libro                            del frío: el ascenso               al despojamiento

libro del frío:                     el                    ascenso al despojamiento

libro del frío: el ascenso al despojamiento

libro del frío:            el ascenso                     al despojamiento

libro del frío:         el ascenso al         despojamiento

Juan González Soto

 

¿Puede darse mayor incongruencia que la de intentar

hacer obras de arte con el miedo a la muerte?

Antonio Gamoneda

 

 

 

Recuerdo ahora, se trata de una muy humilde operación, pero en verdad enriquecerá, en su menuda poquedad de vida pasada, este comentario que ahora se inicia, cómo me fue entregado este Libro del frío.

Fue en Burgos, una mañana de un domingo de finales de un mes de julio. Entré en algún lugar no lejos de la iglesia de San Lesmes. Iba en busca de la prensa dominical. En un anaquel estaba, deseo ahora recordar que esperándome, este Libro del frío, en la edición en Germania, en la colección Hoja por Ojo.

Después supe que, en rigor, se trata de la segunda edición del poemario, que había aparecido por primera vez en 1992 en Siruela. En su nueva edición de 2000 se incorporaba la sección “Frío de límites” y el poemario iba precedido por un prólogo titulado “El éxtasis blanco”, que firmaba Jacques Ancet.

Pocos años después, en 2003, Siruela volvería a editar este Libro del frío tal y como lo había entregado Germania.

Aquel domingo en Burgos, a una hora tan temprana, apenas serían las siete y media, empezaba a acercarme al Libro del frío en una mañana de verano burgalés. Y lo hacía de la manera como suelo hacerlo, una suerte de manera lenta o primer acercamiento a un libro de poesía, pasando páginas al azar, dejando que los ojos buscaran palabras a la casualidad del encuentro (ah, números, lengua, miel, nieve), tal vez sintagmas (destrucción de la madera), una frase (siento la pureza de los límites), a veces un verso entero (Hablan los manantiales en la noche, hablan en los imanes del silencio)

Pero nunca un poema íntegro, en su total entidad. Y leía el título de ese poemario y volvía a pensar en él y me llegaba a la memoria un verso de Blues castellano (1982), ese extraño libro que alguien tomó alguna vez como una forma de poesía social, pero que tal vez no sea sino el logrado empeño por hacer versos a partir de esa materia tan montaraz y tan perversa que es la vida. Pensaba en el título de ese libro que tenía en la mano y recordaba un bellísimo verso de Blues castellano, un verso del poema titulado “Invierno”:

 

La nieve cruje como un pan caliente

 

De esa manera empezaba a acercarme a aquel Libro del frío que habría de acompañarme durante semanas, que aún me acompaña, y que ahora es motivo de este breve comentario personal.

¿Qué es este Libro del frío? Es un detenido itinerario a través de un paisaje, la visión de un detallado territorio en que el abandono y las ruinas se muestran en su total plenitud. Como ha afirmado Jacques Ancet en el prólogo, titulado “El éxtasis blanco”, a la edición de Germania, el poemario muestra una andadura hacia la desposesión.

Si con Descripción de la mentira (1977) y diez años después con Lápidas (1987) el poeta se internaba en la experiencia del paso del tiempo y del acercamiento a la muerte, con este Libro del frío se obra en su manera más directa y más despojada esa suerte de recorrido cuyo centro de atención es la muerte.

El poemario viene a mostrar un largo camino que es una ascensión, dibuja un recorrido que es una progresiva elevación, en definitiva, una suerte de éxodo en que la mística no ha sido desdeñada y cuyo esencial contenido es la desposesión de que habla Jacques Ancet, un lento y mantenido despojamiento. Y es que cuando el peregrino arriba a la cumbre, cuando el poeta llega a lo alto del monte, se enfrenta al abismo un extenso territorio que no es sino la luz de la cual ya no se regresa.

Estos son los versos finales:

 

He atravesado las cortinas blancas

Ya sólo hay luz dentro de mis ojos

 

Ese viaje definitivo, que no es sino un progresivo despojamiento, está guiado por un dolorido plano de símbolos que se ofrece de forma fragmentaria, de la misma manera como se observa el mundo, y aparecen animales en la vastedad montaraz y sustancias y herramientas que el hombre ha creado y construido y le acompañan en su viaje en solitario. Todo ello para mostrar la precariedad del existir, la insuficiencia que es la vida enfrentada ante la muerte.

Porque Antonio Gamoneda es el poeta de la constante idea de la muerte, un poeta para quien, según afirmó en una entrevista con Javier Rodríguez Marcos (El País, 23 de agosto de 2003), dolor y placer se reúnen en el acto poético.

Es un poeta capaz de hacerse una de las preguntas más fulgurantes de la poesía actual: ¿Puede darse mayor incongruencia que la de intentar hacer obras de arte con el miedo a la muerte? (Antonio Gamoneda. “De poetas provincianos, 1”. El cuerpo de los símbolos. Madrid: Huerga & Fierro, 1997, 106).

Libro del frío es, sin duda alguna, una bellísima prueba de esa humana incongruencia, de ese absurdo disparate por el que se pregunta el poeta. La obra se convierte, como ha afirmado Ángel Luis Prieto de Paula, en un ejercicio límite que lleva a un punto de ruptura las tensiones que actuaban con anterioridad en su poesía (“Introducción”. Antonio Gamoneda. Antología poética. León: Edilesa, 2002, 44).

A lo largo de siete secciones discurre y avanza el poemario. Las seis primeras tienen título: “Geórgicas”, “El vigilante de la nieve”, “Aún”, “Pavana impura”, “Sábado” y “Frío de límites”. La sección séptima, sin título que la designe, es un único poema de tan sólo tres versos anunciadores del fin del viaje.

El libro se presenta desnudamente, sin elementos que distraigan la atención: Los poemas carecen de títulos, no hay lemas ni dedicatorias. El libro tan sólo presenta un suave vaivén: El yo poético se desplaza hacia una tercera persona narrativa en la segunda sección, “El vigilante de la nieve”. Todo el libro está compuesto de dilatados versículos, pero es fácil desgajar heptasílabos, eneasílabos, endecasílabos.

Podrá comprobarse en el siguiente poema, es el sexto de la sección tercera, “Aún”, en que indico, entre corchetes el número de sílabas de cada cláusula:

 

Hablan los manantiales en la noche [11], hablan en los imanes del silencio [11] //

Siento la suavidad [7] de las palabras olvidadas [9].

 

El libro todo presenta, como ya se ha dicho, la unidad de un viaje irrebatible en que se congregan, junto a la luz nívea, resurgencias del pasado, llamadas del ayer negándose a perderse, y el miedo ante lo inminente también se hace presente. Asimismo, se percibe como una suerte de experiencia mística en ese viaje hacia la desposesión:

 

Ahora siento la pureza de los límites y mi pasión no existiría si dijese su nombre

 

puede leerse en uno de los versículos que inician la tercera sección, “Aún”.

Pero por encima de todo, el libro posee un gélido misterio en que habita la belleza, un vacío en que palpitan los presentimientos que por más que estén iluminados siguen permaneciendo ocultos, un solitario glacial en que la nieve cruje como si fuera un pan caliente.

La sección “Geórgicas”, auténtico preámbulo con que se inicia el libro, está bien lejos del canto al esplendor de la naturaleza. Se muestra no la dulzura, sino la aspereza, no la comunión con el paisaje, sino la inclemencia del desierto. Indican no una aurora, sino el crepúsculo. Sin embargo, la blancura todo lo decide. En el arranque, en el primer verso del poemario puede leerse:

 

Tengo frío junto a los manantiales.

 

Y en el verso con que se cierra esta primera sección “Geórgicas”:

 

duermo con los ojos abiertos ante un territorio blanco abandonado por las palabras.

 

En ese territorio blanco es donde habita el frío y es el ámbito que recorre el poeta en su ascensión hacia su total despojamiento, y es el ámbito que también deberá recorrer el lector si de veras quiere adentrarse en este Libro del frío.

Tanto en la sección segunda, “El vigilante de la nieve”, conjunto de poemas en que aparece la tercera persona y se opera una innegable narratividad, como en el tercera, “Aún”, en que vuelve a figurar el yo como centro lírico, se muestran resurgencias del pasado, limaduras de recuerdos, fragmentos de la memoria.

En la siguiente sección, “Pavana impura”, hace su aparición el erotismo vivido. En el recuerdo de la figura del tú, en su amorosa lejanía, en su pasional ausencia, todavía el amor se mide ante la muerte. Sin embargo, se hace presente el convocado viaje del yo hacia la muerte:

 

Tu cabello encanece entre mis manos y, como aguas silenciosas, nos abandonan los recuerdos.

Siento la frialdad de la existencia pero tu olor se extiende en la habitaciones

y tu lascivia vive en mi corazón y entra mi pensamiento en tus heridas.

 

La quinta sección, “Sábado”, parece presentar una suerte de descanso nacido de la aceptación:

 

Esto era el destino:

 

llegar al borde y tener miedo

de la quietud del agua.

 

La sección sexta, “Frío de límites”, incorporada en la segunda edición del poemario, es la única que va precedida de un lema. Se trata de un fragmento del austriaco Hermann Broch: “símbolo que es realidad, realidad que se torna símbolo ante el rostro de la muerte”. Antonio Gamoneda alguna vez ha escrito sobre su concepción del símbolo: “La realidad es simbólica y yo soy un poeta realista porque los símbolos están verdadera y físicamente en mi vida.

Sigo siéndolo al aprovechar la energía intelectual del símbolo. Cuando digo Esta casa estuvo dedicada a la labranza y la muerte [precisamente este es el primer verso del poema quinto de la sección “Geórgicas”], hay aparición de símbolos, sí, pero sucede, además, que esta casa estuvo realmente dedicada a la labranza y a la muerte” (Antonio Gamoneda. “Poesía en la perspectiva de la muerte”. El cuerpo de los símbolos. Madrid: Huerga & Fierro, 1997, 26-27).

Parece evidente que cuanto en el lema del novelista se sugiere se halla contenido en la disertación del poeta: Símbolo y realidad no son sino identidades, dos formas exactamente idénticas ante la expiración.

Y en “Frío de límites” se entrega el sinuoso y definitivo encuentro con la muerte: hígado, lengua, líquenes, osamentas, pájaros, membranas, oídos, heridas, avefrías, ramas, cuchillo, espíritu, tiniebla arterial, fístula, corazón… se congregan en los sucesivos poemas para ir nombrando no ya los elementos en movimiento hacia el final tránsito, tampoco los símbolos a los que alude, sino la unidad total e irreversible de ese inmediato acercamiento irrevocable, acercamiento en que también se involucran elementos y símbolos, idénticas unidades.

En definitiva, el poeta presenta en la sección “Frío de límites” el exacto umbral que se antecede al ascenso a un territorio que ya no es tránsito hacia la muerte, sino la muerte misma. Puede decirse que el poemario ha llegado a su cúspide, a su punto cenital, al lugar en que cuanto hay atrás y cuanto queda delante es un vacío glacial:

 

Oyes la destrucción de la madera (los termes ciegos en sus venas), ves las agujas y los armarios llenos de sombra.

 

Es la siesta mortal. ¡Cuánta niñez bajo los párpados!

 

No queda sino un poema final, tres versos tan sólo, configurando la séptima y última sección del libro:

 

Amé las desapariciones y ahora el último rostro ha salido de mí.

 

He atravesado las cortinas blancas:

 

Ya sólo hay luz dentro de mis ojos.

 

Antonio Gamoneda hace entrega de un poemario en que siendo perfectamente discernible su personalísima voz ya anunciada en libros anteriores, también habita la radicalidad de su propuesta poética y de pensamiento. Si con el libro Descripción de la mentira (1977) el poeta venía a mostrar que con su quehacer poético perseguía la contemplación de mis actos en el espejo de la muerte, en este Libro del frío parece haber llegado a la plasmación total del empeño:

 

Sientes

 

el gemido del mar.

 

Después,

 

frío de límites.