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s 2002-2004

 

josé luis alvite

domingo, 20 de enero  

 

            

soledad

 

 

    

            Conoces mucha gente a lo largo de tu vida.

De casi nadie recuerdas nada al cabo de los años. De la mayoría sabes que daban calor en verano. Llega un momento en tu vida en el que tienes la sensación de haberte relacionado con tres toneladas de carne de ternera.

Hubo momentos de éxito en los que una mujer te prometió abrirle nuevos horizontes a tu vida.

Le creíste pero estabas equivocado. Era hermosa y parecía encantadora, pero de ella sólo aprendiste cuatro posturas nuevas y una receta con ajo y limón para limpiarle a las corbatas las manchas de dinero.

Te juró descifrar el horizonte para ti. Era mentira.

También era mentira.

Aquella fulana en realidad sólo te cambió la dieta y las camisas. La dejaste cuando comprendiste que el destino emocional de un hombre no puede ser vomitar agua mineral.

Fueron momentos de locura en los que tú creíste tocar el cielo con el pene y ella admiraba tanto tu criminal sexualidad de paria que juraría haberse masturbado en el reclinatorio con un crucifijo de alpaca.

Parecíais felices, muchacho.

Ella te tuteaba de usted y tú le prometías el cielo escribiéndoselo en papel de regalo.

Lo más vulgar en vuestra vida era bailar de madrugada en el ‘Savoy’ a ras de aire.

El caso es que acabarás tus días a solas frente al espejo, esperando con paciencia, con clase, con altura, a que se refine en tu rostro, como una abreviatura de calcio, la talla de tu cadáver.

No tendrás grandes sueños. Si te conservas delgado, podrás masturbarte con la boca para no pasar hambre.

No habrá a tu lado nadie dispuesto a correr a comprarte aire en la farmacia. Y en medio de tan terrible soledad, pedirás morir dormido.

Porque sabes, maldita sea, que ya no queda nadie a tu lado, ni siquiera aquella fulana de pago que una noche mientras bailabais te prometió que volvería a tu lado y te diría: “He vuelto, cielo, porque sé que no tienes quien cierre tus ojos…”

 

 

 

 

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