jesús quintero y antonio gala

13 noches

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1999

 

A Joana Bonet Camprubi

noche cuartael sentido de la vida

 

 

  —¿Pero de qué sirve preguntar, si no hay respuestas? Nadie sabe quiénes somos, de dónde venimos ni adónde vamos.

            —No importa. Estamos aquí. Somos una centella que cruza el anchísimo pecho de la noche, de repente, y va de la oscuridad a otra oscuridad. ¿Por qué no brillar mientras dure el brillo y ser estrella?

 

 

            Me contaba Gala que una vez que estuvo en Roma cenando con un cardenal de la Santa Madre Iglesia, le preguntó: «¿Cuántos cardenales supone su eminencia que creen en la otra vida?». Su eminencia le contestó: «Seis». Luego dudó un momento y, tras la pausa, dijo: «Bueno, siete». Me decía Gala que no se atrevió a preguntarle quién era el séptimo, por si las moscas, pero la respuesta del cardenal lo ratificó en su impresión de que existe muy poca gente que realmente crea en la otra vida. Luego Antonio hizo una frase de las suyas, para concluir: «Yo no sé si nuestro reino es de este mundo, pero nuestro mundo sí es de este reino». (Para no gustarle las paradojas y los juegos de palabras, hay que reconocer, dicho sea de paso, que Gala puede resultar con frecuencia bastante juguetón y paradójico). Si nuestro mundo es de este reino y si la única vida que, de momento, podemos llamar nuestra es esta vida, me parecía oportuno dedicar una noche a dialogar sobre su sentido. Porque quizá la única pregunta que realmente importa es la que el hombre se viene haciendo desde que tiene uso de razón: ¿por qué y para qué estamos aquí? ¿Cuál es el sentido de la vida?

 

—¿Qué le parece si empezamos con algo sencillito? ¿Para qué vivimos? ¿Por qué y para qué estamos aquí?

            —Sí, la pregunta es muy sencillita… Yo creo que la vida significa movimiento: crecen las flores, vuelan los pájaros, se ciernen las águilas, corre el agua… Todo es puro movimiento, un movimiento hacia la continuidad del movimiento. Parece que a la naturaleza lo único que le interesa es perdurar; lo único que le interesa es esa especie de cópula universal, en el que el futuro, el mañana, es el gran tirano. Yo siempre que estoy ante la naturaleza siento un gran temor, porque no sé su enigma, no estoy nada seguro de por qué la naturaleza quiere con tal fuerza perdurar…

            —Pero, maestro…

            —A mí no me llames maestro, que me da mucho asco.

            —Perdone, pero es que ante usted me siento como un pequeño saltamontes. ¿Sabe alguien qué es la vida y qué sentido tiene?

            —Yo creo que la vida es un inefable, como la poesía, como el amor. Es el mayor de los misterios. La vida es la madre de todos los misterios, la madre de todo. Es sólo una posibilidad que se nos brinda. Yo no me atrevería de ninguna manera a definirla. Yo me atrevería únicamente a ir diciendo lo que he ido encontrando poco a poco, si es que se encuentra algo, si es que no viene hacia nosotros. Porque yo creo que nadie avanza si no es llevado, si no es impulsado. La vida es lo único que tenemos. Y ni siquiera, porque nosotros no tenemos a la vida, sino que la vida nos tiene a nosotros, nos utiliza a nosotros.

            —De niño yo oí decir muchas veces que la vida era un valle de lágrimas. Me lo decía mi madre, los curas…

            —Yo espero que su madre no le haya enseñado a usted que la vida es un valle de lágrimas. Su madre es andaluza, y los andaluces tienen un sentido gozoso de la existencia. Ninguna madre puede querer que su hijo sea triste, ni traer a su hijo a un sitio triste. Yo creo todo lo contrario: que la vida es una oportunidad de gozo, desaprovechada o no, pero de gozo.

            —¿No estamos aquí para sufrir?

            —¡Naturalmente que no! ¿Quién puede pensar esa especie de canallada masoquista? El sufrimiento sucede como suceden las tormentas. Supongo que tendrá alguna causa secreta. Yo veo una, que es el crecimiento. El sufrimiento ayuda a crecer, como el alimento, pero tiene que ser bien digerido. El sufrimiento, cuando no se digiere bien, cuando se enquista, se transforma en resentimiento, y entonces es absolutamente contraproducente. Pero no hay que temerlo. Lo mismo que se achican los estómagos de esas personas que no quieren engordar y comen poco, también se achica el alma de los que se niegan a sufrir.

            —¿Usted no cree que estemos aquí, como dicen algunos, para hacer méritos para la otra vida y para glorificar a Dios?

            —Para eso se necesitaría primero creer en la otra vida y, segundo, creer en un Dios un poco cicatero. Pero si esta vida sirve para comprar, digamos, la otra, para instalarnos mejor o peor; si el Dios ese es remunerador, el precio de esta vida es absolutamente maravilloso, porque con ésta compramos la eternidad. Es decir, esta vida tiene un peso específico incomparable. Es todavía más importante que la otra, puesto que en la otra ya no hay libertad para existir, y aquí sí. En segundo lugar, no estoy seguro de que Dios necesite ser glorificado. Basta mirar alrededor para ver la gloria de la creación. Ni Salomón, en su mayor esplendor, se vistió como un lirio del campo. Quizá se le glorifique siguiendo las propias normas interiores de cada persona. Es decir, instalándose en la claridad, viendo cada día amanecer, entregándose, alegrándose, solidarizándose con los demás… Me parece que no cabe mejor gloria. Y eso, por otra parte, puede ser uno de los sentidos de la vida.

            —¿Otro podría ser el trabajo, esa maldición bíblica que el paro ha convertido en una bendición para los que lo tienen?

            —Esa maldición se ha ido transformando en un verdadero castigo, porque el hombre es el único animal que tiene que trabajar para comer. El hombre se diferencia del resto de los animales en que tiene razón, en que tiene conciencia de sí mismo. Un náufrago ahogándose en el mar es más grande que el mar, porque el náufrago sabe que se muere, y el mar no sabe que lo mata. Entonces, tendría que desarrollar esa razón, pero hay trabajos que no lo permiten, que no son depredadores, que no son desarrolladores del hombre; trabajos que son un verdadero castigo porque hay una mitad del hombre que no se realiza. Los calvinistas y el protestantismo instalaron el trabajo como el absoluto eje de la vida, como el marcador de los horarios, de los descansos (hasta del descanso eterno), de las semanas, de las vibraciones, de los vaivenes de la vida. Empezó a vivirse para trabajar, en vez de trabajar para vivir. Con la edad de las tecnologías, la edad en que vivimos, se produce este terrible fenómeno del paro, y entonces misteriosamente, lo que era un castigo, se convierte en una recompensa. Sólo unos cuantos pueden trabajar, sólo a unos cuantos se les da la opción de trabajar y a los demás se les da una especie de ocio baldío e impuesto, nada enriquecedor, que se llama paro… Hay una serie de personas, de entidades, de instituciones que eran aliadas nuestras, creadas para nuestro servicio y se han convertido en enemigas, que necesitan que el hombre trabaje; no sólo para cubrir sus necesidades, sino para engordar ellos.

            —¿Ellos quiénes son?

            —Por ejemplo, los banqueros, las religiones que pretenden secarnos el sudor de nuestras frentes con indulgencias más o menos plenarias, el Estado… El Estado se transforma de servidor en dueño, el dinero se transforma de medio en fin, y el hombre se transforma en un esclavo de todos. Trabajo viene de trepalium, que significa potro de tortura. Para mí el trabajo no es una obligación de la naturaleza, no es algo constituido dentro del hombre, es simplemente un derecho. El hombre está aquí y tiene derecho a realizarse, a mejorar su propia personalidad y a mejorar la humanidad. Me parece que ése es el único sentido que puede tener el trabajo. Por tanto, el que no pueda cantar, alegrarse mientras trabaja, el que no esté trabajando de verdad a gusto, estará haciendo algo que no lo enriquece y que no merece la pena de hacer.

            —¿Está haciendo un llamamiento para que nadie trabaje?

            —No, todo lo contrario. Estoy haciendo un llamamiento para que trabaje la gente en lo que ama. Me parece que estamos atravesando una crisis de desamor. Ya ni el amor se hace con amor, y el trabajo en escasas ocasiones se hace con amor. El trabajo multiplicador del hombre, el trabajo que lo cumple, que lo realiza debe ser un trabajo enamorado. A ese trabajo es al que yo invito.

            —Es cierto que el trabajo forzado, impuesto, no deseado, nos aleja de nosotros y nos roba tiempo para nuestras cosas: la vida, la familia, los amigos, la vocación, los sueños… El trabajo nos impide trabajarnos a nosotros mismos, que es quizá el trabajo más importante y que es quizá uno de los sentidos de la vida, ¿no?

            —Si se dijo, y me parece un hermoso mandamiento, ama a los otros como a ti mismo, es preciso que cada uno se ame a sí mismo, que cada uno goce consigo mismo, que cada uno se conozca y se trate íntimamente. Si no, no podrá amar a los demás. La individualidad va a veces contra la especie, pero la especie es la absoluta protagonista de todo. Y no la amaremos si no nos amamos lo suficiente.

            —¿Debe un hombre vivir para los demás, o eso es un mito cristiano humanista que no tiene nada que ver con la ley natural?

            —Creo que vivir para los demás nos hace ser más grandes, nos hace crecer, como el sufrimiento del que hablábamos al principio. A mí me parece admirable esa posición, ya venga por un concepto religioso bien entendido o venga por un concepto idealista. Pero en este momento los ideales no sirven para nada, casi nadie tiene ideales, todo se ha hecho egoísta y se ha empequeñecido. La vida la estamos viviendo en calderilla, cada vez más.

            —¿Quiénes son los enemigos de la vida?

            —Los verdaderos enemigos de la vida son esos que nos manejan, esos que nos dan una vida chiquita, esos que nos organizan nuestra propia vida, que nos la empequeñecen y acaban por matarnos. Los que conducen a los hombres a la guerra, a no ser ellos mismos, a no sentirse vivir… Esos son los grandes enemigos.

            —También el enemigo puede ser uno mismo, ¿no cree?

            —Puede. El hombre que esencialmente se contradice, el hombre que acepta todas esas imposiciones que lo desvirtúan, el hombre que se desconoce es su mayor enemigo porque se lleva dentro. Pero yo creo que la colaboración que tiene alrededor, en este momento, es demasiado grande, y el hombre puede ser su enemigo, pero no un enemigo en exceso culpable.

            —¿Qué es lo más inteligente que se puede hacer en esta vida?

            —Salir de esta especie de laberinto en el que nos han metido. Salir de una vida que no es la nuestra y que no es la mandada; una vida que es una organización que necesita esclavos para seguir manteniendo la pura organización que necesita esclavos, y así hasta el final. Salirse de esta cadena terrible, desencadenarse, a riesgo de la soledad, a riesgo de la falta de comprensión. Irse un poco al campo, en el mejor de los sentidos. Liberarse de la extraña y monótona esclavitud de cada día. Darle a cada día su propio afán, pero también su propia sonrisa, su propio gozo, su propio color, su propio aroma. Eso es lo inteligente. Porque una inteligencia que no me ayude a vivir, no la quiero, no me sirve para nada, ni creo que le sirva para nada a nadie.

            —La vida es un sentimiento, no un mercado, ¿no?

            —Tampoco es un sentimiento, es una certeza. De la vida no se puede decir ningún adjetivo, Quintero. De la vida no se puede decir que es maravillosa o canalla, que es malvada o benéfica. Sólo se puede decir de la vida que es única: nuestra única oportunidad.

            —¿A vivir se aprende?

            —Creo que sí, que se aprende a vivir. Hay como un empujón inicial de la naturaleza, pero luego hay como un desentendimiento, como que nos olvidamos de ese empujón, como que nos apartamos. Hay que reaprender la vida, pero la universidad está alrededor, la universidad es el mundo. Todo lo que no es antivida es buen maestro para vivir: nuestros animales, nuestros maestros, que los ha habido. El Cristo fue un maestro de vida. Pero hay que volver a ellos con una absoluta limpieza y sin intermediarios: del naranjal a los labios. Los intermediarios siempre ponen su pequeña amargura, su pequeña torpeza en la transmisión…

            —¿Usted sabe vivir?

            —Creo que, con arreglo a lo que digo, sí. He procurado retirarme de este tráfico tremendo, de esta balumba, de este mortificador ruido de alrededor que no me deja ni oírme a mí mismo, que no nos deja ni oírnos a nosotros mismos. Me he retirado. Trabajo para los demás porque probablemente yo, por mí, no iría de aquí a la esquina más próxima. Hago lo que puedo, lo que tengo que hacer, lo que creo que debo hacer.

            —¿Pero cómo podemos huir del neón y del acero? ¿Cómo podemos escapar de tantos compromisos, tantas obligaciones, tantos hábitos, tanta propaganda, tantas falsas necesidades?

            —Es necesario ser. De una vez por todas, es imprescindible que aprendamos que ser está absolutamente por encima de tener. Estamos rodeados de cosas que no nos sirven para nada. El corazón ya casi no nos sirve nada más que para morir, fíjese usted qué pena. ¿Cómo es posible que pudiendo vivir en una casa blanca, casi desnuda, con lo imprescindible, nos hayamos empeñado en llenarla de cosas? Es necesario volver, lenta pero seguramente, a la naturaleza. A esa naturaleza que tenemos, por otra parte, dentro de nosotros y que está clamando por salir.

            —¿Qué cosas le importan a usted de verdad y qué cosas no le importan nada?

            —A mí me importa todo aquello que represente esa vida cuyo destino estamos adivinando esta noche. Todo lo que la multiplique, todo lo que me la enriquezca, todo lo que me dé la impresión de que estoy viviendo más de una vida. Parece que hay seres que se contentan con vivir la tercera, la cuarta o la octava parte de una vida. Pero, como la vida parece que necesita un cierto equilibrio, a otros seres les encarga vivir dos, tres, ocho o veinte vidas. Piense usted las vidas que vivirían Napoleón o Alejandro Magno. Pues eso es lo que me importa: vivir la mayor cantidad de vidas posibles por aquellos que no las viven, para que todo esté en ese cierto orden, en esa cierta balanza que necesita el mundo.

            —¿Vivimos un naufragio, a pesar de la felicidad frigorífica?

            —Creo que estamos viviendo uno de los peores momentos. Todas la épocas se han creído que eran épocas críticas, ésa es la verdad. El hombre es muy vanidoso y le parece que siempre él vive los terrores de un milenio. Pero nosotros estamos viviendo de verdad los terrores de un milenio. Y son terrores silenciosos, terrores que no se proclaman, y eso es muy grave. Porque subrepticiamente se van aposentando entre nosotros, se van quedando como huéspedes en nuestra casa, comen ya con nosotros, son esos invitados que no han llamado al timbre. Cohabitamos con el miedo. Tememos tomar un ascensor, si hay otra persona, y esa otra persona teme de nosotros. Las ciudades están llenas de pavores. Y la gelidez de la tecnología nos abruma y nos cansa y nos lleva tras sí con la lengua fuera. La tecnología va en busca del superhombre y se desentiende del hombre. Todo progreso que no sea humano no es verdadero progreso.

            —Sin embargo, por todos lados nos venden calidad de vida, algo que no creo que nadie sepa qué es.

            —Sí sabemos lo que es: una idiotez. Porque si no existe primero la vida, ¿cómo vamos a hablar de calidad de vida? La calidad de vida es un invento de todos esos enemigos de la vida que nos están intentando convencer permanentemente de que son del todo imprescindibles. Y no lo son. Primero hay que vivir y luego ya hablaremos de la calidad de vida.

            —Quizá por eso, entre otras cosas, hay tantos momentos en los que la vida nos parece absurda, ¿no?

            —Sí, hay momentos en que la vida parece absurda, pero porque nos hemos desviado de ella. Lo mismo que nos puede parecer absurdo, yendo por una hermosa avenida, un callejón sin salida. La vida parece absurda porque nos hemos metido en el callejón, porque hemos abandonado la vereda por donde íbamos. Pero, de verdad, cómo va a ser absurda la vida… Si es absurda la vida, es absurdo absolutamente todo dentro de ella, y entonces lo mejor es salirse. Esa libertad la tiene el hombre.

            —¿Usted cree que la gente sencilla se pregunta para qué está aquí?

            —Lo creo muy de veras. Pero hemos llegado a un juego tan raro, cuyo reglamento desconocemos y que impone alguien desde alguna parte, que a la gente sencilla, como usted dice, le da vergüenza confesar que se pregunta para qué está aquí. Pero sí se lo pregunta, claro que se lo pregunta, y se lo responde, supongo.

            —Pero no hacer demasiadas preguntas, no tratar de buscarle sentido a lo que quizá no lo tiene, dejarse llevar, dejarse ir, ¿no es una buena manera de vivir tranquilo, de no complicarse?

            —«Que las olas me traigan y las olas me lleven, / que la vida se tome la pena de matarme / ya que yo no me tomo la pena de vivir». Bueno, pues yo sí me tomo la pena de vivir. Eso que usted me ha dicho me recuerda a los tres monitos orientales: no ver, no oír, no hablar. Esto puede conducir a una cierta tranquilidad, pero no es así como se vive. Hay que vivir desviviéndose. Hay que vivir apasionadamente. Dejarse engañar no es malo, engañar es peor. Pero hay que participar en todo. Esto es una especie de carrera de relevos en la que nos dan el testigo y tenemos que salir corriendo porque de cada uno de nosotros depende la carrera.

            —¿Pero de qué sirve preguntar, si no hay respuestas? Nadie sabe quiénes somos, de dónde venimos ni adónde vamos.

            —No importa. Estamos aquí. Somos una centella que cruza el anchísimo pecho de la noche, de repente, y va de la oscuridad a otra oscuridad. ¿Por qué no brillar mientras dure el brillo y ser estrella?

            —Pero ¿de qué sirve brillar, de qué sirve la historia, la trayectoria, el progreso, si nos tenemos que morir?

            —Usted me recuerda a una tía que yo tenía, que decía: «A mí no me importa morirme, pero me gustaría que el mismo día que yo me muriese se terminase el mundo». Era muy generosa, como usted ve.

            —Sí, lo veo.

            —¿Por qué razón no se va a progresar? ¿No se ha dicho siempre: plantar un árbol, escribir un libro, tener un hijo? Eso es progresar. Yo acabo de plantar en La Baltasara unos almendros. Sé que no los voy a ver con fruto, quizá. Pero ¿qué importa? La tierra estará contenta de que florezcan en febrero, rosa o blanco. Hay que amar, y amar no es otra cosa que dar o que darse.

            —Hay que plantar.

            —Hay que plantar, tener hijos, escribir libros…, los menos posibles…

            —Y hacer el hoyo.

            —Eso que lo hagan los otros. Ya habrá tiempo.

            —¿Podemos concluir diciendo que hemos venido y estamos aquí para ser felices?

            —Esa es la gran pregunta: la felicidad… Alguien puede pensar que es un acto intelectual. A mí me parece que no. La felicidad es algo cordial, es un sentimiento, una emoción, como una especie de adolescencia y abandono del alma del hombre. Ahora se piensa con frecuencia que la felicidad consiste en tener todo lo que se desea. Lo que se desea es la felicidad, bastaría con eso. La felicidad no es una suma de objetos; no puede identificarse con el consumismo, con todas las necesidades satisfechas, con la eliminación de las fatigas, de la opinión ajena, de todas esas cosas que nos perturban, de nuestra cobardía, de nuestros miedos. Eso tampoco nos da la felicidad.

            —Pero nos mueve la búsqueda de la felicidad, ¿no?

            —Naturalmente, pero la felicidad no es algo que se pueda comprar, ni que se pueda conquistar como una tierra o una finca. La felicidad es la cosecha de una larga siembra de tanteos. Todo el mundo está tanteando para conseguir la felicidad. Y a veces viene, a veces nos inunda con un verde cántico y está a nuestro lado, como esos viajes en los que de repente notamos que había alguien a nuestro lado cuando ya no está. La felicidad es efímera porque nosotros la hacemos efímera, porque no nos instalamos confiadamente en ella. Estamos mal hechos y somos muy tontos.

            —¿La felicidad no es una pasión inútil e imposible?

            —Yo no creo que la felicidad sea una pasión. Es un don, como la vida. Pero ¿hay que buscarla apasionadamente? Sí, y también con la inteligencia. El ser humano es al mismo tiempo apolíneo y dionisíaco; es decir, que maneja al mismo tiempo la inteligencia y la pasión. Yo cada vez me fío más de la pasión, cada vez me fío más de la intuición, de ese don del descubrimiento, de la luminosidad repentina, del regalo que nos hace la vida y que, por fin, nosotros vemos claro. Porque la inteligencia es lo que aleja al hombre del animal, y yo cada vez me inclino más para el animal, que está más cerca de la naturaleza, que está más cerca de la felicidad (un poco ignorante, si usted quiere), pero felicidad al fin y al cabo. Cada vez me voy alejando más del yo para intentar fundirme más con el universo, mirar más fuera, querer más de fuera, a la gente de fuera. Sí, la pasión está bien como camino y como búsqueda. Entre otras cosas, porque creo que cuando el hombre está buscando algo, ya tiene algo de lo que busca.

            —Tarda uno en darse cuenta de que la felicidad, como casi todo, está dentro…

            —Buscar la felicidad es como buscar las gafas que se tienen puestas. La felicidad está dentro y, si entráramos dentro de nosotros, nos daríamos cuenta antes. La felicidad supongo que va de dentro afuera, que es complacerse en uno, no en el que queremos ser, sino en el que somos; conociendo nuestras posibilidades, nuestras fuerzas, pero sobre todo nuestras debilidades. No queriendo crecer a la fuerza, no: dejando que la madurez naturalmente nos abra. Primero florezcamos, luego fructifiquemos y, después, maduremos, con sencillez, sin cobardía, sin ningún temor. Porque la vida es nuestra única aliada. Porque somos cosa de ella.

            —¿Y usted dónde encuentra la felicidad?

            —Yo hace tiempo que no la busco. Me pasa como con el amor. Supongo que si el amor tiene que volver otra vez a mi vida, tocará mi puerta. No se puede andar por las esquinas buscando el amor. Eso no conduce más que al insomnio y a la resaca. Y la felicidad, igual. La felicidad vendrá si tiene que venir. Y, si no, que la zurzan. Porque tampoco es imprescindible. Para mí ya es imprescindible otra cosa: la serenidad.

            —No me diga que tiene usted vocación de sereno.

            —Pues sí. Yo que creí que la serenidad era una cosa de serenos, de esos que había antes por las calles pregonando la hora y abriendo las puertas, comprendo ahora que la serenidad es sentirse como una pequeña tesela de un gran mosaico, prescindible, mínima, confusa, pero en su sitio; formando parte de una cosa muy grande, que no sabemos exactamente lo que es, pero estando en el lugar indicado, dando el perfil que se nos exige dar, el color que estaba previsto. Y eso es lo que me ha enseñado una virtud que nunca creí que iba a tener: la docilidad.

            —¿Dócil Antonio Gala? No me lo creo.

            —Sí. Yo que he sido rebelde para todo, ahora resulta que soy dócil para lo que creo que son las órdenes de la vida, para la sumisión y la obediencia de la vida. Ya sólo me rebelo contra los que manejan, inventan y falsean la vida de los demás, erigiéndose en dadores, administradores y trincones de las vidas ajenas.

            —Me cuesta creer que su máxima aspiración sea la serenidad y no la lucidez, por ejemplo.

            —Yo creo que no se puede llegar a la serenidad sin un alto grado de lucidez, ni la lucidez está reñida tampoco con el apasionamiento. Yo creo que la vida hay que bebérsela a grandes tragos, como fumarse ese cigarrillo que usted no acaba de encender. Fumarlo echándoselo a los pulmones. Si no, no se fuma. Si no, no se vive. Aunque digan ahora que el tabaco es mortal: también lo es la vida.

            —El miedo a encender el cigarrillo es que me acaban de decir que cada cigarrillo son tres minutos menos de vida.

            —¡Y qué importa! ¿Quién mide la vida? La vida tiene que ser intensa, no extensa. La vida, que en cualquier caso es corta, tenemos que hacerla más ancha. Y si usted la ensancha fumando un poco… ¡qué importa que la acorte en tres minutos, que es además algo que dicen los americanos!

            —Entonces…

            —Fumemos.

            —Fumemos y vivamos con alegría, porque la alegría es importante, ¿no?

            —La forma cariñosa, humana, diaria de la felicidad es la alegría. Pero no la alegría de jijijí, no: la alegría a pesar de todo. La alegría de estar vivo, de sentirse vivo, de sentirse comunicado. Dicen que existe una comunidad de los santos y probablemente existe una comunidad de los difuntos. ¿Por qué no hay una comunidad de los vivos? ¿Por qué no hay una asociación, como la de los alcohólicos anónimos, la de «los vivientes anónimos», en la que nos enseñen a vivir? Yo creo que la alegría de vivir la matamos todos. Ese fue el tema de mi comedia Carmen Carmen. La matamos todos, porque elegimos otra cosa. Sin alegría de vivir no hay vida, porque la vida lleva consigo la alegría. Pero elegimos el poder o elegimos el dinero o elegimos la fuerza o elegimos la fama. Y la alegría no es buena colaboradora para eso.

            —Pero la alegría ¿a pesar de todo…?

            —A pesar de las penas. Las penas hay que saberlas llevar con alegría, y el que no las sepa llevar así, que no las tenga.

            —¿Y dónde deja usted el aburrimiento?

            —¿Me está insinuando que la vida es aburrida?

            —No, le estoy diciendo que cada día nos aburrimos más.

            —Pero no es por la vida, es por la falta de vida, es por esa vida sucedánea de la que hablaba cuando hablaba de los enemigos de la vida. Lo que produce el aburrimiento son los estrictos horarios, los fichajes, la monotonía del amor que se hace rutina, la monotonía de la vida que se transforma en costumbre. El respirar no lo percibimos porque lo hacemos de una manera automática. Pero no se puede hacer automática la vida, no se puede hacer automático el amor, ni la fidelidad a uno mismo, ni la fidelidad a sus semejantes, y eso es lo que hace que nos aburramos, que tengamos que divertirnos. Divertir quiere decir salir fuera, distraerse, llegar a otro lado. Pero ¿por qué a otro lado? ¿Por qué no miramos dentro de nosotros? ¿Por qué no miramos fuera de nosotros? Toda la naturaleza es un puro cambio, en el que es imposible el aburrimiento o la monotonía. No hay nada que se repita nunca en ninguna estación, ni el color de una flor, ni el color de un atardecer, ni el color de unos ojos… Nada se repite. ¿Dónde cabe el aburrimiento aquí? Sólo en esa vida impuesta, que no es la vida, que es un poco la antivida, la enemiga de la vida.

            —Chaplin, como casi todos, empezó diciendo que la vida era maravillosa y acabó diciendo que no tenía ninguna gracia.

            —Lo que terminó diciendo de verdad es que, a su edad, la vida se había transformado en una costumbre y que las costumbres son difíciles de desarraigar. Es decir, él no estaba por la labor de morirse, hubo que darle un empujoncito. Yo creo que la vida es una posibilidad que cada cual tiene que aprovechar, y no va a haber una segunda ocasión. Si se desaprovecha ésta, nos hemos lucido. Cada uno tiene que darle el sentido que desee a la propia vida. Comprendo que hay muchas circunstancias, pero hay que procurar sacudirse las circunstancias. Hay que procurar conocerse a uno mismo y saber cuál es el sentido de la propia vida. Pero no tenemos tiempo, hay mucha gente que no tiene tiempo para pensar en sí misma, para averiguar lo único verdaderamente importante que tendríamos que preguntarnos: ¿Qué quiero hacer con la vida? ¿Qué quiero hacer en la vida? ¿Quién soy? ¿Adónde me dirijo?

            —Cuando nos preguntamos por el sentido de la vida nos solemos poner muy serios. ¿La trascendencia está reñida con el humor, o también el humor es una manera de afrontar las grandes preguntas?

            —Para mí, en este tema del que estamos hablando, el humor es tan importante como la religión; como mínimo, tanto como la religión. El humor es esa especie de salsa sabrosa que nos ayuda muchas veces a comer alimentos que, si no, serían rigurosamente intragables. Yo aconsejaría a todo el mundo que tuviera la mayor cantidad de humor posible. Pero el humor no es el chiste, es una actitud un poco irónica. Es darse cuenta de que nada, nada, nada tiene excesiva importancia. El humor es, como el amor, una muleta de la vida.

            —Se ha dicho que el sentido de la vida es que no tiene sentido. ¿Podemos resumir diciendo que el sentido de la vida es el que tenga para cada uno de nosotros o el que cada uno de nosotros queramos darle?

            —La vida es como un taxi con una luz verde. Uno se monta en él, o lo montan, o se encuentra de pronto en el taxi. Si no dice la dirección, el taxista no se mueve. Lo que podrá es volver la cara y preguntar: «¿Dónde vamos?». Hay que darle la dirección, pero no hay que estar todo el tiempo dándole la dirección porque el taxista no es tonto. Y así, con la luz verde ya apagada, ya no es un taxi disponible, ya es un taxi que va en busca de algo, porque nos esperan, porque siempre se nos espera, porque no estamos solos, nunca estamos solos. Si yo he escrito sobre la soledad, he empleado un verso de san Juan de la Cruz, que es «la soledad sonora». Y cuando hay sonido, cuando hay armonía, nunca es la soledad total, sino al servicio de otras soledades: la soledad se lleva mejor en compañía. Porque hay más gente sola, y hay gente más sola, como dijo mi Petra Regalada.

            —Señor Gala, por esta noche hemos terminado. ¿Pasamos el sombrero?

            —¿Usted cree que habrá alguien escuchando?

            —La verdad es que prefiero no averiguarlo. La verdad es que me gustaría figurar en el Guinness como el programa menos visto de la historia de la televisión. Hasta mañana por la noche, maestro.

            —Hasta mañana por la noche, pequeño saltamontes.

            —Si es que cuando lo escucho mi alma se remonta como un gavilán.

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

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