josé luis alvite

artículos 2002-2004

en ‘La Razón’ y ‘El Faro de Vigo’

 

 

 

 

Martes, 29 de enero            

 

 

Congrios (I)

 

 

 

 

No estaba contento con mi vida.

Mi gesta más memorable en la Marina había sido asaltar un nido de grapadoras.

Quería ser un tipo duro pero estaba demasiado delgado. No podía quemar la ciudad un fulano con la piel de Doris Day, la talla de Fred Astaire y la moral del padre Arrupe.

Un día me cepillé los dientes con el papel del culo y cambié de vida. Mi nueva imagen no dejaba lugar a dudas. En una ocasión mi madre me preguntó si me peinaba con orina.

Me llegaba al codo la mierda de las uñas y mi sonrisa era un cáncer de colon. Procuré conservar los modales y ese cierto toque literario que le gusta incluso a las mujeres a granel de los garitos.

Me pareció la combinación ideal: un tipo de aspecto duro y modales delicados, alguien que pareciese capaz de talar un árbol con un abanico, un Rudolph Nureyev con los pies de un buzo, una paloma de alpaca, un dulce canalla con los penales de Bogart y ese refinamiento de David Niven para lavarse las manos con los guantes puestos.

El rostro, frío; la voz, serena y cálida a la vez, como fuego del tiempo.

Las chicas del garito lo comprendieron enseguida: estaban frente a un soñador con la implacable entereza de alguien que soportaría vivir a oscuras y se pegaría fuego en el pelo para mirarse al espejo, espeluznante, trágico y dorado como un Durero de Chicago.

¡Dios santo!, hubo momentos en los que me sentí como si aquellas fulanas acabasen de descubrir en mí a un tipo capaz de montar un Belén con tres sardinas de lata y un condón.

Fueron momentos insuperables, esa clase de circunstancias en la que un hombre se siente como si acabase de masturbarse con las manos de la Venus de Milo y a escondidas le ayudase Dios con la toalla.

Fue entonces cuando descubrí que tenía la ingle en la comisura de los labios.

Y me dejé llevar por los sueños, muchacho. Y llegué a creer, ¡maldita sea!, que al lado de aquellas fulanas, las vírgenes de Murillo eran congrios…

 

 

 

 

 

Miércoles, 30 de enero 

 

 

           Congrios (y II)

 

 

 

Fueron terribles noches vividas con los pies al cuello.

A veces en el puerperio de tanto esfuerzo me jadeaban las nalgas. Estaba destrozado y me sentía como si colgase entre mis piernas la cabeza de un pavo. Mi catre en el garito era un aserradero.

¡Si me hubiese visto Capone! A veces estuve inconmensurable.

Me empleé tan a fondo en las delirantes noches del club, que llegué a sentirme como un tóxico mariposista de la Mafia braceando en aquella masacre de macarrones con carne. ¡Jóder!, cómo sería, que una madrugada soñé que en la puerta del garito un cazatalentos preguntaba por mi pene para darle un papel con frase en un musical de la Metro.

No me lo vais a creer, pero en medio de tanta estupidez llegué a sentirme como Cristo subiendo al Calvario con el batín de Cassius Clay.

Todo el placer me parecía poco. Me apretaba el cielo. Estaba en racha, muchacho, y habría sido capaz de saltar la banca haciendo póker con tres cartas y una diapositiva del infierno.

¡Maldita sea!, me dejé arrastrar por mi imbecilidad y las vaginas de aquellas fulanas me parecían petacas.

Ni siquiera extremaba los cuidados para no enfermar. La única precaución que recuerdo haber tomado fue leer ‘Vida nueva’ en pelotas.

Con la mitad de la mierda que me metí entre las piernas, podría haber ganchillado un caballo muerto.

No tenía parada. El volante de mi coche era una ruleta.

Llegué a creer que un bolero es el único sitio en el que es seguro que te espera alguien. Pero un día un matón me dijo: “Creeme, muchacho: por entre las piernas de una fulana raras veces se entra al cine”.

Y dejé de soñar. Y sólo deseaba encontrar un niño para enjuagar mi cuerpo en él. Y dar con alguien que guardase el revólver con el pan. Y conocer a una de esas mujeres sin gluten que le pasan dos aguas al agua antes de beberla.

Y compartir con ella ese instante, ¡Dios!, en el que por una vez en tu puta vida descubriste la pelirroja serenidad del amanecer… (A Joaquín Sabina)

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos requeridos están marcados *

Publicar comentario