josé luis alvite

artículos 2002-2004

martes, 29 de julio de 2003

el faro de vigo

 

repollo planchado

 

 

            Con la vejez casi siempre se pierde gradualmente la memoria.

         Mi madre no está senil pero acusa síntomas de amnesia parcial y, cada vez que hablamos, noto en ella que no recuerda una sola de mis buenas cualidades de hace años. Yo creo que mi madre más que desmemoriada se está volviendo selectiva.

         Tía Pepita fue siempre una mujer frágil de memoria pero no le daba importancia porque odiaba la minuciosidad y lo concreto. De un viaje por el centro de España sólo recordaba que lo más impresionante de Segovia era la catedral de Toledo.

        Perder la memoria no siempre es un drama. Angustiados por el insomnio, algunos matarifes del III Reich tomaban pastillas para olvidar. Por el contrario, a los pedantes les causa pánico la posibilidad de ver mermada su capacidad retrospectiva.

Recuerdo lo que en una ocasión le dijo Ernie a una ingrata: “No sufras por tu memoria, encanto; tu vanidad conservará tu memoria mucho mejor que tus pastillas”. Por ahora conservo intacta mi capacidad de recuerdo. Mis ausencias de casa se deben a que, cada vez que se me ocurre volver, recuerdo tres excusas para pasar de largo. Mi problema no es de memoria sino de organización. Me falta orden para hacer cada cosa a su debido tiempo.

       En mis momentos de mayor ofuscación, a veces escribía un párrafo encima del anterior. Me dijo mi siquiatra: “Muchacho, necesitas un mínimo orden. Prueba, al menos, a meterte en esa puta cabeza que, si te casas de nuevo, el matrimonio has de consumarlo con esa mujer, no con la siguiente”.

        Hay quien cree que la memoria es un paliativo de la vejez, aunque las famosas creen que la vejez no se para con pastillas, sino con cirugía. Y eso es mentira. Lo sé por Sara Montiel. Cada vez que se opera, se convierte en una septuagenaria a la que un as de la cirugía plástica le hubiese injertado en la cara la lycra de los leotardos. Es como intentar cambiarle el sabor al cocido planchando el repollo.

       Ahora mis paquetes de tabaco traen una espeluznante leyenda sanitaria avisándome de la muerte por fumar. Un tipo tan hipocondriaco como yo jamás olvidaría un texto así si no fuese porque es propenso a olvidarse de leer.

 

 

 

 

 

 

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