las Iluminaciones de rimbaud

 

john ashbery

 

 

 

¿Qué son las Iluminaciones? En su origen, un fajo desordenado de páginas manuscritas sin título que Arthur Rimbaud le entregó a su antiguo amante Paul Verlaine en Stuttgart en 1875, con ocasión de su último encuentro. Verlaine acababa de salir de una prisión belga, donde había cumplido condena por herir de un disparo a Rimbaud dos años atrás, en Bruselas. Rimbaud pretendía que su assassin manqué hiciera entrega de aquellas páginas a otro amigo, Germain Nouveau, quien –pensaba– gestionaría su publicación.

            Esta actitud despreocupada hacia la que terminaría siendo una de las obras maestras de la literatura universal resulta desconcertante, incluso en alguien tan impredecible como su autor. ¿Era sólo que no quería derrochar en sellos? (Verlaine, más adelante, se quejaría por carta de que franquear el paquete le había costado «¡¡¡2,75 francos!!!») Más probablemente se debió a que Rimbaud había decidido ya abandonar la poesía por lo que terminaría siendo una carrera mercantil en África, donde traficaría con una mareante diversidad de artículos y materias primas (aunque no, al parecer, con esclavos, como algunos han supuesto). Después de todo, había cuidado la publicación de su libro anterior, Una temporada en el infierno, aunque tuvo que dejar el grueso de la tirada en el taller del impresor, a quien fue incapaz de pagar por falta de medios. Como Emily Dickinson, había visto que «las cabezas de los caballos / señalaban la eternidad». En la penúltima estrofa de «Adieu», el poema final de Una temporada en el infierno, había escrito: «Sin embargo, es la víspera. Recibamos todas las energías de vigor y de ternura real. Y, con la aurora, armados de una paciencia ardiente, entraremos en las espléndidas ciudades»[1].

            Este tono de despedida, así como la dificultad para fechar cada una de las Iluminaciones, llevó a los primeros críticos a conjeturar que Una temporada en el infierno había sido el adiós de Rimbaud a la poesía. Más recientemente ha quedado claro que las Iluminaciones preceden y siguen a ese poema. Algunas se escribieron en Londres durante su estancia en la ciudad con Verlaine; otras datan de una visita posterior a Londres con Nouveau, que copió algunas de ellas; otras, en fin, pertenecen al periodo francés que siguió a la horrible aventura bruselense. Aunque su orden definitivo no se debe a Rimbaud, la primera Iluminación («Después del Diluvio») contradice el «Adieu» de Una temporada en el infierno con una visión de frescura postdiluviana, una vez que la «idea del Diluvio» ha vuelto a decaer. Aquí, una liebre dice su oración al arco iris a través de la tela de araña, los tenderetes se levantan, los castores edifican, la sangre y la leche corren, los carajillos humean y el Hotel Espléndido se construye en el caos de hielo y noche del polo… En otras palabras, la vida sigue igual.

            La noche polar regresa en la Iluminación final, uno de los más grandes poemas jamás escritos. Aquí un «genio», una figura de naturaleza crística cuyo amor universal trasciende las constricciones de la religión tradicional, llega para salvar el mundo de «todo sufrimiento sonoro y móvil en la música más intensa». No obstante, pese a todo, «el canto claro de las desdichas nuevas» también debe reinar. ¿Cómo es posible? Según André Guyaux, uno de los dos responsables de la edición de Garnier que he seguido para mi traducción:

Esta asombrosa expresión implica que el futuro no será idílico ni puramente feliz, como «la abolición de todo sufrimiento…» parece indicar, sino que estas «desdichas nuevas» sonarán con mayor claridad y serán preferibles al sufrimiento causado por la superstición y la «caridades» cristianas del momento». El genio traerá con él una edad de alegría más triste pero también más sabia, una más alta conciencia que la vaticinada por Una temporada en el infierno, tal vez debido, justamente, a la orden que da la obra de ser «absolutamente moderno».

             

           Tendemos a olvidar que la «poesía moderna» es una institución venerable. El poema en prosa (término que el propio Rimbaud dio a sus Iluminaciones) había sido ya utilizado por Lautréamont y Baudelaire; Rimbaud mencionó a un amigo la influencia que la poesía en prosa de Baudelaire había tenido en su trabajo. El verso libre, hoy ubicuo, es empleado por Rimbaud en dos pasajes del libro. Sin embargo, si vamos a lo esencial, la modernidad absoluta era para él el reconocimiento de la simultaneidad de todo lo existente, la condición que alimenta la poesía a cada segundo. El yo es obsoleto. En la célebre formulación de Rimbaud, «YO es otro» (Je est un autre). En el siglo veinte, las visiones conflictivas y simultáneas del objeto de los pintores cubistas, el empleo nivelador de todas las notas de la escala en la música serial, y las progresiones no jerárquicas de los cuerpos en movimiento en las coreografías de Merce Cunningham, son tres ejemplos entre muchos de esta desestabilización fecunda. Allá abajo, en la raíz de estas manifestaciones, el revoltijo cristalino de las Iluminaciones de Rimbaud, como una colección desordenada de transparencias de linterna mágica –según sus palabras, cada una de ellas era «un sueño intenso y rápido»–, sigue emitiendo pulsaciones. Si somos absolutamente modernos –y lo somos– es porque Rimbaud nos ordenó que lo fuéramos.

 

 

 

Traducción de Jordi Doce

John Ashbery, 2011

Cortesía de Carcanet Press, UK

[1] Las citas de Rimbaud se dan por la traducción de Miguel Casado incluida en Arthur Rimbaud, Obra poética completa, ed. Miguel Casado y Eduardo Moga, DVD Ediciones, Barcelona, 2007. (N. del T.)

Publicado por la pecera Libros