testamento

Hijas mías, este

es el sueño decisivo de papá. Pidan silencio.

El ruido del mundo ya es bastante

para su edad y su juicio. Que su resto de luz

cese con dignidad. Su corazón bombea

pesadamente. La realidad se atasca

en las arterias del cerebro. El está

clínicamente terminado, el ser

universal y privado huye de sus ojos.

Una tregua en la música; lo demás

corre por su cuenta y muere solo. Había

cosas cotidianas gastadas

en un rincón de la memoria, sueños, rumores en un

parque,

alguna persistente melodía que una vez abarcó

un largo fragmento de vida y fue un destello

de eternidad. Ustedes sospechan

íntimas cobardías y era cierto. Y el temor a la noche,

las culpas secretas y la pérdida de todo significado

para encarar sus fracasos. Y era cierto también

las rosas ocupadas detrás de su frente, trabajos,

conocimiento,

el porvenir de la poesía y el amor

que lo mantuvo de pie y lo recreaba. Ahora

disculpen su yacencia impolítica, la buena fe

de su triste indiferencia. Libre

de toda emoción continua

papá es una cosa pálida y ajena

que conviene despedir rápidamente,

con que, adiós y mucho gusto

de haberlas conocido.

Joaquín O. Giannuzzi
Señales de una causa personal