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2015

 

 

 

Las ciudades, las personas con río, no es fácil orientarse, siempre interior, siempre orillando.

Otra cosa es el sentido, ahí la reina mesetaria concede: aguas ganan, aguas deben ganar.

Tras los novios, pisando el velo raído de la lluvia para no despertarla, éramos como gente de Corleone y el viento, sí, amigo,

la belleza de lo complejo, tarea de Europa ahora, casar el foie con la guayaba pero también

una morena, una rubia. A partir de cierto kilómetro eliges orilla y permaneces

o eliges buscar el Sol y errarás toda tu vida

piedra pequeña o no, la de esta ciudad, rosa ciertamente; el rosa es un color y un estado del (des)crédito también.

Éramos jóvenes aunque padres muy de nuestro tiempo: hicimos cocinar

a los ancianos hasta el amanecer para luego despreciar su cansancio pero

¿qué hará el tiempo con el bajo de nuestro vestido, el largo de las metamorfosis?

Venganza. Venganza en la lluvia, lógica rancia en el ánimo y felicidad de los finales en los extremos de un arco iris sostenido

por los invitados más robustos para amar.

Ya lo dijo el juez salido de su zulo partisano para la ocasión: cuidado con la ficción de la alegría,

hay mucha servidumbre en las botellas de champán.

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

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