joaquín giannuzzi:

el peso terrestre

 

 

 

         

La última edición de la obra de Joaquín Giannuzzi que conozco la hizo la Fundación BBVA en Sevilla, España, en 2009.

La compiló Jorge Fondebrider en Buenos Aires. La anterior es de Emecé, de Buenos Aires, y llega hasta 2000, año de su edición. Esta última no tiene prólogo, pero incluye en la solapa de la contratapa dos breves fragmentos sobre Giannuzzi, escritos por Daniel Freidemberg y Santiago Kovadloff.

Si se piensa que su primer libro, Nuestros días mortales, fue publicado en 1958 por la influyente editorial Sur, con un breve comentario de H.A. Murena, y que la más reciente compilación de sus trabajos se publicó fuera del país, una cierta intriga comienza a rodear la historia de este autor cuya línea de vida y escritura parece tan nítida, tan claramente trazada desde los primeros versos del primer poema del primero de sus libros:

 

“Este breve racimo

de uvas rosadas pertenece

a otro reino.

Yace, sobre mi mesa,

en la fría integridad de su peso terrestre…”

 

Todo estaba allí: su posición frente a los objetos, su punto de vista, su lenguaje (esa elección de adjetivos que lo hace reconocible, incluso en sus más recientes discípulos; Fabián Casas, por ejemplo).

Giannuzzi fue una revelación, no en sus años iniciales, no para su generación, sino para las posteriores, las de los años setenta, ochenta y noventa. Los datos mencionados, sumados a otros, autorizan una semblanza que sería esta: fue parido por el manípulo de Victoria Ocampo -aunque asistido por uno de sus más extraños decuriones, Murena-, inadvertido por los poetas “conversacionales” de los sesenta y recuperado en los ochenta. Halló finalmente su cobijo y señera representación en una de las editoriales de poesía que más arriesgaron últimamente, Del Dock, la editorial que hoy presenta su poesía completa.

 

Sombrío e irónico, decía que no sabía hablar. Y lo creo. No sabía hablar el habla oficial, y tampoco aquel segundo idioma, el italiano, ocluido en la Argentina -de acuerdo con la tesis de Ángel Faretta- en gran parte poblada y hecha por millones de inmigrantes; esta era, no sé si consciente o inadvertidamente, su base de operaciones. Su castellano fue, creo yo, como el inglés del polaco Joseph Conrad, un idioma aprendido a posteriori -en su caso, como en el de muchos otros, a fuerza de los manuales de castellano de la escuela media-. Con este punto de partida, utilizar el idioma resultó una operación sobre una lengua virginal.

Una lengua nueva. La extrañeza que provocan unos pocos datos de la trayectoria de Giannuzzi habla de un caso anómalo en todos los escenarios en que transcurrió su vida: su hogar de padres italianos, privados de libros y de su propia lengua; el grupo de Sur; las redacciones de los diarios; la época en que comenzó a publicar; la línea madre de la poesía argentina, de raíz francesa hasta entonces, ya fuera vanguardista o conversacional o ambas cosas; la academia, tradicional o progresista; el peronismo al que adhirió.

Tal anomalía es paralela a su lenguaje: su destino se orientó a participar decisivamente de una nueva vulgari eloquentia. Un encuentro nuevo con el infierno y el paraíso en la tierra.

Los libros de autoayuda tal vez no tengan nada que ver con la poesía, sobre todo con la de Giannuzzi. Sin embargo, hubo y persiste un autoayudismo en la poesía argentina, que consiste en procurar que tengamos coraje, resistencia, sensibilidad, claras perspectivas, incluso fe. Un neohumanismo signó la poesía de los años recientemente extintos, incluso como rebelión, protesta, cinismo, irse de boca, cortar por lo sano, etc.

Pero gran parte de la poesía se liberó de esa “sórdida necesidad de vivir para los demás”, como escribió Oscar Wilde en El alma del hombre bajo el socialismo. Giannuzzi no fue indiferente a tal estado de cosas -a la culpa aludida por Wilde-y realizó una módica trampa que no le dio resultado: en 1967, bajo la dinastía de los comprometidos, publicó Las condiciones de la época, título que es una cita textual de los abundantes papers marxistas de entonces, en una editorial llamada Sudestada, con una foto en blanco y negro de gente amontonada, de un modo extrañamente plástico, en las escalinatas de la Plaza de Mayo de Buenos Aires,  bajo un chorro de agua que podría ser el de un camión hidrante de la policía.

Alguien, tal vez él mismo, pero en todo caso con su acuerdo, escribió en la noticia que encabeza el pequeño volumen, su tercer libro de poesía: “…abandonó su concepción especulativa del mundo y evolucionó hacia una posición más comprometida con la realidad argentina.” Significativamente, el primer poema del libro se llama “Fábula”. Tengo que transcribirlo para que se vea por dónde iba esa “evolución” y qué entendía el autor por realidad:

 

 

“Abrumado por el tabaco y la cultura

y convertido en un engaño por su propia clase

estaba esperando la revolución

por la desnuda, terrible acción, de los otros en la calle.

Pero detrás de los cristales

a cubierto del viento social donde toda culpa

entra en crisis con sus razones podridas,

resolvió que el cambio acontecía en las pequeñas mutaciones

permanentes del cielo y el polvo,

en el giro de la cuchara en la taza de té,

en las decepciones periódicas del hígado,

en la muerte de papá y de las moscas.

Inventó un poema con todo eso,

y el resultado es una estafa a la vieja forma,

una lejanía cada vez más vergonzante

de un nuevo lenguaje que puede estallar en cualquier momento.”

 

 

Jorge Fondebrider vio, al igual que otros críticos, que la poesía de Giannuzzi nació hecha.

No hay una evolución perceptible, como la que el propio Giannuzzi intentó marcar en la primera edición de Las condiciones de la época.

Antes que un defecto, esa integridad de su obra es un milagro que se da muy pocas veces en la poesía, en cualquier lengua.

O se arranca muy alto, y la límpida maniobra de despegue se agota en sí misma, o se ven claramente las huellas de los maestros en los poemas iniciales, hasta que la obra adquiere su temple. Puede haber luego cambios radicales o no; puede haber cambios paulatinos, variaciones en la rutina, diría Alberto Girri, que en cierto momento se convierten en un cambio cualitativo (como sucede con la obra del propio Girri, cuya radicalidad se percibe promediada su obra). Se puede decir de Giannuzzi que hay una especie de reflexión, casi inicial (pues se trata de su segundo libro), en Contemporáneo del mundo (1962), reflexión que, como tal, se dilata y explora sus propias ondas, sus círculos concéntricos.

Sin embargo, el lenguaje es el mismo de su primer libro, y será el mismo del tercero, del cuarto y de los que siguen. Si vale la pena detenerse en estos textos iniciales que, como queda dicho, no son escarceos, es precisamente porque parecen servir de prólogo, arte poética, explicación o resumen de todo lo que siguió, que es un océano de inusitado deleite semántico, más allá de la aridez, o desoladora lejanía, o drama, de los que se habla. 

 

 

En el poema “En la mitad del siglo”, de Contemporáneo del mundo, Giannuzzi se explaya –y esta es más o menos la palabra, porque se trata de un poema más o menos largo-, de manera que luego será poco habitual, sobre su oficio, a menos que se tome toda su obra como una dilatada reflexión sobre el oficio general de mirar el mundo.  Luego de plantearse la búsqueda del “tema de su tiempo, la palabra de hierro en la mitad del siglo”, Giannuzzi  navega en los meandros de la relación entre poesía y circunstancia, expresión de una época y permanencia, pasado y presente, formas nuevas y viejas, para concluir, a su modo, de manera paradójica:

 

“El único entre todos,

entregado a su gracia

y liberado a su suerte, su elección y sus huesos,

era este poema que asumía

la discontinuidad de una tierra triunfante.”

 

No creo que se pueda decir mejor o desde una perspectiva distinta esto que aquí dice Giannuzzi de sí mismo y de su obra. En el vacío en que cava la poesía, para darse precisamente como tal, aquella tierra triunfante era a la vez el país y la tierra entera, la de esa mitad de siglo perfectamente datada en el poema (1950) y la de cualquier siglo y cualquier mitad. Lo nuevo, para decirlo una vez más, es el lenguaje. Un lenguaje en el que después se comenzó a escribir, a instancias de la existencia de autores como Giannuzzi, en este país. 

 

La belleza de la poesía se erigió, como siempre, sobre un nuevo fracaso del lenguaje lírico. Con la especial característica, en el caso de Giannuzzi, de que aquel fracaso era, en sí mismo, un fracaso personal, un fracaso existencial. La distancia brillante de sus poemas fue, tal vez, una distancia amargamente sufrida en su vida diaria.

Podría decirse a la vez de la realidad, cualquiera, y de su poesía misma, parafraseándolo: la divinidad (siempre) está presente por “delegación sombría”: fulgor y apabullante desierto; la cosa, no necesariamente vacía, sino extraña. Se ha hecho paradigma de su obra una frase suya: poesía es lo que ves.  Pienso que quizá lo que se ve es también aquella distancia irrevocable entre el sujeto y las cosas, que viven en tiempos distintos, unas en un día que aunque sea efímero es luminoso; el otro, en la descomposición permanente, en ese largo adiós de la agonía.

En ese irse giannuzziano de seres y cosas, Murena advirtió la “estirpe leopardiana”. Romanticismo, sí, pero con ese sesgo latino con el que se ven –sigo a Murena- “las criaturas y las cosas del abigarrado mundo, caído y entrañable”.

Es por mérito de la continuidad de la obra de Giannuzzi que Freidemberg puede escribir, muchos años más tarde: “Haber descubierto que vivimos en un universo desencantado e indiferente y en una sociedad dominada por fuerzas destructoras, le permitió a Joaquín Giannuzzi fundar una de las obras más consistentes de la poesía argentina, basada en una implacable empresa de develación en la que, así y todo, no faltan atisbos de algún tipo de salvación: la eternidad del instante en el que las cosas se revelan milagrosamente existentes y el rigor de su propia búsqueda y puesta en palabras.”

Y a Kovadloff: “Lo familiar y lo cercano se quebrantan [en los poemas de Giannuzzi] para dejar florecer la palabra que se abisma en lo extraño, en lo imponderable de toda presencia, en la emoción y el enigma de saberse vivo.” 

Los enfoques de Freidembeg y Kovadloff non son torsiones autoayudísticas de la poesía de Giannuzzi. Y con justeza estas palabras figuran en la primera edición de su poesía completa, cuya publicación señaló el máximo de reconocimiento público de Giannuzzi, 42 años después de que publicara su primer libro. Estas palabras se refieren a lo que es evidente para cualquier lector de sus poemas: si no existiera esa fascinación del objeto en el sujeto, y si de algún modo el sujeto no creyese en que sus propios adjetivos, su límpido y convincente modo de ver traen a nosotros algo del fulgor asimismo límpido de un halo, tal poesía no habría sido posible.

Nos imaginamos a Leopardi recostado o sentado en su monte dilecto, en la contemplación del cielo que el monte permite ver y en lo que oculta, y nos resultan absolutamente convincentes sus palabras: “e il naufragar m’è dolce in questo mare.” Giannuzzi, o mejor dicho, su sombrío personaje, “tabacoso y argentino”, naufraga dulcemente en lo que escapa de él.

Y he ahí dos cosas: por un lado, la (yo diría) consciente reelaboración de lo sublime romántico y la bondad de un duro; por el otro, la palabra de época, la palabra de hierro, en un juego que mantiene vivo el antiguo arte de poetizar, y dentro de él, el no menos antiguo arte de mantener visible la actividad del pensamiento. Esto es: una mente que insiste en reconocer y reconocerse.

 Me detengo aquí porque no me parece necesario glosar uno por uno los libros de Giannuzzi, cuyos crescendos y descensos, arsis tesis, son los naturales al ritmo que eligió de entrada y que lo ha hecho inolvidable entre nosotros. 

 

 

 

 

 

 

Jorge Aulicino

Joaquín Giannuzzi, Obra completa. Ediciones del Dock. Buenos Aires, 2014

 

 

 

 

Θ


 

 

Aunque no es frecuente que uno, mero transcriptor, exponga su criterio al pie del artículo, sobre todo porque

el articulista no puede defenderse, en este caso quiero decir, solamente, que percibo una ambigüedad del

autor en relación con la figura -y la obra- de Giannuzzi. Un despojamiento, una despersonalización, como

si Giannuzzi hubiera sido sólo un [sospechoso] depositario de la marcha propia y automática del idioma, quizá

apoyado por ciertas corrientes sociales a las que se alude de paso y de manera insuficiente. 

Pero también se da, sobre todo hacia el final del artículo, un reconocimiento de Giannuzzi -de nuevo ambiguo:

excesivo en la comparación con Leopardi-. 

En suma: ambigüedad con cierto menosprecio hacia Giannuzzi, al que se nos presenta como alguien que pasaba

por allí mientras el propio idioma o sus secuaces escribían su obra.