josé luis alvite

artículos 2002-2004

 

 

domingo, 10 de febrero 

 

        testamento

 

 

            En los peores momentos de mi vida salí adelante sentado frente a la orquesta del ‘Savoy’

mientras alguien como Lester Page repasa la lista de mis chicas con la suave doblez del saxo.

El camarero sirve mi cena. “No está muy caliente, Al, así que te recomiendo que te comas esto

antes de que cicatrice”.

            ¡Condenado Lester! Siempre se las arregla para entornarme los ojos.

Fue su saxo el que hace veinte años me ayudó a decirle a Peggy Schultz que estábamos

hechos el uno para el otro y que era por nuestros hijos por quien preguntaban mis sueños.

Bailamos un buen rato. El saxo de Lester era viento a favor, muchacho, y en la boca de Peggy

ocurrió mi boca.

Me sentí feliz aquella noche.

No necesitaba nada. La tenía a ella entre mis brazos y sabía que mientras sonase el saxo del ‘Savoy’,

sería sólo mía esa media hora de eternidad con la que sueña un hombre cuando está tan cansado

que caería de rodillas si se posase una mariposa en el ala de su sombrero.

Peggy me transmitía ese extraño fuego que no quema, el fuego del cuerpo, el llevadero calor de

la sangre, suave fuego del grifo. “Me siento a gusto, contigo —le dije—, y es como si mi maldito

corazón estrenase calzado”. ¡Dios!, me hubiese mudado a vivir con ella en el fuelle entre dos vagones

de un tren sin ojos.

            Anoche no había una rata en el ‘Savoy’. Pero estaba Lester Page. Y mientras Ernie hacía

caja contando las monedas con una pinza de depilar, recordé a Peggy Schultz.

Fue hace veinte años, una noche como la de ayer, aquel día que se despidió de mí y cuando salí

a la calle, de ella sólo quedaba en el aire el borrador de su perfume.

            No volví a saber de ella. Pero la recuerdo cada vez que en el saxo de Lester Page amaina

una nota larga y suave que es como si le pasase al humo de mis cigarros el cepillo con el que

Peggy Schultz hacía rezar la melena y los poetas sacaban a la calle la basura y el testamento.

 

 

 

 

 

 

 

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