kennethkoch

 

 

 

 

[texto de jordi doce, recogido en su bitácora Perros en la playa]

 

 

Conocemos bastante bien la obra de John Ashbery o de Frank O’Hara, pero no así la de otros dos grandes poetas de la llamada Escuela de Nueva York, James Schuyler y Kenneth Koch (1925-2002).

De Koch, en concreto, creo que no hay nada traducido al castellano, al menos en España, y es una lástima, porque su sentido del humor es aún más lúdico y disolvente que el de O’Hara.

En parte, esta ausencia se debe a que el fuerte de Koch eran los poemas extensos, largas series como «Fresh Air», «The Pleasures of Peace» o «The Art of Poetry», en los que desplegó con generosa abundancia su inventiva verbal y su iconoclastia, esa forma que tenía de burlarse (a veces de manera violenta o acre) de la poesía y los poetas que se tomaban demasiado en serio.

Su particular leviatán fue siempre el ambiente poético al que hubo de enfrentarse en los años cincuenta, escritores como Robert Wilbur, John Berryman o el primer Lowell, educados en la estela de Eliot, adeptos a envolver el poema en infinitas capas de ambigüedad y cifrarlo todo en forma de símbolo.

Como afirma en «Fresh Air»,

 

«¡Me ponéis enfermo con toda vuestra palabrería sobre la contención y el talento maduro!

¿No habéis mirado nunca por la ventana un cuadro de Matisse,

o es que habéis estado siempre en hoteles donde había demasiadas arañas arrastrándose por vuestros rostros?

[…]

Ah, quién tuviera diecisiete años

de nuevo

[…]

y no supiera aún que la poesía

está sometida al cetro de los mudos, los sordos y los repulsivos».

 

Los grandes molinos que Koch atacó una y otra vez fueron la solemnidad y la pedantería, la creación poética convertida en «carrera literaria», el énfasis en la dificultad y la maestría técnica como fines que justificaban toda escritura.

Lo peor, a su juicio, es que un poema fuera aburrido, o anodino, o que desprendiera un tufo de experimento de laboratorio sólo válido para engrosar currículos universitarios.

Lo dice bien a las claras en el poema ya citado:

 

«Dónde están los poetas jóvenes en América, están temblando en las editoriales y las universidades,

sobre todo tiemblan en las universidades, bañan los peldaños de la biblioteca con su saliva,

gargarizan poemas inocuos (¿a quién?) sobre arces y sus propios hijos,

a veces lidian con un tema como Villa d’Este o un faro en Rhode Island,

¡Ah qué gusanos son! Desean perfeccionar su forma.

Sin embargo ¿no podrían estos jóvenes, puestos en otra profesión,

triunfar admirablemente, digamos gobernando un barco?

No lo dudo, Señor, y ojalá pudiéramos ponerlos a prueba […]».

 

 

 

La diatriba se prolonga cinco páginas más y funciona más que «admirablemente», como diría el poeta. (Me pregunto, por cierto, si no sería posible «traducirla» o «trasladarla» al ámbito hispanohablante, cambiando aquellas referencias por otras más cercanas o comprensibles; practicar una reescrituracultural, por así decirlo, que nos ayudara a poner en solfa a nuestros particulares popes y maestros.) 

Sin embargo, Koch empezó bajo la influencia (que siempre reconoció gustosamente, aunque alguna vez la calificara de «torva») de Yeats y también de Wallace Stevens, a quienes estudió en Harvard bajo el magisterio de Delmore Schwartz.

Más tarde inició estudios de doctorado en la Universidad de Columbia, donde pasaría cuatro décadas como profesor de literatura y escritura creativa.

Allí tuvo como alumnos a poetas tan destacados como Ron Padgett, David Shapiro o David Lehman.

Al parecer, sus clases eran memorables: tenía por costumbre subirse a los pupitres para declamar a Whitman (espero que con mayor fortuna que el personaje de Robin Williams en esa película tan cursi que atiende por El club de los poetas muertos) y también cantar trozos de óperas italianas para ilustrar sus ideas.

Escribió no sólo muchos libros de poemas sino también teatro, libretos para óperas contemporáneas y algún que otro manual (a falta de mejor nombre) de escritura creativa.

Murió en 2002 en Nueva York de leucemia, no sin antes haber sido elegido miembro de la Academia Americana de las Artes y las Letras (en 1996). 

Su primer gran libro,Thank You and Other Poems fue publicado en 1962. Antes había publicado un par de cuadernos, pero fue gracias a Gracias…, como se dio a conocer a los lectores.

Hoy día sigue siendo uno de sus libros más apreciados por su energía, imaginación y sentido del humor, tan visible en su parodia de Wiliams Carlos Williams o en el sutil lirismo de «Para ti» (con un guiño simpático a Wallace Stevens…).

La comicidad, en Koch, no excluye la emoción: como en Ashbery o incluso Schuyler, se adivina una tenue nostalgia por esa América tempranamente pop de los años treinta y cuarenta que fue el paisaje de fondo de su infancia.

En «Variaciones sobre un tema…», Koch opta por la hipérbole, sacando de quicio el original de Williams y potenciando su secreta dosis de absurdo.

Estoy seguro de que el propio Williams disfrutaría con este homenaje, que vio la luz un año antes de su muerte.

Por lo demás, pocos poemas de amor pueden enorgullecerse de un final como «Para ti», capaz de dar vida a los viejos tropos del sol y el amanecer con un remate sentencioso y abierto como el mejor de los aforismos. (Por cierto, ¿soy yo, o en ese verso «de Hartford a Miami» se esconde un guiño a Wallace Stevens, el agente de seguros de Hartford que solía veranear sin falta en Florida?)

 

 

 

 

para ti

 

 

 

Te quiero como un sheriff busca la nuez

que resolverá un caso de asesinato que lleva años sin resolverse

porque el asesino la dejó en la nieve junto a una ventana

por la cual vio su cabeza, conectada por

un cuello a sus hombros, cubriendo su corazón

con un tejado rojo. Por esto vivimos mil años;

por esto amamos, y vivimos porque amamos, no estamos

dentro de una botella, ¡gracias a dios! Te quiero como un

niño busca una cabra; estoy más loco que los faldones de una camisa

al viento, cuando estás cerca, un viento que sopla desde

el gran mar azul, tan brillante tan profundo y tan distinto de nosotros;

me parece que siempre estoy cruzando en bicicleta un África de campos

verdes y blancos para estar cerca de ti, incluso en mi corazón

cuando estoy despierto, que va a nado, y creo también que eres

tan digna de confianza como la acera que me lleva hasta

el lugar donde vuelvo a pensar en ti, ¡nueva

armonía de pensamientos! Te quiero como la luz del sol gobierna la proa

de un barco que navega

de Hartford a Miami, y te quiero

más y mejor al amanecer, cuando incluso antes de despertarme el sol

me recibe en las preguntas que tú siempre planteas.

to you

 

 

 

 

I love you as a sheriff searches for a walnut

That will solve a murder case unsolved for years

Because the murderer left it in the snow beside a window

Through which he saw her head, connecting with

Her shoulders by a neck, and laid a red

Roof in her heart. For this we live a thousand years;

For this we love, and we live because we love, we are not

Inside a bottle, thank goodness! I love you as a

Kid searches for a goat; I am crazier than shirttails

In the wind, when you’re near, a wind that blows from

The big blue sea, so shiny so deep and so unlike us;

I think I am bicycling across an Africa of green and white fields

Always, to be near you, even in my heart

When I’m awake, which swims, and also I believe that you

Are trustworthy as the sidewalk which leads me to

The place where I again think of you, a new

Harmony of thoughts! I love you as the sunlight leads the prow

Of a ship which sails

From Hartford to Miami, and I love you

Best at dawn, when even before I am awake the sun

Receives me in the questions which you always pose.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“To You” from The Collected Poems of Kenneth Koch,

published by Alfred A. Knopf, Inc. 

 

Traducción de Jordi Doce

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

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