juan gelman

 

 

poesía reunida

 

2012

seix barral

 

 

ya que julio cortázar prologó este libro, aprovecharemos para enterarnos de qué escribió para tal ocasión:

 

tituló el prólogo Las telarañas de la costumbre. 

 

Claro que después, en actualizando prólogos, pere gimferrer añade también el suyo, allá por 2012. 

Creo que leeré el de gimferrer así en deprisa y decidiré si lo añado a continuación del de cortázar. 

 

 

 

Juan Gelman ha querido que su libro se abriera con unas palabras mías, palabras de compatriota en el sentido más hondo, allí donde la noción de patria quiere decir tanto más que una pertenencia geográfica.

Jamás un amigo me pidió algo tan difícil, jamás el afecto y la confianza de alguien muy querido me puso contra la pared como en este momento.

Era preciso que Juan fuera Juan y que yo fuera Julio; era preciso que este libro viniera a golpearme en plena cara con su amarga y a la vez límpida fuerza; era preciso que su razón de ser contuviera todo eso que desde hace años vuelve cada noche en mis pesadillas y que en la vida diaria trato de denunciar y de atacar con mis pobres recursos de escritor.

Quisiera decirlo desde ya, no estoy presentando este libro de Juan, lo estoy simplemente acompañando yéndole al lado como quiero seguir al lado de Juan en lo que nos queda de voz y de vida, para un día volver con Juan y con tantos otros compañeros a lo verdaderamente nuestro.

Tal vez lo mejor que puedo decirle al lector es que entre en estos poemas como se entra en un sendero, siguiéndolo en sus curvas y sus ascensos, deteniéndose allí donde el camino parece detenerse en las encrucijadas y reanudando la marcha como la reanuda cada poema desde el anterior.

Un solo y único poema nace de todos ellos, el último ilumina el primero como el primero contiene el último, y cada uno es un paso en la continuidad de la ruta. Dejarse llevar por ella es ir ganando a cada página esa visión total que de pronto cristaliza transparentemente las etapas previas y la meta final.

Pero de nada valdrá seguir la senda si no empezamos por quitarnos las telarañas de la costumbre, las obstinadas categorías de la convención.

Aquí se ha hecho palabra la realidad más concreta de estos últimos años argentinos, y sin embargo esa realidad escapará a quienes apliquen a la lectura los códigos de la escritura política o los de la usual poesía combatiente, e incluso a quienes acepten masivamente los criterios de la escritura corriente.

Sólo leyendo abierto, dejando que el sentido entre por otras puertas que las de la armazón sintáctica o las manoseadas imágenes, metáforas o figuras más o menos arduas pero ya asimiladas a la tradición poética, sólo así se accederá a la realidad del poema, que es exacta y literalmente la realidad del horror, la muerte y también la esperanza en la Argentina de nuestros días.

A todos nos sucederá lo mismo, la sorpresa ante las continuas transgresiones que se suceden a lo largo del camino, pero sólo quienes las asuman y, de alguna manera, las continúen merecerán un libro que quisiera contenerlos, contenernos a todos.

 

Ya sé que no es fácil. Quizás nos hemos habituado demasiado a que la poesía combatiente diga sin rodeos todo lo que tiene que decir, y que aunque lo diga bellamente, su ritmo sea el tradicional y sus palabras organicen dramática o líricamente la transmisión de un mensaje muchas veces superficial.

Quizás estamos hoy confundiendo facilidad con eficacia, y no faltan quienes conviertan esto en una condición imperativa de la poesía de combate.

Sí, no es fácil entrar desde la primera línea en un discurso que va de tal manera contra la corriente que incluso pisotea sin lástima las reglas más ahincadas de nuestra seguridad mental, de nuestras grillas prosódicas, de nuestra aceptación pasiva de las funciones gramaticales.

Cuando Juan convierte el sustantivo dictadura en un verbo, la primera reacción en la lectura rápida es de sorpresa y casi de escándalo, se mira el verso como si estuviera afeado por una errata de imprenta, y, de pronto, se da el salto (cuando se lo da, que es lo que espero) y se descubre la riqueza de esa metáfora tan profundamente ligada con nuestra realidad en la que todo está dictadurado, en la que la noción de durar se vuelve insoportablemente manifiesta, en la que seguirán dictadurándonos mientras no aprendamos y apliquemos el infinito contralenguaje de la palabra y de la revolución.

Y esto no es más que una instancia en la continua negación de lo aceptado y lo aceptable que da a la poesía de Juan Gelman su máxima capacidad de transmisión.

Ahí donde lo masculino se vuelve femenino y viceversa para pisotear los cánones del pensamiento estereotipado, ahí donde sin vacilar se vuelven activas y operantes tantas palabras que manejamos pasivamente, el poema cesa de ser comunicación para volverse contacto, Juan y su lector cesan de estar solos y recorrer separadamente ese camino que busca llevarnos hacia nosotros mismos.

Hombre al que le han segado la familia, que ha visto morir o desaparecer a los amigos más queridos, nadie ha podido matar en él la voluntad de subtender esa suma de horror como un contragolpe afirmativo, creador de nueva vida. Acaso lo más admirable en su poesía es su casi impensable ternura allí donde más se justificaría el paroxismo del rechazo y la denuncia, su invocación de tantas sombras desde una voz que sosiega y arrulla, una permanente caricia de palabras sobre tumbas ignotas.

Cada diminutivo, cada nombre dicho como quien acuna o tranquiliza, hinca todavía más hondo la irrestañable denuncia de esas innúmeras muertes que tantos de nosotros llevamos como un albatros atado al cuello y sin saber volverlas del lado de la luz. También yo quise a Paco, a Rodolfo, a Haroldo, a tantos más, y sólo supe llorarlos; con Juan, por Juan, me acerco ahora a ellos de otro modo, el que ellos hubieran preferido.

Por eso tampoco debería desconcertar que aquí se sucedan interminablemente las interrogaciones frente al gran silencio en que se han sumido esas voces queridas. Juan pregunta, una pregunta sigue a la otra, hay poemas que son solamente preguntas.

Siento que ahí, por encima del amor y la rebeldía que no se resignan al silencio, hay también una razón de ser que nos abarca a todos los que hoy empezamos también a interrogarnos sobre el destino que nos ha cercado, diezmado y dispersado en estos años.

Cuando Juan pregunta se diría que nos está incitando a volvernos más lúcidamente hacia el pasado para después ser más lúcidos frente al futuro. No hemos sabido hacer las preguntas a tiempo, ésas que desnudan, que violan, que rasgan de arriba abajo las telas del conformismo y de la buena conciencia. No hemos sabido mirarnos en el espejo de nuestra verdadera realidad argentina; y si algo nos traen hoy los poemas de Juan Gelman es una actitud, una manera a la vez reflexiva e instintiva de buscar lo que de veras somos sin las simplificaciones a veces suicidas que nos han arrojado tan lejos de lo nuestro.

Esta actitud no necesita de gritos, de proclamas ni de denuestos; la fuerza más extrema de la palabra de Juan nace de haber dejado atrás la superficie del dolor y de la cólera para ahondar en sus raíces, en esa zona vital y mental desde donde la reflexión y la acción pueden recomenzar con una eficacia que tantas veces les faltó en medio del ruido y del furor. Volver positividad la abominable suma del oprobio y la desgracia: sí, todavía hay alquimias posibles cuando se posee «el lugar y la fórmula» como los poseen hoy los poemas de Juan.

 

 

 

Julio Cortázar

(1981)

 

PS.: en releyendo el texto mientras lo transcribía me he dado cuenta de que lo conocía: ya lo había leído antes. Por lo que es posible que esté colgado en el blog. 

Bueno, si es así, lo estará dos veces: nos pasamos la vida repitiendo lo mismo y para ciertas cosas evitamos casi escandalosamente la repetición.

 

Es posible que también leyera -e incluso que transcribiera- el prólogo bis de gimferer: con todo, allá va:

en el vuelo rasante que acabo de hacer sobre él parecía hablar de asuntos de interés general,

y eso tiene interés general.

 

 

 

CON JUAN GELMAN

 

 

Durante mucho tiempo pareció que la poesía escrita en español en el continente americano se bifurcaba engañosamente: había que escribir o Canto General o En la masmédula, o Trilce o La canción de las figuras, o El son entero o «Para llegar a Montego Bay», o Cantos de vida y esperanza o El estrecho dudoso.

Tales dicotomías son engañosas en sí mismas y más todavía con respecto a la totalidad continental o idiomática en la que se insertan; lo probaron en España con sólo veinte años de distancia, aunque una guerra civil de por medio, el Alberti de Con los zapatos puestos tengo que morir y el Blas de Otero de Redoble de conciencia, como si por lo demás no lo probaran el Rubén Darío de «A Roosevelt» o el Neruda de Estravagario.

Todos sabemos que lo vivido en la República Argentina durante gran parte del siglo XX y de modo particular entre 1973 y 1982 fue una inmensa tragedia, y no es menos sabido que buena parte de la, por lo demás, excelente poesía argentina se ausentó en gran medida de tales hechos.

La circunstancia de que en Juan Gelman por un lado aparezcan conciliados los dilemas falaces a los que aludí al principio y por otro se arrope y embuche al mismo tiempo la tragedia de su país, y la incluso más general de su continente, en la indagación más acuciosa y acuciante y acuciada en las palabras, a la vez que señala su singularidad y excelencia, nos orienta hacia el territorio en el que debemos situarle: como en todo verdadero poeta, su tema no es lo externamente y dolorosamente tratado en cada pieza —es decir, no aquel «recurso al asunto exterior» que temprana y precipitadamente echó en cara André Breton al Louis Aragon de «Front Rouge»— sino la relación ética del autor con la palabra poética.

Que alguien tan avezado en lectura de poesía como Julio Cortázar haya creído oportuno recurrir en «Contra las telarañas de la costumbre» a una apariencia de ingenuidad de orientación mayéutica mediante el ejemplo de la conjugación verbal creada a partir del sustantivo dictadura nos prueba hasta qué punto una intención didáctica, presente en otras zonas de estos últimos años cortazarianos, se encaminaba aquí a una reformulación, que podía el lector creer que hacía casi al mismo tiempo que Cortázar, de un punto esencial de la lírica de Gelman.

Tal punto esencial ya fue enunciado en otro contexto por Wallace Stevens: Poetry is the subject of the poem, y sería válido fuera de tal contexto si englobáramos en el sustantivo poetry no sólo lo que la poética de Stevens cifraba en él sino el despliegue que le da hacia otras comarcas la lírica de Gelman.

 

Cuando en 1973, y por lo tanto en uno de los más duros años finales del franquismo, intervine en la publicación del primer libro de Gelman aparecido en España (no estuve solo: acompañaba en la tarea a Joaquín Marco, Jaime Gil de Biedma, José Agustín Goytisolo y Manuel Vázquez Montalbán) a quien dábamos a conocer era al autor de Los poemas de Sydney West, es decir, casi a un heterónimo pessoano de Gelman.

Pero hay en él muchos más poetas, desde un inesperado glosador de la mística teresiana hasta un facticio pero no ficticio poeta sefardita.

Con todo, lo más esencial, lo más definitorio, es, desde muy pronto, la creación de neologismos a partir de bases léxicas preexistentes y el apócope tanto de puntuación como de morfemas, siempre desde la pista de despegue de una lengua que tanto puede ser estilización y aireamiento de las estalactitas de la ruta clásicobarroca como transfiguración interpeladora del habla coloquial porteña.

Adentrado en estas regiones, nadie en ella deja a su zaga a Juan Gelman; es desde ahí desde donde puede Cortázar referirse al «contralenguaje de la palabra y de la revolución», y Cristina Peri Rossi al «ágil, fecundo, extraordinario manejo de la lengua» y Jorge Riechmann a una «calidad moral» profundamente relacionada con «la manera de enfrentarse al lenguaje» y Valente al «Horizonte de libertad de la palabra que el poeta supo salvaguardar en todo momento».

De esto es precisamente de lo que anduvo más faltada y, no nos engañemos, más necesitada, la poesía de no pocos (y no quiero decir precisamente Blas de Otero) que en España y a veces fuera de ella abordaron dilemas morales parecidos, simplemente porque no siempre abordaban el mismo dilema del lenguaje.

Pues todo poeta es fundamentalmente su lenguaje, es decir, el tipo de comercio en el sentido propio que con el lenguaje establece, y la palabra de todo poeta es fundadora e inauguradora en la medida en que proceda a fundar e inaugurar un «ser de lenguaje» que antes de él no existía o no sabíamos o no podíamos percibir y que, en lo sucesivo, más que meramente a su poética individual, irá unida y subsumida en la propia corriente general del lenguaje poético, el poema que la historia de todo idioma e incluso más generalmente la historia de la lengua poética en cualesquiera idiomas está siempre procurando decir o está diciendo en el presente o nos dirá siempre.

A este territorio esencial nos restituye la poesía de Juan Gelman.

 

 

Pere Gimferrer

(2012) 

PS.: Mmmmm. Erudito, erudito, erudito.

 

Pero resulta que, lanzado de cabeza a los poemas de juan gelman, he hallado un tercer prólogo, de 1956 y de raúl gonzález tuñón. 

No voy ni siquiera a leerlo.

 

 

 

 

 

presencia del otoño

 

 

Debí decir te amo.

Pero estaba el otoño haciendo señas,

clavándome sus puertas en el alma.

Amada, tú, recíbelo.

Vete por él, transporta tu dulzura

por su dulzura madre.

Vete por él, por él, otoño duro,

otoño suave en quien reclino mi aire.

Vete por él, amada.

No soy yo el que te ama este minuto.

Es él en mí, su invento.

Un lento asesinato de ternura. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

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