julieta valero: entiendo la poesía como una aventura

 

 de conocimiento desde el lenguaje

 

 

 

De  27 de julio de 2015 / ENTREVISTAS, POESÍA / 

“Poesía a orillas del Órbigo”. Fotogafía: Eloy Rubio Carro

 

 

 

 

 

 

Por ELOY RUBIO CARRO
astorgaredaccion.com

La poeta de origen astorgano Julieta Valero ha participado con sus poemas en el ciclo literario de Veguellina (León) “Poesía a orillas del Órbigo”

 

—Tras la lectura de su penúltimo libro publicado, ‘Autoría’ (en mayo de 2015 ha publicado el libro ‘Que concierne, en Vaso Roto, Poesía) he tenido que volver sobre las páginas y recomenzar la lectura, pues parecía un libro para iniciados sin que yo dispusiera de claves para entrar en él. ¿Qué poesía hay aquí? ¿Una corriente antilírica, con sucesión de versículos referidos al teatro interior de la autora  que se van hilvanando al surgir del tema? ¿Podría explicarle a un hipotético o hipócrita lector suyo cómo podría abordar estos poemas?

 

—Qué es poesía y dónde está la poesía es una de las cuestiones más productivas para quien escribe y desde luego para quien lee. 

Yo creo que el concepto de poesía es un concepto que se desplaza históricamente, y que a día de hoy ya no es necesario vincularlo a lo lírico ni a ninguna concreción temática. Para mí no es un acto para reproducir de un modo más o menos decorativo una realidad que entenderíamos que está ahí y ya dada. Yo parto de la ausencia de realidad sólida a la que atenerse y entiendo la poesía como función de vida, como una aventura de conocimiento desde el lenguaje, pero también contra el lenguaje en la medida en que este puede colmar las expectativas de una significación que viene de fuera. Esa búsqueda de tranquilizadora unidad en el idioma, unidad lingüística, política o étnica siempre puesta al servicio de quien la impone me parece muy sospechosa. El poema, si ha de ser poema, nunca se debe acoplar o asimilar a estos presupuestos externos, y si bien es cierto que en el ser humano se da la necesidad de significar, esta significación, tiene que ser en lo abierto, en el encuentro de quién lo escribe y de quien también libremente lo habita, del lector.

En este sentido citaría a Mario Montalbetti, poeta peruano, cuando señala que “el poema se materializa como tal no en el significado arbitrario que le demos, sino en que se lo demos”. Creo que el concepto de poesía se ha desplazado a lo largo de la historia muchísimo y que a día de hoy tiene que ver con un espacio en el cual no se predican cosas del yo; uno no habla de sí, sino que genera un espacio donde asentar el yo. Con una  función prácticamente ontológica, como si el círculo cerrase en el origen primitivo y más primario de la poesía. En casi todas las culturas hay, de una u otra manera, expresión poética y tiene que ver con una pulsión muy necesaria del ser humano de dar cauce lingüístico a lo que no puede ser dicho de otra forma.

 

—Pero no creo yo que el lenguaje esté tan bien atado como para que tuviera una diana fija, porque el lenguaje, entre las significaciones ocultas, también tiene esas significaciones nocivas para quienes lo detenten, el lenguaje no es una inmensa trampa, en todo caso es como un garlito, hay que saber des(em)bocarlo. Es una tarea de lo imprevisto a veces.

 

—Para mí la escritura de la poesía es una función de vida. El mundo capitalista en el que vivimos dispone de una forma muy perversa de vaciar de contenido el lenguajehemos asistido a la utilización y la perversión de palabras clave para el desarrollo del ser humano, las cuales se manejan vaciadas de su sentido y dotadas de uno nuevo totalmente espurio y manipulador; palabras como ‘democracia’, ‘convivencia’, ‘tolerancia’, ‘comunicación’ se utilizan con mucha alegría y con un trasfondo que es sobre todo interesado y manipulador. Creo que el capitalismo utiliza estructuras que vacían de contenido el lenguaje y lo manipulan de modo que sea representacional, pero solo de esas realidades ideológicas en las que estaría interesado en representar… Son estructuras que se le imponen al sujeto y que el sujeto en el ejercicio de su libertad lingüística tendría que combatir. Y esta es la función y la ética del poeta de este momento, la de ofrecer resistencia a ese uso del lenguaje de apariencia inocua, que es complejamente peligroso para el ser humano, pues clausura realidades  y no permite pensar libremente, ya que impone el sentido en una sola dimensión posible muy interesada y clausura las otras. Entonces la poesía es el territorio donde se trabaja con el lenguaje y desde el lenguaje, pero contra esa utilización que se le impone para un fin muy particular y en beneficio propio.

 

—Esa labor que describes parece más bien política y de pensamiento en el sentido en que desenmascara y deja paso a lo otro. Pero cuál es la función concreta. Tendríamos que seguir a cada poeta en su desenmascaramiento que será el suyo en la clave que el proponga, en esa clave diferente en cada uno de ellos.

 

—No, tenemos que entender que no hay claves previas al poeta y a la poesía, que al igual que el poema  hace el ritmo si se escucha su propia respiración, así las claves también se generan en formula de un solo uso, al decir de Miguel Casado, en el abordaje de cada poema. Son las ganas de vivir una aventura un poco funambulesca al enfrentarse a un texto. No se acude al poema en demanda de un significado cerrado, sino para tener una experiencia abierta del lenguaje donde no hay un sitio único, un significado unívoco; sino un espacio donde se me dan claves para entrar… El poema es un artefacto que se trabaja con mucha conciencia del lenguaje y con muchos procedimientos que conoce y maneja el poeta, pero no hay una finalidad, es una aventura propia para quien lo hace y debería de serlo para quien lo lee.

 

—Su poesía no es una poesía de palabras, de resonancias visionarias, y en cuanto a la razón no he dado con una lógica visible, sucesiva ni tan siquiera borrosa (esto es una broma). ¿Hay una lógica, una razón por encima o por fuera de la habitual que articule las preferencias, en la cual emerja la maravilla? ¿O sería su manera de decir una muestra de que esa maravilla se hubiera perdido como consecuencia del desencantamiento del mundo? ¿Entonces dónde habríamos de buscar el poema?

 

—Yo creo que es interesante pararnos un momento en el formato de tu propia pregunta; pues cuando se habla de lógica sucesiva de alguna manera se está concediendo el territorio a las trampas de esa linealidad discursiva del pensamiento lógico occidental. La conciencia no funciona de esa manera sucesiva sino de un modo inclusivo, transversal, complejo que no caótico, incluso también caótico. Pienso que es importante abandonar la lógica discursivo-sucesiva, la lógica finalista para escribir y para enfrentarse a los textos. Eso no significa que no haya una conciencia sobre el lenguaje en la escritura contemporánea. Se trata de una conciencia constructiva que entiende el poema como artefacto en el sentido de cosa hecha, artesana con todo un ejercicio de objetivación para que se abra al otro; pero sin dejar de ser ese enunciado de vida y de lenguaje perturbador, que es de lo que en último término se trata.

Hablas también de maravilla y ahí es que no entiendo muy bien lo que quieres significar…

 

—Bueno, maravilla como un encuentro en el lenguaje o en el poema de algo que va más allá de lo habitual, algo revelador y que sorprende…

 

—Pues todo lo que venía diciendo… no puede haber una revelación para el lector si no la ha habido cuando uno escribe, eso lo han dicho muchos poetas de muchas maneras diferentes. Si uno sabe de lo que va a escribir no se pone a escribir poesía; pues la poesía es una aventura en sí misma en la cual el poeta accede a lugares y a espacios vitales a los que no podría llegar de otra manera, y si tiene capacidad puede conseguir que eso también le suceda a nivel emocional y reflexivo a otra persona…

 

—En una introducción a una lectura suya de poemas que se encuentra en ‘Youtube’, nos decía que  nuestro ‘yo’ venía a ser una composición de vivencias, recuerdos y otros materiales, algo que queda abierto a seguir haciéndose y reinterpretándose. El poema tiene también su identidad –su yo quería decir yo aquí–, esa que ha surgido de la corriente creativa en el momento en que se escrituraba. En el poema percibimos más claramente que en lo biográfico las identidades múltiples, ese yo que le colea a cada lectura. ¿Cuál es el término de este proceso? ¿Por qué han muerto algunas poesías que han estado muy vivas?

 

—Citas a Eduardo Moga, lo voy a citar yo también, creo que él decía esa frase en relación a Paul Valéry, pero entiendo que Moga, al que conozco y he leído con gusto, quiere decir que el poema no se termina, se abandona. No se da esa noción clara de que has concluido algo. Hay una intuición donde funciona lo racional, lo sensorial y el agotamiento de tu propia capacidad para añadir más. Un volver y volver a trabajarlo hasta que el propio poema te expulsa. Tiene vida propia, su identidad, y ya no puedes hacer gran cosa.

¿Y luego, por qué han muerto algunas poesías? Yo sí pienso que hay una contingencia que te lastra –salvo en esas excepciones de una gran capacidad visionaria: Quevedo, Garcilaso Lope, todo el barroco español, que van más allá del horizonte de su siglo– y que hace que la escritura envejezca a la par que lo hace su época. Pero esas excepciones que logran conectar con claves a un nivel muy profundo y universal del ser humano, en la medida en la que trascienden el paso del tiempo…

 

—Esas claves tan profundas de las que habla, ¿no estarían un poco entrando en contradicción o en diálogo con esto que veníamos diciendo, de que no habría nada permanente en el ser humano ni en la poesía, ni incluso en el lenguaje? Parece como si hubiera ahí una anomalía entre la proclama de permanencia a la que asiste el lenguaje y lo efímero de sus productos. Vuelta a aquella dialéctica presocrática. ¿Hay algo permanente o todo se transforma?  O en una vuelta de tuerca más, aquello que permanecería sería la mutación continuada, siendo lo mismo pero por ello otro. Nada nuevo bajo el sol.

 

—Para mí la única posibilidad, la única zona asimilable a una permanencia o a cierto formato de eternidad sería la afectividad; Eduardo Milán, gran poeta uruguayo dice que: “la eternidad es el vínculo”. Y yo creo que nuestra posibilidad en vida de tener una cierta noción de permanencia, de cierto asidero, tiene que ver con lo ‘vincular’, y más allá, cuando alguien se va de aquí permanece estrictamente en la memoria de quienes le han conocido, tan solo el tiempo en que permanezcan vivos…

 

—¿Y si no hubiera nada para desvelar? Eduardo Moga en un comentario sobre ‘Autoría’ dice que Julieta Valero sabe distanciarse sanamente sin caer en el cinismo cuando aborda asuntos como la ‘unidad generacional’ o también cuando entiende de manera activa y ‘militante’ la relación del sujeto con la circunstancia que le ha tocado vivir. ¿Qué hay de esa generación como generación poética? ¿Qué entidad posee, de qué manera se traviste?

 

—Que la poesía se vive como revelación ontológica a nivel personal es algo que puede constatar un montón de poetas. Respecto al aspecto generacional yo creo que la globalización y sobre todo la irrupción de la era digital  ha cambiado muchísimo el modelo de comunicación entre poetas, el de trasmisión de la escritura. Yo me alegro de que desde el punto de vista de la lectura crítica ya no se pueda utilizar ese concepto generacional clásico de ‘Petersen’ que establecía un canon tan androcéntrico y profundamente machista, en el cual se estudiaban las relaciones personales y hasta cierto punto de poder de los sujetos más visibilizados, dejando de lado a un montón de escritores y escrituras que eran tanto o más importantes.

Además, Internet ha atomizado todos los discursos, de manera que en la actualidad las relaciones que uno tenga con otros u otras poetas ya no dependen para nada del lugar ni de la edad, al mismo tiempo que se producen escrituras diversas. Es de eso de lo que tendremos que hablar, de escrituras y de líneas discursivas o de comunidad de intereses. Todavía es pronto para hablar de lo que ha sucedido en los últimos 15 años, pero en torno al año 2000 y frente a los 90 (que en lo poético fue una época muy complicada, con una primacía absoluta de una forma de expresión frente a las demás), surgió una enorme heterodoxia con dos claves: heterodoxia y convivencia. Frente a ese mundo poético un poco cainita y de trinchera hubo gente que empezó a escribir de muy distintos modos y se produjo un gran anhelo de convivencia, con sus complicaciones posteriores de falta de crítica y de miedo al debate, al conflicto y a la disensión. Pero sí tuvo de saludable una gran heterodoxia que permitió que la gente escribiera de muchas maneras y que esas diferencias pudieran convivir, acabando con el mundo reduccionista y de trinchera de los años anteriores.

 

—¿Cómo encajaba Leopoldo María Panero en esa guerra poética de los 90 que me estás contando?

 

—No solo Leopoldo María Panero estaba fuera y desplazado, sino también Gamoneda durante mucho tiempo y el propio Mestre, desalojado de las antologías y del canon prácticamente hasta hace unos pocos años y otro montón de escrituras potentísimas.

 

—Pero de ese canon lo que llegabas a conocer era muy poco, Alonso Montero, Álvaro Salvador y los que vinieron de las antologías sucesivas de José Luis García Martín, de cuyos nombres ya ni me acuerdo y poco más. Y eso sí, de aquí de Astorga, como ‘pater adoptivo’ de aquel movimiento, Juan Luis Panero.

 

—Yo rompo una lanza en contra de la trinchera, es decir yo hago un ejercicio muy crítico del uso del poder excluyente que hizo la gente de ‘la experiencia’ pero eso no quita que hubiera entre ellos poemas y poetas que a uno le interesen y mucho, lo que por otra parte sucede con todas las escrituras y con todas las épocas. Quienes primero se batieron el cobre en contra de esa lucha cainita y de trincheras fueron de una generación ya anterior a la nuestra, lo que en los libros aparece ya como ‘Escuela de Valladolid’, entre los que cabe citar a Miguel Casado, Olvido García Valdés, Antonio Ortega, Pedro Provencio, Carlos Piera, poetas que con muchísima enjundia teórica revitalizan el debate de lo poético, recuperando la vanguardia como parte de nuestra tradición, frente al movimiento en exceso involucionista y empobrecedor, en lo que atañe a la investigación con el lenguaje, que hizo la llamada ‘Poesía de la experiencia’. Luego mi generación, con veintipocos años en torno al 2000, nos encontramos con que muchas de las estructuras de poder y de crítica todavía perduraban. Pero ya serían otros tiempos en los que sería posible la convivencia y la heterodoxia. En la actualidad habría que añadir a esas dos mentadas notas la del compromiso. Es el tema de la crisis el que propicia la preocupación por la incorporación a la poesía del compromiso, aunque distanciándose de la poesía social que se hizo en los 50, como eran Celaya, Blas de Otero, Eugenio de Nora, Crémer… con una labor fundamental para el tiempo que les tocó vivir, pero que a nivel del lenguaje llevaron la poesía a una zona en la que se abismaba el ejercicio de lo poético con una gran dosis de ingenuidad como fue el pensar que con la poesía pudiera cambiarse  el mundo. Yo estoy más con Paul Celan en el sentido de que la poesía no cambia el mundo pero modifica las conciencias a nivel individual, y eso en suma pues sí es algo.

 

—Ironía, oblicuidad, acuidad, melancolía, fragmentos de interior, astillas punzantes imposibles de reencajar; todo ello para construir un suelo menos movedizo, algo de antemano ilusorio y que se termina con un apaño aproximativo. Esto entronca con su vertiente política. ¿Es esta precariedad, esta vida a la intemperie, en la maleza, lo que moviliza lo humano? ¿Acaso el matiz novedoso sea la conciencia de que esto es así, de que el poema es a cada instante escrito? ¿Darían ocasión sus poemas para una toma de conciencia de todas las precariedades que por allí (por los versos me refiero) asoman su voz, de nuestro mundo en precario?

 

—En realidad, poco es lo que puedo añadir a la reflexión que constituye esta pregunta. Parece que entre esta pregunta y la primera de esta entrevista hubieras conectado con la poética que se propone en los textos; es decir poesía como el trayecto de nuestra no resignación ante lo precario de la existencia; poesía como el trazo en el aire que deja un ser humano en ese impulso de revuelta personal y colectiva  contra la resignación y lo precario de la existencia. Y si la poesía no va a cambiar el mundo ni es ese el estatuto propio del lenguaje en función poética, sí podrá tener una honda incidencia en la vida de las personas; pues quien conecte con la poesía difícilmente saldrá de ella o la expulsará de su vida. Quien conecte con la gran intensidad reveladora del lenguaje poético quedará seguramente fidelizado. Quien lea poesía probablemente la leerá durante toda su vida y en ese sentido tiene un poder transformador importante a nivel individual.

 

—Nos queda ahora la última pregunta; ¿qué hay de su ‘Conexión astorgana’?

 

—La conexión astorgana en mi caso es de sustrato absoluto y muy poderoso, porque mis abuelos por parte de madre eran ambos astorganos y tuvieron ocho hijos; mi madre Julia Perandones es la mayor y todos ellos han tenido un vínculo afectivo muy potente con Astorga. Nosotros, de pequeños, veníamos muchos veranos aquí y luego hemos seguido viniendo intermitentemente pues tenemos lazos familiares. Es como el pueblo que no tuvimos, un referente a muchos niveles y para mí Astorga está asociada a un montón de recuerdos de infancia, con toda la importancia que ello tiene; no sé, los gigantes y cabezudos, las fiestas, la feria, las tómbolas, el palacio de Gaudí que para un niño es una visión absolutamente proyectiva, un castillo de hadas… Y el chocolate y los dulces de Astorga.

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

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