esa mosca

 

 

 

 

 

Gruesa y peluda, prisionera de la familia,

zumbaba circularmente en la habitación.

Un asunto a resolver. Una pizca de sangre encolerizada,

un sistema de nervios perplejos buscando

una grieta a la monotonía, probando

contra un universo sin salida

la esperanza de toda materia viviente.

Pero a mis oídos sonaba

como un crimen conjetural. Esa mosca.

Porque hubiera bastado

traerla hacia un orden distinto

y convertir en verdugo

su velocidad impersonal e impolítica:

un dardo en picada contra las venas humanas.

Entonces habría creado, con justicia o sin ella,

una segunda naturaleza muerta

a cambio de libre movimiento limitado.