo que decía Unamuno: la intrahistoria, que es lo que está debajo, que es la verdadera, porque la historia que se nos cuenta, la historia que aprendemos en el colegio es siempre una historia un poco superficial y menos definitiva. Esa cultura es nuestro supremo bien, el más íntimo y el más familiar, es eso que se ha dado en llamar «señas de identidad», es nuestra huella dactilar.

Es una forma de llegar a ser, una forma de haber sido, de estar siendo que no se termina nunca del todo. Es como el amor, que no se termina nunca de hacer; o como la vida, que de uno en uno nos morimos, pero la vida sigue por encima de todo. Creo que la cultura es lo inmutable que puede ser enriquecido. Es como una transmisión en la masa de la sangre, como una herencia, como un recado, como una transverberación, como algo que al nacer se nos dice de boca a oído, o de boca a boca, como en un salvamento. Es decir, los poseedores de esa cultura son los iniciados a vivir en su mundo.

Yo estoy convencido de que quienes nos están oyendo son realmente cultos, los más cultos, los poseedores de esa cultura. Que no es que se tenga, sino que se es. Porque un pueblo es casi nada, además de su cultura.

            —Y, sin embargo, muchas de esas personas no sólo ignoran que son cultas, sino que además piensan que la cultura es aburrida.

            —La cultura es la vida, una forma de vida, una actitud ante la vida, ante los problemas y las trascendencias de la vida: la alegría, la pena, la muerte, el gozo… Es una forma que tiene un pueblo determinado de considerar esos grandes problemas. Yo no creo que pueda ser aburrida.

Lo que sucede es que se olvidan dos cosas fundamentales: la cultura, primero, es viva, tiene que ser viva, igual que una lengua, que se habla o desaparece, porque nada muerto se arraiga; y, luego, es una obra en común, es algo que se hereda y que se tiene que transmitir, como un patrimonio colectivo. Yo creo que la forma en que la cultura se apodera de nosotros, la forma en que nos inviste es por las vías respiratorias y por las vía lácteas; es decir, respirando y mamando; paseando por una calle determinada, por un paisaje determinado, por un clima, por unas huellas, por unas ruinas, por unos monumentos…

No puede ser una cultura nórdica igual que una sureña. Ni siquiera la de una ciudad a la de otra. Hay variaciones de cultura, hay matices de cultura. Y luego, y esto es algo que probablemente usted dirá que insisto demasiado, la cultura es algo que crece de abajo arriba. La última rama de un árbol no es más que un extremo de la raíz.

Un árbol viejo siempre empieza a morirse por la copa. Todo viene de abajo arriba; hasta la lluvia, que parece que cae, tiene que subir primero. Y la cultura crece de dentro afuera, y ha de ser absolutamente espontánea.

            —Por lo que usted dice, difícilmente podrá ser culto, en el sentido más profundo, un hombre sin raíces.

            —Puede ser culto, pero no pertenecerá de verdad a una cultura determinada. Hay un ejemplo un poco típico de esto, que es un gran admirado por mí: el poeta Rilke. Él era un viajero, se sentía siempre desazonadamente, no perteneciente a ningún pueblo, y se nota en su obra. Está opinando como desde arriba. No tiene esas hondas raíces del que pertenece de verdad a una cultura y está bebiendo, nutriéndose de esa cultura anterior, larga, secular, como nosotros.

            —Pero no le parece, señor Gala, que su discurso puede ser peligroso, porque luego llegan los concejales de Cultura haciendo populismo y diciendo que todo es cultura, hasta hacer un gazpacho.

            —Señor Quintero, hacer un buen gazpacho, en todo caso, es un acierto. Si es cultura o no, vamos a dejar que lo deduzcan los que nos escuchan, de lo que estamos diciendo.

            —Dentro de una misma cultura, se puede distinguir entre una cultura de pueblo y una cultura de ciudad, ¿no?

            —Sí, incluso algunas ciudades tienen culturas un poco diferentes. Le voy a poner un ejemplo, porque hay una especie de predestinación en esto: dos ciudades tan próximas como Córdoba y Sevilla.

Lo cordobés es lo cordobés desde antes de Séneca. Se dice: Séneca era cordobés por estoico, y estoico por cordobés. Sevilla era Sevilla, y lo sevillano era lo sevillano, mucho antes de Almutamid. ¿Por qué se imprime ese sello en los pertenecientes a unas geografías tan próximas y siguen siendo realmente diferentes los cordobeses de los sevillanos?

Averroes dice, en un momento determinado: «Si un músico muere en Córdoba, sus instrumentos siempre se llevan a venderse a Sevilla; si un sabio muere en Sevilla, su biblioteca siempre se trae a venderse a Córdoba». Son dos manifestaciones, dos posiciones, no opuestas pero sí distintas, ante la cultura y la manifestación de lo popular. Y sigue manteniéndose así.

            —¿En qué nota usted que es andaluz?

            —Yo tengo un síntoma físico, casi. Yo vengo en coche, me pueden poner una venda en los ojos, y al entrar en la provincia de Jaén, a la que yo llamo «Janua Coeli», la puerta del cielo, porque el cielo está ya detrás, siento el tirón. Lo siento físicamente. Sé que ya estoy en Andalucía, que ya estoy en casa amiga, que puedo comer el pan y la aceituna y el bienmesabe y el boquerón.

            —Antonio, su cabeza es romana, pero sospecho que su corazón es árabe.

            —Quizá sí, y tendré algo de judío también. Eso es bueno, porque me parece que, si soy cordobés, la amalgama de lo cordobés me impediría elegir una cosa u otra. Yo he sido el que ha dicho de Córdoba que en ella no es moro todo lo que reluce; habían relucido antes otras cosas. Y precisamente fueron esas otras cosas las que cautivaron a los árabes, como ese extraño sentido del orden, de lo jurídico, que tenía lo romano.

Y ellos venían prendados de eso y prendaron, a su vez, a los que había allí, porque traían un perfume oriental que ya conocían los de Córdoba. Está bien pertenecer a demasiadas cosas. Me parece que toda cultura verdadera es una cultura de hibridez, de mestizaje, una cultura fronteriza. Las culturas que se mantienen muy puras son siempre endógamas y son primitivas. Son demasiado simplonas: no hay que presumir de ellas.

            —Demasiado cerradas.

            —Demasiado cerradas. La cultura no se puede encasquillar. Lo característico de ella es estar abierta; que entren, que pasen, que vean, que nos dejen lo que tengan que dejarnos. Y, si se tienen que ir, que se vayan. Pero generalmente no se van del todo.

            —De todos los pueblos que estuvieron en esta tierra, ¿cuál dejó más cultura y más arte?

            —Yo no puedo dejar de pensar que en Andalucía fueron los árabes los que introdujeron la grandísima cultura. Esa yacija de Al-Andalus, donde se acuesta lo germano con lo islámico, produce unas chispas tan deslumbrantes que todo el Renacimiento de dos siglos después ya está temblando ahí.

Santo Tomás no hubiera sabido nada de Aristóteles, si no lo hubiera traducido Averroes. El Dante dice de Averroes: «el que hizo el gran comentario». Y se queda uno sorprendido de pensar cuánto fulgor ha habido en una tierra que tiene fama de lo contrario.

            —¿Fama de analfabeta, quiere decir?

            —Es que la cifra de analfabetismo es tan alta y la cifra de lectores tan baja que, ¿cómo se compagina eso con la certeza de la gran cultura andaluza? Porque la cultura no son datos, no es información, no es aprender a leer; es una especie de sangre, de alimento telúrico, como una especie de placenta y de cordón umbilical. Y nacemos ya cultos.

            —Se puede ser culto, pero no sabio.

            —¡Claro! De hecho, hay muchos cultos que no son sabios. Se puede ser culto y analfabeto.

            —Pese a nuestra fama de analfabetos, ¿cree que Andalucía es uno de los lugares que ha apartado más cultura y más arte a la humanidad?

            —Sí, está en el mismo nivel de las altas civilizaciones: de la mesopotámica, de la egipcia, de la griega… Más que la romana. La cultura andaluza consiste en hacer siempre una magnífica digestión. Vienen de todas partes, a Andalucía, los sabios, llenos de contradicciones, de credos diferentes, de ideologías distintas.

Aquí se serenan, aquí hacen su obra y, cuando está ya suficientemente solidificada, Andalucía la transporta otra vez a los distintos lugares del universo. Verdaderamente los andaluces han sido, a lo largo de la historia de la humanidad, grandes portadores de luz. A mí me gusta pronunciar la palabra andaluz con una coma en medio: anda, luz.

            —También estuvieron por aquí los bárbaros; no hay que ser tan optimista.

            —Y siguen estando. ¿Usted no se encuentra muchísimos bárbaros?

            —Muchísimos. Por eso lo digo.

            —Siguen estando, y no es malo que estén, siempre que no nos quieran imponer su cultura y, sobre todo, que no nos quieran imponer su incultura. Cuando hay un pueblo inculto, en una terminología casi agrícola, un pueblo sin cultivar, siempre viene alguien a colonizarlo, también en un sentido agrícola. Y eso es gravísimo, es la peor de las invasiones.

Los romanos sabían muy bien que la mejor vía de penetración para conquistar un pueblo era meterles la cultura por delante. La religión y la cultura han sido siempre dos eficaces caminos de penetración. En este momento, la música lo es; la forma de vestir lo es… Verdaderamente sabemos de dónde viene el peligro de invasión. Ya hemos padecido, aunque más benevolente, esa amenaza de la aldea global: Roma nos la trajo.

            —¿De dónde viene? ¿Quiénes nos están colonizando?

            —Mire usted, a mí, hablarme de una cultura universal, me produce un escalofrío espantoso. Me produce el mismo escalofrío que hablarme de un orden nuevo mundial, porque eso es mentira, porque el orden está impuesto por quien manda y la cultura universal también.

Yo, el día que entramos en Europa, me dediqué a visitar paisajes; porque me da miedo que, de repente, al señalar el Mercado (o el supermercado) Común Europeo lo que tiene que producir cada tierra de España, se cambien los paisajes, se arranquen los olivos, sean sustituidos por otras plantaciones.

Y verdaderamente el infinito amor con que los agricultores españoles hicieron esa arquitectura de campo que es la agricultura, se transformaría, se subvertiría, sería ya otra cosa. No me gusta que manden lo que tiene que hacer cada pueblo, y no me gusta que les impongan una cultura determinada. Porque la cultura, para mí, es la definición de un pueblo, su perfil, sus facciones, su forma de pronunciar las letras y conjugar los verbos.

            —Porque, además, eso lleva a la uniformidad. Los europeos cada día nos parecemos más, incluso físicamente.

            —Sí, pero todavía se ven caras que no podrían, de ninguna manera, ser inglesas. A mí me complace mucho. No porque me parezca que los anglosajones son feos o bajos o tontos, no, sino porque me parece que lo distinto es lo hermoso. Me parece que la diversidad es un lujo que debemos seguir manteniendo.

Todo lo diverso es bueno, y que llegue una cultura nueva debe producirnos gozo, pero de ninguna manera si viene como conquistadora. Aunque Andalucía ha sido, en largos siglos, la conquistadora de sus conquistadores. Se ha levantado muchas mañanas preguntando: «¿Cómo se llaman los dioses de hoy?»

            —Por aquí, por Andalucía, han pasado todas las civilizaciones. ¿Usted cree que nos gusta que nos conquisten?

            —Somos los grandes conquistados. Nuestra manera de conquistar ha sido siempre ésa. Aparentemente, Andalucía se entrega al primero que llega, con armas y bagajes. Pues bien, es mentira.

Lo único que Andalucía entrega son las armas y los bagajes. Ella se queda siendo exactamente igual que era antes y así es como se erige en gobernadora de quienes la gobiernan. Es esa alusión a «la cultura del abanico», que decía Ortega: la china y la andaluza con un abanico tienen suficiente.

            —Señor Gala, ¿si a usted le ofrecieran el Ministerio de Cultura, aceptaría?

            —No. Yo no soy un político ni quiero actuar en la política. Esa es la única fuerza que tengo: que no tengo aspiraciones. Y además, no tendría por qué haber un Ministerio de Cultura. La cultura ha de estar en su sitio, y su sitio es cualquiera, no uno solo.

            —¿Los políticos suelen ser cultos?

            —El político suele tener un camino muy raro, y es que deriva su cultura hacia la cultura adquirida y suele olvidar un poco, por alejamiento y porque el poder aísla, la cultura infusa, la cultura a la que él pertenece, el proceso del que él forma parte. Y, entonces, se queda cojo y no entiende de verdad a su pueblo.

            —¿El poder debe dirigir la cultura o lo que debe es no estorbar?

            —A mí me dan mucho miedo los dirigismos. La misión del poder es favorecer las investigaciones de carácter cultural o de carácter histórico, fomentar el conocimiento, fomentar la conciencia de los creadores o de los artistas o de los investigadores de la realidad, y dejar en libertad a la gente.

Yo creo que la oficialidad debería ser un poco como un jardinero persa, no como un jardinero inglés o francés que podan a deshora y hacen figuras con los cipreses, con el boj y con los mirtos, no: dejar el proceso natural a su aire, con su paciencia, con su propio desarrollo. No intervenir en él. Cualquier intervención ajena es siempre mala. Y más para la cultura, que es extraordinariamente delicada.

La cultura se desmaya en los largos pasillos de la burocracia. La cultura, de verdad, es como un animal; si se la cautiva, acaba por morirse y, desde luego, no procrea.

            —¿Qué significa la cultura para un político?

            —No tengo una certeza absoluta, pero sospecho que los políticos utilizan para su política cualquier arma, y la cultura es un arma magnífica.

            —Los intelectuales ¿dónde están?…

            —¡Eso digo yo!

            —Quiero decir que si están más cerca del poder o del pueblo, en general.

            —El intelectual tiene la misma tentación que los políticos: encasquillarse, meterse en su fría torre de marfil. Y la cultura, la cultura congénita, no crece ahí. Esa cultura está en todas partes menos en la torre de marfil. Hay que mancharse las manos viviendo con ella, conviviendo con ella, ayudándola y siendo ayudado por ella.

            —Gala, ¿la televisión es un buen medio para impartir cultura?

            —Hombre, sería magnífico que se ocupase de verdad de ello, pero yo no estoy nada seguro de que imparta cultura. Ella, la televisión, la doña, está convencida de que la cultura es profundamente aburrida, y eso es falso. ¿Por qué tiene que ser aburrida? ¿Quién hace aburrida la cultura? ¿Quién hace aburrida la historia?

La historia de un pueblo, contándole cómo ha llegado a ser como es y por dónde ha llegado hasta donde está. El pueblo está interesado en conocerse y, además, está encantado de conocerse.

            —Está claro, pues, que la televisión no cumple la supuesta función social de elevar el nivel cultural del pueblo, ¿no?

            —Está claro que no la cumple. Quizá no se encuentra ella capacitada u obligada a cumplirla. Y, claro, el reproche es grave y se agrava más en cuanto que la fuerza de penetración de la televisión, justo en el mismo centro de las casas, en el mismo centro de las familias, es muy grande. Su responsabilidad es mucho mayor que la de cualquier otro medio.

            —Para terminar, señor Gala, ¿qué sabe el hombre que más sabe?

            —Podría decirle que el hombre que más sabe sabe que no sabe nada, pero me parece que no es así. El hombre que más sabe, el más sabio, supongo que sabe lo que sabe su pueblo, lo que desea su pueblo, el que coincide en las aspiraciones y en los ideales con su pueblo.

Ese me parece el más sabio de todos: el que ha hecho la gran digestión de la sabiduría que ha recibido, de la sabiduría que representa y de la que, por un enigma no comprensible, se ha transformado en una concreción.

            —Buenas noches una vez más.

            —Buenos días y buenas noches para todos y siempre.

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

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