de una breve entrevista de Letras Libres, publicada en México en agosto de 2016. 

El autor, Jordi Doce, la publicó en su bitácora en octubre de 2016.

Se titula:

 

el humor dice la verdad al poder

 

 

¿El humor puede ser subversivo?

 

El humor le dice la verdad al poder.

Siempre ha sido visto con sospecha por los regímenes autoritarios, desde las monarquías a las dictaduras modernas, y castigado severamente si se burla de sus gobernantes y sus instituciones.

Eso no ha impedido que la gente cuente chistes políticos, incluso en la Unión Soviética.

Recordemos lo que le pasó a Osip Mandelshtam des­pués de hacer ese chascarrillo sobre el bigote de Stalin en un poema, al que comparaba con unas cucarachas que reían sobre su labio. Sabía qué consecuencias podía tener, pero no fue capaz de contenerse.

Escribí mucha prosa y algunos poemas contra Milosevic, Hush y otros monstruos, pero dudo de que hicieran reír a nadie.

Tomemos por ejemplo a alguien como Trump, que es una figura grotesca y ridícula; pero me parece tan siniestro que no veo cómo convertirlo en materia de chiste.

 

 

En uno de sus poemas define al poeta como ‘ un hombre que cuenta un chiste mientras está a punto de ser ahorcado “. ¿Existe una relación entre poesía y humor?

 

 

Para mí sí hay relación. Lo que me atrajo de la poe­sía moderna y del arte cuando era joven era su irre­verencia, la libertad que daba a la imaginación.

Desde que era un niño mi mente estaba llena de ideas blasfemas y sabía que tendría problemas si las decía en alto.

Uno de mis abuelos se burlaba de los curas, los maestros, los políticos, la historia de Serbia y de todo lo que la gente consideraba sagra­do. Me encantaba escucharlo, pero mi madre y mi abuela no paraban de decirme que no debía, que era un mal ejemplo para mí. Yo, por supuesto, no creía que hubiera nada malo en que me dijera esas cosas. Sigo sin creerlo.

 

 

¿Hay señalamientos, críticas o incluso reflexiones que solo se puedan hacer desde el humor?

 

 

Sí, por supuesto.

El humor nos informa sobre el estado de salud de una sociedad.

Un sistema político puede estar podrido hasta los cimientos, pero la gente que lo padece no se dejará engañar si puede seguir rién­dose de sí misma.

Me gustaría que esa clase de humor fuera más frecuente en Estados Unidos.

Están las tiras y los monólogos cómicos, desde luego, pero la mayo­ría de los estadounidenses no se burlan de sus líde­res, ya que nos creemos el mejor país del mundo, el más maravilloso, así que no tiene sentido ridiculizarlo.

Lo cierto es que en la actualidad somos una sociedad violenta, polarizada, encolerizada y acogotada por el miedo, que hierve de odio. Somos un peligro para nosotros mismos y para el resto del mundo.

No hay nada gracioso en ello.

 

 

Usted creció en Belgrado durante la Segunda Guerra Mundial, uno de los períodos más violentos de la historia moderna. ¿El humor es una frivolidad en esos momentos?

 

 

No lo creo.

De hecho, es absolutamente necesario si no quieres perder el juicio.

Recuerdo a gente rién­dose mientras las bombas caían sobre nuestras cabe­zas en 1944. Todos los que vivían en nuestro edificio de cuatro pisos se refugiaban en el sótano, así que la gente hablaba aprovechando las pausas entre las olea­das de bombarderos y alguno decía de vez en cuando algo divertido, aunque sabía que podía morir en cualquier momento.

Yo no, por supuesto, porque era un niño de seis años que ya conocía el miedo, que ahí aprendió que uno puede reírse sin dejar de tener miedo.

 

 

En 1944, Marianne Elise K., que trabajaba en una fábri­ca de municiones en Berlín, fue ejecutada por contar este chiste: “Hitler y Goering están en la torre de radio de Berlín. Hitler dice que quiere hacer algo para ale­grar al pueblo. ‘¿Por qué no saltas?’, sugiere Goering.” En su ensayo “Corta la comedla” escribió que “es imposible imaginar una teoría cristiana o fascista del humor”. ¿Por qué?

 

 

A ojos del poder absoluto, del dogma religioso y de varias ideologías, el humor es una ofensa muy seria contra su autoridad y debe ser reprimido. Pone en peligro a los jefes supremos al susurrar a sus espaldas no solo que el emperador está desnudo, sino que sus sacerdotes, generales y ministros también lo están.
Muchos poetas surgidos después del Romanticismo habrían ardido en la hoguera hace siglos; las cosas tampoco les habrían ido mucho mejor con Mac o con ISIS. Ni siquiera Walt Whitman y Emily Dickinson se habrían librado del fuego. Eso es algo de lo que debe- rían enorgullecerse los poetas de cualquier país.
No en vano muchos padres se siguen aconsejando entre ellos: “si sorprendes a tu hijo escribiendo poemas, échalo de casa”. —

 

 

 

 

 

 

Traducción Jordi Doce

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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